Guardián de mi abismo

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Summary

La gente cree que los héroes son la luz en una oscuridad profunda. La verdadera imagen de la bondad encarnada en bellos trajes, carisma encantador y habilidades que van a más allá de lo comprensible. Pero para Ronan Hale, un héroe era la gota que rebalso el vaso de su triste existencia. Con un matrimonio pendiendo de un hilo, con una tragedia que cada vez lo hundía más. Lo único que buscaba una rutina normal en la ciudad naciente de Willowbrook. Pero ahí hay una paz sostenida por una sola entidad. Un joven héroe de nombre Lumen, que ha visto la maldad a la cara y no le ha dado asco. Quien tiene sus propias ideas retorcidas, pero que mantiene esa imagen de un joven bueno. Pero hay un secreto que envenena cada imagen que pueda mostrar. Su corazón latía con fuerza por aquel hombre que enseñaba en su universidad. Un hombre de ojos tristes y de belleza madura. Y entre cartas anónimas y encuentros recurrentes, se volvió, no solo una idealización de una imagen, sino su razón para vivir. Y hará lo que sea para tenerlo consigo. Incluso si eso significa tener que colocarse detrás de él, en aquella orilla hipotética y empujarlo al abismo para que lo consuma. Y así pueda ver que la única luz que necesita, es la que Lumen le dé.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Bienvenidos a Willowbrook

Si quieres un lugar tranquilo, vive en Willowbrook.

Una ciudad naciente, donde no solo tendrás una casa, sino un hogar. Una comunidad donde todos tus vecinos son como tú.

Si quieres estabilidad y calidez, Willowbrook será tu hogar.

Solté una risa baja y amarga que se perdió entre el humo del cigarrillo. Podía sentir como picaba mi garganta, una sensación que años de costumbre no habían logrado eliminar. Cerré los ojos con la satisfacción de un adicto que al fin tiene su consumo diario. Desde el inicio de clases no había podido tener unos segundos de paz.

—Qué estupidez —murmuré, apoyando los codos en la baranda oxidada de la azotea. Ese lugar era impresionante. No podía evitar apreciar la buena compra de este “hogar”.

Abajo, las luces de las casas se apagaban una tras otra, eran como pequeñas velas siendo sopladas, como si la ciudad entera estuviera bostezando antes de dormir. Desde aquí el mundo se veía ajeno y lejano, como otra realidad.

Calles limpias, jardines podados, vecinos que se saludaban con una sonrisa falsa al cruzarse en la acera. Willowbrook se vendía exactamente así: el refugio perfecto para familias cansadas del ruido del mundo. El paraíso naciente de la tierra prometida a los agotados trabajadores que solo buscaban un poco de paz. Sin embotellamientos, sin problemas de impuestos, con una tranquilidad urbana que te acercaba la realidad y al mismo tiempo te alejaba de sus partes oscuras.

Durante un tiempo yo también quise creerlo. Maldita sea, incluso me emocione a plantear la idea de mudarnos.

Hasta que la vida me enseñó que las ciudades “tranquilas” solo esconden mejor sus grietas. Aunque grietas sería una forma tan amable de expresar la realidad. Fue una burbuja explotando y desapareciendo todas mis fantasías ridículas y buenistas. Me había vuelto un Cándido en cierta manera.

Hacía seis meses que el silencio en nuestro departamento ya no era paz. Era un vacío con forma de cuna vacía y de noches en las que Clara se dormía llorando sin hacer ruido. Como si yo no pudiera sentir su mismo dolor. Aunque era cierto, sentía un dolor diferente. Y ahora, esta paz por la que había luchado, solo se movía como una tranquilidad estática, un silencio sepulcral, y una herida que, con una facilidad demencial, parecía sacar grietas tras grietas.

Esa noche, otra vez, la cena había sido un ritual hueco. Ella apenas había tocado la comida, había dicho “estoy cansada” con la voz apagada. La había escuchado hablar en ese tono, el que provocaba, en cualquier hombre de bien y decente, una pesada bola que bajaba por el pecho y llenaba de frustración a cualquiera. Y entonces el ruido de siempre, “no pudiste estar para ella”, “no puedes protegerla”, “no puedes hacer nada”. Al final, ella se había encerrado en el dormitorio antes de las ocho.

Yo no insistí. Ya no sabía cómo llenar ese hueco entre nosotros. A veces me pregunto si alguna vez supe. Antes era mucho más fácil, el silencio siempre había sido roto por una pequeña risa infantil. Por alguna ocurrencia curiosa de la mente inocente de quien no había conocido el mundo. Y ahora, nunca podrá conocerlo.

