Feria

Summary

Que más da si es naco?

Genre
Erotica
Author
Sykes_ss
Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

🎡⊰⁠⊹.Para Checo, ir a una feria era lo más naco que podía existir. Odiaba el olor a grasa requemada, las luces de neón parpadeando como si fueran de burdel barato, la música atascada y la gente gritando con voz de perro. Él era de Disneyland, de Fast Pass, de carritos pintados, no de juegos oxidados y dudosos.

Pero TikTok había logrado lo imposible.

Lo tenía enviciado con videos de un pinche juego de feria que lo traía mojado de curiosidad. Unas “tazas locas” donde, al parecer, no solo girabas hasta marearte, sino que un güey se te subía encima a bailarte como si te quisiera coger ahí mismo.

Checo ya había montado en ese tipo de juegos en California… pero ahí nadie te montaba sudado, sin camisa y con cara de lobo en celo.

Así que arrastró a Charles con él. Iban caminando por la feria, vestidos como si hubieran salido de una revista de lujo. Gafas de diseñador, perfume caro, relojes de cinco cifras. La gente los miraba como si se hubieran perdido. Y en parte, era cierto.

—Esto es lo más corriente que podías haberme obligado a hacer —se quejó Charles, arrugando la nariz.

—Te callas, o te dejo aquí con los hot dogs mutantes.

Fue entonces que lo vio.

El puto infierno encarnado.

Un rubio alto, con el torso desnudo, solo vestido con un pantalón de mezclilla bajo y mojado de sudor. Estaba arriba de una taza, bailando. No, follándose el aire. Se montaba al tubo, giraba, abría las piernas, se lamía los labios y meneaba la cadera con una violencia deliciosa. Cada músculo de su abdomen marcaba con rabia. Tenía una sonrisa asesina, y ese tipo de mirada que te agarra del cuello y no te suelta hasta que gimes.

Checo sintió un latido en el coño. Una contracción inmediata.

Ese era Max.

Lo escuchó cuando varios trabajadores se le acercaron tras bajarse. Le preguntaban si ya había pasado su número, si esa chica le gustaba. Max solo reía. Un sonido sucio, sabroso. Seguro.

—Me quiero subir.

—¿Estás mal de tu cabecita? Nos vamos a vomitar.

—Me vale . Me quiero subir ya.

Se subieron.

El juego empezó flojo, las tazas giraban lento. Charles estaba con cara de náusea, Checo revisaba TikTok. Hasta que una sombra lo tapó.

Checo levantó la cara, con el corazón al cuello.

Era Max.

Lo había visto desde que entró. Había elegido esa taza. Esa. Porque ahí estaba él.

Max se trepó con un salto limpio, el sudor chorreando por su abdomen, los vaqueros pegados al cuerpo, la verga claramente marcada bajo la mezclilla húmeda,empezó el baile.

Pero no era un puto baile.

Era una maldita amenaza sexual.

( Era la danza de apareamiento jksjaj)

Max se arqueaba, abría las piernas, se inclinaba sobre Checo, le bailaba a centímetros del rostro. Se subía al tubo, lo montaba con fuerza, como si lo cogiera. Lo miraba con esos ojos azules encendidos. Con hambre.

Checo ya no podía disimular.

Estaba empapado. El coño palpitaba con desesperación. Los pezones duros, las piernas temblorosas. Max lo sabía.

Charles, del otro lado, casi vomitaba.

El juego terminó.

Checo bajó en trance. Las piernas le temblaban, el coño húmedo. El corazón golpeaba con furia en su pecho.

Charles se tambaleaba.

—Te odio —murmuró él.

—ash no seas tan dramático—susurró Checo, con la mirada clavada en el escenario.

En ese poco tiempo Charles vio a otro de los bailarines moreno de nariz grande y pestañas hermosas, eso basto para que Charles se volviera a subir....

Max se acercó.

Camisa abierta, la piel aún húmeda, sonrisa lenta, mirada de cazador.

—Parece que a tu amigo le gustó Carlos.

—Es Charles —respondió Checo, con voz seca.

—¿Y tú cómo te llamas?

—Checo.

Max le dio la mano. Checo la tomó. Pero Max no la soltó. Lo jaló de golpe hacia su cuerpo.

Le pegó  al pecho. El calor. El olor. El sudor. Todo.

—Me encantaría tener una charla contigo... Jugamos a la basurita, tú te tiras al suelo y yo te recojo.

(Sin tanto rollo que no es sushi)

—...Estoy libre.

Max sonrió.

