Solo una vez
Una noche sin nombre
Liz caminaba sin rumbo claro, con la mente llena y el corazón inquieto. La noche caía lenta sobre la
ciudad cuando decidió detener un taxi. —¿A dónde? —preguntó el conductor. Ella dudó unos
segundos. —Aún no lo sé… solo conduzca. El silencio al principio fue cómodo… hasta que dejó de
serlo. Las miradas comenzaron a durar un poco más. Las palabras, a pesar menos. Había algo en él.
Algo que no podía explicar… pero tampoco ignorar. El auto se detuvo frente a un hotel discreto.
Ninguno habló. Pero tampoco hizo falta. Esa noche fue intensa, inesperada… casi irreal. La luz de la
mañana se coló lentamente por la ventana. Liz despertó y el lado de la cama estaba vacío. Se
incorporó despacio. No había rastro de él. —Genial… —murmuró. Encima de la mesa había un reloj
elegante. Lo tomó, lo observó unos segundos… y luego lo dejó de nuevo. No. No iba a buscar
respuestas. Esa noche había sido solo eso. Una noche. Se vistió, tomó sus cosas y salió sin mirar
atrás. Con el tiempo, la vida siguió. A veces recordaba aquel momento… no con arrepentimiento, sino
como algo fugaz. Como un instante que no se repite. Y en algún lugar de la ciudad, sin saberlo… él
también siguió adelante. Sin buscarla. Sin encontrarla. Como si nunca hubieran existido. Pero
sabiendo, en el fondo… que por una sola noche, fueron todo.