Omnia y Abyssus

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Summary

Carlos creía que su historia terminaba en una habitación de Ancón, consumido por sus propios excesos. Pero el final de su vida fue el prefacio de algo mucho más vasto. Al despertar, no encontró el vacío, sino Omnia: una confederación celestial donde los dioses de todos los mitos antiguos del Olimpo al Hanan Pacha ,todos conviven en un solo reino ,pero pronto se acerca una gran guerra donde carlos se vuelvera un peón en un tablero cósmico.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

La extraña mujer

Me desperté, ya había amanecido, eran las 7:30 a. m. Unas 3 horas antes, estaba terminando de consumir cocaína que la bajé con 2 clonazepam de 2 mg para poder dormir, pero dentro de mí seguía el bicho de querer consumir. Mi mamá seguía durmiendo; descansábamos en el mismo cuarto, ella dormía en una cama de 2 plazas y yo en un camarote, donde había un televisor, dos armarios y un escritorio donde guardaba mis libros. Agarré el celular de mi mamá que estaba cargando al lado del televisor; miré la batería, estaba en 100%. Lo desbloqueé y entré a mi Messenger; en la cabecera de los chats estaba la conversación con el dealer. Le escribí: “Mano, ¿tienes?”. Como vi que no respondía, dejé el celular en mi pecho y comencé a mirar el camarote pensando en todo el conjunto de malas decisiones y malos caminos que tomé por no saber pensar y elegir.

“Nunca acabé nada”, me dije a mí mismo, ya que aunque en el colegio fui buen estudiante, cuando comencé la universidad todo cambió: dejé de asistir a las clases y dejé la carrera al tercer ciclo. Luego elegí otra universidad e igual la dejé a los 4 días. Luego me metí en una relación tóxica donde me dañaron y jugaron conmigo, y así terminé en la droga.

Algo me sacó de mis pensamientos, era el sonido de un nuevo mensaje. Miré el celular, era el chat del dealer. Me había respondido: “Sí, mano, ¿cuánto?”. Un poco ansioso le respondí: “5 gramos”. Él me dijo: “Sube a mi jato”. Me cambié, me puse un short jeans y un polo negro, era lo primero que vi. Luego me acerqué a mi escritorio y, de entre mis libros que estaban acomodados de forma horizontal uno encima del otro, saqué 60 soles de entre los libros de matemática que estaban en la esquina superior derecha. Bajé todo, lo hice sin hacer bulla y luego salí del cuarto con cuidado. Bajé al primer piso, mis perros me recibieron ladrando. Con una señal les dije que se callen, abrí mi puerta despacio y ya me encontraba en la calle.

El dealer vive a tres cuadras de mi casa, cerca del Mass que está en la plaza principal de Ancón. Mientras estaba bajando, observé que la farmacia y la tienda “Ofertón” ya habían abierto. Pasé dos cuadras. Doblé a la izquierda y llegué a la Plaza de Armas de Ancón. Le escribí que ya había llegado al paradero, que en un minuto estaba ahí. Me senté en las bancas que estaban cerca de ahí a esperarlo.

— ¿Gordo en qué estás? — me dijo el dealer mientras me saludaba.

— Acá, mano, aburrido — le respondí. Luego me miró fijamente a los ojos.

— Al parecer te has amanecido, mano.

— No, ni creas, dormí un rato, me tomé un par de clonas y me quedé jato.

— Aquí está tu clono — me dijo mientras me lo pasaba con la mano.

— Fácil, nos vemos — le dije mientras me despedía.

Tomé el camino hasta mi casa, llegué y entró con cuidado. Me acerqué a la cocina, tomé la madera con la que se muele el ajo y comencé a aplastar la cocaína. Hice ese proceso porque la cocaína viene en piedra y necesitaba que se convierta en polvo. Luego doblé un papel para vaciar un poco de coca y después saqué mi DNI (Documento Nacional de Identidad) y, con la punta de cualquier esquina, llevé un poco a la nariz. En seguida sentí los efectos. Guardé el paquetito en mi bolsillo, subí a mi cuarto y me puse a ver YouTube echado en mi cama mientras mi mamá seguía durmiendo.