—Termino en media hora. Espérame allá —señaló con la cabeza—. Esa camioneta roja, atrás del estacionamiento. Es mía. Nadie se mete ahí.

Checo esperó.

Treinta minutos exactos después, Max apareció. Camisa a medio abrochar, el torso aún brillando. Sin decir nada, abrió la puerta de la camioneta, lo empujó dentro y se subió encima de él, en el asiento trasero.

El interior olía a cuero. Max cerró la puerta. Se quedaron a oscuras, solo iluminados por los faros de la feria a lo lejos.

—Mírate... pinche niñita fresa —le murmuró Max al oído—. ¿Qué hace un cuerpo como el tuyo en un lugar tan sucio como este, eh?

Le pasó la mano por la cara.

Le tocó los labios con el pulgar. Luego bajó a su cuello, a la clavícula, le apretó la cintura como si fuera de él.

—Con esa carita tan bonita….dan ganas de ensuciarla.

Checo se mordió el labio.

—No me provoques.

—¿Provocarte? Si tú solito entraste a mi cueva, princesita.

Lo besó.

Fuerte. Profundo. Violento. Como si quisiera tatuarle la lengua.

Checo se arqueó. Le respondió igual. Se aferró a sus hombros. Max lo tomó de la cara, lo apretó, le mordió el labio, lo lamió, le chupó la lengua.

—Sabes a lujo...

Las manos de Max bajaron. Le agarraron las tetas por debajo de la blusa, las apretaron sin miedo. Luego bajó al vientre. Le desabrochó el pantalón, lo bajó apenas.

—Estás caliente. Lo sabía. Desde la puta taza estabas goteando.

—Max...

—Shhh.

Lo volvió a besar.

Lo empujó contra el respaldo. Le levantó la blusa. Le lamió el cuello, los pechos, los pezones.

—Este cuerpo está hecho para mí.

Max se recargó contra el asiento. Se bajó el cierre. Su verga salió dura, palpitante, gorda. Checo la miró con ojos dilatados. Tragó saliva.

Max sonrió.

—Vamos, súbete.

Checo temblaba. Pero se subió a su regazo, con las piernas abiertas, el coño empapado ya rozando la verga caliente de Max.

Max lo miró de frente.

Le sujetó las caderas.

🎡⊰⁠⊹ฺ

A Max le encantaba jugar.

No era de ir directo. No cuando tenía frente a él a alguien como Checo, sentado sobre su verga, con el pantalón a medio bajar, los muslos temblando y el coño húmedo marcando su ropa interior con cada maldito movimiento.

Max no tenía prisa.

Él disfrutaba ver cómo lo querían.

Cómo se desesperaban.

—Muévete —ordenó, susurrando en su oído mientras le sujetaba las caderas.

Checo obedeció, sin decir nada. Comenzó a frotarse sobre él. Primero lento. El roce era caliente, mojado, sucio. Pero con cada movimiento, con cada presión de la verga contra su coño cubierto apenas por la tela, la fricción se volvía más intensa. Más ardiente. Más cruel.

Max lo guiaba.

Le apretaba las nalgas.

Lo obligaba a subir y bajar. A girar. A embarrarse de él.

El sudor les corría por el pecho. La camioneta crujía, los cristales empañados, los cuerpos hechos un nudo entre el asiento trasero.

—Verga. Quisiera ser azucar para endulzarte las toronjas. —le murmuró Max al oído, con una sonrisa sucia.

Checo jadeaba. Le costaba respirar. Tenía la cara roja, la boca entreabierta, el cuello expuesto. La blusa aún estaba puesta, mal acomodada por los jaloneos. Max no tardó en quitársela. Con un movimiento seco, la alzó y la arrojó hacia el asiento delantero.

Por fin la vio.

Las tetas grandes, redondas, pesadas, oscuras, llenas de sensibilidad.

Cubiertas de sudor, palpitando con cada respiración.

Max soltó una risa incrédula.

—No mames...

Las miró como si fueran un puto tesoro. Como si no pudiera creer que ese cuerpo existiera. Como si nadie en su vida lo hubiera impresionado tanto. Le temblaba la verga. Tenía el pulso reventado de deseo.

Se dio el lujo.

Le pasó la lengua por uno de los pezones. Luego lo atrapó con los labios y chupó. Succionó con fuerza, con hambre, dejando marcas, mordiendo. Checo se retorcía, se aferraba a su nuca, le gemía cerca del oído.

Max bajó a la otra teta, la lamió entera, la hundió en su boca. Luego volvió arriba. Besó el cuello. Mordió la clavícula. Bajó otra vez, lento, sin pudor.

