Corrompida por Mi Suegro.
Valeria se miró en el espejo del baño por enésima vez esa noche.
El camisón verde oliva se adhería a su cuerpo como una segunda piel. El escote profundo dejaba ver el valle pronunciado entre sus pechos generosos y pesados. Eran grandes, suaves, con esa forma redonda y natural que se movía con cada respiración. Sus pezones, grandes y oscuros, ya se marcaban ligeramente contra la tela final.
Se había arreglado el cabello ondulado castaño oscuro, dejándolo caer en ondas suaves sobre sus hombros, y se había puesto un toque de labial rojo sutil. Todo para Marco.
Siempre todo para Marco.
Llevaban casi cuatro años casados y, aunque él decía que la amaba, cada vez se sentía más sola. Lo único que deseaba con toda su alma era formar una familia.
Un hijo que llenara esa casa grande y silenciosa. Un hijo que le diera sentido a todo.
Pero Marco siempre estaba “demasiado cansado”.
Salió del baño y se metió en la cama, esperando. Pasaron más de cuarenta minutos hasta que oyó la llave en la puerta. Marco entró arrastrando los pies, el traje arrugado, la corbata floja colgando como un símbolo de su derrota diaria. Su cabello castaño estaba revuelto y los ojos marrones apagados por el cansancio acumulado. Intentó sonreír cuando la vio, pero solo consiguió una mueca cansada.
— Lo siento mucho, amor. La reunión se extendió otra vez. El jefe me tuvo hasta las once revisando reportes que nadie va a leer.
Valeria se incorporó en la cama y le sonrió, aunque la sonrisa ya empezaba a sentirse forzada.
— No pasa nada... Ven aquí. Intentémoslo hoy, por favor. Llevo días pensando en esto. Por el bebé.
Marco suspiró profundamente y se dejó caer en la cama como si llevara el peso del mundo encima.
— Vale, estoy muerto, amor. Mañana, ¿sí? Te lo prometo de verdad esta vez. Cuando tenga menos estrés, vamos a dedicarle tiempo como corresponde.
Ella no se rindió. Se subió encima de él con delicadeza, besó su cuello, frotó sus caderas suavemente contra las suyas, intentando despertar algo de deseo.
— Solo un ratito... Te necesito —susurró contra su piel.
Marco respondió a medias. Sus manos acariciaron torpemente sus costados y le dio un beso rápido y sin pasión.
Cuando finalmente la penetró, fue sin preámbulos, con embestidas cortas, apresuradas y mecánicas. Dos minutos. Tres como máximo. Se corrió dentro de ella con un gruñido apagado y casi inaudible, se retiró casi de inmediato y murmuró:
— Bueno... ¿tú acabaste?
Valeria fingió un gemido suave y acarició su cabello.
— Sí, amor. Fue bueno.
No había sido bueno. Había sido vacío, rápido y frustrante. Otra vez.
Marco se dio vuelta casi inmediatamente y, en menos de un minuto, ya estaba roncando bajito.
Valeria se quedó mirando el techo en la penumbra, con la mano apoyada sobre su vientre plano. Vacío. Siempre vacío.
Sintió un nudo en la garganta que crecía y crecía. Las lágrimas empezaron a caer en silencio. Se levantó con cuidado para no despertarlo, bajó las escaleras y se dirigió a la cocina.
Los pies descalzos sentían el frío del piso. Se sirvió un vaso de agua pero ni siquiera lo probó. Se quedó apoyada contra la encimera durante un largo rato, dejando que las lágrimas calientes rodaran por sus mejillas sin hacer ruido.
¿Por qué siempre es así?, pensó.
¿Por qué siento que estoy pidiendo algo tan básico y nunca me lo dan?
El silencio de la casa era opresivo.
Solo se oía el tic-tac lejano del reloj y los ronquidos suaves de Marco arriba.
Entonces oyó la llave en la puerta principal.
— ¿Valeria?
La voz grave y profunda de Don Ricardo llenó la casa.
Valeria se secó las mejillas rápidamente, intentando recomponerse.
Él entró con paso seguro e imponente.
El traje negro le quedaba perfecto, la camisa gris oscura abierta en los primeros botones dejando ver el vello gris de su pecho fuerte. A sus 58 años seguía siendo un hombre que ocupaba espacio.
