La niña que fui

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Summary

Hay silencios que una niña aprende demasiado pronto. Durante años, guardé recuerdos que parecían enterrados en algún rincón de la memoria. Pero la memoria nunca desaparece...solo espera el momento en el que estamos listos para mirarla de frente. La niña que fui : Memorias de un silencio, es el viaje íntimo de una mujer que decide volver al lugar en donde todo comenzó: su infancia. Allí donde nacieron las preguntas , las heridas...y también la fuerza que algún dia la ayudaría a sobrevivir.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Angel de mi guarda

No sé cuántos días llevo aquí.

Solo sé que tengo mucha hambre, y ya no recuerdo el día que probé mi última comida.

Mi estómago hace ruidos fuertes, como si estuviera enojado conmigo, sobre todo cuando recuerdo el sabor de mis comidas favoritas.

También tengo frío. Mucho frío. El suelo está helado bajo mis pies descalzos.

Este cuarto huele raro, pero no me sorprende, porque sé que es el cuarto de herramientas del señor Roberto.

Huele a benzina… y a algo más.

A encierro.

Me quedo pensando un momento.

¿El encierro tendrá olor?

La idea me hace sonreír un poquito, a pesar del miedo que a la vez me causa estar allí. Está lleno de herramientas colgadas, computadores y otras cosas que no entiendo y no sé qué son. Con el poco de luz que entra por debajo de la puerta, se hacen sombras tenebrosas.

—Lucy, te estás volviendo loca —me susurro bajito.

Pero enseguida dejo de prestar atención a las herramientas, porque tengo una comezón imparable. Me pica mucho la cabeza y me siento mareada. Mis ojitos pesan tanto que casi no puedo mantenerlos abiertos.

Tengo sueño.

Mucho sueño.

Me acuesto en el suelo frío porque ya no quiero estar sentada. Mis piernas tiemblan y siento que, si sigo así, me voy a caer igual.

Mientras cierro los ojos, me acuerdo de mi abuelita María.

Ella siempre me decía algo antes de dormir.

—Mi pequeña —decía con su voz suave—, cada vez que te acuestes a dormir tienes que decir una oración. Puede ser el Padre Nuestro o el Ángel de la Guarda. Diosito siempre te protegerá.

Yo le prometí a la abuelita María que siempre lo haría.

Así que junto mis manitos y hablo muy despacito, casi como si fuera un secreto.

Ángel de mi guarda, dulce compañía,

no me desampares ni de noche ni de día.

Con la Virgen me acuesto

y con Diosito me levanto.

Amén.

Cuando termino, mis ojos se cierran solitos.

Pero entonces escucho algo.

Una voz.

Fuerte.

Enojada.

—¡Siempre que quiero ver a la niña nunca está! ¿Dónde está mi nieta? —dice una voz firme e imponente.

Escucho pasos en la casa. Voces que hablan rápido.

—Cálmese, don Gustavo —dice alguien—. La niña está arriba… no la he visto, pero sé que está arriba. Llegué hace poco de trabajar.

—Permiso, señora Gabi. Necesito verla.

Los pasos comienzan a subir las escaleras, pasos firmes, llenos de determinación.

Uno.

Dos.

Tres.

Mi corazón empieza a latir más rápido y me comienzo a asustar. Los ruidos fuertes se volvieron inquietantes para mí, y sin darme cuenta se escapaban las lágrimas de mis ojitos.

Y de pronto…

La puerta se abre de golpe.

Una luz fuerte entra al cuarto y me obliga a cerrar mis ojitos.

—¡Lucy!

Conozco esa voz.

Es mi abuelo.

El ángel de la guarda.

Abro los ojos despacito. Él está parado en la puerta, mirándome como si no pudiera creer lo que ve.

—¿Por qué te tienen aquí, mi pequeña Lucy? —dice con la voz triste—. ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué te tienen en estas condiciones, mi Lucy?

No entiendo bien lo que dice.

Solo sé que está aquí.

Mi abuelo se acerca rápido, se quita su polerón verde musgo y me lo pone encima. Me queda gigante, casi como un vestido.

Pero está calentito.

Y huele a él.

Me levanta con cuidado y me envuelve en el polerón.

—Don Gustavo, le juro que no sabía que la niña estaba ahí —dice nerviosa la señora Gabi—. Llegué hace poco de trabajar.

—Disculpe, señora —responde mi abuelo con una voz muy seria—, pero no quiero escucharla. Esto lo hablaré con mi hija, que es la responsable… y lo haré en su debido momento.

Hace una pausa.

—Mientras tanto, mi prioridad es mi nieta.

Y me saca de esa casa.

Ese día, por primera vez en mucho tiempo, sentí que algo podría cambiar.

El aire de afuera está frío, pero ya no me importa. Estoy demasiado cansada, tengo mucha hambre y me siento débil y mareada.

Mi abuelo camina conmigo en brazos por la calle hasta llegar a un paradero. Pronto tomaremos un autobús.

Mientras caminamos, mi cabeza empieza a llenarse de recuerdos… de cómo había comenzado todo, por qué llegué a ese lugar.

Porque todo no empezó en ese cuarto de herramientas.

Todo había comenzado mucho antes.

Comenzó el día en que mi mamá se casó.

Yo tenía cinco años.

Y era demasiado pequeña para entender lo que estaba pasando…

y mucho más pequeña para imaginar todo lo que vendría después.