Capítulo I: El eco de un nombre vacío
El aire aquel martes de marzo pesaba más de lo normal, cargado con ese olor a encierro de los pasillos y el eco de los gritos que todavía resonaban en mi cabeza desde la noche anterior. En mi casa, el silencio nunca era paz, sino la tregua amarga entre un regaño y el siguiente. Mi madre hacía lo que podía, pero su dolor se traducía en exigencias y reproches que, como látigos invisibles, me habían enseñado a pedir perdón por existir. A los quince años, mi seguridad era un edificio en ruinas, demolido el día en que el mundo se detuvo: el día en que la muerte me robó el abrazo de mi padre cuando yo apenas tenía ocho años. Su ausencia dejó un hueco en mi pecho que ninguna palabra pudo llenar; una sombra que me recordaba constantemente lo frágil que es la felicidad.
Caminaba siempre con la mirada fija en los zapatos, contando las baldosas para no enfrentar un mundo que ya me había demostrado su crueldad, hasta que ella apareció. Alessandra.
Ella era el desorden perfecto en mi vida gris, pero pertenecía a un universo distinto: el salón de al lado. Me limitaba a observarla desde la distancia, con la silla echada hacia atrás y los brazos cruzados, cultivando esa expresión vacía de quien no espera nada de nadie. Me ponía los audífonos y subía el volumen, dejando que la música construyera un muro entre yo y el resto del colegio. Era una calma helada, una armadura necesaria, especialmente después de lo que me había pasado ese mismo año. Me había entregado a alguien, creyendo que el amor era un refugio, pero esa relación solo sirvió para pisotear los pocos restos de dignidad que me quedaban. Ella se fue llevándose mi confianza y dejándome la certeza de que yo era alguien fácil de romper. Por eso, ver a Alessandra dolía; porque mi corazón era un músculo atrofiado por el abandono y el engaño, y la vergüenza me quemaba la nuca cada vez que mis ojos se cruzaban con los suyos.
En ese rincón del pasillo, mi único refugio real eran ellos: Derek, Nader, Milán y Salo, mis hermanos de otra sangre. Estábamos ahí, amontonados como siempre, compartiendo esa lealtad que solo se entiende cuando has crecido con los nudillos pelados y el alma llena de parches.
—No te va a comer, hermano —me dijo Derek, rompiendo mi trance mientras se apoyaba contra la pared, justo donde podíamos ver la puerta del salón de Alessandra.
Derek era el que me había ayudado a recoger los pedazos de mi confianza tantas veces que ya habíamos perdido la cuenta. Él sabía que mi supuesta "indiferencia" era solo una máscara de papel frente a ella.
—Escríbele algo —insistió Derek, con esa seguridad que a mí me faltaba—. Yo se lo entrego en su salón, tú ni tienes que cruzar la puerta. Los demás cubrimos la zona.
Nader, Milán y Salo asintieron, formando un escudo humano, dándome esa aprobación silenciosa que era mi único motor. Me alcanzaron una hoja arrancada de un cuaderno, con los bordes irregulares. Me encogí de hombros, fingiendo que me daba igual para no romper mi fachada ante el grupo, aunque el roce del papel se sentía como un riesgo eléctrico después de tantos naufragios. Miré hacia el salón de al lado, y por primera vez en siete años, el deseo de ser visto superó el pánico de ser rechazado.
Agarré el esfero e intenté que los trazos parecieran descuidados, pero escribí con la urgencia de un náufrago. Doblé el papel en cuatro, se lo entregué a Derek con un gesto de desinterés fingido y choqué los puños con los demás. Me hundí en el rincón más oscuro del pasillo, cerrando los ojos por un instante, mientras escuchaba los pasos de mi hermano cruzando el umbral del otro salón con mi secreto en la mano.