Máscaras rotas.

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Summary

La perfecta vida de Madeline

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Dicen que la felicidad tiene un aroma específico. Para mí, esa noche de viernes en Boston, la felicidad olía a peonías blancas recién cortadas, a champagne Veuve Clicquot burbujeando en copas de cristal fino y al perfume amaderado de mi padre.

Me miré en el espejo de cuerpo entero de mi habitación antes de bajar. El vestido de seda color perla se deslizaba sobre mi piel como una caricia fría. A mis veinticuatro años, el reflejo que me devolvía el cristal era el de una mujer que lo tenía todo. No había ni una sola grieta en la imagen: el cabello rubio perfectamente pulido, la piel impecable y esa mirada de paz que solo tienes cuando el futuro no es una incertidumbre, sino una alfombra roja desplegada a tus pies.

—Madeline, ¿estás lista? —la voz de mi madre, suave y elegante, llegó desde el pasillo.

—Voy, mamá —respondí, regalándome una última sonrisa.

Al bajar las escaleras de la mansión en Beacon Hill, el sonido de mis tacones contra el mármol marcaba el ritmo de mi propia coronación. La cena era íntima, solo treinta personas. La verdadera élite de la ciudad. Al entrar al comedor, las conversaciones se detuvieron por un segundo, ese segundo de silencio absoluto que solo se le otorga a los Valmont. Recorrí el salón con la barbilla en alto, sintiendo cómo cada par de ojos se clavaba en mí como si fuera una obra de arte recién expuesta. He escuchado que a algunas personas no les gusta ser el centro de atención, que se sienten intimidadas o vulnerables bajo la mirada ajena. Realmente no las entiendo. ¿A quién no le gustaría ser admirada y vista por todos? Para mí, ese silencio era oxígeno; era la confirmación de que el mundo estaba en su lugar y que yo era el eje sobre el cual giraba.

Me senté a la derecha de mi padre. Él me tomó la mano sobre el mantel de lino y me dio un apretón firme. Era su forma de decirme "bien hecho". Durante cuatro años en Harvard, mis dedos no habían dejado de escribir ensayos, de resolver casos legales complejos y de estudiar hasta la madrugada. Había sido la mejor de mi clase. Había sido perfecta.

—Un brindis —anunció mi padre, poniéndose de pie con la elegancia de un rey antiguo.

El tintineo de la cuchara de plata contra la copa de Baccarat cortó el aire. Antes de que mi padre hablara, busqué primero la mirada de él: mi novio, Lucian Hayes. Me sostuvo la vista con esa sonrisa serena que era mi ancla, recordándome que, más allá del apellido, era su mujer. Luego, recorrí la mesa; personas de renombre, socios de mi padre que pronto serían los míos, mis amigos de la universidad, y mis casi hermanos de toda la vida.

—Por Madeline —la voz de mi padre vibró de orgullo—. Por la nueva Vicepresidenta de Valmont Global. — Sus ojos se posaron en mí y se aguaron de la única forma en que un padre llora por su pequeña—.Hija, eres nuestra mayor alegría. Eres la prueba de que la excelencia se hereda, pero la integridad se construye. Que este sea el inicio de tu imperio.

—¡Por Madeline! —corearon las voces, cálidas y seguras.

Bebí un sorbo de champagne, sintiendo las burbujas cosquillear en mi garganta. Todo era tan... Real. Tan mágico.

Tras el brindis, la rigidez de la cena se disolvió en un murmullo de conversaciones bajas y el eco del piano de cola que alguien había empezado a tocar en el salón contiguo. Mi padre se retiró hacia un rincón del salón con los socios más antiguos, gesticulando con su copa de coñac mientras discutían los movimientos de la bolsa para el lunes. Me quedé un momento allí, entre ellos, asintiendo con la gracia y aportando comentarios precisos sobre las nuevas regulaciones inmobiliarias. Eran mis futuros aliados, y me miraban con la satisfacción de quien ve una inversión segura.

Sin embargo, cuando el cuarteto de cuerdas cambió a una pieza de piano más melancólica, sentí la necesidad de escapar de la formalidad. Con una sonrisa de disculpa perfectamente ejecutada, me aparté de los señores de traje gris.

—Si me disculpan, caballeros, debo atender al resto de los invitados —dije, recibiendo inclinaciones de cabeza respetuosas.

Me alejé de los trajes grises sintiendo el roce de la seda contra mis piernas, manteniendo la postura erguida mientras cruzaba el salón. Fue entonces cuando mi novio me interceptó.

—No te he tenido cerca en toda la noche —susurró, rodeando mi cintura con una naturalidad que me hizo soltar un suspiro de alivio.