—Nunca había visto un cuerpo así —murmuró contra su piel—. Ni en películas.

Checo no podía más.

Estaba temblando, con la verga de Max rozándole la entrada, con los pezones babeados, la ropa interior empapada, con el coño palpitando. Y Max ahí. Tocándolo. Lamiéndolo. Torturándolo con su maldita calma.

—Max... por favor...

El tono le cambió.

Era un ruego.

Una súplica cruda, desesperada, animal.

Max lo miró desde abajo, con una sonrisa torcida.

—¿Qué quieres?

—Tú sabes... hazlo ya... por favor.

—¿Quieres que te coja aquí? ¿En mi camioneta jodida?

—Sí...

—¿El mismo cuerpecito fresa que parece salido de un puto spa de lujo?

—¡Sí! ¡Ya!

Max sonrió aún más.

—Entonces hazlo tú. Métela tú. Si tanto la quieres.

Checo lo miró, con la respiración entrecortada.

Sus manos bajaron. Le temblaban. Atrapó la verga gruesa, caliente, húmeda por la ansiedad de ambos. La sostuvo, la frotó un poco.

Era demasiado.

Larga, gorda, venosa, palpitante.

Se hundió lentamente.

El gemido que soltó fue tan fuerte que la camioneta vibró.

—¡Ahhh... puta madre! —gritó, con los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás.

El dolor era real. La verga le abría el coño como si quisiera partirlo. Como si fuera la primera vez.

Y Max lo sostenía. Le apretaba la cintura con fuerza, lo miraba con devoción, con hambre. El torso le subía y bajaba por la respiración entrecortada.

—Mírate... —jadeó Max, sin aliento—. Tan apretado.

Checo ya no podía pensar. Lo único que sentía era esa verga enterrada dentro de él. El ardor. El placer. La tensión.

Max lo abrazó de la espalda, lo mantuvo firme, lo empujó un poco más. Quería entrar hasta el fondo. Hasta el útero si era necesario.

—¡Ahhh, Max...!

—Aguanta, puta Ya casi entra completa.

Checo temblaba entero.

Se aferró a sus hombros, con los labios mordidos, la cara brillante de sudor. Se empezó a mover.

Arriba. Abajo.

La fricción era intensa. Dolorosa.

Y deliciosa.

Max lo tenía por las nalgas, lo alzaba, lo bajaba.

Lo guiaba.

Lo follaba con fuerza.

—Este cuerpo de zorra es mío ahora. Este coño, esta piel... —mordía su cuello, lo lamía, lo empapaba de saliva.

Checo ya no pensaba.

Solo gemía.

Gritaba.

Se deshacía.

Estaba completamente abierto sobre él. El sudor cayendo en gotas. Las tetas rebotando. El coño tomando cada centímetro.

Y Max ahí.

Mirándolo.

Encantado.

🎡⊰⁠⊹ฺ

Max no paraba.

No sabía hacerlo.

Tenía a Checo empalado en su verga, montado en sus piernas, goteando deseo por cada centímetro de piel. Pero aún quería más.

Mucho más.

Con un movimiento firme, sin siquiera salir de él, lo acomodó.

Lo hizo inclinarse hacia atrás, sosteniéndolo por la cintura, por la espalda baja.

El nuevo ángulo lo dejaba todo a la vista.

Las tetas rebotaban sin control. El vientre se contraía con cada jadeo. El coño se abría y tragaba hasta la base esa verga gruesa que lo tenía temblando.

Checo sintió un escalofrío.

Se sentía expuesto, desnudo, usado.

Y al mismo tiempo… glorioso.

—Verga… estás tan rico y con ese culo uff —le gruñó Max, apretando aún más las caderas.

Checo cerró los ojos.

Sabía lo que estaba haciendo.

Sabía que esto era lo más corriente que había hecho en su maldita vida.

Cogerse a un tipo sudado, de feria, sin condón, sin música, sin velas, en una camioneta sucia detrás del estacionamiento.

Él estaba hecho para hoteles con vista al mar, sábanas de seda, tragos carísimos y playlists de The Weeknd.

Y sin embargo, ahí estaba…

Abierto en canal para un hombre que olía a polvo, a gasolina, y a maldito pecado.

Y no se arrepentía.

Porque nadie le había hablado como Max.

Nadie le había dicho cosas que le pusieran el coño a temblar con solo un murmullo al oído.

—Mírate… con esa carita de niño fino y este coño tragando como perra.

—Max… cállate —gimió Checo, rojo de placer.

—¿Cállame tú, mi amor —rió él—, o qué? ¿Vas a llorar de lo bien que te cojo?

