El abismo de un mafioso

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Summary

¿Cuánto vale la vida de un hijo? Para Isabella, la respuesta es un millón de dólares y su propia libertad. Con una bebé de cinco meses cuya salud se desvanece en cada latido, Isabella se ve obligada a cruzar el umbral del Club, un santuario de excesos y BDSM donde los hombres más peligrosos del país compran voluntades. Bajo una armadura de seda y maquillaje diseñada por su mejor amiga Rous, Isabella se convierte en la joya de la subasta. Pero no contaba con atraer la mirada de Damián Bianchi, un narcotraficante cuya frialdad solo es comparable con su inmenso poder. Al ganar la puja, Damián reclama su premio, arrastrando a Isabella a un abismo de posesión, reglas inquebrantables y una pasión tan oscura como el mundo que él gobierna. si Damián Bianchi. No es solo un millonario; es un hombre cuya autoridad emana de las sombras del narcotráfico. Es imponente, guapo y letal. Él no busca una compañía casual; él busca posesión absoluta. Desde que ve a Isabella tras el cristal de la subasta, decide que ninguna cifra es demasiado alta. Al pagar un millón de dólares, Damián no solo compra una noche, compra el destino de Isabella, arrastrándola a un mundo donde el placer y el dolor se confunden bajo sus propias reglas.

Genre
Erotica
Author
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Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

capitulo 1

ISABELLA

En realidad lo vas a hacer? -La voz de rous me sacó de sus divagues; era la décima vez que se lo preguntaba desde el amanecer.

solte un suspiro cargado de una frustración que sentía como me quemaba el pecho. me observe sobre el espejo, pero a simple vista no me reconoci al instante, mis propios ojos reflejaban el pánico como si fuera una presa huyendo de la realidad, mientras mis dedos temblaban al soltar mi largo cabello. Era demasiado liso, demasiado simple, carente de esa elegancia artificial y sofisticada que el club exigía para llegar a ser una de las "piezas de exhibición" que subastaban cada fin de semana.

Me levantó de la silla en la que estaba sentada, permitiendo que mi cabello volviese a tomar la misma forma que tenía antes. camino con pasos lentos hasta donde está mi amiga colocando mis manos sobre sus hombros. Me odiaba al causar esa impotencia que se veía reflejado en su rostro. Para mi Rous y Ricardo eran su único refugio la había tenido desde que se quedó sola a cargo de Isabella, sentía que le debia mucho y no sabía cómo pagarle.

Tú tienes tus propias responsabilidades, Rous -le dijo con firmeza-. Pero Bianca..... bianca es mí responsabilidad _ Se giró de vuelta y camino al espejo con una determinación gélida. Tomó el estuche de maquillaje que había comprado unos días antes y lo abrió con manos temblorosas. Si no podía domar su cabello para parecer una mujer de elegancia, al menos usaría un color claro para ocultar las ojeras de las noches anteriores sin dormir junto a la cuna de su hija _ No encuentro más opciónes -sentenció, mientras aplicaba la base con movimientos mecánicos- Era eso... o verla morir....Mi virginidad es lo único que tiene valor y no me importa subastarla, no me importa si tengo que ser el juguete de un hombre poderoso para que mi hija viva lo haré.

¡¡Pero!!...¡¡ Isabella!!...Puedo hipotecar la casa, buscar otro trabajo extra o pedir un nuevo préstamo en el banco -insistió Rous avanzando hacia donde estaba con las manos extendidas, como si intentara detener un choque inminente.

¡¡ya basta!!-dije dejando el lápiz negro sobre el tocador de un golpe seco, el sonido de la madera resonando como una sentencia. me gire lentamente hasta clavar mi mirada con la suya.-No voy a permitir que pierda tu casa con una segunda hipoteca -sabia que iba a replicar, pero le corte con un gesto -Además, sabes perfectamente que un préstamo de esa magnitud toma tiempo en qué lo autorize. Tiempo que Bianca no tiene -sentencie - Además al final, nos dirán lo de siempre: "Lo sentimos, pero no tiene la capacidad de endeudamiento".

pero podemos intentarlo _ volvía a insistir esperando lograr algo.

