Amor Prohibido

Summary

Un amor entre una alumna y su maestra de historia del arte, manadas en guerra desde siglos anteriores que pasara si una omega y una alfa de manadas contrarias mantienen una relación secreta. Que podría salir mal? Te invito a leer esta historia omega-verse obvio del ship blejie (Mable x Pangjie) Mable Alfa (G!P) Pangjie Omega

Genre
Lgbtq/Drama
Author
Devanth
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

-Primer día-


Bangkok bullía bajo el sol de finales de mayo, ese calor húmedo que se pegaba a la piel como una segunda capa y hacía que el aire oliera a asfalto caliente, jazmín de los jardines y el dulzor pegajoso de los mangos maduros en los puestos callejeros.

En el centro comercial Siam Paragon, la familia del Sur paseaba como si fueran dueños del lugar. No era arrogancia; era costumbre. Davika, la madre omega, caminaba con esa gracia serena que parecía flotar, el cabello negro recogido en un moño impecable, el vestido de lino blanco ondeando con cada paso. A su lado, Ter, el alfa patriarca, alto y de hombros anchos, mantenía una mano protectora en la parte baja de la espalda de su esposa mientras observaba a su alrededor con la misma mirada que usaba para evaluar territorios en las reuniones de manada: nadie se acercaba demasiado.

Detrás de ellos venían sus tres hijas.

Angie, la mayor, alfa como su padre, de 22 años, llevaba el cabello corto teñido de un castaño rojizo y una camiseta negra ajustada que dejaba ver los tatuajes geométricos que empezaban en su antebrazo izquierdo. Caminaba con pasos seguros, el teléfono en la mano, respondiendo mensajes de trabajo con una media sonrisa. Era la heredera visible, la que ya asistía a las reuniones del consejo sur y empezaba a oler a liderazgo.

Luego estaba Arhoung, la mediana, omega de 20 años recién cumplidos, con el cabello largo hasta la cintura y una dulzura en los ojos que hacía que la gente quisiera protegerla al instante. Llevaba un vestido floreado y una mochila pequeña llena de stickers de gatitos. Era la que más se parecía a Pangjie en temperamento.

Y al final, casi escondida entre las sombras de sus hermanas, iba Pangjie, 19 años. Un metro cincuenta y ocho de estatura. Cabello negro liso pequeños mechones que le caía sobre los ojos grandes y curiosos. Vestía jeans ajustados, zapatillas blancas y una camiseta oversized con estampado de una pintura de Monet que había comprado en una tienda de arte el año pasado. Olía a jazmín fresco y vainilla tibia, un aroma de omega joven que todavía no había sido marcado por nadie, que todavía olía a posibilidad y a inocencia. Sus padres lo sabían. Todo el mundo lo sabía.

—Pang, ¿estás segura de que no quieres una mochila más grande? —preguntó Davika, deteniéndose frente a la vitrina de una tienda de papelería de lujo—. La que tienes es muy bonita, pero cuando empiecen los proyectos grandes de la universidad...

—Mami, esta está perfecta —respondió Pangjie con una sonrisa tímida—. Además, me gusta que sea pequeña. Me hace sentir... menos perdida.

Angie soltó una risa corta.

—Pequeña tú, pequeña mochila. Coherencia total.

Arhoung le dio un codazo suave a Angie.

—No seas mala. A mí me encanta que sea chiquita. Parece un pajarito.

Pangjie se sonrojó hasta las orejas, pero no dijo nada. Le gustaba que la llamaran pajarito. Le gustaba sentirse pequeña en un mundo que a veces parecía demasiado grande.

Entraron a la tienda. Mientras sus padres y hermanas discutían entre estuches de acuarela, pinceles caros y cuadernos de papel algodón, Pangjie se quedó mirando una sección de libretas con cubiertas de reproducciones de arte. Una en particular le llamó la atención: la portada era "El nacimiento de Venus" de Botticelli. La diosa emergiendo del mar, desnuda, vulnerable y absolutamente hermosa. Pasó los dedos por el relieve dorado del marco.

—Esa te quedaría bien —dijo una voz suave a su lado.

Pangjie dio un pequeño salto. Era Arhoung, que había aparecido silenciosa como siempre.

—¿Tú crees?

—Claro. Tienes esa vibra... etérea. Como si pudieras flotar si el viento sopla fuerte.

Pangjie se rio bajito.

—Soy torpe, no etérea.

—Torpe y etérea. Las dos cosas pueden ser verdad.

Compraron todo lo necesario: lápices, gomas, cuadernos, un set de acuarelas que Davika insistió en pagar aunque Pangjie juró que no necesitaba tanto, y una carpeta grande para los trabajos. Cuando salieron de la tienda, el sol ya estaba bajando y el cielo se teñía de tonos rosados y naranjas.