— Marco me llamó desde el trabajo —dijo, cerrando la puerta—. Me pidió que te echara un ojo. Traje pan fresco y una botella de vino. Pensé que te vendría bien algo de compañía.
Valeria forzó una sonrisa débil.
— No tenías que venir, Don Ricardo. De verdad, estoy... bien.
Él dejó la bolsa sobre la isla y se acercó lentamente.
Sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo: el camisón ceñido, el escote profundo, sus pechos pesados subiendo y bajando con la respiración agitada, los ojos todavía enrojecidos.
— No pareces bien, nuera —dijo con voz baja—. ¿Qué pasa?
Valeria dudó, pero la frustración acumulada de meses fue más fuerte que el orgullo.
— Es solo... frustración —admitió en un susurro-. Quiero un hijo más que nada. Lo intentamos una y otra vez, pero Marco... siempre está cansado. Siempre es "mañana". Y yo me quedo aquí sola, esperando.
Ricardo se detuvo muy cerca. Demasiado cerca. Valeria pudo oler su colonia amaderada, tan diferente al olor cansado de Marco.
Él levantó suavemente su barbilla con dos dedos.
— Mi hijo siempre ha sido así. Promete mucho, pero entrega poco. En el trabajo... en la vida... y en lo que realmente importa.
Valeria tragó saliva.
— No digas eso. Es mi esposo.
— Lo sé —respondió él, el pulgar rozando su labio inferior—. Y por eso me duele verte así. Sola. Deseosa. Vacía. Mereces mucho más que esto, Valeria.
El silencio se extendió entre ellos. Ella debería haberse apartado.
Pero su cuerpo la traicionó por completo: sus pezones grandes y oscuros se endurecieron visiblemente contra la tela fina del camisón, y un calor húmedo y traicionero se extendió entre sus muslos.
— Don Ricardo... por favor... —murmuró con voz temblorosa.
— Ricardo —corrigió él con voz ronca—. Cuando estemos solos... llámame Ricardo.
Se inclinó y la besó. No fue tierno. Fue posesivo y hambriento. Su lengua invadió su boca con calma, explorándola sin prisa, mientras una de sus manos grandes bajaba por su espalda hasta apretar firmemente su cadera. Valeria gimió contra sus labios, las rodillas flaqueándole.
Intentó empujarlo débilmente.
— No... esto está mal... Marco...
— Marco no importa ahora —gruñó él contra su cuello, mordiendo la piel sensible—. Tú estás aquí, temblando, mojada, necesitando a un hombre que sí sepa tocarte como mereces.
La levantó con facilidad, como si no pesara nada, y la sentó sobre la encimera fría. El camisón se subió hasta sus muslos, dejando expuesta su piel pálida. Ricardo se arrodilló entre sus piernas, besando el interior de sus muslos mientras bajaba sus bragas lentamente.Valeria jadeó.
— No... no deberíamos...Pero cuando su lengua caliente tocó su clítoris, todo pensamiento coherente desapareció. Lamió con precisión, succionando suave pero firme, mientras introducía dos dedos gruesos que se curvaban exactamente donde ella más lo necesitaba. Marco nunca había encontrado ese punto.
Ricardo lo encontró en segundos.
Ella se arqueó, agarrando su cabello gris con fuerza, gimiendo alto por primera vez en mucho tiempo.
— Así, preciosa... déjame oír cuánto lo necesitas —murmuró él contra su sexo.
Valeria se corrió rápido y fuerte, temblando violentamente contra su boca, sus pechos grandes subiendo y bajando con cada jadeo.
Ricardo se levantó, limpiándose los labios con el dorso de la mano, los ojos brillando con triunfo.
Desabrochó su pantalón y liberó su miembro: grueso, venoso, erecto y mucho más imponente que el de su hijo.Valeria lo miró, horrorizada y fascinada al mismo tiempo.
— Es... demasiado grande...
— Te acostumbrarás —respondió él con una sonrisa oscura y peligrosa—. Y te va a encantar.
La penetró despacio al principio, dejándola sentir cada centímetro mientras entraba. Valeria soltó un grito ahogado de placer y dolor mezclado. Él la folló allí mismo, sobre la encimera de la cocina que compartía con Marco todas las mañanas. Embistidas profundas, controladas, cada vez más intensas.