No, no y no...En ese banco, mi vida y la de mi hija no valen nada. Pero en el Club...-tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta que se negó a mostrar-, en el Club, mi cuerpo es la única moneda que aceptan sin hacer tantas preguntas así que por favor ya no insista.- vi como mi amiga guardó silencio tras mis palabras.

cerro sus ojos por un segundo soltando un suspiro como de resignación _ Dame eso -dijo al verme intentar maquillarme con mis manos temblorosas y el corazón acelerado, Se acercó abrió un cajón saco una toalla limpia la humedeció ligeramente y comenzó a limpiar mi rostro borrando los trazos erráticos del lápiz negro y las manchas de la base mal aplicada.

cerre mis ojos por un momento dejando que ella hiciera su mejor trabajo, rindiéndome en las manos de la experta que intentaban ocultar mi cansancio. El silencio en la habitación solo era interrumpido por el roce de las brochas.-Intenté que reaccionaras -comenzó Rous con su voz pequeña, cargada de una preocupación que no podía ocultar-pero creo que no vas a dar marcha atrás así que lo único que me queda es hacer mi magia.

Isabella no respondió. No podía... Si abría la boca, el nudo en su garganta rompería la máscara que con trabajo habia construido. Sintió los dedos de su amiga temblar ligeramente sobre su mejilla.-Pero porque te quiero, amiga, te voy a apoyar en tus decisiones.... aunque yo no esté de acuerdo con esto que vas a hacer -continuó Rous con un suspiro resignado- Así que, si vas a entrar ahí... -susurró mientras abría su propio maletín profesional de maquillaje, haciendo clic en los cierres metálicos-, vas a entrar como una reina. No voy a permitir que esos tipos vean una sola grieta de tu armadura.

Sentí como comenzó a aplicar las sombras con una precisión quirúrgica. No buscaba resaltar la dulzura de Isabella, sino crear una mujer nueva. Alargó sus ojos, marcó sus pómulos y pintó sus labios de un carmín tan profundo que parecía sangre.Cuando Isabella finalmente abrió los ojos y se miró al espejo, ya no vio a la madre desesperada que no podía pagar las facturas del hospital. Vio a una mujer imponente, fría y hermosa. Rous había cumplido su promesa: la armadura estaba lista. Solo faltaba ver si era lo suficientemente fuerte para resistir frente a ellos.

Finalmente, rous caminó hacia su armario. Ignoró la ropa común que tenia y sacó un vestido que élla misma había guardado para una ocasión especial, una pieza de seda oscura que se adhería al cuerpo como una segunda piel-Póntelo -le pidió, entregando la prenda con las manos temblorosas-. Este vestido no solo te hará ver tu hermosa figura Isabella. Te hará ver inalcanzable. Y en ese club, cuanto más difícil parezcas de romper, más alto pujará por ti.

tome la seda fría entre sus dedos, el contraste entre la suavidad de la tela y la dureza de me destino me hizo estremecer, vi cómo rous se giró para salir de la habitación para darle privacidad, pero el aire en la habitación se sentía pesada como si el oxígeno se estuviera agotando.

Me termine de ajustarme el vestido de seda. me mire por última vez en el espejo, pero mi mirada que se reflejaba no era mía, si no de una simple desconocida, una criatura de elegancia letal y ojos endurecidos, más no de una madre desesperada.

Al abrir Rous la puerta de la habitación, el aire del pasillo que entraba le parecia más frío, como un anticipo de la noche que apenas venia. Allí estaba de pie su amiga, camino hacia ella y le dio un último apretón de manos, un gesto silencioso de apoyo que agradeci con la mirada. No hacían falta palabras,en ese apretón me daba todo su apoyo y la lealtad incondicional.

Ricardo, el novio de Rous, no dijo nada al verme transformada. Su mirada recorrió el vestido, el maquillaje impecable y el peinado que exponía su cuello, pero sus ojos no mostraban deseo, sino una tristeza infinita. Como pareja de su mejor amiga, él había vivido de cerca cada lágrima de Isabella, y al verla así era aceptar que no habían encontrado otra salida. En sus brazos, envuelta en una manta de lana suave, cargaba a Bianca que se acababa de dormir.

