Gemelos v

Summary

🏈

Genre
Erotica
Author
Sykes_ss
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Andar con un Verstappen era de valientes.

Pero andar con dos… eso, según todos, era cosa de masoquistas.

Y Checo Pérez lo sabía. Lo había escuchado tantas veces que ya le daba risa. Masoquista o no, él adoraba a ese par de rubios delicados, bonitos hasta la rabia, con esa piel blanca que parecía leche, con esa risa inocente que contrastaba con lo berrinchudos y caprichosos que eran. Max y Emilian Verstappen: gemelos, porristas, la puta sensación de la universidad.

En cada partido de fútbol americano las gradas se llenaban más por ellos que por el juego mismo. La mitad del público iba solo a verlos brincar en minifalda, a gritar con pompones en mano, a reír con esa dulzura angelical que volvía locos a todos.

Checo, jugador estrella de “Las Águilas”, estaba acostumbrado a escuchar los piropos que lanzaban hacia sus novios. “Qué lindos”, “mira esa sonrisa”, “mira ese culo”, “yo me los cojo juntos”… frases que para cualquiera habrían sido veneno, pero que para él eran ruido de fondo.

Él no tenía problema. No mientras nadie se acercara demasiado.

Esa tarde, el partido estaba en su punto más caliente. Checo sudaba, jadeaba, el casco le pesaba y el pasto ardía bajo sus tacos. Estaban ganando, jodidamente bien, cuando levantó la mirada hacia las gradas… y se le endureció el gesto.

Allí estaban Max y Emilian, sus gemelos. Uno al lado del otro, hermosos, brillando como putos ángeles en minifalda blanca y top ajustado. Pero no estaban solos. Dos idiotas se habían acercado demasiado, hablándoles al borde de la grada. Emilian reía, con esa risa suave que sonaba como campanas; Max lo jalaba del brazo, incómodo, mirando a todos lados como sabiendo que aquello iba a costarles caro.

Checo volvió al partido con la mandíbula trabada. Y se notó.

Cada placaje que dio fue más duro, más agresivo, casi rozando lo violento.

—¡Baja la puta intensidad, Pérez! —gritó su compañero.

Pero él no escuchaba. Cada golpe llevaba tatuada la rabia de ver a esos dos cabrones sonriéndole a alguien más.

Los gemelos notaron el cambio de inmediato. Emilian tragó saliva, sabiendo que estaba en serios problemas. Max, más nervioso, solo apretaba los labios, hundiendo la cabeza entre los hombros como un niño asustado.

El silbato final retumbó. Las Águilas ganaron. Todos gritaban, brincaban, se abrazaban como locos. El estadio era un puto carnaval de felicidad.

Menos para Checo.

Se quitó el casco, sudado, con las venas del cuello marcadas y la mirada encendida como un demonio. Caminó derecho hacia ellos, sin una sonrisa, sin esa ternura que solía reservarles. Los gemelos se acercaron corriendo, con los pompones aún en las manos, listos para abrazarlo, para felicitarlo.

—¡Checo! —gritó Max, con esa vocecita dulce.

—¡Ganaste! —añadió Emilian, radiante.

Pero él pasó entre los dos, los empujó con fuerza contra su propio aire, y masculló con los dientes apretados:

—Váyanse a cambiar. Los espero en el auto.

El tono fue tan seco, tan helado, que a cualquiera le habría partido el alma.

Max bajó la cabeza, apretando los labios hasta que temblaron. Emilian se quedó inmóvil un segundo, tragando saliva, viendo cómo Checo se marchaba hacia los vestidores sin siquiera mirarlos.

El estadio seguía en fiesta, pero para ellos el mundo se había vuelto un silencio espeso.

—La cagamos… —susurró Emilian, dándose la vuelta.

—Yo te dije que no hablaras con esos idiotas… —murmuró Max, con lágrimas asomando en los ojos.