— Mírame —ordenó con voz grave—. Mírame mientras te follo como mi hijo nunca pudo.
Ella obedeció, perdida en esos ojos oscuros. Ricardo aceleró el ritmo, gruñendo.
— Te voy a llenar... sin nada entre nosotros. Hasta el fondo. Este semen va a ser el que te deje embarazada.
Valeria se corrió otra vez, apretándolo con fuerza dentro de ella, lágrimas de placer rodando por sus mejillas.
Ricardo rugió y se derramó: chorros calientes, abundantes y espesos, llenándola hasta que empezó a gotear por sus muslos. Se quedó dentro de ella un rato largo, besando su cuello con ternura posesiva.
— Buena chica. Ahora guarda cada gota. Y cuando sepas que es mío... me llamarás.
Se retiró despacio, se arregló la ropa con calma y se fue sin mirar atrás.
Valeria se quedó sentada en la encimera, piernas temblorosas, el semen caliente de su suegro deslizándose lentamente por su piel.
Tocó su vientre con dedos temblorosos. Por primera vez en mucho tiempo... sintió que algo podía cambiar. Pero también sintió una culpa ardiente, profunda.
Se bajó con dificultad, caminó hasta el baño y se miró en el espejo. Los labios hinchados por los besos, los ojos brillantes, el camisón desarreglado dejando ver parte de sus pechos grandes y pesados, todavía con los pezones duros.
“¿Qué acabo de hacer?”, susurró con la voz rota. Pero su mano, como si tuviera vida propia, bajó entre sus piernas.
Tocó el semen que aún salía de ella, lo extendió con los dedos y comenzó a tocarse lentamente, pensando en él. En Ricardo. En lo prohibido que acababa de empezar.
A la mañana siguiente, Marco se levantó temprano como siempre.
Valeria lo acompañó hasta la puerta, todavía con el camisón puesto. Él la abrazó con cariño, besándola en la frente con esa ternura distraída que solía tener.
— Te voy a extrañar mucho estos días —murmuró contra su cabello—. Prometo que cuando vuelva vamos a intentarlo de verdad. Quiero que seamos una familia, amor. Tú y yo... y nuestro bebé.
Valeria le devolvió el abrazo, apoyando la cabeza en su pecho. Por un segundo sintió una punzada de culpa tan fuerte que casi le cortó la respiración.
— Yo también te voy a extrañar —respondió con voz suave, forzando una sonrisa—. Cuídate mucho, ¿sí? Llámame cuando llegues.
Marco la besó en los labios, un beso corto y dulce, y se fue arrastrando su maleta hacia el taxi que lo esperaba.
Valeria se quedó en la puerta hasta que el coche desapareció al final de la calle. Cerró lentamente y se apoyó contra la madera, respirando hondo.
El silencio de la casa se volvió ensordecedor. Se miró las manos.
Todavía podía sentir el rastro del semen de Ricardo secándose en sus muslos de la noche anterior. El recuerdo de sus embestidas profundas, de su voz grave ordenándole que lo mirara, de cómo la había llenado hasta desbordar... hizo que un calor traicionero volviera a instalarse entre sus piernas.
Esto está mal, pensó.
Marco me ama. Yo lo amo. Solo fue un error... un momento de debilidad.
Pero su cuerpo no estaba de acuerdo.
Sus pechos pesados se sentían sensibles, los pezones grandes y oscuros ya endurecidos solo con el recuerdo. Bajó la mirada y vio cómo se marcaban claramente contra la tela fina del camisón. Se mordió el labio con fuerza.
Diez minutos después, estaba sentada en el borde de la cama matrimonial, el teléfono en la mano.
El número de Ricardo estaba allí, guardado como "Suegro". Lo miró durante casi un minuto entero, el corazón latiéndole con fuerza.
Finalmente, pulsó llamar.
Ricardo contestó al segundo tono.
— ¿Valeria? —Su voz grave sonó ligeramente sorprendida, pero con un tono satisfecho. Ella tragó saliva. Su voz salió más temblorosa de lo que quería.
— Marco... acaba de irse. Estará fuera toda la semana.
Hubo un segundo de silencio. Luego, la risa baja y oscura de Ricardo llegó a través del teléfono.