Le apretó el cuello.

No fuerte. Pero sí con firmeza.

El tipo sabía exactamente qué hacer.

Lo tomaba con una mano, le controlaba la respiración, y con la otra… le acariciaba las tetas como si fueran suyas.

Luego, una palmada. Seca. Directa.

El golpe sonó fuerte en el interior de la camioneta. Checo gimió más fuerte aún.

—Te gusta… —susurró Max, jadeando—. Te fascina que te traten así.

Checo lo odiaba.

Pero el cuerpo no mentía.

Las tetas rojas, los pezones duros, el coño rebosante.

Estaba en su punto.

Y Max lo sabía.

Ambos se empezaron a mover al mismo tiempo.

Subían y bajaban, rozaban, chocaban. El sudor les recorría los cuerpos, mezclándose. El interior de la camioneta olía a puro sexo salvaje. A carne. A humedad. A lujuria.

Checo se aferraba al borde del asiento. Max lo tenía firme, sosteniéndolo, empujándolo cada vez más profundo, como si quisiera dejar su verga tatuada en su vientre.

—  qué lindas tetas para jugar al boliche.—gruñó con la voz rota de placer—.

Checo bajó la vista. Y sí.

En el centro del vientre, por debajo del ombligo, una pequeña protuberancia se marcaba cada vez que Max empujaba con fuerza.

—Dios… Max… ¡Max!

Max lo tomó por la nuca. Lo besó. Lo mordió.

No había ternura. Solo deseo.

Fue entonces que Max llevó tres dedos hacia abajo.

Sin salir de él, sin frenar ni un segundo sus embestidas, los metió entre los cuerpos.

Empezó a masajear.

El clítoris, inflamado, desesperado, apenas soportó la primera presión. Checo se arqueó.

—¡Aahhh...!

—¿Eso quieres,putita? ¿Quieres más?

—¡Sí... no pares...!

—Eres un puto manjar. Este coño es lo más goloso que he probado en mi vida.

Checo se cubrió la boca para no gritar.

Le temblaban los brazos, las piernas, el alma.

Los dedos de Max hacían círculos, presionaban, rozaban, mientras la verga seguía empujando, chocando, llenando.

Era demasiado.

El calor.

El olor.

Los jadeos sucios.

Los besos rotos.

Los dedos mojados.

La mirada fija en su cuerpo.

Ese hombre sucio, guapísimo, follándolo con tanta hambre como si fuera la última cosa rica del mundo.

Y él… dejándose.

Abriéndose.

Temblando.

A punto de explotar.

El orgasmo empezaba a gestarse en su columna. El cuerpo le avisaba.

Max lo sintió. Lo supo. Y frenó. Apenas un poco.

—No, todavía no, muñeco.

—¡¿Qué haces?!

—Voy a hacer que te vengas llorando. No te mereces menos.

Checo quiso golpearlo. Quiso insultarlo.

Pero solo pudo gimotear.

Porque el hijo de puta tenía razón.

🎡⊰⁠⊹ฺ

Los movimientos no se detenían.

El sudor goteaba de sus cuerpos como si se estuvieran deshaciendo. La camioneta crujía con cada embestida, con cada gemido, con cada palabra sucia que Max le escupía al oído.

Y Max no paraba.

No pensaba parar.

Tenía la cara hundida entre los senos de Checo. Los lamía, los chupaba, los mordía con desesperación, con hambre.

—Puta madre… estas tetas me están volviendo loco —jadeaba contra la piel, babeando sobre los pezones oscuros, firmes, enrojecidos de tanta lengua y tanta succión.

Checo ya no controlaba nada.

Lo había perdido todo.

El juicio, la vergüenza, el pudor, la elegancia. Se había convertido en una cosa húmeda, caliente, hambrienta.

Solo quería más.

Tenía las piernas abiertas, la espalda arqueada, las uñas marcadas en la piel de Max.

Y si había algo que siempre le pareció vulgar, incluso desagradable, era dejar chupetones. Esa clase de marcas cholas, nacas, de barrio bajo.

Pero ahí estaba él, pegándole chupetones a Max.

En el cuello, en el pecho, en los hombros.

Marcas grandes, rojas, con saliva, con los labios hinchados.

Marcas de posesión.

Marcas de deseo puro.

Marcas de algo que jamás iba a olvidar.

Max reía entre gemidos.

—¿Ahora sí ya no eres tan fresa, eh? Mírate, marcándome como puta en celo.

Y tenía razón.

Checo lo marcaba porque no quería que nadie más lo tuviera.

