Chapter 1 :El HIJO DEL CONDE
En una tranquila región de Francia, rodeada de bosques y colinas, se alzaba un antiguo castillo que vigilaba, silencioso, el pequeño pueblo que se extendía a sus pies.
Allí vivía el conde de Montclair, cuyo primogénito tenía los cabellos del color del cielo nocturno: un extraño azul profundo que nadie en el pueblo lograba explicar. Algunos lo atribuían a un capricho de la naturaleza; otros, más supersticiosos, murmuraban que aquel niño había nacido bajo un destino incierto.
Cada vez que el joven paseaba por el pueblo junto a su padre, las muchachas suspiraban al verlo pasar; ni el insólito color de su cabello lograba opacar su elegante porte ni la nobleza de su semblante.
El conde de Montclair, al observar con orgullo la admiración que su hijo despertaba entre las jovencitas del pueblo, se sumió una tarde en silenciosos pensamientos.
—Mi muchacho algún día tendrá su propia familia —susurró—… y yo me quedaré solo.
Sintió cómo una tristeza honda le oprimía el corazón.
Habían pasado ya diecisiete años desde la muerte de su amada esposa, Éléonore. Desde entonces, no había tomado una segunda esposa; se había dedicado por completo a educar a su hijo y a velar por el bienestar de su pueblo.
"Tal vez... ya sea tiempo de encontrar una compañera", reflexionó.
Pasaron algunas semanas desde aquel pensamiento que inquietaba al conde. Aunque continuaba cumpliendo con sus deberes como señor de aquellas tierras, su mente volvía una y otra vez a la misma idea: no quería pasar el resto de su vida en soledad.
Una tarde de otoño, mientras paseaba por el pequeño pueblo, algo captó su atención. Frente a la fuente de la plaza se encontraba una joven desconocida. Su porte era sereno y elegante, y sus ojos recorrían el lugar con una mezcla de curiosidad y prudencia, como si estuviera descubriendo aquel mundo por primera vez.
Los aldeanos la observaban con discreta curiosidad; nadie recordaba haberla visto antes.
El conde se detuvo, visiblemente fascinado.
-¿Quién es esa joven? -preguntó en voz baja a uno de los hombres que lo acompañaban.
-No lo sé, mi señor -respondió el hombre-. Llegó esta misma mañana. Dicen que viene de tierras lejanas.
El conde volvió a mirarla y, por alguna razón que no supo explicarse, sintió nacer en su pecho una súbita atracción. ¿Serían acaso sus cabellos dorados o aquellos ojos verdes, que brillaban con una inocencia capaz de evocar la legendaria belleza de la diosa Afrodita?
Reuniendo valor, decidió acercarse a ella.
-Disculpad que os interrumpa, mademoiselle, pero no podía marcharme sin deciros que vuestra presencia ha cautivado mi corazón.
-Sois muy amable, monsieur le comte -respondió la joven con una leve reverencia-. Permitidme presentarme: soy Juliette de Rochebrune.
-Qué hermoso nombre -comentó el conde con una amable sonrisa-. Tal vez os parezca atrevido por mi parte, pero, si me concedierais el honor de cenar esta noche en mi palacio, me sentiría profundamente honrado.
Juliette lo observó durante unos instantes en un silencio denso, como si evaluara cada palabra del conde y buscara algo oculto tras su cortesía.
-Será un honor aceptar vuestra invitación, monsieur le comte -afirmó finalmente Juliette, con una serena sonrisa que no llegaba a revelar sus pensamientos.
Lo que comenzó como una simple invitación pronto se transformó en una sucesión de paseos y veladas. Juliette y el conde parecían congeniar con una facilidad inquietante, como si el destino hubiese dispuesto aquel vínculo desde mucho antes.
Los pasillos del castillo pronto se vieron inundados por el ir y venir de los sirvientes y por los discretos murmullos de un posible romance.
No fueron pocos los que empezaron a insinuar que aquel vínculo podría culminar en una boda entre el conde y la misteriosa dama llegada al pueblo.
Rumores cargados de asombro y recelo que, inevitablemente, terminaron por llegar a oídos del heredero.
Sin perder un instante, el joven Étienne corrió hasta el despacho de su padre. Abrió la puerta con brusquedad, sin anunciarse, interrumpiendo el silencio impregnado de incienso y pergaminos.
—Padre, disculpad mi interrupción —insistió, con la respiración entrecortada—, pero me he enterado de vuestro compromiso. ¿Cuándo pensabais decírmelo?
—Calmaos, hijo mío —replicó el conde con una serenidad que contrastaba con la agitación del joven—. Pensaba contároslo esta noche, durante la cena. Pero ya veo que los chismes vuelan por este castillo más rápido que las flechas.
—¡Padre, no podéis casaros! —exclamó Étienne, visiblemente alterado—. ¿Qué hay del recuerdo de mi madre?
El conde frunció el ceño, y una sombra de indignación cruzó su rostro, endureciendo sus facciones.
—¿Cómo os atrevéis a cuestionar el respeto que profeso a vuestra madre? —replicó con severidad—. La he amado con todo mi corazón... pero ha llegado el momento de continuar con mi vida.
Luego, al ver la angustia en los ojos de su hijo, su voz se suavizó.
—Étienne, en lugar de enfurecerte, deberíais intentar comprenderlo. Algún día, cuando toméis esposa y forméis vuestro propio hogar, entenderéis lo que significa tener a alguien a vuestro lado.
El joven sintió que su rabia se desvanecía, reemplazada por un nudo en la garganta.
—Lo siento, padre —respondió con los ojos empañados—. Tenéis razón. Perdonadme por ser egoísta y no pensar en vuestra felicidad.
Su padre, sin mediar palabra, se acercó y lo estrechó en un abrazo firme y protector.
Étienne permaneció inmóvil por un instante. Hacía años que no recibía un gesto de afecto tan directo y, por un breve momento, volvió a sentirse como el niño que corría por los pasillos del castillo en busca del cariño paterno.
—Sois un buen hijo, Étienne. No dejéis que el miedo ni los celos nublen vuestro corazón —añadió con voz serena.
Se separó lentamente y tomó el rostro del joven entre sus manos, contemplándolo con una mezcla de orgullo y ternura... una ternura que, por alguna razón, pareció pesar más de lo habitual.
Étienne bajó la mirada, avergonzado de su reacción.
—Procuraré ser digno de vos.
Una leve sonrisa suavizó las facciones del conde, aunque sus ojos guardaban un cansancio difícil de ocultar.
—Es una buena mujer. Estoy seguro de que, con el tiempo, llegaréis a apreciarla .
Durante un instante, el silencio se extendió entre ambos.
Étienne quiso creer en aquellas palabras... pero algo, profundo e inexplicable, le oprimió el pecho.