— ¿Y ya me estás llamando, preciosa? Qué rápido has caído.
Valeria cerró los ojos, avergonzada y excitada al mismo tiempo.
— Solo... ven. Por favor.
—Dilo bien —exigió él suavemente.
Ella respiró hondo, la vergüenza quemándole las mejillas.
— Ven a follarme, Ricardo. En la cama que comparto con tu hijo.
El silencio que siguió fue breve.
— Estaré allí en veinte minutos.
Exactamente dieciocho minutos después, Ricardo entró por la puerta principal sin tocar. Valeria lo esperaba en la sala, todavía con el camisón verde oliva. Apenas cerró la puerta, él la empujó contra la pared del pasillo y la besó con hambre. Sus manos grandes subieron directamente a sus pechos, apretándolos con fuerza, sintiendo su peso y suavidad.
— Joder... estas tetas son una puta maravilla —gruñó contra su boca, masajeándolas—. Tan grandes y pesadas. Marco no sabe lo que tiene.
Valeria gimió, arqueándose contra él.
Sus pezones grandes y oscuros ya estaban duros como piedras. Ricardo bajó la cabeza y los chupó por encima de la tela, mojándola, mordisqueando suavemente hasta que ella jadeó.
Subieron las escaleras casi a trompicones. Cuando entraron al dormitorio matrimonial, Ricardo la empujó sobre la cama que ella compartía con Marco.
El camisón voló por los aires. Valeria quedó completamente desnuda, sus pechos grandes cayendo pesadamente sobre su pecho, los pezones oscuros erectos y brillantes por la saliva de él.
Ricardo se desnudó con calma, revelando su cuerpo maduro y fuerte.
Su polla ya estaba dura, gruesa y venosa. Se subió encima de ella, separándole las piernas con las rodillas.
— ¿Aquí es donde mi hijo te folla rápido y se duerme? —preguntó con una sonrisa cruel mientras frotaba la cabeza de su miembro contra su entrada empapada.
Valeria asintió, respirando agitada.
— Sí...
— Pues hoy vas a aprender lo que es que te follen de verdad.
La penetró de un solo empujón profundo. Valeria soltó un grito largo y ahogado, clavando las uñas en su espalda. Ricardo empezó a embestir con fuerza, haciendo que sus pechos grandes rebotaran con cada golpe. Los agarró con ambas manos, apretándolos, pellizcando sus pezones grandes entre los dedos.
— Mira cómo rebotan —gruñó—. Son mías ahora. Estas tetas tan lindas y pesadas son mías.
Valeria gemía sin control, las piernas abiertas de par en par mientras él la follaba en la cama matrimonial. Cada embestida era más profunda que la anterior. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación.
— Ricardo... más fuerte... —suplicó ella, la voz rota.
Él sonrió con satisfacción y aceleró el ritmo, follándola con golpes duros y precisos.
— ¿Más fuerte? ¿Quieres que te llene como anoche? ¿Quieres que te deje embarazada en la misma cama donde duermes con mi hijo?
Valeria se corrió con un grito, su cuerpo convulsionando alrededor de él. Ricardo no se detuvo. Siguió follándola a través del orgasmo, haciendo que sus pechos se movieran violentamente.
Cuando finalmente se corrió, lo hizo con un rugido grave, empujando hasta el fondo y derramándose dentro de ella en chorros calientes y abundantes. Se quedó enterrado profundamente, dejando que cada gota quedara dentro.
Después, se dejó caer a su lado, todavía dentro de ella, y la besó en el cuello.
— Buena chica —murmuró—. Ya no hay vuelta atrás, Valeria. Cada vez que Marco se vaya... me vas a llamar ¿Entendido?
Ella asintió, todavía jadeando, sintiendo cómo su semen se filtraba lentamente fuera de su cuerpo.
— Entendido...
Ricardo sonrió y apretó uno de sus pechos pesados con posesión.
— Estas dos niñas malas van a ser muy bien cuidadas de ahora en adelante.
Valeria cerró los ojos, el placer todavía latiendo entre sus piernas y la culpa golpeando en su pecho. Pero por primera vez... la culpa empezaba a perder la batalla.
Habían pasado casi dos meses desde aquella primera noche en la cocina.Valeria ya no se reconocía a sí misma.Estaba de pie frente al enorme ventanal del último piso del hotel más lujoso de la ciudad.