Se inclinó para dejar un beso suave en mi mejilla, que luego rozó la comisura de mis labios. Fue un gesto cargado de ese cariño tibio y seguro que me hacía sentir en amada.

—Te extrañaba —le respondí en voz baja, entrelazando mis dedos con los suyos por un breve segundo antes de que empezáramos a caminar juntos hacia el ala oeste de la terraza.

Allí, el grupo de siempre se había refugiado en un rincón más íntimo, lejos de la mirada de los socios de mi padre. El ambiente era distinto, más real. Sophie estaba, tironeando con afecto de la barba de Reece mientras le contaba alguna anécdota divertida de su boutique. Reece se reía con ganas, dejándola hacer con la tolerancia de quien adora a su amiga.

Chad estaba apoyado contra la barandilla de piedra, soltando una carcajada sonora mientras exhalaba una nube de humo de su cigarrillo. Señalaba la escena de Sophie y Reece con el vaso de whisky en la mano, burlándose de ellos con esa energía arrolladora que siempre contagiaba a los demás.

Markus, que estaba un poco más apartado sosteniendo una copa de champagne, la dejó de inmediato sobre el borde del balcón en cuanto mis ojos se cruzaron con los suyos. Sus facciones se relajaron y sus ojos se iluminaron de una forma que solo ocurría cuando yo estaba cerca. Sin decir una palabra, abrió los brazos.

Sin poder evitarlo, me lancé a ellos.

Él me recibió con fuerza, levantándome un poco del suelo en un abrazo que me sacó el aire. Enterré el rostro en su cuello, inundada por su aroma: una mezcla de cuero caro, colonia cítrica y ese calor familiar que siempre me hacía sentir a salvo. Markus me dio un beso rápido en la coronilla antes de bajarme, manteniendo sus manos en mis hombros un segundo más.

—Ya era hora, Maddie —murmuró con un tono divertido—. Estábamos a punto de entrar a rescatarte de esos dinosaurios de la junta.

Apenas me solto, Sophie se abalanzó sobre mí con un chillido de alegría, envolviéndome en un abrazo que olía a flores exóticas y seda. Me plantó un beso sonoro en la mejilla y me tomó de las manos, examinándome de arriba abajo con una sonrisa radiante.

— Mírate Maddie, pareces una princesa, pero no esas que se quedan dormidas, sino las que buscan su sueño.—dijo entre risas, dándome un suave apretón antes de soltarme.

Reece se acercó después, con su caminar pausado. Me rodeó en un abrazo cálido y tranquilo, de esos que te transmiten paz al instante.

—Felicidades, de verdad —me susurró al oído con sinceridad, dándome una palmada afectuosa en la espalda cuando se separó.

Finalmente, Chad dejó su cigarrillo en el cenicero de piedra y me atrapó en un abrazo ruidoso y lleno de energía, sacudiéndome un poco los hombros.

—¡Nuestra vicepresidenta favorita! —exclamó, dándome un beso rápido en la frente antes de soltar una carcajada—. Ahora que vas a mandar en Boston, espero que no te olvides de los pobres dueños de bares como yo.

Reí con ganas, sintiendo el calor de su abrazo.

—Nunca, Chad. Jamás me olvidaré de ti... ni de ninguno de ustedes.

Hice una pausa breve. El eco de una sensación extraña, como un escalofrío que no lograba ubicar, me recorrió la columna.

—No de nuevo —susurré.

Lo dije más para mí misma que para ellos, una frase que escapó de mis labios sin que mi conciencia lograra atraparla a tiempo. Pero en nuestro círculo, el silencio siempre era compartido. Todos lo escucharon.

Rápidamente, Sophie se acercó con una sonrisa dulce y me tomó de las manos. Sus ojos brillaban con un cariño sincero, de esos que solo una mejor amiga puede darte cuando nota que te estás perdiendo en tus pensamientos.

—Eso es el pasado, Maddie —me dijo en un tono suave, dándome un apretón reconfortante—. Y no volverá a ocurrir, te lo prometo. Ya pasó, estás aquí con nosotros.

Chad la respaldó de inmediato, rodeándome los hombros con su brazo fuerte y dándome un sacudón afectuoso, como si quisiera espantar a los fantasmas de mi cabeza.

—Es cierto —asintió con su voz carismática, devolviéndome la seguridad—. Y aún si algo así pasara de nuevo, estaremos ahí para que nos recuerdes. No te vamos a dejar sola nunca, ¿sabes?