La pequeña, de apenas un año dormía ajena a la tormenta que rodeaba a su madre. Su respiración era corta, un recordatorio constante de la válvula que fallaba en su pequeño corazón y de la urgencia que dicta cada uno de los pasos de Isabella. Antes de que ella diera el primer paso hacia el pasillo, Ricardo liberó una de sus manos y tomó la de Isabella, apretándola con fuerza. Fue un contacto breve, pero cargado de una gratitud dolorosa. En ese apretón, Ricardo le transmitía que, aunque el mundo entero la juzgara esa noche, él y Rous sabían que era una heroína. Isabella le devolvió el apretón, sintiendo por última vez el calor de su familia antes de entregarse al frío del club.

Es por ella, Ricardo -dije, y esta vez mi voz no tembló. Se endereze acercándome al calor de mi hija-No dejes que se despierte antes de que me vaya. No quiero que sus ojos sean lo último que vea antes de entrar en ese lugar.

Me incline sobre mi pequeña Bianca. El contraste de mis labios pintados de un rojo intenso y la piel de porcelana de mi pequeña bebé era desgarrador. Roze su frente con un beso casi imperceptible, un susurro de mis labios que llevaba consigo una promesa silenciosa para su pequeña hija " Entregaré mi alma a las sombras para que tú siempre vivas en la luz." -Una promesa silenciosa que Isabella grabó en su mente, aceptando que su propia oscuridad era el precio del futuro de Bianca.

Ricardo tenía sus ojos inyectados en sangre, cargados de una impotencia que le quemaba la garganta. Él sabía a dónde iba ella. Sabía el precio. Y sabía, por encima de todo, que su sueldo de mesero no alcanzaba para comprar ni un solo latido del corazón de la niña.

Escúchame, Isabella -dijo Ricardo con la voz quebrada pero firme-. Eres la mujer más valiente que he conocido. No importa lo que ese hombre crea que ha comprado esta noche... tú siempre serás libre aquí dentro. -se tocó el pecho, justo donde Bianca dormía-. Te esperaremos aquí. Pase lo que pase, volverás a casa con nosotros._ Isabella asintió una sola vez, tragándose el sollozo que amenazaba con arruinar su "armadura". No miro atrás. Sabía que si lo hacía, la máscara se rompería y se quedaría de rodillas en ese pasillo.

Caminó hacia la salida, el sonido de sus tacones sobre el suelo resonando como el tictac de un reloj que anunciaba el fin de su inocencia y el comienzo de su contrato. Cada paso la alejaba del calor de su familia y la acercaba al frío acero de la mirada de una sola persona.

El taxi ya esperaba abajo, con el motor encendido, soltando un humo blanco que se disolvía en el aire frío de la noche. Isabella estaba a punto de cerrar la puerta cuando un taconeo rápido la detuvo -Yo voy contigo -sentenció Rous, bajando las escaleras apresurada con una gabardina oscura en la mano

Isabella se quedó mirándola, con la mano en la manija de la casa y el corazón dándole un vuelco. Intentó articular una protesta, una advertencia sobre el peligro, pero Rous la cortó antes de que soltara la primera sílaba-Y no te estoy pidiendo permiso, así que vamos -dijo con una firmeza que no admitía réplicas. Le puso la gabardina sobre sus hombros para cubrir la seda que brillaba demasiado bajo las farolas de la calle-. No vas a entrar en ese infierno sin que yo sepa exactamente dónde te dejan.

Una vez dentro del taxi, el silencio solo era interrumpido por el murmullo de la radio del conductor y el roce de la seda contra el asiento. Isabella pegó su frente al cristal frío de la ventana. Las luces de la ciudad pasaban ante ella como ráfagas de colores distorsionados: los neones de los bares, los faros de los coches de lujo y los edificios de cristal que parecían tocar el cielo. Sintió una mano cálida sobre la suya.

Rous le apretaba los dedos en la oscuridad del asiento trasero, un recordatorio silencioso de que aún era humana, de que aún era madre, a pesar de que la ciudad empezaba a devorarla con sus luces artificiales. Isabella cerró los ojos un segundo, dejando que el frío del vidrio le entumeciera la piel. Sabía que cada metro que avanzaba en el taxi era un metro menos de su antigua vida para entrar a la ciudad de los hombres que tenían tanto dinero que ya no les bastaba con comprar cosas, ahora querían comprar voluntades.