En el auto, de regreso a la casa en el distrito de Bang Rak, Pangjie se quedó mirando por la ventana. El corazón le latía un poco más rápido de lo normal.

—¿Nerviosa? —preguntó Ter desde el asiento del conductor, mirándola por el retrovisor.

—Un poquito —admitió ella—. Es la primera vez que voy a una universidad tan... grande. Y tan lejos de casa.

—No estás lejos —dijo Davika, girándose para acariciarle la mejilla—. Solo estás a cuarenta minutos. Y si algo pasa, tu hermana Angie tiene un departamento cerca del campus. Puedes irte con ella cuando quieras.

Angie levantó una ceja desde el asiento de atrás.

—Siempre y cuando no me robes toda la comida.

Pangjie sonrió, pero por dentro sentía un nudo extraño. No era solo nervios por la universidad. Era algo más profundo, algo que no sabía nombrar todavía. Como si el aire de mañana ya oliera diferente.

Esa noche, en su habitación llena de plantas y luces suaves, Pangjie se quedó despierta hasta tarde. Se sentó en la cama con el uniforme nuevo sobre las piernas: falda plisada azul marino, camisa blanca, corbata delgada y el chaleco con el escudo de Silpakorn bordado en dorado. Se lo probó frente al espejo, girando despacio.

Se veía... mayor. No mucho. Pero algo había cambiado.

Se acostó abrazando la almohada, oliendo todavía a la nueva ropa y al perfume suave que su madre le había regalado esa tarde. Cerró los ojos e intentó imaginarse el aula, los profesores, las caras nuevas.

Y sin saber por qué, se imaginó a alguien alto. Alguien con voz firme. Alguien que olía a sándalo y tormenta lejana.

Se durmió con el corazón acelerado y una sonrisa que no entendía del todo.

Primer día

El campus de la Universidad Silpakorn amaneció envuelto en una bruma ligera que se disipaba lentamente con el calor. Los edificios coloniales se mezclaban con estructuras modernas, jardines tropicales y esculturas de bronce que parecían cobrar vida bajo la luz de la mañana.

Pangjie llegó temprano. Demasiado temprano. Llevaba la mochila pequeña en ambos hombros como si fuera un escudo, el uniforme impecable, el cabello suelto cayéndole por la espalda. El aroma de jazmín y vainilla se esparcía a su alrededor como una invitación silenciosa, aunque ella no lo sabía.

Subió las escaleras del edificio de Bellas Artes con las piernas temblando un poco. Aula 304. Historia del Arte I. Primer semestre.

Entró.

El aula era grande, con techos altos y ventanales que dejaban entrar la luz dorada. Las mesas eran de madera oscura, dispuestas en semicírculo. Ya había varios estudiantes, algunos charlando, otros revisando el teléfono. Pangjie eligió un asiento en la tercera fila, cerca del pasillo. No muy adelante para no parecer ansiosa, no muy atrás para no perderse nada.

Se sentó. Sacó su libreta nueva la de Botticelli y un lápiz. Respiró hondo.

Entonces la puerta se abrió de nuevo.

Y entró ella.

Mable.

Alta. Muy alta. Al menos un metro setenta y ocho. Cuerpo delgado pero definido, hombros rectos, cintura estrecha que la camisa negra de botones parecía acariciar. Pantalón de vestir negro entallado, tacones bajos pero elegantes que resonaban con cada paso. El cabello negro recogido en un moño bajo y apretado, algunos mechones sueltos que enmarcaban un rostro de facciones afiladas: pómulos altos, labios llenos pintados de un rojo discreto, ojos negros que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla.

Llevaba gafas de montura fina. Eso fue lo primero que Pangjie pensó: "le quedan perfectas".

Mable cruzó el aula sin mirar a nadie directamente. Dejó su maletín de cuero sobre el escritorio del profesor, abrió el proyector y conectó su laptop con movimientos precisos, casi mecánicos.

Cuando levantó la vista por fin, sus ojos recorrieron el aula como si estuviera catalogando obras de arte.

Y se detuvieron en Pangjie.

Solo un segundo.

Un latido.

Pero fue suficiente.

El aroma de alfa de Mable llegó hasta la tercera fila como una ola lenta: madera de sándalo, humo de leña y algo metálico, como acero recién forjado. Dominante. Controlado. Peligroso.

Pangjie sintió que el aire se le atoraba en la garganta.

Bajó la mirada rápido, las mejillas ardiendo. El lápiz temblaba entre sus dedos.

Mable no dijo nada. Simplemente carraspeó una vez y comenzó.

