Depraedātor
El olor a antiséptico y sangre fresca flotaba en el aire de la morgue como una vieja conocida.
Lee Felix se encontraba de pie frente a la mesa de acero inoxidable, guantes negros ajustados a sus dedos largos y delicados. La luz blanca caía sobre su rostro, resaltando las pecas suaves en sus mejillas y el cabello rubio platino que caía en ondas perfectas. Cualquiera que lo viera pensaría que era un ángel bajado a la tierra para ayudar a los vivos a entender a los muertos.
Nadie imaginaría que era exactamente lo contrario.
Con movimientos precisos y elegantes, Felix hundió el escalpelo en el pecho del cadáver frente a él. Cortó con la misma delicadeza con la que cortaría un filete en un restaurante de lujo. Mientras extraía el corazón aún tibio, sus labios se curvaron en una sonrisa tranquila.
—Perfecto —susurró al cuerpo sin vida, como si estuviera teniendo una conversación educada—. No te preocupes… esto no te va a doler.
Se llevó un dedo manchado de sangre a los labios y lo probó con lentitud, saboreando. Sus ojos se cerraron por un segundo, disfrutando el momento.
Felix abrió los ojos y miró su propio reflejo en la superficie metálica de la mesa. La sonrisa educada seguía allí, pero en el fondo de sus pupilas brillaba algo mucho más oscuro.
Limpió el escalpelo con un paño blanco y lo dejó en su lugar exacto. Felix se quitó los guantes con cuidado y los tiró al contenedor.
Un sobre posaba en su mesa; lo agarró con cuidado. Sacó su contenido y observó las fotos que contenía.
Un rostro atrajo su atención, un hombre de hombros anchos y cabello negro; era el líder de la unidad a la que había sido asignado.
—Eres tan perfecto —murmuró, casi con cariño—. Tan fuerte…
Regresó el sobre a su lugar. Se miró una última vez en el reflejo de la mesa metálica antes de apagar las luces de la morgue.
La oscuridad lo envolvió por completo.
Una risa baja y suave resonó en la sala vacía.
—Será un placer conocerte, detective Seo.