Porque Max estaba follando como nadie lo había hecho.

Y él no podía controlarlo.

El ritmo cambió.

Ya no rebotaba como antes, no era solo el clásico sube y baja.

Ahora Checo se movía en círculos, lento, profundo, de adelante hacia atrás.

Frotándose.

Moldeándose.

Haciendo que la verga se hundiera y se sintiera en cada esquina de su interior.

Y mientras tanto, lo besaba.

Max estaba jodido.

Se le notaba en los ojos, en la mandíbula tensa, en los temblores de sus muslos.

—No muevas tanto la cuna que se vomita el niño—solto max

Estaba desesperado por moverse más rápido, por coger con violencia, por partirlo en dos.

Pero el espectáculo era demasiado.

Checo era una visión.

El sudor escurriendo por su espalda. Las tetas enormes rebotando cada vez que empujaba. El coño tragando sin parar. Y esa cara…

Esa jodida cara hermosa.

Boca entreabierta, mirada perdida, cejas fruncidas de placer. Como si estuviera sufriendo el mejor dolor de su vida.

—Verga… así… así te ves precioso, cabrón —gruñó Max, y le mordió el cuello con fuerza.

El ritmo siguió unos minutos más.

Los mejores de la vida de Max.

Hasta que ya no pudo más.

—A la mierda —escupió, y en un solo movimiento lo levantó de su regazo.

Checo gimió por el cambio, por la pérdida de contacto. Pero no se resistió. Estaba igual de desesperado.

Max lo recostó en el asiento trasero, boca arriba.

La camioneta tembló con el movimiento.

Checo abrió las piernas sin que se lo pidieran.

Max se agachó entre ellas. Le besó el clítoris hinchado. Le metió la lengua un segundo, solo para hacerlo temblar.

Luego se incorporó.

—Agárrate las piernas —ordenó, mirándolo con esa cara de demonio prendido en llamas.

—¿Qué?

—Te dije que te agarraras las putas piernas.

—Max…

—No me hagas repetirlo.

Checo lo hizo. Se sujetó por debajo de las rodillas, abriéndose aún más, exponiendo todo, con las manos temblando.

Max lo miraba como si fuera un platillo caliente servido solo para él.

—Te lo dije, ¿no?

—¿Qué cosa? —jadeó Checo.

Max le acarició el vientre. Le escupió el clítoris. Lo miró fijamente a los ojos.

—Que te iba a dejar llorando.

—Mierda…

—Y voy a cumplirlo.

Se lo metió de nuevo.

Hasta el fondo.

De un solo golpe.

El sonido fue húmedo, profundo, casi violento.

Checo gritó.

De placer.

De ese placer que te hace retorcerte, arañar, maldecir, llorar.

La verga entraba entera.

Chocaba contra el fondo.

Se marcaba otra vez en el vientre.

Max empujaba con fuerza, con velocidad, con precisión.

Lo follaba como si le debiera la vida.

Como si ese coño fuera su salvación.

—Me vas a recordar todos los días de tu puta vida —jadeaba Max, sin dejar de embestir.

Checo no podía responder. Solo gemía. Solo se estremecía. Las piernas le temblaban. El coño lo tenía ardiente, rojo, abierto, devorado por esa verga maldita.

Los cuerpos golpeaban una y otra vez.

La camioneta rechinaba.

El sudor goteaba desde los techos.

El aire era puro sexo.

Max seguía metiéndosela hasta las entrañas.

—Dime quién te está cogiendo así.

—Tú… tú, Max…

—¿Quién te va a dejar llorando?

—¡Tú… joder, tú…!

—¿Quién tiene el coño más goloso que he probado?

—¡Yo… yo…! ¡Dios!

—Eso, mami..

Checo empezó a llorar.

Porque la sensación era demasiado.

Demasiado grande.

Demasiado profundo.

Demasiado bueno.

Porque su cuerpo colapsaba, porque el placer le quemaba por dentro.

Porque Max lo estaba rompiendo.

🎡⊰⁠⊹ฺ

Max ya no tenía control.

Estaba jodidamente perdido.

Tenía los ojos inyectados, la piel roja, la verga enterrada hasta el fondo de ese cuerpo que no dejaba de temblar bajo él. Escupía sin parar, jadeaba como si no pudiera más, pero seguía metiéndosela. Fuerte. Profundo. Bruto.

Cada vez que chocaba contra el coño de Checo, lo hacía más mojado, más resbaloso, más sucio.

Era glorioso.

El cuerpo de Checo no podía más.

