Cadenas de hielo

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Summary

Huir del altar fue solo el comienzo; sobrevivir al destino será el verdadero desafío. La princesa Ashe ha tomado una decisión que cambiará el rumbo del reino: cambiar una corona de espinas y un matrimonio forzado por la incertidumbre del exilio. Pero su fuga no es un acto de cobardía, sino una misión desesperada. En su camino no estará sola, aunque sus aliados son tan peligrosos como los enemigos que la persiguen. Acompañada por una joven elfa, una bruja de hielo y un vampiro, Ashe deberá aprender en quién confiar en un mundo donde las sombras tienen hambre. La tierra reclama sangre real como moneda de cambio y Ashe deberá decidir si está dispuesta a reclamar su propio camino... o perecer en el intento.

Status
Ongoing
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Hace mucho, mucho tiempo, cuando la historia aún no había comenzado a registrar los nombres de los hombres ni los límites de la tierra, el mundo era un lugar duro e implacable.

No existían castillos ni ciudades amuralladas. No había coronas ni estandartes ondeando al viento. La tierra estaba dominada por el frío constante y la nieve caía durante largos periodos sin dar tregua, cubriendo valles, montañas y senderos hasta borrar cualquier rastro de paso humano. Los ríos permanecían congelados la mayor parte del año, atrapados bajo capas de hielo tan densas que impedían la pesca y el comercio entre los asentamientos. Viajar era peligroso. Permanecer en un mismo lugar, también.

Los humanos sobrevivían dispersos en pequeños grupos. No formaban reinos ni compartían una identidad común. Habitaban cuevas, refugios de madera y campamentos levantados al abrigo de las montañas. Cada comunidad dependía únicamente de su fuerza y de su capacidad para resistir el invierno. La vida estaba marcada por la escasez, el hambre y la constante amenaza de la muerte.

El peligro no provenía sólo del clima. En los bosques y llanuras vagaban las Bestias Antiguas y otras criaturas nacidas de la magia primitiva del mundo. Algunas cazaban por instinto; otras parecían hacerlo por voluntad propia. Los humanos aprendieron pronto a temer la oscuridad y a no alejarse del fuego cuando el sol desaparecía tras las montañas.

Sin embargo, el mayor enemigo del hombre era el propio hombre.

La desconfianza gobernaba cada encuentro. Los clanes competían por territorio, recursos y refugios seguros. Las alianzas eran frágiles y rara vez duraban más de una estación. La violencia era común, y la supervivencia se convirtió en la única ley reconocida. No existía una autoridad que pudiera imponer orden ni una voz capaz de unir a todos bajo un mismo propósito.

Así fue durante generaciones.

Según relatan los más ancianos, aquellos que aún conservan las historias antiguas y las transmiten en voz baja junto al fuego, fue en esa era de caos cuando los dioses decidieron intervenir. Fröstheim, guardián de los inviernos eternos, y Lórienna, espíritu del despertar y del renacer de la vida, observaron durante largo tiempo el sufrimiento de los hombres. Finalmente, descendieron juntos al mundo mortal, a un campo cubierto de escarcha donde la aurora iluminaba el cielo.

No eligieron a un rey ni a un noble. No buscaron linaje ni riqueza. Entre los humanos encontraron a un solo hombre cuya voluntad no estaba dominada por la ambición ni el deseo de poder. No vestía armadura ni portaba símbolos de autoridad. Era un guerrero, sí, pero también un mediador. Su mayor fortaleza no residía en su espada, sino en su determinación de poner fin a la violencia que consumía a su pueblo.

Los dioses lo juzgaron digno.

De la unión de sus poderes forjaron una corona. No era un simple objeto, sino un símbolo de autoridad otorgada por voluntad divina. La corona contenía la firmeza del hielo y la promesa del renacer. Al colocarla sobre la cabeza del hombre, los dioses le concedieron la capacidad de ser escuchado.

Cuando habló, el mundo respondió.

La nieve dejó de ser un obstáculo. Los hombres, acostumbrados a resolver sus disputas con armas, bajaron las manos para escuchar sus palabras. Por primera vez, los clanes se reunieron sin intención de luchar. Bajo su guía, se establecieron normas, se compartieron recursos y se trazaron los primeros acuerdos duraderos.

