El legado de la corona

All Rights Reserved ©

Summary

Amara, princesa de Paxoria, y Kaelean, heredero de Dreadmoria, pertenecen a mundos que nunca debieron mezclarse. Sin embargo, por órdenes del rey Malakar, sus caminos se cruzan en un juego de lealtades que ninguno de los dos puede controlar. Entre ellos solo existe el odio y la desconfianza, pero el destino y las ambiciones ajenas los obliga a convivir más de lo que desearían. Mientras Amara intenta proteger su lugar y Kaelean lidia con las exigencias de un padre implacable, surge algo que no estaba en los planes de nadie.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

El sol se ocultaba en el horizonte mientras caminaba a través de las calles de Paxoria, el murmullo alegre de los habitantes llenaba el aire; me movía entre las personas con temor, con el miedo constante de que pudieran descubrirme, escapé del palacio cubierta con un simple manto que ocultaba mi rostro.

Necesitaba sentir la vida más allá de aquellos grandes muros.

Mis pasos me llevaron hacia el sendero que se adentraba en el Bosque de Fuego, irónicamente el Bosque de Fuego era un lugar tranquilo, donde casi siempre podía encontrarme con Darek. Mi corazón latía con fuerza al pensar en él, el hijo del Jefe Torak un guerrero de las tierras de Terrakhan, desde que lo conocí en una de las reuniones entre nuestros reinos hace algunos años, su espíritu libre y su lealtad a su pueblo cautivaron mi atención. Sin embargo, sabía que los lazos entre Paxoria y Terrakhan eran delicados, y mis padres jamás aceptarían una relación entre una princesa y un guerrero de otra tierra.

Al llegar al lugar, había un gran claro rodeado de flores silvestres y el río que dividía nuestras tierras. Lo vi de pie, con su cabello al viento y una sonrisa que iluminaba su rostro. Mi corazón se detuvo por un instante. Darek siempre parecía tan en sintonía con la naturaleza, tan seguro de sí mismo.

—Amara —dijo con una gran sonrisa al verme— ¿qué te trae aquí, tan lejos del palacio?

—Quería escapar un momento —respondí, y me senté en el pasto al igual que él.

—Sabes... la vida en el bosque es más tranquila —comentó con una pequeña sonrisa mientras miraba el agua—. Aquí, uno puede escuchar el canto de los pájaros y sentir la paz de la naturaleza.

Asentí, sumida en un silencio que confirmaba sus palabras; en ocasiones simplemente quería huir y poder vivir como él... libre.

—¿Todo bien? —habló al verme perdida en mis pensamientos.

—Sí... —sonreí— ¿Cómo van las cosas en Terrakhan? —pregunté.

Darek se encogió de hombros y dio un gran suspiro.

—La tribu sigue fuerte, pero también hay algunos problemas, escuchamos rumores sobre el reino del norte; quieren parte de nuestras tierras.

—¿Dreadmoria? —pregunté, Darek asintió lentamente y su expresión se volvió seria— Mis padres se reunirán con el rey Malakar —continué, notando la inquietud en su mirada— La idea me disgusta, pero mi padre desea una alianza con el rey.

—Solo ten mucho cuidado, el rey Malakar no es alguien digno de confianza —me advirtió golpeando suavemente mi hombro, se puso de pie y su altura me hizo sentir pequeña en comparación— Me voy, está por oscurecer. Cuídate, Amara —dijo.

Darek comenzó a caminar hacia el río, donde su canoa lo esperaba, minutos después se deslizaba por las aguas y vi cómo se alejaba. Me dejé caer sobre el pasto, sintiendo la fresca brisa vespertina acariciar mi piel, las estrellas comenzaban a salir, parpadeando en el cielo oscuro y me perdí en su belleza, la tranquilidad del bosque me rodeaba pero mi mente seguía inquieta, sabía que la paz de Paxoria podría estar en juego.

Mientras miraba las estrellas, un sonido en la distancia interrumpió mi paz. ¿Vendrían a buscarme los guardias? Debía ser cautelosa, así que me levanté del suelo y cubrí mi rostro con el manto, comencé a caminar hacia el sendero que me llevaría de regreso al pueblo. Los ruidos se escuchaban cada vez más cerca, miraba hacia atrás un sinfín de veces hasta que de repente un brillo metálico me paralizó. Una espada se interpuso entre mí y la libertad, casi clavándose en mi cuello. El hombre que la sostenía llevaba una capucha que ocultaba su rostro, pero su voz era grave y amenazante.