Reece asintió con la cabeza mientras se reía bajito, logrando que el aire volviera a sentirse ligero y familiar. Markus se acercó entonces y me rodeó con un abrazo que me mantuvo cerca de su pecho un segundo más de lo necesario.

—Como una vez dijiste, Maddie —susurró con esa voz profunda que siempre me daba seguridad—: solo la muerte nos va a separar.

— ¿Yo dije eso? No lo recuerdo.

— Eso es obvio— dijo Reece.

Habían pasado ya cinco años desde aquel accidente en los acantilados de la costa. Desperté en una cama de hospital sin una sola imagen de mi propia vida. Todo lo vivido durante diecinueve años se había borrado, como si alguien hubiera pasado un borrador húmedo sobre una pizarra. Lo poco que recordaba eran los rostros de mis padres, pero nada más. Fue una tortura los primeros meses; tratar de reconocer a mis "mejores amigos" en extraños y aprender mi propia historia a través de sus anécdotas. Ellos me habían reconstruido. Ellos me habían devuelto mi identidad.


Me quedé un segundo de más en silencio, perdida en ese vacío que a veces me succionaba el aire. Fue mi novio quien rompió el hechizo. Notando mi mirada perdida, rodeó mi cintura con suavidad y me atrajo hacia él, cortando la conexión con Markus de forma casi imperceptible.


—Creo que ya has sido suficiente tiempo para todos, pero ni un minuto para mí —murmuró con una sonrisa cálida, mirándome con esa adoración que me hacía sentir la mujer más afortunada de Boston—. Vamos, Maddie.  Quiero enseñarte algo.


Ignoramos los ruegos de Sophie para que me quedara un rato más y nos alejamos del bullicio de la terraza. Me guio escaleras arriba, hacia una de las habitaciones más apartadas de la mansión, donde el ruido de la fiesta se filtraba apenas como un eco lejano. Al cerrar la puerta, el ambiente cambió; se volvió íntimo, casi sagrado.


Él sacó una pequeña caja de terciopelo azul de su chaqueta. Al abrirla, la luz de la lámpara de mesa arrancó destellos gélidos de un collar de diamantes que descansaba sobre el satén. Las piedras eran perfectas, un círculo de fuego blanco que parecía emitir su propia luz.


—Es… es precioso —susurré, rozando una de las gemas con la punta de los dedos.


—Es para celebrar tu ascenso —dijo él, acercándose—. ¿Puedo?


Asentí con una sonrisa y caminamos hacia el gran espejo de marco dorado que dominaba la pared. Me puse de espaldas a él y, con un movimiento fluido, recogí mi cabello hacia un lado, dejando mi nuca al descubierto. Vi su reflejo en el cristal: sus ojos estaban fijos en mí, cargados de una ternura que me hacía sentir protegida.


Sintió el metal frío contra mi piel mientras él cerraba el broche con una delicadeza extrema, sus dedos rozando apenas mi cuello de forma eléctrica.


—Te queda perfecto —murmuró sobre mi hombro, admirando el resultado en el espejo—. Como si siempre hubiera pertenecido ahí.


Me miré en el reflejo y sentí un nudo de gratitud en la garganta. Los diamantes brillaban con una intensidad casi irreal contra mi piel, pero lo que realmente me conmovía era la devoción en su mirada. Me sentía tan plena, tan afortunada, que mis ojos se aguaron por segunda vez en la noche.


Me di la vuelta despacio para quedar frente a frente con él. Nuestras miradas se entrelazaron en ese espacio silencioso de la habitación, lejos del ruido del mundo exterior.


—Gracias —susurré, apenas un aliento entre nosotros—. Gracias por haberme conocido, por ... por hacerme tan feliz. Eres lo mejor que me ha pasado.


Él no necesitó decir nada; la forma en que me tomó del rostro lo dijo todo. Sin poder contenerme más, acorté la distancia y lo besé. Él respondió de inmediato, rodeando mi cintura con sus brazos y pegándome a su cuerpo con una urgencia contenida que me hizo estremecer. Sus manos bajaron por mi espalda, recorriendo la seda del vestido hasta encontrar el cierre; el sonido del metal deslizándose fue apenas un susurro antes de que la tela cayera a mis pies, dejándome expuesta ante él.


Él se deshizo de su ropa con movimientos rápidos, sin dejar de mirarme con una adoración que me hacía sentir poderosa. Me guio hacia la cama y nos hundimos en las sábanas de hilo. Sus labios bajaron por mi cuello, deteniéndose justo donde los diamantes del collar enviaban destellos contra la penumbra, y luego siguieron descendiendo hacia mis pechos, donde se demoró con una lentitud que me arrancó el primer gemido de la noche.


