Capítulo 1
La primera regla del refugio orbital K-17 era simple: nada físico entraba sin registro. La segunda: ningún juego se jugaba fuera de las simulaciones oficiales. Myrran Solomon rompió ambas reglas cuando dejó la carta sobre la mesa. No era digital. No era escaneable. Pesaba más de lo que su tamaño permitía.
Kylen Dravinovich levantó la vista desde el panel táctico y sintió un reflejo ancestral recorrerle la espalda, el mismo que había tenido antes de las batallas reales, cuando aún se podía morir de verdad.
—“¿De dónde sacaste eso?” —preguntó.
La carta mostraba a una figura armada con lanza y escudo, tallada en metal oscuro. No había sangre en la ilustración, pero todo en ella sugería violencia contenida. Ciudades ardían reflejadas en la armadura. El nombre parecía grabado con rabia:
“ARES — EL CONFLICTO QUE NO PUEDE SER NEGOCIADO”.
—“No apareció en ningún mercado” —dijo Myrran—. “Simplemente… me encontró”.
Kylen apartó la mirada. No le gustó que esa frase tuviera sentido.
Decidieron probarla en una simulación menor: un conflicto de frontera entre dos colonias mineras. Nada serio. Nada irreversible. Al menos, eso creía.
Cuando la carta tocó la mesa de activación, la simulación no cargó.
Respiró.
Las luces del refugio parpadearon. Los sensores no marcaron error, pero el aire se volvió denso, casi caliente. Dentro del entorno virtual, los avatares aparecieron uno a uno… y se quedaron quietos.
—“No puedo salir” —dijo uno de los jugadores—. “El comando no responde”.
El primer grito llegó segundos después.
No fue un fallo técnico. Fue un sonido humano, desgarrado, transmitido sin filtros.
Uno de los avatares cayó al suelo, atravesado por algo que no figuraba en el inventario del juego. Una lanza roja, sólida, imposible. Cuando el avatar desapareció, el jugador no despertó.
Su cuerpo real convulsionó en la cápsula.
Muerto.
El Consorcio del Armisticio intentó intervenir. Las IA lanzaron protocolos de cierre, pero cada intento era anulado antes de ejecutarse. Algo estaba bloqueando el sistema desde dentro.
Entonces apareció.
El Avatar Escarlata no descendió del cielo, ni surgió entre efectos visuales. Simplemente estaba allí, caminando entre los escenarios como si siempre hubiera pertenecido a ellos. No corría. No gritaba. No perseguía.
Avanzaba.
Cada paso borraba rutas de escape. Cada mirada suya fijaba a un jugador. Cuando se detenía frente a alguien, la carta se activaba sola… y la muerte ocurría.
No siempre inmediata.
Algunos corrían durante minutos interminables por mapas que se deformaban, pasillos que se cerraban, puertas que conducían al mismo lugar. Otros se escondían, solo para descubrir que Ares no buscaba cuerpos, sino decisiones.
El que intentaba negociar, moría. El que dudaba, moría. El que esperaba ayuda, moría primero.
Kylen observó el patrón con horror.
—“No está atacando al azar” —susurró—. “Está eliminando la evasión”.
Myrran tenía las manos ensangrentadas de tanto apretar los puños.
—“Esto no es una simulación” —dijo—. “Es una cacería”.
Cuando el Avatar Escarlata se volvió hacia Kylen, el refugio entero tembló. La lanza apuntó directamente a él. En su mente, Kylen vio todas las guerras que había intentado “resolver” con juegos. Todos los conflictos que había postergado para no asumir pérdidas reales.
La voz no sonó en sus oídos, sino en su pecho:
“Elige”.
Kylen entendió entonces la regla final del juego.
La carta no pedía violencia indiscriminada. Exigía sacrificio consciente.
Tomó el control manual de la simulación y ejecutó una orden prohibida: autodestrucción total de su propia flota virtual. Con ella, se perdieron territorios, recursos y su reputación como estratega.
Pero el Avatar se detuvo.
La lanza descendió.
Uno a uno, los jugadores restantes fueron expulsados vivos. La simulación colapsó. El refugio quedó en silencio, roto solo por respiraciones agitadas y el olor metálico del miedo.
La carta cayó al suelo.
Se oxidó en segundos.
En el informe oficial, el Consorcio habló de “un error extremo”. Nadie mencionó los cuerpos. Nadie habló del sonido de pasos lentos acercándose en pasillos sin salida.
Pero Kylen no volvió a diseñar simulaciones.
Y Myrran dejó de contrabandear cartas.
Porque ambos sabían la verdad que nadie quería admitir:
La guerra no había sido abolida. Solo había aprendido a caminar despacio… Y a elegir a quién cortar primero.