El RUGUIDO EN el la biblioteca
Capítulo 1: El RUGUIDO EN LA BIBLIOTECA
El penetrante olor a papel viejo y café recién molido era el único bálsamo que Melissa Millers aceptaba de buena gana en los santuarios académicos de la Universidad de Blackwood. Mientras el resto del campus vibraba con risas huecas y coqueteos descarados, el silencio casi sagrado de la biblioteca era su refugio. Sus dedos se deslizaron por la portada de un tomo de filosofía existencial, el peso del conocimiento una distracción bienvenida de la frivolidad que la rodeaba. Una falda de cuadros escoceses, cortísima, se ajustaba a sus muslos, combinada con una chaqueta de cuero negra que se sentía como una segunda piel. En sus pies, unos botines a juego que resonaban con un taconeo discreto al caminar. Era su armadura, su declaración silenciosa: Estoy aquí, pero no soy para ustedes.
—Melissa, ¿en serio? ¿Existencialismo un martes por la mañana? —La voz de Milene rompió el encanto, aunque el volumen era un susurro cómplice.
Melissa levantó la vista, permitiendo una pequeña sonrisa. —El único drama que tolero es el que puedo analizar en un ensayo. ¿Ya terminaste con la tuya?
Milene rodó los ojos. —No, y Andriw sigue acosándome para que le dé las respuestas. Dice que tiene "citas importantes" esta tarde. Más bien, chicas importantes.
—Ignóralo —aconsejó Melissa, volviendo a su libro, aunque un ápice de irritación por la mención de "Andriw" se coló en su tono. Eran el séquito de él, y eso bastaba para descalificarlos.
Mirel, con su suave aura bohemia, apareció por detrás de Milene, con dos cafés humeantes. —Deberías ver cómo Ehten lo tiene corriendo. Parece que su moto está dando problemas.
El nombre. El nombre que Melissa no quería escuchar, pero que, irremediablemente, flotaba en el aire de Blackwood como el zumbido constante de un insecto molesto. Ehten Wiker. El "Príncipe del Asfalto". Un título absurdo para alguien que no aportaba nada más que problemas y ruido.
—¿Y a mí qué? —espetó Melissa, cerrando el libro con un golpe seco que resonó en el pasillo entre las estanterías. Su habitual calma se quebró. —Que su moto explote si quiere.
Justo en ese instante, un rugido grave y gutural, que parecía provenir de las entrañas de la tierra, sacudió los cimientos de la biblioteca. Las ventanas vibraron, las páginas de libros antiguos se agitaron en los estantes. Los murmullos de los estudiantes se convirtieron en exclamaciones. Era un sonido inconfundible. El motor de una motocicleta. Y no era una cualquiera. Era la motocicleta.
—No puede ser... —Milene llevó una mano a su boca, con los ojos como platos.
El rugido se acercó, volviéndose más potente, como si el propio diablo estuviera aparcando en la entrada principal. Y de hecho, casi lo hizo. A través de los enormes ventanales que daban al patio central, Melissa vio la silueta inconfundible: una Harley-Davidson negra mate, impoluta y siniestra, estacionada justo en el césped prohibido frente a la entrada de la biblioteca. Y sobre ella, como un monarca en su trono, Ehten Wiker.
Su cabello oscuro estaba despeinado por el viento, su chaqueta de cuero relucía bajo el sol de mediodía, y la arrogancia rezumaba de cada poro de su ser. Se quitó el casco con una lentitud exasperante, revelando un rostro cincelado, demasiado perfecto para ser real, y esos ojos oscuros, casi negros, que prometían problemas. En su boca, un cigarrillo ya encendido, del que aspiró con una calma exasperante antes de exhalar una nube de humo que, para Melissa, olía a desafío.
Todos los presentes en la biblioteca, desde el más estudioso hasta el más despistado, se habían congelado, observándolo. Era el centro de atención, siempre. Y él lo sabía.
Melissa sintió un nudo en el estómago. No era nerviosismo, era pura indignación. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo era posible que nadie le pusiera freno?
—Es que... es que ni siquiera es un buen sitio para aparcar —murmuró Mirel, algo asustada, algo fascinada.
—Es el imbécil más grande de este campus —sentenció Melissa, su voz baja pero cargada de furia.
En ese momento, Ehten Wiker, que hasta entonces había estado observando el campus con una expresión de tedio, giró su cabeza. Sus ojos oscuros, como imanes, barrieron la multitud de estudiantes atónitos, deteniéndose justo en el grupo de Melissa. Y, para su asombro y consternación, sus ojos se fijaron directamente en ella.
Por un instante, solo un instante, el tiempo pareció detenerse. La gente, el ruido, el campus, todo desapareció. Solo existían Melissa y Ehten, separados por el cristal de la ventana y un abismo de desprecio. Él levantó una ceja, una sonrisa lenta y peligrosa se extendió por sus labios. Y luego, para rematar su descaro, dio una última calada a su cigarrillo, lo arrojó al suelo del césped de la universidad (¡prohibido fumar, prohibido pisar el césped!), y se dirigió hacia la entrada principal de la biblioteca.
Directamente hacia ella.
Melissa sintió cómo su corazón se aceleraba, pero no por miedo. Por una rabia incontrolable. ¿Quién se creía que era? Él podía ser el Príncipe del Asfalto, pero ella no era una de sus súbditas. Y si quería una guerra, la iba a tener.