RAY MEMBER I

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Summary

Ray lo perdió todo cuando apenas era un niño, sin la fuerza necesaria para enfrentar la maldad que acechaba a su pueblo y que terminó por extinguirlo. Tras la muerte de su madre, su hermana Nay es lo único que le queda en el mundo. Dispuesto a todo por salvarla y cambiar el destino que la arrebató de su lado, Ray emprenderá un viaje cargado de aventura y misterio. Junto a sus amigos, recorrerá tierras desconocidas para encontrarla y recuperar lo que queda de su familia.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

Mi madre había empezado a hervir la leche en el fogón ardiente de la sala para hacer Karak Chai, como acostumbrabamos a beber por las mañana. El calor se extendía por toda la estancia, como si afuera no hiciera ya el suficiente bochorno. Ella se veía cansada. Le dolían las piernas; estaban tan hinchadas que parecía costarle despegarlas del suelo para caminar.

A pesar del dolor, siempre se levantaba para alimentarnos a mi hermana Nay y a mí, incluso ahora que acababa de dar a luz a la pequeña Holie. Por mi parte, yo me concentraba en tejer una red; quería tenerla lista para pescar para cuando mi padre volviera a casa y si tenia suerte me llevaria a uno de sus  emocionantes viajes.

Él era un buen pescador, viajaba mucho en barco. Regresaba con cada luna nueva para traernos provisiones y contarnos sus aventuras con ese "gran señor" al que llamaba Océano. Yo anhelaba seguir sus pasos: ser un hombre de mundo y atrapar mis propios peces para alimentar a mi madre y a Nay, porque Holie, por ahora, solo tomaba leche.

Tras terminar de preparar el desayuno, mi madre se dirigió a mí. Yo seguía inmerso en mis pensamientos mientras luchaba para que los nudos de la red quedaran lo más perfectos posible.

—Ray, hijo. Dile a tu hermana Nay que deje de estar jugando y venga a desayunar.

—De acuerdo, madre. Salí de la choza y, al poco de andar, me crucé con unos vecinos de mi edad. Enseguida empezaron con las bromas de siempre sobre mi cabeza rapada. Yo desconocía por qué mis padres insistían tanto en mantener el color de mi cabello en secreto; al parecer, el color verde no era precisamente una bendición de los dioses. Por suerte, Nay había heredado el cabello rojo sangre de mi madre, mientras que yo... yo era el vivo retrato de mi padre.

—¿Han visto a Nay? —Les pregunté.

—No molestes, cabeza de rodilla.— solto uno de ellos, provocando una carcajada general.

—Seguro decidió irse a vivir con una familia más normal —soltó uno de ellos con malicia.

La furia me recorrió el cuerpo como un rayo.

—No te permitire que hables mal de mi familia—le advertí.

—¿Y que harás al respecto? ¿Llamar a tu padre? —se burló el chico. —Ah no, es verdad... Olvide que ya los abandono.

—¡¿Qué dices?! -exclamé-. Mi padre volverá pronto. Él viene cada lun...

—"Cada luna nueva"... ya lo sabemos. Siempre dices lo mismo.

Me quedé desconcertado. Lo había repetido tantas veces que lo creía un hecho absoluto. Una verdad incuestionable. Pero era cierto: mi padre llevaba cinco lunas nuevas sin volver.

—Él no vendrá.—sentenció uno de ellos con crueldad.

—¡Cállate! —grité, sintiendo que la rabia me quemaba la garganta.

—¿Qué pasa aquí? —interrumpió Nay.

Apareció cargando entre sus manos un pájaro de pelaje gris azulado palido y de pico rojo brillante. Los chicos se tensaron al verla.

—Vámonos —anunció el que parecía ser el líder—. No pienso pelear con niñas —añadió, dándose la vuelta para alejarse a paso rápido.

—¿A dónde creen que van? —espeté, intentando retenerlos para que la pelea no terminara ahí.

—Déjalos, Ray —dijo Nay con una calma gélida.

—Solo dicen mentiras —mascullé, aunque mis puños seguían apretados.

—No les prestes atención.

Me tranquilicé un poco y observé a mi hermana pequeña. Me preguntaba si de verdad aquellos tipos se habían retirado por "caballerosidad" o porque Nay les provocaba un miedo inexplicable. Había algo en ella, un aura sombría y misteriosa; cuando te sostenía la mirada con esos ojos verdes esmeralda, tendías a cuestionar tu propia existencia.