La suite del último piso era espectacular. Paredes de cristal del suelo al techo ofrecían una vista panorámica impresionante de la ciudad iluminada por la noche. Luces de neón y edificios altos brillaban como un mar de estrellas artificiales.
La habitación era amplia, elegante y decadente, con una enorme cama king size vestida con sábanas de seda negra que contrastaban con el lujo del lugar.
Valeria estaba de pie frente al ventanal, admirando su propio reflejo en el cristal. Llevaba solo lencería erótica negra de encaje transparente.
El sostén push-up apenas conseguía contener sus pechos grandes y pesados, que se desbordaban provocativamente por encima de la tela, creando un escote profundo y obsceno. Las bragas eran un tanga fino que desaparecía entre sus nalgas redondas y firmes. Completaban el look unos tacones altos negros y un maquillaje marcado: labios rojos intensos y eyeliner afilado que hacía que sus ojos se vieran más seductores y peligrosos. Se sentía poderosa. Se sentía deseada. Se sentía... libre.
Ricardo estaba sentado en el sillón de cuero negro frente a ella, con una copa de whisky en la mano. La observaba con esa mirada posesiva que ya le resultaba adictiva, como quien admira una obra de arte que le pertenece por completo.Valeria se giró lentamente hacia él, contoneando las caderas, y se mordió el labio inferior.
— Marco cree que estoy en una conferencia de trabajo este fin de semana —dijo con voz suave y algo burlona—. Le dije que lo extrañaba mucho... y que lo amaba con todo mi corazón.
Las palabras salieron con facilidad de su boca, pero ya no significaban nada.
Eran solo una máscara cómoda. Una mentira que repetía para mantener las apariencias. Ricardo soltó una risa baja y oscura, girando el whisky en su copa.
— ¿Todavía le dices que lo amas? Qué tierna eres, Valeria. Sigues mintiéndole a ese pobre inútil.
Valeria se acercó lentamente, moviendo las caderas con sensualidad. Se sentó a horcajadas sobre él, sintiendo inmediatamente su erección dura presionando contra su coño a través de la fina tela del tanga.
— Lo amo... a mi manera —mintió, frotándose despacio contra su polla—. Pero esto... esto es diferente. Contigo solo busco placer. Puro, crudo y salvaje placer. Nada más.
Ricardo dejó la copa a un lado y agarró sus nalgas con fuerza, apretándolas mientras la atraía más contra él.
— Sigue mintiéndote si eso te hace sentir mejor, preciosa. Pero ambos sabemos que Marco ya no te sirve para nada. Ese inútil solo sabe llegar tarde, correrse en dos minutos y dormirse roncando como un perro cansado.
Valeria gimió bajito al oírlo hablar así de su esposo. La humillación hacia Marco, en lugar de molestarla, la encendió todavía más. Ricardo la besó con hambre voraz, devorando su boca mientras sus manos grandes subían hasta sus pechos. Bajó el sostén de un tirón brusco, liberando por completo sus tetas pesadas y grandes. Sus pezones oscuros y grandes ya estaban duros como piedras.
— Mira estas tetas... —gruñó contra su piel, apretándolas con fuerza, haciendo que se desbordaran entre sus dedos—. Tan grandes, tan pesadas, tan perfectas. Y ese maricón de Marco ni siquiera sabe disfrutarlas como se debe. Apuesto a que solo las toca dos minutos y ya se aburre.
Valeria echó la cabeza hacia atrás y gimió alto cuando Ricardo levantó uno de sus pechos y se metió el pezón grande y oscuro en la boca. Lo chupó con avidez, lo mordió suavemente, luego pasó al otro, alternando mientras sus manos los masajeaban con fuerza.
— ¡Ahh... Ricardo! —jadeó ella.Él se separó un momento solo para mirarla a los ojos.
— Dime, Valeria... ¿Marco alguna vez te ha hecho gritar como yo? ¿Alguna vez ha chupado estas tetas lindas y pesadas hasta dejarte temblando?
— No... —admitió ella entre gemidos—. Nunca... Él solo... se apresura y se duerme.
Ricardo sonrió con crueldad y la levantó como si no pesara nada. La arrojó sobre la cama de seda negra y se desnudó rápidamente. Su polla gruesa, venosa y completamente erecta saltó libre.