Obedecieron sin chistar. Entraron a los probadores con la mirada baja, la piel ardiendo de vergüenza, sabiendo que el castigo no sería leve. A pesar de todo, ninguno pensaba en dejarlo. Lo amaban demasiado, lo amaban hasta lo enfermo, y soportarían su rabia porque Checo era su centro, su vida, el dueño de su piel.

Pocos minutos después, los tres estaban caminando hacia el auto.

Checo adelante, con la espalda ancha todavía sudada, sin decir palabra. Los gemelos detrás, con la cabeza gacha, las piernas temblorosas. Emilian mordiéndose el labio con nervios; Max secándose las lágrimas con la manga, intentando no sollozar.

El aire estaba cargado, pesado, como la antesala de una tormenta.

Checo abrió la puerta del coche de golpe.

—Suban. —Su voz fue grave, ronca, dura.

Max y Emilian se miraron un segundo, con miedo y deseo mezclados. Luego obedecieron.

El auto se cerró con un clic seco.

Y ahí comenzó todo.

✧⁠*⁠。

El auto avanzaba en silencio, cargado de un aire sofocante.

Checo al volante, la mandíbula dura, los dedos clavados en el volante. Atrás, los dos rubios parecían dos críos castigados. Max apretaba la boquita con la palma, intentando ahogar los sollozos que le sacudían los hombros. Emilian lo abrazaba contra su pecho, acariciándole el cabello como si pudiera protegerlo, aunque él mismo temblaba.

Ninguno de los dos se atrevía a hablar. El único sonido era el motor y el golpeteo del viento contra las ventanas. Checo no les dirigía la palabra, ni una mirada al retrovisor. El silencio era peor que los gritos.

Emilian, incapaz de soportarlo, fue el primero en romperlo.

—No es justo… —dijo en un susurro, con la voz cargada de lágrimas contenidas.

Los ojos de Checo siguieron fijos en la carretera, como si no lo hubiera escuchado.

—No es justo que te pongas así… —repitió más fuerte, apretando a Max contra sí—. ¿Por qué te enojas si hablamos con más personas? A ti te hablan chicas todo el tiempo y nosotros no decimos nada…

Max levantó la cabeza, las mejillas enrojecidas y los labios temblorosos.

—S-sí… —su vocecita se quebró—. No es justo, Checo…les hablas, y no nos molesta… pero ahora tú… tú nos tratas como si… como si fuéramos malos…

La respiración de Checo se volvió más fuerte, más pesada. Los estaba escuchando. Los gemelos lo sintieron; ese silencio era como un cuchillo al cuello.

Max juntó valor, aunque las lágrimas le nublaban la vista.

—Eres malo… —susurró, con un puchero infantil—. Injusto…

Emilian lo siguió, con ese tono berrinchudo que solo usaba cuando quería provocarlo.

—Sí, Checo… eres injusto con nosotros…

La risa que salió de los labios de Checo fue amarga, seca, un ruido que heló a los dos.

El aire se volvió más denso.

Y entonces, Max dijo algo que lo partió.

—Tal vez… tal vez no te importamos tanto…

El pie de Checo se hundió en el acelerador. El motor rugió, el coche se sacudió hacia adelante.

Los dos rubios gritaron, aferrándose el uno al otro.

—¡Checo! —chilló Max, tapándose la cara con las manos.

—¡Baja la velocidad, por favor! —suplicó Emilian, abrazándolo con fuerza.

La respiración de Checo sonaba como un animal contenido. Se mantuvo callado unos segundos más, hasta que por fin habló, con la voz grave, rota, cargada de rabia.

—¿Ustedes alguna vez… me vieron sonreírles a esas putas? ¿Eh? —soltó, mirando de reojo por el retrovisor.

Los gemelos se quedaron callados, asustados.

—¿Alguna vez me vieron hablarles con dulzura? ¿Acaso saben de qué hablaba con ellas? —escupió, clavando más los dedos en el volante—. Les decía que se largaran a la mierda. Que se metieran sus risitas por el culo. Eso es lo que yo hago.

Max sollozaba bajito, mordiéndose los labios para no llorar más fuerte. Emilian tragaba saliva, incapaz de sostenerle la mirada.