—¿Qué tienes ahí? —pregunté, bajando la voz.

—Es un perdiz.

—¿Como sabes cual es su especie?

—Por los libros de papá. En sus viajes, conoció muchas especies de animales, entre ellas estaba el perniz. Lo reconoci de inmediato en cuanto la vi.

—Cierto, los libros... Pero, ¿Está muerta?—pregunté.

—Sí. Se ve hermosa ¿no crees? —murmuró, acariciando las plumas yertas con una delicadeza que me erizó la piel.

Nay siempre había tenido esa forma particular de observar el mundo; donde otros veían algo perturbador o grotesco, ella encontraba una belleza extraña, una armonía en la rareza que nadie más lograba comprender.

—¿Y qué vas a hacer con ella? —pregunté, observando cómo sostenía el cuerpo inerte con una delicadeza casi reverencial.

—Voy a llevársela a mamá —respondió, y por un segundo, un brillo de entusiasmo asomó en sus ojos verdes.

Solté un suspiro, imaginando la escena.

—No creo que a mamá le agrade mucho la sorpresa, Nay. Probablemente pegue un grito.

—Es cierto —admitió ella, bajando la cabeza con una decepción repentina que me encogió el corazón.

—¿Qué tal si mejor le hacemos un funeral apropiado? —propuse, tratando de recuperar su ánimo—. Buscaremos un buen lugar bajo los árboles

—De acuerdo —consintió, recuperando su serenidad habitual.

Me acerqué y, en un gesto de cariño, le alboroté el cabello para disipar la extrañeza del momento.

—No hagas eso, Ray —protestó ella en un susurro, aunque permaneció tan inmóvil como el pájaro que sostenía.

Se quedó mirándome un momento, con esa intensidad que te hacía sentir expuesto dijo:

—Me recuerdas a papá —añadió finalmente.

—Cuando él no está, soy yo quien debe protegerlas -sentencié.

—No hay peligro, Ray, es solo un pájaro.

Me reí para mis adentros ante la inocencia de la pequeña; ella no comprendía a qué me refería realmente.

—Por cierto, mamá preparó cebollas rellenas. Deberiamos ir a la casa antes que se enfrien ¿No crees?

—¡Mis favoritas! -exclamó Nay, saltando de alegría.

No pude evitar contagiarme de su risa.

—Pero antes... debemos asistir a un funeral.

—Tienes razón-asintió ella, bajando la mirada hacia el pequeño pajarito.

Caminamos tras las dunas hasta encontrar un lugar apartado, donde no había más que arena en el horizonte. Allí realizamos el entierro. Las aves no eran animales comunes en el desierto de Zul-Dahar; lo más probable era que aquella hubiera muerto al no encontrar alimento.

De pronto, a lo lejos, una oleada de nubes negras comenzó a cubrir el cielo, destilando una especie de nieve. Yo jamás había visto la nieve -¿cómo podría, viviendo rodeado de dunas?-, pero según las referencias de los viajes de mi padre se me hacia muy similar.

Nay no se había percatado. Estaba concentrada en dedicarle una oración al animal que, en su imaginación, deseaba ver volar con plumaje brillante. No la interrumpí. Caminé unos pasos lejos de ella y vi que las nubes avanzaban con una velocidad irracional. Entonces, el viento trajo consigo el sonido de galopes.

No sabía qué estaba pasando, pero mi cuerpo reaccionó ante el peligro. Mi corazón se aceleró como una ráfaga; supe que algo terrible estaba por ocurrir. Nay terminó de orar y se dio cuenta de las pequeñas partículas oscuras que caían del cielo. Se acercó a mí buscando mi mano.

—¿Qué sucede, Ray?

—No tengo idea.

—Quiero irme a casa Ray. Tengo mied..

Unos gritos desgarradores comenzaron a llegar desde la aldea. Me agaché rápidamente y sujeté a mi hermana por los hombros, mirándola fijamente a los ojos.

—Nay, necesito que te quedes aquí y te escondas como cuando jugamos a las escondidas ¿Ok?

—Pero... mamá...