—Buenos días. Soy la profesora Mable, alfa de la manada Norte. Seré su Maestra de Historia del Arte I. Si están aquí porque pensaron que sería una materia fácil para subir promedio, les recomiendo que se levanten ahora mismo y busquen otra clase. No tolero mediocridad.

Su voz era baja, aterciopelada, con un filo que hacía que todos se enderezaran en el asiento.

Pangjie no se movió.

No podía.

Porque en ese instante, sentada en la tercera fila con el corazón golpeándole las costillas, supo que algo acababa de empezar.

Algo que no tenía nombre todavía.

Algo que ya olía a prohibido.

La clase de Historia del Arte I había transcurrido en una especie de niebla densa para Pangjie. Mable hablaba con esa voz grave y medida que parecía tallar cada palabra en el aire, proyectando diapositivas de frescos renacentistas, esculturas de Miguel Ángel y retratos de la corte florentina. Cada vez que cambiaba de imagen, la luz del proyector le iluminaba el perfil: la línea afilada de la mandíbula, el arco perfecto de la ceja, el leve brillo en las gafas cuando se inclinaba hacia adelante.

Pangjie intentaba tomar apuntes, pero las líneas que trazaba en su libreta eran irregulares, temblorosas. Cada pocos minutos levantaba la vista y se encontraba con que Mable ya la estaba mirando. No era una mirada larga, solo un parpadeo de atención que duraba lo suficiente para que el pulso de Pangjie se acelerara y luego se desviara hacia otra estudiante, como si nada hubiera pasado.

Hasta que llegó el momento.

Mable detuvo la presentación en una imagen de "La escuela de Atenas" de Rafael. El aula quedó en silencio, solo se oía el zumbido suave del proyector y algún que otro lápiz raspando papel.

—Bien —dijo Mable, apoyando las manos en el borde del escritorio—. Quiero escucharlos. No me interesa que repitan lo que dice el libro. Quiero saber qué ven ustedes.

Paseó la mirada por el semicírculo de estudiantes. La mayoría bajó la vista al instante, como si la mera posibilidad de ser señalada fuera una amenaza física.

Sus ojos negros se detuvieron en la tercera fila.

—usted. La de la libreta con Botticelli.

Pangjie sintió que el corazón le salía por la garganta.

Todos giraron la cabeza hacia ella.

Señaló con el mentón la diapositiva.

—¿Qué representa para usted la figura de Platón en esta composición? No me diga lo obvio. No me diga que señala al cielo porque representa las ideas. Eso ya lo saben todos. Dígame algo que solo usted ve.

El aula se quedó tan silenciosa que Pangjie escuchó su propia respiración acelerada.

Tragó saliva. Sus manos apretaron el lápiz hasta que los nudillos se pusieron blancos.

—Yo... creo que Platón no está señalando al cielo solamente porque representa las ideas —empezó, con la voz pequeña al principio, pero ganando fuerza a medida que hablaba—. Creo que también está... separándose. Como si quisiera alejarse de todo lo que está abajo. De Aristóteles, de los demás. No es solo elevación. Es... soledad. Está apuntando hacia arriba porque abajo, con los demás, se siente demasiado expuesto. Demasiado real.

Silencio.

Mable no parpadeó.

Solo la observó, con esa expresión impenetrable que parecía tallada en mármol.

Luego, muy despacio, una comisura de su boca se curvó. No era exactamente una sonrisa. Era algo más sutil, más peligroso. Como si acabara de descubrir una pincelada oculta en un cuadro que todos creían conocer.

—Interesante —dijo simplemente—. Soledad disfrazada de elevación. Puede ser.

Se giró hacia la diapositiva y siguió hablando, pero Pangjie sintió que el aire entre ellas había cambiado. Como si una línea invisible se hubiera dibujado en el aula, una línea que solo ellas dos podían ver.

El resto de la hora pasó en un borrón. Cuando sonó la campana, los estudiantes empezaron a guardar sus cosas con rapidez. Pangjie se demoró más de lo necesario, doblando la libreta con cuidado, metiendo el lápiz en el estuche como si fuera un ritual.

Mable recogió su maletín sin mirar a nadie.

Pero antes de salir, se detuvo junto a la puerta y dijo, sin girarse del todo:

—Señorita... ¿Pangjie, cierto?

Pangjie levantó la cabeza tan rápido que casi se le cae la mochila.

—S-sí, profesora.

—Su observación fue... adecuada. Si quiere profundizar en el tema de la soledad en el Renacimiento, puede pasar por mi oficina el jueves después de las tres. Tengo horas de consulta.

No era una invitación. Era una orden disfrazada de sugerencia.

