Capítulo 1
Los días lúgubres tenían que estar acompañados por un chaparrón. Por eso, Ali llevaba un paraguas plegable dentro del bolso. Todo estaba demasiado quieto, tan quieto que ni una sola nube manchaba el cielo. Montjuic tenía vistas a un horizonte turquesa, plagado de cruceros y buques mercantes. Ali frunció los labios. No supo qué la irritó más: que en un día como aquel los pájaros cantaran, la hierba oliera a campo abierto, el sol hiciera brillar el granito de las losas o que le apeteciera meter los pies en la orilla del mar.
Bajó la vista hacia sus zapatillas naranja fosforito; sus gafas polarizadas de purpurina, se deslizaron hasta la punta de su nariz. Clavó la vista en su falda. Aún no sabía de dónde había sacado el valor de vestirse de amarillo.
Soltó un suspiro.
Era la única allí. Sofía planeó su propio entierro y el mantenimiento de su tumba para quince años —lo que tardaran sus huesos en desintegrarse— y contrató un servicio extra para que le colocaran un ramo de tulipanes azules, junto al marco de su foto, cada trece de abril. Después, solicitó que —al vencer su estancia en el foso— recogieran los restos y los llevaran en una bolsa del supermercado a sus padres adoptivos.
Peculiar no era la palabra adecuada para Sofía. Incluso muerta le arrancaba a Ali una sonrisa, y quizás también, una risita. No entendía que hubieran sido íntimas y que su amistad durara tantos años.
—¿Jata Alicia Lampart García?
Un tic en la ceja izquierda señaló su disgusto. A veces le sorprendía que todavía hubiera quien no supiera pronunciar su nombre en francés en una metrópolis.
De buenas a primeras no vio a nadie.
Un carraspeo guio su vista hacia abajo. Tuvo que mirar por debajo de sus gafas para encontrarse con los ojos amables de una mujer. Ni siquiera le llegaba a la altura del pecho.
—¿Eres Jata Alicia Lampart García? —insistió la mujer.
Se sujetó la varilla de las gafas de sol y se las subió por encima de la cabeza.
La mujer llevaba un traje azul marino perfectamente entallado con un recogido en lo alto de la coronilla. El maletín, sujeto contra el muslo, le dio a entender que se trataban de negocios, no que quisiera honrar la memoria de Sofía Fischer Nakamura.
—¿Aja? —respondió, escueta.
La mujer le tendió la mano, luciendo manicura francesa.
—Soy Gladis Isidora Núñez, la tutora y gestora de la difunta.
Ali miró esa mano antes de caer en la cuenta de que aquella podía ser quien estuvo llamándola al móvil.
—¿Eres la del seis-seis-ocho…?
La llamada Gladis mantuvo la mano en alto.
—Sí.
—Estoy en la lista de Robbinson.
Gladis parpadeó incrédula.
—No soy una agencia promotora ni publicitaria. —Bajó la mano con decisión—. Como ya te he dicho, soy Gladis Isidora…
—...la tutora y gestora de Sofía que, por cierto, ahí está.
Señaló a sus pies. Gladis se santiguó varias veces y le dirigió una mirada de reproche a la muchacha.
—Sofía te nombró titular de su cuenta bancaria de OnlyFans.
Macabra. No se le ocurrió mejor adjetivo para Sofía.
—No lo quiero.
—Son más de dos millones —musitó Gladis en un tono que nadie más pudiera escucharla—. No es rechazable.
Justo cuando iba a repetir que no lo quería, Ali entrecerró los ojos y se cruzó de brazos.
—Te escucho.
—La cuenta no es para ti —dijo, y sonrió como si le placiera desilusionarla—. Quería que supieras por teléfono algunos términos antes de darte lo que es suyo. Sofía quiso que, si no te veía aquí a esta hora, esos dos millones y pico hubieran pasado a ser propiedad íntegramente del señor Bastian Lacra.
Ali miró el maletín con una mezcla de desconfianza e interés renovado.
—¿Y quién es ese? —preguntó para que se lo aclarara.
—Eso ya no es asunto tuyo.
—De acuerdo, entonces ¿qué hay en el maletín? —inquirió, moviendo una mano como un remolino.
—Documentos confidenciales.
—Confidenciales —repitió Ali, susceptible.
—Puedes tomarlo, o puedes no hacerlo. De ti depende la consciencia que quieras asumir.
Había hablado la voz del demonio.
—¿Qué hay en esos documentos?
—¿Aceptas o rechazas?
Ali soltó un suspiro dramático.
—Muy bien, Isidora —exclamó, bajándose las gafas de nuevo—. Vete antes de que me arrepienta.
—Si no te importa… —pidió la mujer—. Esto pesa. Y me llamo Gladis.
Ali no supo por qué se lo sujetó, pero su hombre se resintió de inmediato. La mujer zarandeó la mano y alivió la tensión en la muñeca.
—Por Dios hermoso, ¿qué hay dentro? ¿lingotes de papel? —se quejó Ali.
Para cuando se dio cuenta, Gladis se había dado la vuelta.
—Un momento —pidió Ali, alzando la voz—. ¿Para qué me lo das si nada es mío? ¿Y cómo sabes que me hizo una petición si los documentos son confidenciales?
—Lo entenderás cuando los leas —repitió Gladis alejándose hacia el camino asfaltado—. Adiós, chata.
La aludida se quedó mirando la silueta boquiabierta. Miró el maletín.
En vez de sentirse contrariada, se sintió triste porque, en algún momento, Sofía dudó de que ella no fuera a asistir a su funeral.
Quiso poder echarle el maletín a la cabeza.
Fijó su atención en la fotografía de la lápida en la que aparecía Sofía abrazándola a ella del cuello, sonriendo a la cámara.








