Cap1:El espejismo de la salvación
El sol de la tarde caía sobre el barrio con una pesadez dorada, de esas que hacen creer que, por un momento, la pobreza es solo un filtro de luz y no una sentencia. Liliana y Yiyi caminaban pegadas la una a la otra compartiendo un par de auriculares desgastados y un mismo anhelo: estar en cualquier lugar que no fuera su propia casa.
Para Liliana el hogar era el silencio asfixiante de su madre una mujer que parecía haber pedido el habla junto con el marido que las abandonó. Para Yiyi era mucho peor: era el olor a aguardiente barato y el miedo constante a que su padre despertara de mal humor tras otra noche de botellas vacías.
—Míralos —susurró Yiyi, dándole un codazo a su amiga.
Al final de la calle, recostados contra un coche que brillaba demasiado para ese vecindario, estaban ellos. Julián y Marcos. Eran hermanos, pero lo que más compartían era esa forma de mirar que te hacía sentir el centro del universo.
La Promesa de Algo Mejor
Los meses siguientes fueron un torbellino de lo que ellas juraban que era amor. Para dos chicas que nunca habían tenido nada, las atenciones de los hermanos eran como agua en el desierto.
Julián era para Liliana el caballero que su padre nunca fue. La escuchaba hablar de sus sueños de ser maestra y, en lugar de reírse, le compraba cuadernos nuevos.
Marcos, con su aire rebelde, le decía a Yiyi que su voz era demasiado grande para esas calles de tierra. Le prometía escenarios y luces, lejos de los gritos de su padre alcohólico.
—Siento que por fin alguien nos ve, Lili —decía Yiyi una noche, mientras compartían un pan dulce en la acera—. Siento que ellos son nuestra salida.
El Giro del Destino
La invitación llegó un viernes que olía a lluvia. “Una escapada”, dijeron los hermanos. “Un fin de semana lejos de todo para celebrar que la vida apenas comienza”.
Liliana dudó un segundo al ver el rostro de su madre en la ventana, pero el entusiasmo de Yiyi era contagioso. Yiyi no tenía nada que dejar atrás, solo el rastro de una infancia rota que quería borrar a toda costa. Se subieron al coche con la risa en los labios, sintiéndose las dueñas del mundo.
El viaje fue largo, demasiado largo. El paisaje urbano dio paso a la maleza y la maleza a la oscuridad de un bosque que no conocían.
—¿Falta mucho, Julián? —preguntó Liliana, sintiendo por primera vez un nudo frío en el estómago.
Julián no respondió. Sus manos, que antes acariciaban con ternura, ahora apretaban el volante con una fuerza blanca y tensa. Marcos, en el asiento del copiloto, apagó la radio. El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito.
Cuando el coche se detuvo frente a aquella cabaña aislada, el espejismo se rompió. Liliana miró a Yiyi y vio su propio terror reflejado en los ojos de su amiga. Ya no eran las novias queridas; eran presas. En ese instante, mientras las puertas se cerraban con un golpe metálico y definitivo, el futuro que habían soñado murió, y comenzó una larga noche que duraría años.