Estaba rojo, sudado, con las piernas temblando, las tetas marcadas de mordidas y palmadas, y los labios entreabiertos, gimiendo con la voz rota.

Sobreestimulado.

A punto de quebrarse.

Max alargó una mano, le apretó una teta con fuerza y le pellizcó el pezón.

—¡Aahhh, no… no… Max…!

Fue explosivo.

El cuerpo de Checo se arqueó como si lo hubieran electrocutado.

El coño se cerró con fuerza.

Y de pronto…

Un chorro.

Literalmente.

Salió disparado.

Como una maldita fuente.

Max gruñó.

—¡Mierda, qué rico! ¡Mírate… estás chorreando toda la puta camioneta!

Pero no se detuvo.

Ni un segundo.

Siguió follándolo, incluso más fuerte.

Le dio una palmada en el clítoris aún sensible, que hizo gritar a Checo. Otra. Y otra más.

Cada golpe era húmedo. Cada sonido mámás cerdo.

El asiento estaba empapado.

Checo apenas podía respirar.

Estaba temblando, gimiendo, retorciéndose, llorando de placer.

El coño se contraía, abierto por esa verga que no salía.

Todo le escocía.

Todo ardía.

Pero lo necesitaba.

Más.

Max apretó las caderas con fuerza.

Y con una embestida brutal, profunda, que hizo crujir todo, soltó su propio orgasmo.

—¡Mierda… jodido coño perfecto! —gritó, enterrado hasta los testículos, jadeando.

Se vino.

Dentro.

Llenándolo.

Una y otra vez.

Checo temblaba, con los ojos cerrados, la boca abierta, el cuerpo rebotando aún por los espasmos.

Nunca lo habían llenado así.

Esa sensación caliente… densa… invadiendo su interior.

Era nueva.

—Max… me estás llenando…

—Y no pienso parar —susurró él, aún dentro.

El coño de Checo palpitaba.

Goteaba.

Escurría.

Y las caderas no dejaban de moverse. Como si su cuerpo quisiera más aunque ya no pudiera.

Como si supiera que había algo adictivo en esa maldita verga.

Max se quedó ahí, unos segundos, mirándolo.

Le encantaba cómo se veía.

Rojo. Abierto. Temblando.

Las piernas separadas, los pezones duros, la piel marcada de dedos y saliva.

Y lo más hermoso: la expresión destrozada y feliz.

—Verga… jamás había visto algo así. Nunca.

—¿Así cómo…? —susurró Checo, sin aliento.

—una puta tan dejada.

—Cállate…

Max sonrió.

Salió de él despacio.

Y cuando lo hizo, Checo soltó un quejido ronco, casi un llanto.

Sentir cómo esa verga salía de él, cómo el semen empezaba a escurrir, fue otra maldita sensación nueva.

El coño seguía moviéndose.

Como si no quisiera que terminara.

Max se quedó mirando cómo salía todo.

El interior de Checo brillaba, mojado, usado.

El chorro blanco manchando su piel, el asiento, los muslos.

—¿Quieres que lo meta otra vez? —preguntó Max, con una sonrisa sucia.

—Dame… dos minutos —jadeó Checo.

Ambos se rieron entre respiraciones agitadas.

Max lo tomó con cuidado. Lo levantó como si fuera de cristal y lo sentó de nuevo en su regazo, esta vez de espaldas.

Lo abrazó.

Le besó el hombro.

Le lamió la nuca.

Las manos de Max acariciaban su pecho, lento, sucio.

Los dedos jugaban con sus pezones sensibles.

La lengua bajaba.

Checo se dejaba.

Con los ojos cerrados. Con las piernas abiertas. Con la espalda rendida contra el pecho caliente del hombre que acababa de romperlo.

—Nunca me imaginé esto —murmuró Max en su oído—. Nunca.

—¿Qué cosa?

—Que encontraría al cuerpo más rico del puto mundo en una feria culera.

Checo sonrió apenas.

Y de pronto, se acordó.

—¡Dios! Charles…

—¿Tu amigo?

Checo buscó su celular en la camisa tirada. Lo desbloqueó con los dedos aún temblorosos.

Nada.

Ni un mensaje.

—Qué raro…

—No tan raro —respondió Max con una risa seca.

—¿Qué quieres decir?

—Conociendo al  Carlos, seguro ya se está cogiendo al flaquito.

Checo se quedó en silencio.

Tenía lógica.

Y de alguna forma… no le molestó tanto.

—Dame eso —dijo Max, quitándole el celular.

Checo lo miró de reojo.

Max abrió contactos y registró su número.

—¿Qué haces?