Checo bufó, con un gesto duro.

—No comparen una cosa con otra. No se atrevan.

El silencio volvió a caer, roto solo por el jadeo nervioso de Max. Pero Checo no había terminado. Sus ojos oscuros se clavaron en el espejo retrovisor, directo a los de Emilian.

—Tú. —Su voz fue un golpe seco.

Emilian se estremeció, apretando a Max más fuerte.

—¿Qué tanto hablaban con esos imbéciles, ah?

El rubio abrió la boca, pero no le salió voz. Solo pudo encogerse, mordiéndose el labio inferior, sabiendo que cualquier palabra sería dinamita. Max lo miró con terror, como si rogara que no respondiera.

⁠✧⁠*⁠。

El coche seguía devorando la carretera, y la tensión dentro era tan densa que cortaba la respiración.

Checo no despegaba los ojos del frente, pero en el retrovisor seguía clavando la mirada dura sobre Emilian, esperando su respuesta.

El rubio tragó saliva, la voz apenas le salió como un tartamudeo.

—N-nos… nos invitaron a una cita… —murmuró, abrazando más fuerte a Max—. Pero yo… yo los rechacé. Les dije que teníamos novio, que no quería ser descortés…

El golpe de rabia en el pecho de Checo fue inmediato.

—¿Qué? —rugió entre dientes, acelerando más, el motor bramando bajo el capó.

Max intervino rápido, temblando.

—¡No aceptamos nada, Checo! —lloriqueó, con la voz rota—. Yo les dije que no… que solo te queremos a ti…

Los dos rubios ya estaban en pleno berrinche, las lágrimas cayendo, los pucheros marcando sus labios carnosos.

—Eres injusto… —repitió Max, sollozando—. Dijimos que si ganabas te íbamos a dar una sesión de besitos y mimos… pero ahora ya no. ¡Nada!

Emilian, al lado suyo, alzó el mentón, haciendo puchero también, fingiendo ofensa aunque los ojos le brillaban por el miedo.

—Nada… —repitió, cruzándose de brazos como un niño rebelde.

La risa amarga de Checo se mezcló con el rugido del motor.

—¿Así que ahora me chantajean? —escupió, sin mirarlos.

Los gemelos callaron de inmediato. El silencio fue peor que cualquier respuesta.

El resto del trayecto hasta el departamento fue un infierno silencioso. El motor vibraba, el volante crujía bajo los dedos tensos de Checo, y atrás los rubios murmuraban entre ellos, intentando darse valor con caricias y susurros.

Al llegar, aparcó de golpe. La tensión hizo que Max soltara un chillido. Salieron rápido, como si quisieran escapar de ese encierro, y subieron corriendo las escaleras del edificio. Sus voces bajas, nerviosas, se entrelazaban en murmullos cuando entraron al departamento.

Checo cerró la puerta con un portazo seco.

Los gemelos, en un acto extraño de valor, se plantaron frente a él. Dos rubios hermosos, de piernas largas bajo la minifalda, con los ojos aún rojos de tanto llorar.

Checo los miró con una dureza desconocida para ellos, esa que nunca les había mostrado.

—No estoy para sus putos berrinches. —Su voz fue un látigo.

El golpe de esas palabras fue brutal. Max abrió mucho los ojos, con la boca temblando, como si lo hubieran abofeteado. Emilian tragó saliva, apretando el puño contra su pecho.

Jamás les había hablado así. Jamás. Para ellos, Checo era siempre cálido, protector, obsesivo sí, pero nunca cruel.

Max se adelantó un paso, con lágrimas brillándole en las pestañas.

Mi—¿Entonces… no nos amas?. —Su voz se quebró como cristal.

Emilian lo siguió, como si ambos lo hubieran pensado al mismo tiempo, con un tono tan helado como infantil.

—Eres igual que todos los demás…

La frase fue un cuchillo.

Un maldito cuchillo que Checo no soportaba.

