Jaula de Muñecas

All Rights Reserved ©

Summary

Cinco monstruos. Una heredera de porcelana. Y una sola salida que exige el sacrificio de su pureza. Despierta en el fango, lejos de los techos de mármol y los cubiertos de plata. Está en el centro de un complejo de celdas subterráneas, encerrada en una jaula de hierro que ahora es su único hogar. Pero no está sola. Rodeándola, acechan cinco hombres que son la definición misma del peligro: • Werd: Una bestia de furia incontenible y músculos marcados por el odio. • Zoan: Un exmilitar frío y calculador que ve el mundo como una estrategia de conquista. • Seiven: Una mente retorcida que encuentra placer en el dolor y la degradación. • Aban: Un fanático quebrado que busca redención en medio del pecado. • Kreis: El joven de mirada herida que esconde secretos tras una máscara de paz.

Genre
Erotica
Author
XORE
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

0

En mi mundo, la traición es una moneda de cambio corriente; sabes que llegará, pero nunca imaginas que te cobrarán la deuda tan pronto.

El comedor era un mausoleo de mármol frío, donde el eco de los cubiertos contra la porcelana sonaba como disparos amortiguados. En la cabecera, mi padre y su “esposa de turno”, una mujer cuyo nombre no me molestaba en recordar, hablaban a una distancia tan lejana que bien podrían haber estado en otro continente.

El banquete era exquisito, pero la compañía lograba que cada bocado supiera veneno.

—A ver, hermanita —soltó Levins, rompiendo el silencio con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Si no te casas pronto, se te va a pasar el momento. Nadie quiere una mercancía que ha perdido su brillo.

Levins dejó caer su tenedor, apoyando los codos en la mesa con una falta de etiqueta que solo su estatus podía permitirse. Me recorrió de arriba abajo, como si estuviera tasando un caballo en una subasta.

—Solo tiene veinticinco, Levins. Deja de presionarla como si fuera una yegua de cría —intervino Kaint, aunque su tono carecía de verdadera fuerza. Sus dedos tamborileaban nerviosos sobre el mantel de lino.

—Ay, Kaint, no seas tan coñazo —gruñó Levins, inclinándose hacia él con una mirada cargada de desprecio—. Es una conversación entre ella y yo. No te metas donde no te llaman, a menos que quieras que te muerda la lengua.

Mis padres ni siquiera levantaron la vista. Eran dos estatuas de oro en la otra punta de la mesa, ignorando deliberadamente la podredumbre que crecía entre sus hijos.

—Si ningún hombre “decente” llega a reclamarte... —la voz de Xael se arrastró por la mesa, viscosa y lenta—. Yo mismo me encargaré de dejarte preñada. No sería ninguna molestia, créeme.

Xael me sostuvo la mirada mientras se llevaba una copa de vino tinto a los labios, dejando que una gota roja resbalara por la comisura de su boca como si fuera sangre. Sus palabras no eran una broma; eran una promesa oscura que me hizo apretar los puños bajo la mesa hasta que las uñas se clavaron en mis palmas.

—¿Es que no pueden callarse de una maldita vez? —estalló Kaint, golpeando la mesa.

Recordar que esa fue la última conversación que tuve con ellos antes de que mi mundo se convirtiera en barro y barrotes me produce una repulsión física. En aquel comedor, yo ya era una prisionera; solo faltaba que alguien cerrara el candado de la jaula.