Arcangel de Hilo

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Summary

Engla Makled es una astuta Arcángel de Hielo dotada de habilidades letales. Tras años escapando de la oscuridad, su existencia se ve amenazada por quienes deberían ser sus aliados: los Cazadores. Engla es una adolescente movida por la sed de venganza. Decidida a romper las reglas de su casta, ha fragmentado su identidad en tres facetas perfectas para camuflarse entre sus enemigos: Al despuntar el alba, es la tierna aprendiz de un panadero, conocida como Zuri. Bajo el sol del mediodía, se transforma en Haimi. La cazadora más sanguinaria y violenta. En las noches de lujuria y libertinaje, es la Ninfa Iraide. La más célebre y seductora de la aldea. Engla sabe lo que busca y no piensa ceder ante los Cazadores ni las criaturas del mal. Su engaño es milimétrico, y para ser descubierto se requerirá de un ingenio que solo los Arcángeles más talentosos poseen.

Genre
Fantasy
Author
Emis
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

La Marca de Hielo.

Engla se encontraba en su cama mirando la luna llena por una pequeña ventana. Habían pasado varias horas desde que sus padres la habían enviado a dormir. Simplemente no podía comprender su castigo; no era su culpa. Le encantaba fanfarronear como un vampiro, pues había nacido con sus habilidades. Resopló por milésima vez. Su brutalidad y sinceridad le habían traído problemas con frecuencia.

No podía dormir a pesar del agotamiento. Desde hace unos minutos creía escuchar mucho ruido —sus padres iban de cacería— y no le sorprendía; ellos habían estado cuchicheando a escondidas cuando creían que sus hijas jugaban. Pero eso no era todo: desde hace un momento sentía un picor extraño en su muñeca que se intensificaba y dolía. Para ella era difícil comprender esa absurda guerra entre humanos, Arcángeles de Hielo y Criaturas del Mal.

—¿Por qué los Cazadores y las Criaturas del Mal han sido enemigos mortales por siglos? —se preguntó.

Los Cazadores eran muy parecidos a las Criaturas del Mal, y cada uno poseía habilidades diferentes. Observó a su hermana Elin —su gemela—, quien dormía al otro lado de la habitación, y de inmediato comprendió que los ángeles habían sido injustos con ella. Elin poseía la delicadeza y figura de una ninfa. Era una erudita que hablaba cinco idiomas y poseía la inteligencia de un duende. Su cabello rojo parecía arder, como el de una sirena. Al verlo, Engla renegaba de sus propias habilidades; ella tenía el cabello blanco, casi plateado, similar al de una anciana, y por si fuera poco era regordeta. Temía mucho terminar con la figura de un ogro.

—Las Criaturas del Mal han resuelto erradicar a los humanos. Y los Cazadores somos humanos excepcionales que no dejaremos que el mal introduzca miedo y caos en el mundo —se dijo para sí misma.

De pronto notó a Elin un poco inquieta.

—¿Elin sentirá el mismo dolor? —se cuestionó. Decidida a averiguar qué le ocurría a su hermana, frenó sus intenciones al notar que su madre se acercaba a la habitación.

Instintivamente fingió estar dormida. La Cazadora Armida entró al cuarto y observó a sus hijas con nostalgia. Había dolor en sus ojos y su preocupación era palpable. Acarició los cabellos de Engla y besó la frente de Elin. Antes de marcharse, recitó:

—Malis vires non adeunte.

La Cazadora había lanzado un hechizo de protección. Observó a sus hijas unos segundos más y, entre dudas, se marchó. La pequeña de cabellos blancos esperó a que el silencio invadiera la cabaña y susurró:

—Malis vires non adeunte.

Sus instintos le dijeron que reforzara el hechizo, sin saber que eso mismo le salvaría la vida horas más tarde. La incomodidad que daba rienda suelta a sus pensamientos desapareció pronto y logró caer en un sueño profundo. Dos horas más tarde, los gritos de su hermana la despertaron.

—¡Despierta, Engla! —gritó Elin entre sollozos.

—¿Qué sucede? —logró preguntar antes de que otra fuerte explosión silenciara a su hermana.

—¡Ha comenzado! Puedo sentirlo… Están dentro de la cabaña.

Engla no entendía qué ocurría ni dónde estaban sus padres.

—¡Fuego! Tenemos que salir de aquí —advirtió Elin.

—¡Shiss, tranquilízate! Nuestros padres arrojaron poderosos hechizos y las Criaturas del Mal no pueden romperlos. No pueden entrar, ¿lo recuerdas?

—No pueden entrar, pero pueden hacernos salir —respondió Elin convencida, haciendo dudar a Engla—. El fuego se esparce muy rápido.

Una nueva explosión atormentó los sentidos de las gemelas.

—¡Por los ángeles! —gritó Engla—. No hay fuego.

Inmediatamente se tragó sus palabras. El humo comenzó a filtrarse en la habitación. “¿Cómo es posible? Las criaturas no pueden romper los hechizos de mis padres... ¿Y si ellos están muertos?”, pensó.

—Están dentro, puedo sentirlos —chilló Elin.

Esos gritos sirvieron para que Engla sacudiera las ideas absurdas de su cabeza. Sus padres no podían estar muertos; debía haber una explicación de por qué sus hechizos fallaron y solo el que ella recitó conservaba su poder.

—¡Salgamos de aquí! —suplicó su hermana.