Isabella veía el reflejo de sus ojos maquillados en el vidrio, fundiéndose con las luces de la calle. Se sentía como una extraña en su propia piel-Estamos cerca -susurró rous , rompiendo el trance. Ella sintió viendo como le apreta la mano, un gesto que decía "no estás sola", aunque ambos sabían que, al cruzar esa puerta, lo estaría.

El taxi dobló una esquina y el paisaje cambió. Las luces brillantes dieron paso a un callejón privado, impecablemente limpio y flanqueado por muros altos. Al fondo, se alzaba la fachada.Era un edificio de arquitectura clásica, imponente y sobrio, sin letreros luminosos ni música estridente que delatara lo que ocurría en su interior. Solo una pesada puerta de madera oscura y dos hombres de negro, de pie como estatuas de granito, custodiaban la entrada. El lugar no necesitaba anunciarse; quienes tenían el dinero suficiente para entrar, sabían exactamente dónde encontrarlo.

El coche se detuvo suavemente frente a la escalinata.

Recuerda lo que te dije -me recordó Rous bajando la voz mientras el portero se acercaba a abrir la puerta del vehículo-. Eres una reina, Isabella. No dejes que vean tu miedo. Si ellos huelen tu desesperación, bajarán el precio. Si huelen tu orgullo, querrán destruirlo... y pagarán lo que sea por el privilegio de intentarlo.

Tome aire, llenando mis pulmones de ese aroma a cuero y perfume caro que ya empezaba a filtrarse desde el interior del Club, pero antes de que Isabella pudiera poner un pie en el pavimento, un rugido de motores potentes cortó el aire frío. Tres camionetas negras, blindadas y con los cristales tan oscuros que parecían lápidas de obsidiana, amestaban estacionado en formación perfecta. Estaban justo a un costado de la escalinata principal, bloqueando la vista por un instante.

Isabella se quedó paralizada, con la gabardina de Rous apretada contra su pecho. El brillo del metal negro bajo las farolas era amenazante. No bajó nadie de inmediato; las máquinas simplemente rugían en un ralentío pesado, como bestias esperando una orden.Fue en ese segundo de inquietud cuando Isabella lo sintió.

A través del cristal blindado de la camioneta central, una una mirada penetrante se clavó en ella. No podía ver los ojos, no podía ver su rostro, pero el bello de su nuca se erizó y un escalofrío eléctrico le recorrió la columna vertebral. Era una sensación de un depredador, como si alguien estuviera tasando su valor, marcandome como su propiedad privada antes de que la subasta siquiera comenzara.

Sintió que el aire se volvía escaso. Era la mirada de un hombre que no pedía permiso para observar, que simplemente tomaba lo que quería con la vista.-Isabella, muévete -susurró Rous, dándome un suave empujón para sacarla del trance-. No dejes que vean que tienes miedo -Isabella tragó saliva y obligó a sus piernas a avanzar.

Al cruzar la pesada puerta de roble, el ruido de los motores y la ciudad desapareció, reemplazado por una música ambiental profunda y el aroma a sándalo y cuero caro. El lobby no parecía el de un club nocturno; era una estancia de mármol negro y luces tenues que gritaba poder y discreción. Pero, aunque el lujo la rodeaba, Isabella no podía quitarse de encima la sensación de esa mirada que la había desnudado en la acera.

Rous caminó con paso seguro hacia Samanta manteniendo a Isabella cerca de ella - Samy Busco a Sofía no sabes si está en su oficina -dijo su amiga a la chica de traje impecable que custodiaba el acceso- Dile que rous está aquí.... Ella me espera.

Tras una breve confirmación por un auricular, se nos permitió avanzar hacia el fondo de un pasillo. Allí, tras un escritorio de caoba, estaba Sofía sentada. Era una mujer de elegancia gélida, con una mirada que parecía tasar el valor de todo lo que tocaba. Al verlos entrar una sonrisa se formó entre sus labios, dejó su copa de cristal sobre el escritorio y se puso de pie, recorriendo a Isabella con una lentitud que me hacía sentime desnuda.

Mira lo que el viento me trajo hasta aquí -exclamó Sofía, deslizándose hacia ellas con la elegancia de una pantera.