Pero sentía que necesitaba más y me metí otro, pero esta vez en más cantidad. Seguí mirando videos y al cabo de 10 minutos volví a repetir el proceso de consumir. Luego pasaron otros 10 minutos y repetí lo mismo, y así por una hora más, en intervalos ahora de minutos. Estaba bien eufórico, me sentía muy alerta. Ya eran las 9:30 y mi mamá se levanta.

— Buenos días, hijo, ¿ya estás despierto? ¿Desde qué hora? — me dijo mi mamá mientras se sentaba al borde de la cama.

— Desde hace 2 horas — le dije tratando de disimular mi estado.

— Voy a hacer el desayuno — respondió mi mamá mientras cruzaba el cuarto hacia la puerta.

Cuando vi que se cerró la puerta, volví a consumir. Volví a repetir el mismo intervalo de tiempo, es decir 5 minutos, por 3 veces más, pero esta vez era diferente. Me comenzó a doler el pecho; sentí como que mi corazón quería salirse, estaba latiendo demasiado rápido. Al cabo de unos segundos, escuché la voz de mi mamá diciendo que baje. Me desplomé al piso y comencé a vomitar. Traté de echarme para un costado para no ahogarme con mi vómito. Volví a escuchar la voz de mi mamá, pero esta vez más insistente. Yo no podía responder. Sentí sus pasos subiendo por la escalera. Cuando entró al cuarto, me vio tirado vomitándolo todo y agarrando mi pecho con mi mano.

— ¡Hijo, qué te pasa! ¡Voy a llamar a la posta! — gritó mientras buscaba en su bolsillo el celular. Luego marcó el número, pero se detuvo en seco mientras miraba la droga al lado del televisor.

— ¿Estás consumiendo, Carlos? — dijo mientras lloraba. Yo no respondí. Inmediatamente siguió marcando el número.

— ¿Aló, Centro de Salud de Ancón? Sí... Llamo porque a mi hijo parece que le ha dado una sobredosis... Ajá... Sí... ¿En unos minutos llegan? Ok, ok... Los espero.

Luego colgó.

— Ya vienen, hijo, tranquilo — me susurró mi mamá al oído.

Yo sentía que me moría. El solo pensarlo me asusta; comencé a sudar, estaba muy nervioso mientras seguía vomitando. “¿Y ahora qué hago?”, me dije a mí mismo. Me encontraba en una situación de no retorno; era como un viajero en avión sin la seguridad de que iba a aterrizar. Pero lo inevitable era cómo iba a reaccionar mi mamá luego de esto, ya que tenía una lista de fracasos que iba acumulando. No es que esto fuera una rayita más al tigre, sino que era la gota que derramó el vaso.

— Tengo... miedo, mamá — lo dije como si estuviera tartamudo.

Vi que mi madre me respondió, pero solo vi cómo se movían sus labios; luego todo se volvió negro.

Cuando abrí un poco los ojos, vi que me estaban cargando en una camilla que subieron hasta el cuarto. Volví a cerrar y, cuando los volví a abrir, ya estaba dentro de la ambulancia. Había dos enfermeros y afuera se escuchaba el murmullo de los vecinos. Se me volvieron a cerrar; luego, cuando los abrí, había algo diferente. Dentro de la ambulancia estaba una persona más, pero parecía que los enfermeros no notaban su presencia. Era una mujer más o menos de mi edad, yo tenía 20 años. Estaba vestida con una túnica negra; tenía una larga cabellera que tapaba un rostro de una mujer muy hermosa, pero a pesar de lo bella que era, transmitía frialdad y se le veía calculadora.

— Parece que todavía no es tu tiempo, humano de cabello desarreglado. Parece que el destino no quiere que mueras — susurró cuando se me acercó al oído —. O simplemente el destino te tiene preparado otro camino para ti, Carlos Américo.

Cuando volví a cerrar los ojos y los volví a abrir, ya no escuchaba nada.