CAP 1-El pacto del diablo
La última vez que vi a Nicolás Vega, tenía diecinueve años y él acababa de hundir la empresa de mi padre con una sonrisa en los labios.
No estaba ahí para verlo en persona —lo vi en la portada del periódico financiero que mi madre sostenía con manos temblorosas mientras yo fingía dormir en el sofá. Él salía del juzgado. Traje oscuro, gafas de sol, el tipo de calma que solo tienen los hombres que nunca pierden. Debajo de la foto: Grupo Vega adquiere activos de Cruz Industrial tras declaración de insolvencia.
Diez años después, estoy sentada frente a su secretaria en la planta 42 de la Torre Vega, y algo en mi pecho se ha calcificado tan bien que ni siquiera lo siento latir.
Lo que siento, en cambio, es la mirada de la secretaria deslizarse sobre mi traje —valorándolo— y la ligera elevación de sus cejas cuando no encuentra ningún defecto. Bien. Llevo años perfeccionando el arte de ser exactamente lo que necesitan ver.
—La señorita Cruz.— La mujer pronuncia mi apellido sin inflexión, como si fuera cualquier nombre. Como si no fuera el mismo apellido que Nicolás Vega barrió del mapa corporativo una década atrás. —El señor Vega la recibirá en cinco minutos.
Asiento. No sonrío. Las sonrisas en este tipo de reuniones son munición que le das al enemigo.
En cambio, abro mi tablet y repaso por última vez el dosier que he preparado en cuarenta y ocho horas. El escándalo es brutal: un vídeo filtrado donde Nicolás Vega aparece en una reunión privada haciendo comentarios sobre manipulación de mercados. Puede ser real. Puede ser montaje. Mi trabajo no es averiguarlo —mi trabajo es que no importe.
Lo que sí importa es que me llama precisamente a mí. Que entre todas las agencias de crisis del país, alguien en su equipo recomendó Cruz & Asociados. Que hay dos opciones: o no saben quién soy, o sí lo saben y me están poniendo a prueba.
Me preparo para cualquiera de las dos.
—Puede pasar —dice la secretaria.
Me levanto despacio. Ajusto la solapa de mi blazer. Y entro a la sala donde Nicolás Vega está de espaldas a mí, mirando la ciudad desde el cristal.
Cuando se gira, lo primero que noto es que no ha cambiado tanto. Sigue siendo el mismo hombre del periódico: esa quietud que ocupa todo el espacio. Lo segundo que noto es que me está mirando como si me conociera.
Lo tercero es que no parece sorprendido de verme.
—Valentina Cruz —dice, y en su voz no hay pregunta.
Camino hacia la silla frente a su escritorio y me siento antes de que me lo invite. Una pequeña declaración de poder que espero que note.
—Señor Vega. —Coloco mi tablet sobre la mesa.— Tiene un problema de imagen grave y menos de setenta y dos horas antes de que los medios lo conviertan en el villano del año. Yo puedo solucionarlo. La pregunta es si puede usted trabajar con alguien que no está aquí para impresionarle.
Una pausa. La comisura de su boca se mueve —no es exactamente una sonrisa, es algo más inquietante.
—¿Siempre abre así las negociaciones?
—Solo cuando la otra parte necesita saber desde el principio en qué terreno está.
Nicolás Vega se sienta. Me mira durante tres segundos completos —el tipo de silencio que usa la gente con poder para medir a los demás— y luego, por primera vez en la reunión, parece genuinamente interesado.
—Bien —dice.— Cuénteme su plan.
No le digo lo que pienso: Que vine a salvarte. Y que todavía no he decidido si eso me alegra o me destruye.