Por eso estaba aquí arriba, como casi todas las noches. Mi pequeño ritual de supervivencia: un paquete de cigarrillos baratos, el encendedor que siempre fallaba la primera vez, y la vista de una ciudad que se atrevía a llamarse pacífica.

Di una calada profunda y dejé que el humo me quemara los pulmones. El encendedor, entre mis dedos, giraba con maestría que delataba mis años con esa cadena atada a mí salud. El frío nocturno se me metía en los huesos, pero lo prefería al calor artificial y vacío del departamento. Prefería temblar un poco, con ese pijama improvisado, antes de seguir con los ojos puestos en la oscuridad de la habitación.

Entonces la vi.

Una luz naciente en la oscuridad que inundaba la ciudad.

Como una llama entre el alquitrán.

Flotaba entre dos edificios, a unos cincuenta metros de distancia, suspendido en el aire como si la gravedad no se atreviera a tocarlo. El traje era blanco en su mayor parte, con líneas de un azul profundo que parecían tragarse la poca luz de las farolas. Detalles dorados brillaban suavemente en los bordes, como si alguien hubiera bordado estrellas en la tela. La máscara cubría completamente el rostro. Solo se distinguían dos ojos que emitían un leve resplandor dorado.

Lumen.

El héroe de Willowbrook. El ángel guardián que aparecía cuando alguien intentaba robar un banco o cuando un conductor ebrio se salía de la carretera. El que resolvía esos problemas que necesitaban la atención policial inmediata.

La gente lo adoraba.

Los niños querían ser como él.

Los noticieros lo llamaban “la luz que protege nuestra paz”.

Yo solo pude pensar: qué ironía tan perfecta.

—Nos venden una ciudad sin problemas —murmuré, soltando el humo lentamente—, y luego nos dan un dios de pacotilla para que resolvamos los que sí tenemos.

La dependencia de un héroe es tan peligrosa como la dependencia de un Estado. Lo digo en clase todo el tiempo, aunque mis estudiantes apenas despiertan de ese dulce sueño infantil que les vende los colegios.

Al final, terminas esperando que alguien más resuelva tus problemas. Y cuando ese alguien falla… o decide que ya no quiere salvarte, sino poseerte… ¿Qué queda? Solo una jaula más bonita.

Muchos dirán que soy pesimista si compartiera ese pensamiento. Creo que a veces mi “comunidad” prefiere depender de un pseudo Dios que de sus propias manos. Tan estúpidos e ignorantes como los veía, ya casi podía imaginar la forma en la que nos veía ese sujeto: como hormigas que podría aplastar, pero deja vivir como un pequeño acto de misericordia ante las criaturas inferiores.

De todas formas, también era hipócrita al final tampoco movería un dedo por esta gente, o por mejorar las cosas aquí. Sé lo que involucraría simplemente moverte como el ciudadano del día a día. El sistema no te deja jugar, a menos que seas superior.

Pensé en mis alumnos. En las caras somnolientas de la clase de las ocho, en las excusas repetidas, en las miradas vacías cuando hablaba de Kant o de la ética de la responsabilidad. Solía querer ser sarcástico con ellos, pero su sensibilidad ha ido empeorando. De todas formas, la satisfacción que me daba al verlos reprobar la “materia más fácil”, era un deleite que los profesores de materias útiles nunca podrían saborear. Sin mencionar que crear un solo pensamiento crítico entre ellos, ya era un milagro que jamás había visto. Pero aun así se trabajaba en ello. Al menos fingían lo suficientemente bien como para aprobar el examen final con una nota pobre, pero satisfactorio.

Di otra calada. Necesitaba un poco de esa nicotina.

Pensé en la “comunidad” que supuestamente compartíamos todos aquí: vecinos que sonreían en la calle, pero nunca preguntaban cómo estabas realmente. Siempre teniendo ese tono amable, pero con los ojos abiertos ante cualquier cambio como lobos esperando que un cordero sangre. Sin mencionar las lenguas bífidas que murmuraban a cada paso que daba cualesquiera, ellos si sabían usar la información que te sacaban. Nada en este lugar era gratis. Desde las cosas públicas que se pagaban con plata del Estado, hasta las casuales conversaciones al comprar pan que terminaba con interrogatorios disfrazados de curiosidad. No sé si era el efecto del ser humano podrido por dentro, o la necesidad de aspirar a una idea de sociedad inalcanzable. Pero aquí nadie era lo que uno quisiera que sea.

Aunque ya me han tachado de negativista, demasiado racional. Maldición, hasta me recomendaron leer algunos libros de autoayuda.