Pero no se detuvo ahí. Sus manos recorrieron mis muslos, separándolos con una delicadeza firme mientras él se deslizaba hacia abajo, desapareciendo entre mis piernas. Sentí el calor de su aliento antes de que su lengua me encontrara, y el impacto me hizo arquear la espalda contra el colchón.


Fue metódico, explorando cada rincón con una devoción que me dejó sin aliento. Sus dedos se hundieron en mis glúteos para elevarme un poco más, facilitando su acceso mientras su lengua trazaba círculos lentos y húmedos sobre mi clítoris, alternando con succiones profundas que me hacían perder el sentido de dónde terminaba mi cuerpo y empezaba el suyo. Enterré las manos en las sábanas, apretando la tela con fuerza mientras el placer se acumulaba en mi vientre como una marea alta. Estaba completamente a su merced, perdida en el ritmo de su boca hasta que sentí que el mundo empezaba a fracturarse bajo mis pies.


Cuando estuvo satisfecho de haberme llevado al límite, subió de nuevo sobre mí. Se posicionó, separando mis piernas aún más, y al entrar en mí, el mundo pareció detenerse. Fue una invasión lenta, llena de una plenitud que me hizo cerrar los ojos con fuerza. Empezó a moverse con estocadas largas y rítmicas, cada una de ellas llevándome un paso más cerca del abismo. Sentía su peso sobre mí, el sudor pegando nuestros cuerpos y el sonido de nuestras respiraciones agitadas llenando la habitación.


El placer fue escalando, una presión caliente que se acumulaba en mis caderas hasta que ya no pude más. Mis músculos se contrajeron alrededor de él en espasmos incontrolables mientras un grito mudo moría en mi garganta. Él me siguió segundos después, hundiéndose una última vez con fuerza antes de colapsar sobre mi pecho, con el corazón latiendo desbocado contra el mío.


Nos quedamos allí un largo rato, abrazados, con nuestras respiraciones acompasándose mientras el sudor se secaba en nuestra piel. Me sentía completa.


{...}


El sol de la mañana se filtraba por las cortinas de lino, dibujando líneas doradas sobre las sábanas de seda. Me desperté lentamente, sintiendo el peso reconfortante de Mimi a los pies de la cama y el ronroneo vibrante de Lucas, que se había acomodado cerca de mi almohada. Estiré los brazos, sintiendo todavía en la piel el cansancio dulce de la noche anterior.


Mientras me quedaba mirando el techo, los recuerdos de la fiesta se proyectaron en mi mente como una película. La música, los brindis, las risas en la terraza... y el final de la noche. Tras la intensidad del encuentro en la habitación de la mansión, Lucian me había traído hasta la puerta de mi departamento. Me habría encantado que se quedara, que despertáramos juntos en esta primera mañana de mi nueva vida profesional, pero el deber lo llamó de regreso. Un viaje de negocios de último minuto, una reunión en Nueva York que no podía posponer.


Aunque me invadió una punzada de tristeza al verlo alejarse en su coche, lo acepté con una sonrisa y un beso de despedida. ¿Quién mejor que yo para entender las exigencias del trabajo?


Me levanté de la cama, descalza, sintiendo el contacto del parqué de roble oscuro contra mis pies. Caminé por el pasillo y entré en la cocina, un espacio amplio con encimeras de granito negro absoluto que brillaban bajo las luces empotradas. Aparté a Lucas con suavidad mientras saltaba sobre la isla y me acerqué a la cafetera. El sonido del agua hirviendo y el aroma del grano recién molido llenaron el aire, dándome esa sensación de orden que tanto necesitaba.


Mientras esperaba que el café terminara de gotear, mis ojos se desviaron hacia el portarretratos digital y las fotos impresas que adornaban un rincón de la barra.


Vi una de mis favoritas: yo de pequeña, sentada entre mis padres en un jardín que ya no recordaba, pero donde mis risas parecían genuinas. Pasé a la siguiente, una toma grupal del día de nuestra graduación de la escuela; allí estábamos los cinco, con Sophie, Chad, Reece y Markus abrazándome como si fuera su centro de gravedad. Y finalmente, una foto con mi novio en nuestro último aniversario.


Aún recordaba la primera vez que lo vi. Estaba sola en una cafetería abarrotada cerca del campus, intentando concentrarme en un libro de leyes mientras el ruido me aturdía. Él se acercó con una confianza tranquila, ignorando las mesas vacías al fondo para detenerse justo frente a la mía. "Este lugar es demasiado ruidoso para una lectura tan densa, ¿no crees?", me dijo con una sonrisa que me desarmó al instante. Me ofreció compartir su mesa en un rincón más silencioso y, desde ese café, no volvimos a separarnos.


