Curiosidad
Se necesitaba mucho valor para lo que Fuuka estaba haciendo, más teniendo en cuenta el tipo de sociedad que la rodeaba. Salió de una tienda inusual del centro comercial Paulownia, traía puesta una mascarilla blanca en la boca, además de unas gafas negras, y un sombrero negro; no quería que nadie la reconociese. En sus manos, su fruto prohibido, una bolsa de compra negra bien cerrada.
Fue casi corriendo hasta la estación del tren, vigilando que nadie la observara. Era después de clase, y aún llevaba el uniforme escolar, no quería que ninguna cara conocida la viera salir de esa tienda. El corazón le latía a mil por hora, buscaba alejarse lo más que podía de otros estudiantes.
No fue hasta que se subió al tren que pudo respirar tranquila. Era tarde ya, así que no había muchos estudiantes. Se quitó su disfraz improvisado y suspiró, vio ruborizada la bolsa de compras y la atrajó hacia ella, abrazándola como si fuera a caerse a la menor perturbación.
«¿Habré hecho lo correcto? No... No tiene caso pensar en eso, ya lo hice...»
Ya en la quietud de su habitación en la residencia de Iwatodai, Fuuka cerró la puerta con un clic suave, el corazón latiéndole con una mezcla de nervios y anticipación que le hacía sonrojar las mejillas. Lo había logrado, las luces crepusculares de la ciudad filtrándose por la ventana como cómplices de un secreto. Ni siquiera saludó a todos, solo llegó y corrió escaleras arriba.
Había ahorrado durante semanas para comprar aquello. No era algo práctico, ni siquiera necesario; más bien, un capricho. Recordó cuando lo vio por primera vez en el escaparate. Era de encaje, pura, sedosa y provocadora lencería roja, comprada en una nueva tienda discreta con un nombre que la hacía ruborizarse solo de recordarlo.
«Solo por curiosidad.» se repetía. «Quiero ver... si me vería bonita.»
Subió a su cama. Sus manos temblaban ligeramente mientras sacaba el paquete de la bolsa. Lo abrió con cuidado, como si temiera que el aire lo deshiciera, y admiró cada prenda extendiéndola con los dedos frente a sus ojos. El brasier de encaje carmesí, con sus copas translúcidas que apenas contendrían sus pechos pequeños; las braguitas a juego, diminutas y sugerentes, como un simple retazo de tela, con un lazo en la parte delantera; y el cinturón con ligueros que se enganchaban a medias de seda roja. Todo era suyo ahora, su tesoro íntimo.
Fuuka se mordió el labio inferior, con una sonrisita cómplice, imaginando por un instante las miradas prohibidas de sus compañeros del SEES. El pensamiento la hizo estremecer, un calor traicionero subiendo por su vientre. Todos estaban en la residencia, a tan solo unos metros; y esas finas paredes la protegían de lo que ella sentía como una travesura.
Se desvistió despacio, dejando caer su falda escolar al suelo junto a sus medias. El aire fresco rozó su piel desnuda, erizándola. Primero el brasier: lo ajustó con dedos torpes, el encaje arañando deliciosamente sus pezones sensibles hasta que se endurecieron bajo la tela fina. Luego las braguitas, sintiendo su caricia en sus piernas mientras las subía, deslizándolas por sus caderas, sintiendo cómo se adherían y ajustaban a su intimidad como una caricia prohibida. Por último, el liguero: lo ciñó alrededor de su cintura, enganchando los ligueros a las medias, que subían como serpientes rojas por sus muslos pálidos.
Se giró hacia el espejo de cuerpo completo en la puerta del armario, y se observó con cuidado. Abrió los ojos grandes de par en par, boquiabierta ante la imagen. Se sentía muy cambiada, no era como simplemente estar en ropa interior, era un vestuario pensado para que la vieran, para exponerse ante los ojos de otro; y se gustó. Se sintió bonita. Atractiva.
«¿Soy yo?» Pensó girando las caderas ligeramente.
El movimiento hizo que las medias tiraran del liguero, enviando una oleada de placer inesperado directo a su centro; eran caricias de manos de seda invisibles. Vio el reflejo capturando su espalda arqueada, sus glúteos redondos y tensos realzados por el encaje que se hundía entre ellos. Sus manos, casi por instinto, se posaron en sus caderas, bajando despacio por los costados hasta rozar el elástico de las braguitas, y bajando lento a su entrepierna; el encaje estaba húmedo ya.
«Si alguien me viera así...» susurró para sí misma, con la voz entrecortada.
Imaginó a Makoto entrando por error para pedirle ir a la Tártaro, sus ojos grises clavándose en ella, imaginando las mil cosas que le podría hacer; o a Junpei silbándole con esa sonrisa malintencionada, como si fuera una cualquiera de la calle con una gabardina encima; y a Akihiko llevándosela en brazos como una novia recién casada, con esos brazos fuertes y abrazables, a punto de consumar su unión.
El morbo la invadió: se inclinó un poco más hacia el espejo, arqueando la espalda para que sus nalgas se elevaran. Cerró los ojos. Una mano subió al broche del brasier, jugueteando con él, con los tirantes, los elásticos, imaginando que eran las manos de cualquiera de los chicos tratando de desnudarla, mientras la otra se aventuraba entre sus muslos, comenzando a frotar el encaje contra su entrepierna palpitante. Un gemido suave escapó de sus labios, ahogado por una vergüenza deliciosa.
No duró mucho. Sus rodillas poco a poco iban cediendo, y la velocidad de sus dedos aumentaba. Su otra mano entró debajo del brasier para acariciar su pequeño seno, mientras que la otra finalmente entró en sus bragas para masturbarse directamente. En su mente todos la deseaban, querían un trozo de ella, volverse uno, tomarla para sí mismos; y Fuuka podía consentir a los tres. En la seguridad de su fantasía podía ser la fuente de deseo más grande de su hambre.
Su cuerpo se apoyó contra el espejo cuando finalmente llegó. Se tapó la boca para ahogar sus gemidos. Una oleada de electricidad le recorrió desde la entrepierna hasta la espalda, sus músculos se tensaban, muchos espasmos le sacudían su cuerpecito, y su mirada se perdió por un momento. Las bragas de encaje habían acabado empapadas, y la sensación en el interior de sus muslos era deliciosa.
Lentamente acabó de rodillas aún apoyada en el espejo. Se quedó un momento apreciando y saboreando la lluvia de sensaciones, el morbo aún seguía ahí, y podía seguir, pero había esperado tanto que quería disfrutar cada segundo después de aquel orgasmo hasta volver a la realidad.
Cuando menos se dio cuenta, vio por la ventana que ya estaba anocheciendo. Y se hizo autoconsciente de que Mitsuru, Aigis o Yukari podrían llamar a la puerta en cualquier momento, o incluso entrar si era una emergencia. Rápidamente se levantó y entró a la cama, se tapó con las sábanas para cubrir sus emociones de sentirse expuesta; pero finalmente, sonrió con alegría, se dio cuenta de que seguía siendo ella misma.
Aún vestida con su secreto de encaje debajo de las sábanas, se sentía bien con él, pero sobretodo, segura. No pasaba nada. En cuanto saliera de su habitación, nada cambiaría, todos la verían de la misma forma que siempre. Nadie jamás sospecharía de ese pequeño secreto que guardaba.
Continuará...