Como si simplemente leer un “respira y piensa en los puntos buenos de la vida, cada meta pequeña es un escalón a cumplir tu objetivo”. Tan estúpidos y tan simplistas, no necesitaba levantarme de la cama y arreglarla para sentirme responsable. No necesitaba costumbres diarias disfrazadas con títulos pomposos y explicaciones hipersensibilizadas e irracionalizadas con ese tinte espiritual de “cuida tus chacras”.

Tan patético. Tiré el cigarrillo ya apagado, y saque otro.

Pensé en Clara, durmiendo sola en la cama que antes compartíamos con risas y con una presencia que ya no estaba. Ni siquiera tuvimos tiempo de disfrutar la experiencia completa, y tampoco de lamentarla. Y ahora, todo se sentía nulo. Como si el dolor ya no fuera suficiente. Y lo sabía, porque el silencio no era por enojo, ni reproche, ni algún tipo de castigo.

Solo era lo único que podía quedarse aquí.

Lo único que puede estar en el vacío.

Y pensé en la carta.

La había encontrado esta tarde, metida entre los exámenes que corregía. Una hoja doblada con letra cuidadosa, casi infantil. “Profesor Hale, he estado observándolo. Usted parece cansado. ¿Puedo ayudarlo de alguna forma?” Firmada solo con un corazón torcido. Algo inocente y con ese tinte de amabilidad real.

La había guardado en el bolsillo con una sonrisa cansada, convencido de que era una broma tonta de algún estudiante con demasiado tiempo libre y poca vida propia. Porque solo ellos podrían creer que la amabilidad podría evitar mi directa y estricta forma de enseñarles. Conmigo no había charlas innecesarias, había datos, preguntas filosóficas, intentaba darles un poco de libertas, pero simplemente eran incapaces de aprovecharla.

Como profesor no era inaccesible, pero tampoco les dejaba saber demasiado de mí. Esos chicos eran, entre posibles maravillas, monstruos buscando debilidades. Y por más domesticados que estén por el sistema, por más que entraban a la vida adulta, o retomaban sus estudios, no iba a dejar que busquen una forma de distraerme del objetivo más importante, que aprendan. O el más básico, que aprueben.

Ahora, mirando esa figura luminosa flotando en la noche, me pregunté si no habría sido demasiado ingenuo.

La ciudad que quería, era peligrosamente dependiente de un pseudo Dios.

Creí que un cambio de aires funcionaria, pero el vacío jamás se llenaba.

Incluso pensé que mi título valdría de algo.

Y la burbuja se rompió cuando la tragedia me azotó, recordándome la fragilidad de vida humana.

Apagué el cigarrillo contra la baranda y me quedé unos segundos más observando. La luz ya no estaba, no sé si era buena o mala noticia. Solo quedaba la oscuridad normal de Willowbrook, tranquila, silenciosa, casi inocente. Aun así, también inquietante, y estática.

—Mañana tengo clase a las ocho —me dije en voz baja, como si recordármelo pudiera devolverme a la normalidad, a esa rutina que vivía casi en automático—. Otro día más explicando por qué la verdad duele.

Bajé las escaleras sintiendo el peso de la noche en los hombros. Al entrar al departamento, el silencio me recibió como un viejo conocido. Pasé frente a la puerta del dormitorio sin hacer ruido. Clara dormía. O fingía hacerlo. Hace mucho que deje de prestar atención a ello, y francamente no sé si aterrarme por eso.

Ya no tenía miedo del silencio en sí.

Si no que temía mi propio desinterés ante todo.

Como un fósforo que se consume con las sobras de aquella chispa de vida.

¿Qué quedaría después de todo?

Me detuve un segundo en el pasillo, mirando la oscuridad del salón.

Había algo en ella que me recordaba un eco de un sentimiento. Algo cálido como… el saludo de buenas noches después de alejar a “los monstruos del armario”, y dar esa promesa: yo siempre te protegeré.

Casi me venció el sentimiento de añoranza.

Pero fue interrumpido por algo…

Y entonces lo sentí.

Un cosquilleo frío y preciso en la nuca. El eco de aquel recuerdo se fue opacando en lago más literal. La certeza repentina de que alguien me estaba mirando. No desde la calle. No desde un edificio lejano. Si no mucho más cerca. Como si esos ojos dorados hubieran bajado hasta posarse justo detrás de mí.

Como un Dios viendo a un mortal.

Me giré lentamente.

No había nadie.

Willowbrook seguía siendo el lugar más tranquilo del mundo.

O al menos eso era lo que seguían vendiendo.

Y yo… bueno… me aferraba a creer.