Podía escuchar las risas de las brujas y sentir el frío que emanaban los vampiros. Evaluó sus opciones rápidamente. Calzó sus pies y los de su hermana en veinte segundos; poseía una velocidad sobrenatural. Tomó la daga de su padre y la guardó en su bota; el libro de hechizos de su madre lo ocultó en su regazo. Empujó su cama y dejó al descubierto un oscuro túnel.

—Dame un minuto —pidió Elin—. El fuego aún no llega aquí.

Vio cómo su hermana tomaba un carcaj y flechas. “¿Cómo supo sobre el fuego? Parece que puede sentirlo”, pensó Engla.

—Listo, salgamos —rogó Elin.

—¡Espera!

Engla tomó la muñeca de Elin. Tenía el presentimiento de que sus vidas cambiarían en ese instante. Miró una marca roja y clara en la piel de su hermana; su corazón dio un vuelco.

—He recibido la marca del fuego —susurró Elin aterrada—. Han venido por mí.

—¡Feliz cumpleaños, hermana! —respondió Engla con amargura. No había querido mirar su propia muñeca, pero sentía la piel arder—. Han venido por ambas. Yo he recibido la marca del hielo.

Engla le mostró la marca y Elin la arrastró al túnel justo antes de que el techo se desplomara. Sellaron la entrada con potentes hechizos y comenzaron a caminar en la oscuridad. Tenían doce años y, por ser gemelas marcadas, eran la presa más codiciada.

—¿Para qué nos quieren? —preguntaba Elin una y otra vez.

Engla guardaba silencio. Recordó una conversación de sus padres que escuchó hace años:

-Los gemelos son marcados por los elementos a los doce años - Oyo decir a su padre.

-Es inevitable, ellos vendrán por ellas y a su momento deben elegir su camino- Sollozo su madre.

—Debemos salir —insistió Elin—. Estamos lejos de la cabaña y quiero encontrar a nuestros padres.

—Elin, espera —Engla se detuvo—. ¿No lo sientes? Hay algo oscuro cerca.

—¡No siento nada! No hay criaturas —gruñó Elin—. Salgamos y esperemos al amanecer.

La pequeña de cabellos de fuego salió a la superficie con el arco en alto. A Engla no le quedó más remedio que seguirla. El túnel las había conducido a un río de aguas profundas. Engla se apoyó en un árbol y miró la luna llena. Su resplandor era hipnotizante y le provocaba somnolencia.

—Elin, ¿por qué hay luna llena? Debería ser creciente... —bostezó. Al apartar la vista de la luna, vio a su hermana en el suelo, con la mirada vacía.

—¡Elin, reacciona!

Cuando intentó cargarla para volver al túnel, una explosión rompió el espejismo. La realidad se rasgó como una tela y se vio rodeada por una docena de brujas.

—Eres astuta, Cazadora —dijo un hombre alto y elegante—. Y poderosa.

Era Lord Sven. Engla lo reconoció por las historias de sus padres: el traidor que reclutaba Criaturas del mal

—¿Quién es usted? —preguntó ella dejando a su hermana en el suelo.

—Soy Lord Sven. He venido por la gemela más poderosa. Seremos tu nueva familia.

—¿Familia? ¡Yo ya tengo una!

Sven chasqueó los dedos. Una bruja arrojó a los pies de Engla dos cabezas ensangrentadas. Un frío intenso le invadió el pecho. Reconoció los ojos de su madre y el rostro sereno de su padre. Las lágrimas rodaron por sus mejillas.

El dolor no le permitió ver cuándo Sven sacó una daga. Antes de que pudiera reaccionar, el hombre apuñaló el pecho de Elin. Un grito de agonía rasgó el aire.

—¡No! —gritó Engla encolerizada—. ¿Por qué? ¡Ella no era una amenaza!

—Una gemela le pertenece al mal —sentenció Sven—. Eres una criatura excepcional: vampiro, licántropo, bruja y ogro, atrapada en el cuerpo de una cazadora. Te convertiré en un arma. El mundo no perecerá en fuego, sino en hielo. ¡Serás el Arcángel que comande al mal!

—¿Cómo estás tan seguro? —escupió ella—. Aún no he escogido bando.

—Ya lo hiciste. Puedo sentir tu odio y tu sed de venganza.

Sven ordenó a las brujas llevar a Engla al castillo y tomar la sangre de Elin para un ritual, antes de desaparecer en las sombras.

—¡Muévete! —le gritó una bruja.

«No voy a ir a ninguna parte», pensó Engla.

Instintivamente, dejó de llorar. De su bota extrajo la daga de su padre y, con una agilidad sobrenatural, apuñaló a las brujas que la sujetaban hasta liberarse.

El Cazador no tuvo tiempo de reaccionar; apenas si había visto a la niña moverse. Retrocedió cautelosamente; jamás había presenciado tal velocidad. A decir verdad, ni siquiera la había visto desplazarse. ¿Cuánto tiempo le había llevado acabar con las brujas? Tres segundos, a lo mucho.

Engla no sabía pelear, y la única opción que consideró fue escapar. Miró por última vez los restos de su familia y saltó al río.

Lord Sven pagaría con sangre. Engla no podía tejer el destino como las hadas, pero estaba dispuesta a romper los hilos de todos los demás. El mundo perecería en el hielo de su venganza; ella se encargaría de congelar su imperio por toda la eternidad.