Así nació el Primer Reino.

Y el hombre que había sido elegido por los dioses fue conocido desde entonces como el Primer Rey.

El Primer Rey gobernó durante muchos años y su mandato trajo estabilidad a una tierra que durante generaciones sólo había conocido conflicto. Bajo su autoridad se establecieron rutas seguras, se levantaron los primeros asentamientos permanentes y los clanes aprendieron a reconocerse como parte de una misma comunidad. Sin embargo, su mayor legado no fue el reino que unificó, sino los herederos que dejó atrás.

El Primer Rey tuvo tres hijos.

El mayor fue educado para gobernar. Desde joven mostró disciplina, capacidad de mando y una visión clara de la responsabilidad que implicaba liderar a otros. Comprendía el valor del orden y el equilibrio, y creció convencido de que la estabilidad sólo podía mantenerse mediante acuerdos firmes y decisiones difíciles.

El segundo hijo poseía un carácter distinto. Era impulsivo, directo y poco dado a la paciencia. Prefería la acción a la deliberación y se sentía más cómodo en la dureza del clima y del combate que en las salas de consejo. Su liderazgo no se basaba en leyes ni pactos, sino en la fuerza y la lealtad ganada en el campo.

La menor de los tres creció observando y escuchando. No buscaba imponerse ni demostrar su autoridad mediante la fuerza. Su talento residía en comprender a los demás y en adaptarse a los cambios. Mostraba una inclinación natural hacia la vida, el comercio y la prosperidad, cualidades que su padre fomentó con especial cuidado.

Cada uno heredó una parte del carácter del Primer Rey. También heredaron, aunque ninguno lo reconociera en vida de su padre, una ambición latente que el rey había sabido contener, pero que no logró erradicar por completo.

Cuando el Primer Rey murió, la unidad que había mantenido con firmeza comenzó a resquebrajarse. Su ausencia dejó un vacío que ninguno de sus hijos estaba dispuesto a compartir. Las discusiones sobre la sucesión se volvieron inevitables, y pronto quedó claro que el reino no podía permanecer unido bajo una sola autoridad.

La decisión fue dividir la tierra.

El hijo mayor tomó el territorio central, donde se encontraban los asentamientos más antiguos y las rutas que conectaban el norte con el sur. A ese reino lo llamó Northfall. Allí el invierno seguía siendo severo, pero no absoluto, y la tierra permitía tanto la supervivencia como el crecimiento. Northfall se convirtió en un reino de equilibrio, heredero directo de las leyes y tradiciones del Primer Rey.

El segundo hijo marchó hacia el norte, siguiendo las tierras más inhóspitas y frías. Fundó Vryndor, un reino donde el invierno nunca se retira por completo y donde la supervivencia exige resistencia y fortaleza. Bajo su gobierno, Vryndor se transformó en una tierra de guerreros, forjados por el clima y por la constante lucha contra el entorno.

La hija menor viajó hacia el sur, buscando regiones donde el sol permanecía más tiempo en el cielo y el mar ofrecía rutas de comercio y abundancia. Allí estableció Eldoria, un reino marcado por la fertilidad de la tierra, el intercambio entre pueblos y una vida menos sometida al rigor del frío.

Durante un tiempo, la división pareció traer paz. Los tres reinos prosperaron bajo el liderazgo de los hijos del Primer Rey, cada uno adaptado a su entorno y a su forma de gobernar. Las relaciones entre ellos eran tensas, pero estables, sostenidas por el respeto al legado común.

Fue entonces cuando ocurrió el hecho que cambiaría el destino de los reinos.

Una noche, sin testigos ni señales de lucha, la corona del Primer Rey desapareció. No hubo rastros, ni acusaciones inmediatas, ni explicación alguna. Nadie supo si fue robada, trasladada o retirada por voluntad divina.

Con el paso de los años surgieron distintas versiones. Algunos afirmaron que los dioses habían ocultado la corona para evitar que un solo gobernante reuniera nuevamente un poder tan grande. Otros sostuvieron que la corona fue sellada bajo el hielo del norte, a la espera de alguien capaz de reclamarla…

—Quien despierte la corona unirá lo que fue dividido. Y yo seré quien lo guíe.