Realmente era tan afortunada: una familia que me amaba, un trabajo estable que acababa de alcanzar una nueva cima, unos amigos que siempre estarían para mí y un novio maravilloso que me hacía sentir la mujer más especial del mundo.


Tomé mi taza de porcelana, sintiendo el calor en mis palmas, y caminé hacia la entrada para buscar mi BlackBerry. Fue entonces cuando lo noté.


Justo en el umbral, medio oculto bajo la madera pesada de la puerta principal, había un sobre de manila. No estaba en el buzón, ni sobre la consola; alguien lo había deslizado por debajo de la puerta, probablemente esa misma madrugada.


«Seguro es un detalle de Lucian» pensé con una pequeña sonrisa, dejando la taza sobre el mueble de la entrada. Quizás era una nota romántica o alguna sorpresa de último minuto antes de su viaje.


Me agaché para recogerlo. El sobre pesaba más de lo normal. Al abrirlo, no encontré una carta, sino un fajo de fotografías físicas, granuladas, con esos bordes blancos de cámara antigua.


Las primeras fotos me hicieron sonreír con nostalgia. Eran tomas normales de mi época en la escuela.


Pero a medida que avanzaba en el fajo, el ambiente de las imágenes cambió.


Apareció una foto de una chica que no recordaba. Tenía el cabello castaño y una expresión tímida, como si no quisiera ser fotografiada. Estaba sola en el patio trasero de una casa que me resultaba vagamente familiar. Pasé a la siguiente.


Mi respiración se cortó y sentí un nudo frío en el estómago.


La escena era de un sótano o un almacén, iluminado apenas por la luz amarillenta de una bombilla desnuda que colgaba del techo. La chica estaba en el suelo de concreto frío, completamente desnuda. Su cuerpo se veía pequeño y frágil contra la suciedad del piso, y su cabello caía hacia adelante en un desorden húmedo, tapándole la cara por completo. Sentí una náusea repentina golpearme el estómago. ¿Qué clase de broma sádica era esta?


La siguiente foto mostraba a la misma chica en la misma posición, pero alguien —una mano que apenas se asomaba en el borde de la imagen— le había levantado el rostro por la barbilla, obligándola a mirar a la cámara. Era ella, la chica de la foto del patio, pero su rostro estaba deformado por el llanto, sus ojos inyectados en sangre y llenos de un terror absoluto que parecía traspasar el papel.


No entendía nada. Mis manos empezaron a temblar tanto que el papel crujía entre mis dedos. ¿Quién era ella? ¿Por qué me enviaban este horror a mi casa?


Llegué a la última foto del fajo.


Era la misma chica, todavía en el suelo, llorando en un silencio que casi podía escuchar a través de la imagen. Pero esta vez ya no estaba sola en el encuadre. A su lado, agachada con una elegancia aterradora, posaba otra joven con una sonrisa radiante, como si estuviera posando para una revista de moda y no junto a una víctima quebrada. Su expresión era de una satisfacción cruel, una alegría macabra que me heló la sangre hasta la médula.


Pero lo que hizo que mis piernas cedieran y terminara arrodillada en el parqué frío de la entrada no fue el acto en sí. Fue el rostro de la chica que sonreía.


Era un rostro familiar. Uno que veía cada mañana al despertar, el que maquillaba con esmero antes de ir a la oficina, el rostro de la mujer a la que todos en Boston admiraban.


Era mi rostro.


El aire se espesó en mis pulmones, volviéndose denso, como si intentara tragar vidrio molido. Mis dedos, que segundos antes sostenían el papel con curiosidad, perdieron toda sensibilidad, dejando que el fajo de fotos se dispersara por el suelo como hojas secas en otoño. Sentí un zumbido agudo en los oídos, un pitido constante que ahogaba el sonido de mi propia respiración agitada.


Me quedé inmóvil, con la vista clavada en esa última imagen. Mis rodillas golpearon el parqué con un sonido sordo, pero no sentí el dolor. Solo podía mirar esos ojos... mis ojos. El mundo a mi alrededor comenzó a desdibujarse; las paredes de mi departamento parecían cerrarse sobre mí, asfixiándome.


Extendí una mano temblorosa hacia la foto que había quedado más cerca de mis pies. Con un movimiento torpe, la tomé y, casi por instinto, le di la vuelta. En el reverso blanco, una caligrafía apresurada, con trazos violentos que casi rasgaban el papel, dictaba una sentencia que me heló la sangre:


“El pasado no puede ser borrado. Son todos unos monstruos”.