Aquí está, Sofía -anunció Rous, y su voz perdió un poco de su seguridad habitual al sentir la presión del lugar-La chica de la que te hablé.

Sofía se detuvo frente a Isabella. No hubo saludo, ni sonrisa. Simplemente le tomó el mentón con los dedos, una presión fría y firme que obligó a Isabella a girar la cara de un lado a otro. Sofía examinaba el trabajo de Rous con la precisión de un joyero tasando un diamante robado.

Tienes buen ojo, Rous. Es... exquisita -sentenció Sofía con una voz de seda-. Y más con tu trabajo. Pero aquí la belleza es solo el envoltorio; lo que vendemos es la exclusividad, el silencio y la entrega absoluta.

Sofía comenzó a caminar alrededor de ella, moviéndose con la elegancia depredadora de quien sabe que ya ganó la partida. Isabella se mantenía rígida, sintiéndose encerrada en un círculo invisible, mientras Sofía desgranaba las cláusulas de un contrato de alta finanzas que olía más a sentencia que a negocio.-A partir de este momento, Isabella, tu nombre se queda fuera de esta puerta. Aquí dentro no eres una madre, ni una mujer; eres la pieza principal, una propiedad del Club hasta que el martillo dicte quién será tu dueño

Sofía hizo una pausa deliberada, ajustando un mechón de pelo a Isabella con una frialdad que la hizo estremecer-. Y la gente que ha llegado esta noche...-Sofía miró hacia la entrada, donde el eco de los motores blindados y el cierre de puertas pesadas anunciaba la llegada de los peces gordos-... esa gente no compra compañía, compra voluntad. No aceptan errores, ni lágrimas, ni arrepentimientos de último segundo. Si firmas este papel, el dinero que salvará a tu hija empezará a correr, pero tu libertad se detendrá en seco. No hay marcha atrás, Isabella. Una vez que el martillo caiga, le pertenecerás a quien haya tenido la billetera y el alma más oscura.

Sofía le tendió la pluma estilográfica, pesada y fría como el acero de una pistola.-Firma. Compra la vida de Bianca con la tuya.

Firma, Isabella. Firma y olvida quién eras hace diez minutos -sentenció Sofía, deslizando la pluma de oro sobre el escritorio de mármol.

Isabella tomó la pluma, con los dedos gélidos. Sus ojos se fijaron en la cláusula de los beneficios.-Del total que se recaude en la subasta, el Club se queda con el sesenta por ciento -añadió Sofía con una naturalidad que helaba la sangre-. El resto es tuyo.

Isabella estaba a punto de presionar la punta contra el papel, dispuesta a aceptar cualquier migaja con tal de salvar a Bianca, cuando la mano de Rous cayó sobre la suya, deteniendo en seco.

Un momento -intervino Rous, y esta vez su voz no tembló. Se encaró con Sofía, desafiando su autoridad-. Dijiste que era el sesenta para Isabella y el cuarenta para ti. Esas fueron tus palabras cuando hablamos por teléfono.

La cara de Isabella se contrajo de preocupación. Miró a su amiga y luego a Sofía, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. Cada punto porcentual era una medicina menos, una noche menos de hospital para su hija. Sofía soltó una risa seca, sin rastro de humor en sus ojos.

Es carne nueva, Rous -replicó Sofía, cruzándose de brazos-. La preparación, la seguridad, el riesgo de presentar a alguien sin experiencia... todo eso tiene un costo. Las piezas nuevas se subastan con un margen mayor para el Club.

No me vengas con eso, Sofía -insistió Rous, sin soltar la mano de Isabella-. Sabes que ella es la joya de la noche. Sin ella, tu subasta es solo más de lo mismo-Sofía guardó silencio un segundo, evaluando la determinación de Rous. Luego, se encogió de hombros con una sonrisa de seda.

Está bien. Solo porque te aprecio, Rous, y porque sé que la chica tiene potencial... lo dejamos en cincuenta y cincuenta. Mitad para ella, mitad para la casa. Es mi última oferta.-Sofía volvió a empujar el contrato hacia Isabella.

Ahora sí, firma, Isabella. El tiempo corre y los clientes no tienen la paciencia que yo tengo.