No había eco. No había paredes que devolvieran el sonido. Aun así, la voz permaneció suspendida, como si el propio vacío la retuviera. No era fuerte ni elevada, pero tampoco necesitaba serlo. Tenía la seguridad de quien no espera respuesta.

Durante un largo instante no ocurrió nada.

Luego, la voz volvió a hablar.

—La sangre correcta. La corona correcta. Todo ha estado esperando este momento más tiempo del que los hombres son capaces de recordar.

Una figura avanzó desde la negrura. Sus pasos eran pesados, medidos, como si cada movimiento requiriera un esfuerzo consciente. La silueta era la de un hombre alto, de hombros firmes, pero su postura no transmitía autoridad. Su cuerpo obedecía, aunque su presencia delataba resistencia contenida.

Se detuvo a varios pasos de distancia.

—Llegas tarde —dijo la voz, sin rastro de molestia—. Pero llegas.

El hombre no respondió.

Sus ojos estaban abiertos, fijos al frente, pero carecían de expresión. No había desafío en ellos. Tampoco miedo. Solo una ausencia profunda, como si la voluntad que alguna vez los habitó hubiera sido arrancada y reemplazada por una orden permanente.

—Mírate —continuó la voz—. Tan dispuesto a obedecer. Tan convencido de que todavía eliges.

La figura femenina emergió entonces de la oscuridad. Su presencia alteró el espacio, lo volvió más denso. Se colocó frente a él, lo suficientemente cerca como para invadir su respiración.

—Te preguntas cuánto de ti queda —dijo—. Es una duda razonable. Todos la tienen, al principio.

Sus dedos se cerraron brevemente alrededor de su mentón, obligándolo a levantar el rostro.

—Has cometido errores —continuó—. Decisiones pequeñas, al inicio. Luego decisiones imposibles de deshacer. Yo solo hice el resto.

El hombre apretó los dientes. Su cuerpo reaccionó, aunque no emitió palabra alguna.

—No te engañes —añadió ella—. No eres una víctima. Fuiste tú quien llamó. Yo simplemente respondí.

Lo observó en silencio.

—Ahora tienes un propósito.

El silencio se tensó y ella retiró la mano.

—Hay una heredera —dijo, cambiando el tono—. Una pieza que aún no comprende su lugar. Caminará creyendo que elige su propio destino.

Rodeó su cuerpo con lentitud. Cada paso marcaba territorio. Él permanecía inmóvil, consciente de cada segundo, incapaz de reaccionar.

—Necesito que camines junto a ella —dijo al fin—. Que te ganes su confianza. Que seas constante. Cercano. Que te crea distinto a los demás.

Se detuvo a su espalda.

—No debes protegerla de mí —añadió—. Debes protegerla del mundo. Hay una diferencia. Y tú la entiendes.

Sus dedos rozaron la línea de su cuello. El contacto fue breve, preciso.

—Ella pensará que eliges quedarte. Que la acompañas por voluntad propia. Pensará que tus silencios son prudencia, que tus decisiones son sacrificios.

Se inclinó ligeramente, lo suficiente para que su voz llegara solo a él.

—Cada decisión que tome contigo cerca será una decisión que me beneficie. Cada duda que sienta será una puerta que yo abriré.

Los dedos de ella se cerraron alrededor de su muñeca. No con fuerza. No la necesitaba.

—La llevarás hasta la corona —ordenó—. No por la fuerza. No por miedo. Lo harás porque creerá que es lo correcto.

El hombre se inclinó. No fue una reverencia consciente. Fue una respuesta grabada en lo más profundo de su cuerpo.

—No necesito que entiendas —dijo ella—. Solo que obedezcas.

Se apartó.

—Ve —ordenó—. Conviértete en lo que ella necesita. Sé su apoyo. Su sombra. Su error inevitable.

El vínculo se cerró.

La figura masculina dio media vuelta y se internó nuevamente en la oscuridad, desapareciendo sin dejar rastro.

Ella lo observó desaparecer.

—Todo avanza como debe —susurró—. Los reinos creen que el pasado duerme. La corona espera. Y ella… aún no sabe nada.

El silencio volvió a cerrarse.

Esta vez, obediente.