—¿Por qué espías las tierras de Dreadmoria? —preguntó acercando la espada aún más a mi piel.

—¿Dreadmoria? ¡Eso queda al otro lado, idiota!

Con un movimiento rápido aparté la espada con mi mano haciendo que la capucha se le cayera, solo la luna iluminaba el bosque así que no pude distinguir su rostro. Sin embargo su sorpresa fue suficiente para que yo reaccionara; lo esquivé haciendo que cayera al suelo, pero no había tiempo para celebrar mi pequeña victoria. Intenté correr, pero me agarró del pie haciéndome caer también, la lucha se convirtió en un intercambio de golpes, ambos tratando de dominar al otro. Con un esfuerzo logré ponerme de pie y de mi cinturón saqué la daga que siempre llevaba conmigo, la empuñé amenazándolo.

—¡Aléjate de mí! —grité, sintiendo cómo la adrenalina corría por mis venas.

La punta de mi daga chocó con la punta de su espada; el sonido metálico resonó en el aire. A pesar de que sabía que estaba en peligro una parte de mí no podía evitar sentir una extraña emoción, era la primera vez que me encontraba en una situación así y extrañamente me gustaba, aunque el miedo me invadía también sentía unas ganas de continuar.

—¿Desde cuándo una mujer pelea así? —dijo el hombre.

—Soy más que una mujer —respondí, apretando los dientes mientras mantenía la daga firme— No te tengo miedo.

—Descubre tu rostro —dijo con una voz autoritaria, negué rápidamente pero en un movimiento brusco blandió su espada hacia mí, con reflejos rápidos la detuve con la mano sintiendo cómo la hoja afilada me hacía un gran corte en la palma. El dolor se desató pero lo tragué con fuerza; una basura como esta no me vería flaquear, en ese momento un murmullo en el sendero interrumpió nuestra confrontación.

—Creo que alguien está por aquí —dijo una voz que reconocí.

Al voltear vi las sombras de varios hombres acercándose, mi mente se llenó de pánico, volví a mirar al hombre encapuchado pero al regresar la vista hacia él, me di cuenta de que había desaparecido en el bosque, solo quedaba el eco de su presencia y el corte ardiente en mi mano. Los guardias llegaron en un instante; entre ellos Erick, el hijo más joven del general de las tropas, caminó hasta mí y tomó mi mano; su mirada estaba llena de preocupación al notar mi estado.

—¡Princesa Amara! —exclamó— ¿Qué ha ocurrido? —Me quitó el manto de la cabeza para envolverlo en mi mano.

—Estaba... explorando —respondí, intentando sonar convincente mientras me esforzaba por mantener la calma— No se preocupen, estoy bien.

Al regresar al Palacio subí junto a Erick hasta mi habitación, al abrir la puerta vi a mi madre, en cuanto me vio entrar no hubo abrazos; su mano impactó contra mi mejilla en un golpe seco que me dejó la cara ardiendo.

—¡Amara! ¡¿Tienes idea de la hora que es?! —gritó, roja de la rabia— ¡Nos tenías a todos como locos buscándote! ¡¿Dónde demonios estabas?!

—Mamá, yo...

—¡Cállate! No me importa tu excusa, no puedes salir así, ¡es peligroso! —se acercó más para seguir regañándome, pero entonces sus ojos bajaron a mi mano y se puso pálida al ver la sangre— ¡¿Pero qué te pasó?! ¡¿Quién te hizo esto?!

—Fue solo un accidente con unas ramas —mentí, aunque el corazón me latía a mil.

—¡Traigan al médico, ahora! —ordenó a gritos hacia el pasillo, se giró hacia mí otra vez, — Si tu padre se entera de esto es capaz de encerrarte en las mazmorras, de seguro fuiste a ver a ese muchacho de nuevo... Solo quiero que estés a salvo, pero por Dios Amara vas a matarme de un susto.

El médico llegó rápidamente y evaluó mi herida, aplicó algunas plantas y líquidos sobre el corte y luego lo vendó con cuidado.

—¿Erick, podrías vigilar a mi hija por la noche? —preguntó mi madre, y él asintió antes de salir de la habitación y quedarse de pie junto a la puerta.