—Guardando mi número. ¿O qué, pensabas que te ibas a ir así nomás?

—…

🎡⊰⁠⊹ฺ

El silencio en la camioneta pesaba.

El calor, la humedad, el olor. Todo lo que había pasado ahí adentro estaba aún pegado en el aire. Sexo, puro y sucio. Denso. Imposible de ignorar.

Checo fue el primero en moverse.

Estaba destruido, con el cuerpo caliente, el coño aún abierto y sensible, las piernas entumidas. Pero no podía quedarse ahí. Tenía que limpiarse.

No podía llegar a su casa oliendo a verga, con las piernas pegajosas, la piel cubierta de saliva, sudor y semen.

—Dame un segundo —dijo, con la voz ronca.

Rebuscó entre su bolso, que por suerte aún estaba tirado al pie del asiento delantero, y sacó lo que toda personita bien preparada debería llevar: toallitas húmedas y gel antibacterial.

Max lo miraba desde el asiento trasero, recargado con los brazos abiertos, la verga aún floja pero brillante, goteando semen tibio. Empapado. Satisfecho. Orgulloso.

Miraba cómo Checo abría las piernas, limpiaba con cuidado entre los labios, deslizaba la toallita empapada sobre su coño adolorido, sobre el clítoris sensible.

Los dedos de Checo temblaban de tanto placer acumulado.

Max gruñó apenas.

El verlo así —con el ceño fruncido, sudado, el cabello desordenado y los labios rojos de tanto beso— lo volvía a poner duro.

Checo se inclinó hacia adelante, sin pensar, buscando su blusa en el asiento delantero.

Max le soltó una nalgada.

Fuerte. Cerda. Directa.

—¡Oye! —protestó Checo, volteando indignado.

—No mames… ese culo no es legal. Te ves como si acabaras de salir de una porno.

Checo rodó los ojos.

—Qué comentario tan  nacote.

—Y bien merecido. Mira cómo te ves… todo sudado, marcado, limpio el coño pero no la cara.

—Eres un animal.

—Aja...Pero vien que andabas saltando en mi verga

Checo se vistió sin decir mucho más, maldiciendo mentalmente el hecho de que hasta el ponerle la ropa interior dolía.

Estaba tan usado que sentía que tenía todo rojo, todo abierto, todo lleno.

La blusa le quedó chueca, los pantalones le costaron cerrarlos.

Pero aún así… se veía cabrón.

Una vez vestido, se acercó al pecho de Max.

—A ver, tú también… —dijo con fastidio mientras abría otra toallita.

Max sonrió.

Se dejó hacer.

Checo lo limpió con movimientos lentos.

El torso lleno de saliva, marcas rojas, semen seco. Lo pasó por los pezones, por el abdomen, bajando lentamente hasta donde ya no se atrevía.

Max lo observaba fijamente, sin decir nada.

.

—Nunca nadie me había limpiado así después de abrirle el colo—dijo al fin.

—Cállate —respondió Checo sin mirarlo—. Solo no quiero que mueras de una infección, asqueroso.

Terminó de limpiarlo ,se sentaron en silencio unos segundos más.

Y luego salieron.

El aire frío los golpeó como una bofetada.

La noche ya había caído del todo y la feria seguía vibrando con luces, música y risas de fondo. Pero ellos estaban distintos.

Desordenados. Sudados. Usados.

Caminaban hacia el auto de Checo. Max iba a su lado, sin tocarlo, pero cerca. Demasiado cerca.

Al llegar al auto… los vieron.

Charles y Carlos.

Estaban ahí.

Parados junto al coche de Charles.

Ambos… increíblemente decentes.

Carlos tenía el cabello peinado otra vez, una camisa que claramente no traía antes. Charles lo miraba con una sonrisa que no mostraba desde hacía semanas.

Estaban coquetos, tranquilos, y limpios.

Como si solo hubieran tomado un café.

Nada que ver con ellos dos.

Max aún tenía el cinturón mal puesto. Checo llevaba el cuello lleno de marcas. Ambos apestaban a pecado.

Charles alzó una ceja al verlos llegar.

Carlos solo saludó con la mano.

Hubo un silencio incómodo.

Una electricidad densa flotando entre los cuatro.

Y aunque todos sabían perfectamente lo que había pasado…

nadie dijo una mierda.

—Entonces… ¿nos vamos? —preguntó Charles, mirando a Checo.

—Sí —respondió seco.

Carlos le sonrió a Charles.

Charles le devolvió la sonrisa con una pequeña inclinación de cabeza.