— Ven aquí, puta.
Valeria se puso de rodillas y gateó hacia él. Primero lo masturbó con la mano, luego se lo metió a la boca con ganas. Lo chupó profundo, lamiendo desde la base hasta la cabeza, tragándolo lo más que podía mientras Ricardo agarraba su cabello y gemía.
— Buena puta... así, chúpamela rico. Chúpale la polla al hombre que sí sabe cómo tratar a una mujer como tú.
Después de varios minutos, la puso en cuatro patas frente al enorme ventanal. La ciudad brillaba abajo, pero Valeria solo podía concentrarse en el fuerte empujón con el que Ricardo la penetró desde atrás. Sus pechos pesados colgaban y se balanceaban violentamente con cada embestida brutal.
— ¡Ahhh! ¡Ricardo! ¡Más fuerte! —gritó ella.
Él la follaba como un animal, una mano en su cadera y la otra tirando de su cabello hacia atrás.
— ¿Esto es lo que quieres? ¿Que te folle como un salvaje mientras mi hijo inútil cree que estás en una aburrida conferencia? —gruñó, dándole una palmada fuerte en el culo—. Apuesto a que Marco nunca te ha follado así. Ese pobre diablo solo te mete dos minutos y ya está roncando.
— ¡No! ¡Nunca! —respondió Valeria entre gemidos, empujando hacia atrás para recibirlo más profundo—. ¡Fóllame más duro, Ricardo! ¡Hazme tuya!
Ricardo la giró de lado, levantó una de sus piernas y la penetró de nuevo, mirándola fijamente a los ojos mientras sus tetas rebotaban con cada golpe.
— Dime la verdad, Valeria. ¿A quién deseas realmente? ¿Al inútil de mi hijo o a mí?
Valeria estaba completamente perdida en el placer. Sus gemidos eran continuos y desesperados.
— ¡A ti! ¡Solo te deseo a ti! ¡Marco no sirve para nada! ¡Fóllame más fuerte, por favor!
Ricardo sonrió con triunfo y la puso encima de él, en posición de amazona.
Valeria empezó a cabalgar con desesperación, sus pechos grandes saltando arriba y abajo violentamente mientras se empalaba una y otra vez en su polla gruesa. Él los agarraba con fuerza, los apretaba, pellizcaba y tiraba de sus pezones oscuros.
— Eso es... móntame como la puta adicta que eres. Monta la polla del hombre que sí te deja embarazada.
Valeria se corrió con un grito largo y desgarrador, su coño apretando con fuerza alrededor de él. Ricardo la siguió poco después, empujando sus caderas hacia arriba y llenándola con chorros calientes, espesos y abundantes, hasta que el semen empezó a escurrir por sus muslos y manchar las sábanas de seda. Se quedaron abrazados un rato, respirando agitados. Valeria apoyó la cabeza en su pecho, sintiendo cómo su semen todavía palpitaba dentro de ella.
— Esto es solo placer... —murmuró ella, casi para convencerse a sí misma.— Solo placer...
Ricardo acarició su cabello con una sonrisa oscura y posesiva.
— Claro, preciosa. Solo placer... por ahora.
Tres semanas después.
Valeria estaba sola en el baño de su casa.
Marco dormía profundamente en la cama después de otro polvo rápido y decepcionante.
Ella tenía la prueba de embarazo en la mano. Dos rayitas claras y perfectas.
Positivo.
Se miró en el espejo, una sonrisa lenta y culpable se dibujó en sus labios.
Tocó su vientre todavía plano con ternura.
— Es tuyo... -susurró—. Del hombre que realmente amo.
Ya no se molestaba en mentir ni siquiera a sí misma. El amor que sentía por Marco se había convertido en algo vacío, una fachada cómoda. El verdadero fuego, la verdadera adicción, estaba en Ricardo. En sus manos fuertes, en su polla gruesa, en la forma en que la llenaba y la hacía sentir viva.
Guardó la prueba en un cajón escondido y volvió a la cama. Se acostó al lado de Marco, quien murmuró algo dormido y la abrazó.
Valeria cerró los ojos, sonriendo en la oscuridad. Pronto tendría que decírselo a Ricardo. Y esta vez... no habría más mentiras.