Me quedé sola, envuelta en el silencio de mi cuarto, me acosté pero el sueño no llegaba, me dolía la mano y me ardía la mejilla, pero lo que más me pesaba era el recuerdo del encapuchado y la advertencia de Darek. Me pasé horas mirando las sombras que proyectaban las velas hasta que finalmente el cansancio me venció.


•••§•••

Sentí que apenas había cerrado los ojos cuando la luz del sol comenzó a filtrarse por las cortinas, sabía que sería un día muy largo, estaba en la tina del baño; Susan, mi sirvienta personal que ya hace algunos años me acompañaba traía agua caliente y la vertía.

—Su alteza... no la veo muy entusiasmada por la reunión de hoy —dijo mientras lavaba mi cabello.

—No lo estoy, tengo el presentimiento de que algo malo pasará... Sabes, ayer Darek...

—Susan —entró mi madre al cuarto de baño— por favor que Amara use este atuendo —lo dejó en un pequeño banco que había.

—Sí, su majestad.

Mi madre se retiró y yo salí de la tina envolviéndome con una manta.

—Vamos Su, entre más rápido termine este teatro, mucho mejor.

Comencé a vestirme con un vestido nuevo color azul cielo, después de varios minutos estaba arreglando mi cabello con una trenza sencilla; Susan agregó unas pequeñas flores en ella, me miré en el espejo en silencio hasta que llamaron a mi puerta, Susan abrió encontrándome con la mirada de Erick.

Se quedó mudo por un segundo, observándome con una fijeza extraña.

—Princesa... tu madre... te ves preciosa —balbuceó, y noté que evitaba mirarme a los ojos mientras se ponía rígido, como si le costara mantener su postura profesional, sonreí automáticamente, aunque me pareció raro verlo tan nervioso.

—Mi madre me espera, lo sé... — le sonreí saliendo de mi habitación y comencé a caminar por el pasillo.

Erick caminaba un paso detrás de mí.

—Amara, de verdad te ves preciosa —repitió en voz baja, casi para sí mismo. Me sorprendió que usara mi nombre sin el título, pero antes de que pudiera decirle algo él ya había retomado su distancia, escoltándome con la mirada fija en el frente.

Caminamos en silencio hasta las enormes puertas del salón, mi ansiedad crecía con cada paso. Erick se detuvo, puso una mano sobre el pomo dorado y me lanzó una última mirada llena de una seriedad que no supe descifrar, antes de abrir de par en par.

—¿Así que esta bella joven es tu hija mayor? —Una voz espeluznante me sacó de mis pensamientos al entrar al gran salón.

Malakar estaba sentado con una postura arrogante, su mirada era como la de un depredador que ya ha decidido quién es su presa, lo miré desafiante, sosteniéndole la vista sin bajar la cabeza, y me senté al costado de mi padre. El rey Malakar me recorrió de pies a cabeza con una sonrisa que me revolvió el estómago; no era una mirada de admiración, era una mirada de posesión.

—Mis hijas son mi más preciado tesoro —habló mi padre, su voz era un tono grave y profundo que hizo que incluso los guardias en la puerta se tensaran— Si alguien se atreviera a tocarles tan solo un cabello, destruiría a cualquiera sin importar quién sea o qué corona lleve.

La amenaza flotó en el aire,clara y letal, pero el rey Malakar lejos de intimidarse, soltó una carcajada seca, un sonido carente de gracia que resonó en las paredes de piedra.

—Hablemos de negocios —dijo Malakar ignorando la advertencia tomó un sorbo de la copa de vino, bebiendo con lentitud mientras sus ojos seguían fijos en mí— Te tengo una propuesta que tal vez no te gustará al principio, pero debemos pensar en el bien común de nuestros pueblos.

—¿Una propuesta? —mi padre tensó los hombros y noté cómo sus dedos apretaban el brazo de su trono.

—Paxoria ha pasado inviernos duros —continuó Malakar en un tono de falsa preocupación— Yo te daré todo el pescado que tu gente necesite, pólvora ilimitada para tus defensas y agua pura de los manantiales congelados. No pasarán más hambre, ni tendrán más debilidades.

—¿Y qué quieres a cambio de tanta “generosidad”? —preguntó mi padre.

Malakar dejó la copa sobre la mesa, se inclinó hacia adelante y su sonrisa se volvió aún más siniestra.

—Desposar a tu querida hija mayor.