Pangjie solo pudo asentir, con la boca seca.

—Gracias, profesora.

Mable salió sin decir más.

El pasillo se llenó de voces y pasos apresurados. Pangjie se quedó un momento sentada, sintiendo que el aroma de Mable —madera quemada, tormenta, acero— todavía flotaba en el aire alrededor de su asiento.

El resto del día fue una sucesión de aulas y profesores nuevos.

Después de Historia del Arte vino Artes Modernas, una clase más relajada donde el profesor, un beta de unos cuarenta años con barba desordenada y camiseta de Warhol, hablaba con entusiasmo sobre el dadaísmo y el ready-made. Pangjie se sentó al fondo, todavía aturdida, y apenas pudo concentrarse. Cada vez que alguien mencionaba "ruptura con la tradición", su mente volvía a la profesora alta de ojos negros que parecía hecha de la misma materia que las esculturas que estudiaban.

Luego llegó Escultura, en un taller abierto lleno de polvo blanco y olor a arcilla húmeda. La profesora, una omega robusta de unos cincuenta años, les pidió que modelaran con las manos una forma abstracta que representara "tensión". Pangjie intentó concentrarse, pero sus dedos temblaban tanto que la arcilla se le deshacía. Terminó con una forma vaga que parecía más bien una ola a punto de romperse.

—Interesante —dijo la profesora, girando la pieza—. Parece que estás conteniendo algo que quiere salir.

Pangjie se sonrojó hasta las orejas y no respondió.

La última clase del día fue Artes Digitales, en una sala llena de pantallas y tablets gráficas. El profesor era joven, un alfa con piercings y cabello verde, que les explicó el uso de Procreate y Photoshop con un entusiasmo casi infantil. Pangjie se sintió un poco más cómoda aquí; le gustaba el trazo digital, la forma en que podía borrar sin dejar huella. Dibujó un pequeño esbozo de una figura alta mirando hacia arriba, con la mano extendida. Lo borró inmediatamente, avergonzada.

Cuando por fin terminó el día, el sol ya se estaba poniendo y el campus se teñía de tonos dorados y violetas. Pangjie caminó despacio hacia la salida principal, con la mochila pequeña colgando de un hombro.

No vio a Mable hasta que estuvo casi a su lado.

La profesora estaba apoyada contra una columna del edificio principal, hablando por teléfono en voz baja. Llevaba la chaqueta negra sobre el brazo, la camisa desabotonada en el primer botón, dejando ver un collar fino de plata que descansaba en el hueco de su clavícula.

Pangjie se detuvo en seco.

Mable levantó la vista. Terminó la llamada con un seco "Hablamos luego" y guardó el teléfono en el bolsillo.

—Señorita Pangjie —dijo, como si fuera lo más normal del mundo encontrarse allí—. ¿Primer día completo?

Pangjie asintió, sintiendo que las palabras se le enredaban en la lengua.

—Sí... fue... intenso.

Mable inclinó la cabeza ligeramente, estudiándola.

—¿Intenso bueno o intenso malo?

—Intenso... bueno —susurró Pangjie—. Sobre todo la primera clase.

Una pausa.

Mable dio un paso hacia ella. No era mucho, solo lo suficiente para que el aroma alfa la envolviera de nuevo, cálido y dominante.

—Entonces no fue tan mala mi clase —dijo, con ese tono bajo que parecía acariciar la piel.

Pangjie sintió que le ardían las mejillas.

—No... para nada. Fue... la mejor.

Mable no sonrió, pero sus ojos se suavizaron una fracción de segundo.

—Cuídese en el camino a casa, señorita Pangjie. Bangkok puede ser... impredecible.

Y sin decir más, se dio la vuelta y caminó hacia el estacionamiento, tacones resonando contra el pavimento.

Pangjie se quedó allí, inmóvil, hasta que la figura alta desapareció entre los árboles del campus.

Solo entonces se permitió respirar.

Y se dio cuenta, con un estremecimiento que le recorrió toda la espalda, que su aroma de omega —jazmín y vainilla— se había intensificado sin que ella pudiera controlarlo.

Como si su cuerpo ya hubiera decidido algo que su mente todavía no se atrevía a nombrar.

Cuando llegó a casa esa noche, su madre la recibió con un abrazo y mil preguntas sobre el primer día.

Pangjie sonrió, respondió con frases cortas, se encerró en su habitación.

Se sentó en la cama y abrió la libreta de Botticelli.

En la última página, donde nadie podía ver, dibujó con lápiz muy suave una silueta alta, de espaldas, mirando hacia un cielo que no terminaba de pintar.

Debajo escribió una sola palabra.

Prohibido. Muy Prohibido