—Iré por ella —la interrumpí—.Y volveré a buscarte, ¿de acuerdo?

Nay estaba ensimismada, aterrada por el estrépito que venía de lejos.

—Nay, necesito que asientes si entendiste lo que te acabo de decir.

—Sí, lo haré —. asintió, sorbiendo los mocos que empezaban a deslizarse por su nariz mientras reprimía las ganas de llorar.

Dejé a Nay y salí corriendo hacia la aldea en busca de mi madre. Lo que encontré al llegar fue una masacre. Los centauros estaban aniquilando a los aldeanos sin importarles que fueran ancianos, mujeres o niños. A todo aquel que se cruzara en su camino, le cortaban la cabeza.

Miembros ensangrentados cubrían la arena, que ahora estaba caliente no por el sol, sino por la sangre de los muertos. Solo tenía una visión fija: llegar a casa. Debía asegurarme de que mi madre estuviera bien. Le rogué a los dioses que ella y la pequeña Holie hubieran logrado escapar a tiempo.

Me filtré entre las chozas, pero nuestro mundo estalló en llamas en cuestión de segundos. Retrocedí, magnetizado por el matiz carmesí del incendio, hasta que un alarido humano me arrancó del trance. Era el niño de antes, aquel que se había mofado de mi cabeza calva; lo reconocí mientras el fuego devoraba sus facciones y se extendía por su cuerpo. Jamás habría imaginado, que su destino sería transformarse en ceniza aquella mañana.

Retrocedí horrorizado, intentando recobrar el juicio mientras me tambaleaba hacia mi casa, la choza más pequeña de la aldea. Al cruzar el umbral, mis ojos se negaron a aceptar la imagen desgarradora: mi madre había sido decapitada. El hogar estaba bañado en sangre y los rastros de lucha evidenciaban que había peleado por su vida hasta el último aliento.

Me desplomé de rodillas. El llanto inundó mi rostro y quise gritar con todas mis fuerzas, pero el dolor se transformó en un sonido sordo; las palabras no salían. Me arrastré hacia ella para tomar su mano y el calor que aún desprendía su piel me atravesó como una cuchilla. Si tan solo hubiera llegado unos minutos antes ¿Pudiera haber hecho algo para impedir su muerte, siendo un niño?¿O me hubiera tocado el mismo destino? Al levantar la vista, el pánico me terminó de quebrar: la cuna estaba vacía. Mire por todos lados y no habia ningún rastro de Holie. Se la habían llevado. Salí frenético de la choza, buscando cualquier rastro de los captores de mi hermana, cuando, de pronto, sentí una presencia gélida a mi espalda.

Al girarme, me topé con la mirada de una de las criaturas magicas que habian decidido visitarnos ese dia: los centauros. Sus ojos eran pozos de absoluta negrura, vacíos de humanidad pero cargados de una furia tan vibrante que podía palparse en el aire. ¿Qué pecado habríamos cometido para despertar tal ira? ¿Cómo pudo un pueblo tan irrelevante como el nuestro —el mal llamado"pueblo de al lado", perdido en el desierto— ofender su intelecto superior? Cai al suelo de rodillas aceptando mi final. La bestia tensó el arco, convirtiéndose en la viva imagen de la constelación que gobernaba nuestro cielo.

De pronto, justo cuando el centauro de cabellera castaña y ojos penetrantes parecía haber decidido mi muerte en un silencio sepulcral, una lluvia de piedras lo golpeó por la espalda. Al girarse para descubrir al atacante, el corazón se me detuvo: era mi hermana, Nay. Había desobedecido mi orden de mantenerse oculta y habia venido a mi rescate.

—¡Aléjate de mi hermano! —gritó con la voz rota, mientras arrojaba las rocas que apretaba contra su regazo.

—¡Nay! ¿Qué haces aquí? —exclamé, sintiendo que el miedo me oprimía el pecho—. ¡Vete, corre!

No puedo perderte a ti también, pensé con desesperación mientras intentaba ponerme de pie.

El centauro cargó hacia Nay. Intenté incorporarme para interceptarlo, pero la bestia me derribó con un golpe brutal de sus patas traseras. El mundo comenzó a oscurecerse. Justo antes de perder el sentido, vi cómo la silueta de Nay desaparecía, tragada por una ráfaga de arena que lo cubrió todo.