Y Checo, aún con las piernas medio abiertas al caminar, miró a Max.

Él también lo miraba.

Con esa cara… esa maldita cara de hombre que no se va a ir.

Que no lo piensa dejar escapar.

—Nos vemos —dijo Checo.

—Claro que sí, mamita.

—No me digas así en frente de…

—¿De quién? ¿Del otro putito? No me importa.

Checo quiso responder.

Quiso decir algo elegante, cortante, arrogante.

Pero solo subió al coche.

Cerró la puerta.

Encendió el auto.

Y ahí estaban, dentro, él y Charles.

Silencio.

Aire espeso.

No dijeron nada.

Ni una palabra.

Solo se miraron.

Checo con las mejillas encendidas. Charles con los ojos brillando.

Ambos sabían lo que acababa de pasar.

Y de alguna forma, ninguno se atrevió a juzgar al otro.

🎡⊰⁠⊹ฺ

Apenas bajaron del coche, el padre de Checo ya estaba en la puerta, esperándolos como un perro viejo y desconfiado.

—¿De dónde vienen así? —preguntó, con voz ronca.

La mirada le recorrió la ropa arrugada, el cabello revuelto, los cuellos marcados, el olor a culpa que los seguía como una sombra.

Checo ni se molestó en responder.

Lo ignoró.

Le tomó la muñeca a Charles y lo jaló con fuerza hacia adentro de la casa.

Ambos entraron como si los persiguiera el diablo.

Cerraron la puerta de su habitación de golpe.

Respiraban agitados.

No por el trote.

Sino por todo lo que cargaban.

Estaban solos.

Al fin.

Rotos.

Llenos de mierda.

Checo caminó hasta la cama, tiró su mochila, se sentó.

Charles se quedó de pie, apoyado en la pared, con los brazos cruzados.

Ambos se miraron.

Largos segundos.

Silencio. Dolor.

—¿Tú primero o yo? —preguntó Checo.

Charles lo pensó.

Pero Checo ya no aguantaba.

—Me cogió —soltó, seco.

Charles no reaccionó.

Solo lo miró, con el ceño fruncido.

—¿Dónde?

—En una camioneta.

—Qué asco.

—Sí.

—¿Te protegiste?

—¿Crees que me dio tiempo? —escupió Checo, con una risa amarga—. Me rompió ahí mismo. Sin preguntar. Me llenó.

Charles bajó la mirada.

—Y tú… —Checo lo observó con dureza—. ¿Qué hiciste tú?

Charles tragó saliva.

Se acercó. Se sentó al lado. No se tocaban. Pero el peso del uno sobre el otro era jodidamente intenso.

—Carlos me dijo que no quería que lo recordara por un simple baile.

—¿Y qué?

—Me besó. Primero así, normal. Luego me empujó contra el maldito asiento del juego. Se sacó la verga sin permiso.

—¿Se lo mamaste?

—Sí.

—¿Y se corrió?

—Obvio.

Checo soltó una carcajada vacía.

Fría.

Dolida.

Podrida.

—Eres igual de asqueroso que yo.

—Tú lo dejaste metértela.

—Y tú lo dejaste  en la boca.

—No es lo mismo.

—Claro que sí lo es.

Ambos se quedaron callados.

Las palabras eran cuchillas.

Cada oración abría heridas.

Checo sintió de nuevo la presión en el coño.

El ardor.

El semen seco entre las piernas.

La humedad en la ropa interior

La marca en su vientre de esa verga enorme y salvaje.

El olor de Max aún en su nariz.

Charles lo miraba.

Checo supo que él también seguía oliendo a Carlos.

—¿Te gustó? —preguntó Checo, sin mirarlo.

—¿Qué cosa?

—Que te la metiera en la boca. Que te tratara como si fueras un cualquiera.

—Sí. —Charles respondió sin dudar.

—A mí también...

—¿Lloraste?

—Sí.

—Yo también.

—¿De placer?

—Sí.

—¿De culpa?

—También.

Silencio.

Charles bajó la cabeza.

Checo cerró los ojos.

Dos niños ricos, con cuerpos usados, con mentes rotas, con corazones envenenados por hombres más sucios que ellos.

Y aún así…

Los deseaban.

—Me dijo que quería ser azúcar para endulzarme las toronjas—murmuró Checo.

—¿Qué?

—Me dijo que tenía el coño más goloso que había probado.

—Carlos me dijo que mi boca era perfecta para mamársela.

Ambos se rieron.

Un segundo.

Nada más.

Luego vino la vergüenza. 🎡⊰⁠⊹ฺ

S.k.☆

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