Los dos rubios se giraron de inmediato, juntitos, caminando hacia su habitación, con las espaldas rectas como si se protegieran uno al otro. Las faldas cortas ondeaban con el paso apresurado, sus manos entrelazadas en un pacto silencioso.

Checo se quedó helado en medio de la sala.

Eso era lo único que odiaba más que nada: que lo compararan con todos esos imbéciles de afuera, esos que solo los querían por su cuerpo, esos que los usaban y los tiraban. Que ellos, sus gemelos, se atrevieran a ponerlo en la misma bolsa… eso era imperdonable.

✧⁠*⁠。

La habitación de los gemelos olía a jabón dulce y a shampoo de manzanilla. Max y Emilian habían entrado directo a bañarse, como si el agua pudiera borrar la tensión que Checo les había tatuado en la piel con esa mirada dura y esas palabras que todavía ardían.

Salieron con pijamas ligeras, cortas, la tela floja que apenas les cubría los muslos. Se cepillaron el cabellito frente al espejo, cada uno con su peinecito, como si fueran dos muñecas delicadas. Después se metieron a la cama, juntitos, abrazados bajo una manta suave, encendiendo la tele con la esperanza de distraerse con alguna serie.

Pero la calma era solo fachada.

Max fue el primero en romperla, con la voz llena de reproche.

—Te lo dije, Emilian… —susurró, inflando los cachetes—. Si me hubieras hecho caso, Checo no estaría enojado con nosotros.

Emilian bajó la mirada, con un nudo en la garganta.

—Lo sé… —dijo bajito, mordiéndose el labio inferior.

La vergüenza lo quemaba. Sí, él lo sabía. Sabía que a Checo podía molestarle, y aún así lo había hecho. Había reído con esos idiotas, había tentado la paciencia de su novio, y ahora estaban pagando el precio.

Max lo abrazó fuerte, apretando su cara contra el cuello de su hermano.

—Eres un tonto… y ahora… ahora Checo cree que no lo queremos.

Emilian cerró los ojos, tragando saliva, porque en el fondo lo único que quería era tenerlo cerca. Dormir abrazado a él, sentirlo apretado contra los dos, escuchar su voz ronca diciéndoles que eran suyos.

Pero en vez de eso, estaban castigados en su propia cama, sin su calor, sin sus besos.

Ambos inflaron los cachetes con las pestañas temblando ,aunque la realidad era otra: lo extrañaban como la puta madre.

Aún así, no se movieron de la cama. La tele seguía iluminando la habitación, pero ninguno prestaba atención. Solo se tenían el uno al otro para consolarse.

En la otra habitación, Checo estaba bajo la ducha.

El agua caliente le caía sobre los hombros anchos, resbalando por los músculos tensos, pero no lograba limpiar la rabia ni la culpa.

Se restregaba la cara con ambas manos, gruñendo entre dientes.

—Pendejo… —se insultaba a sí mismo, apretando los ojos.

Desde hacía unos días algo dentro de él estaba mal. Una inseguridad rara, un peso en el pecho que no terminaba de sacarse. Y ver aquella escena en las gradas había sido gasolina en ese fuego. Sí, había sido un imbécil. En vez de hablar, en vez de tomarlos con calma, los había empujado, los había asustado.

El recuerdo del coche acelerando con los gemelos gritando detrás le cayó como una piedra.

Los había herido. Y sabía que ellos, dulces, frágiles, no merecían esa mierda.

Se apoyó contra la pared de azulejos, el agua cayendo fuerte sobre su espalda.

—Mierda… —susurró, la voz quebrada.

Y en medio de esa rabia contra sí mismo, le vino la imagen de lo que podría haber estado haciendo en ese momento. Si no hubiera abierto la boca de esa forma, si no hubiera actuado como un animal, ahora mismo tendría a esos dos angelitos en su cama.

Los estaría besando, llenándolos de mimos, escuchando sus risitas entrecortadas.

Quizás tendría a Max sentado sobre su cara, con esos muslitos temblando mientras gemía, y a Emilian agarrándole del pelo, con ese coño gordito y rosita palpitando contra su lengua.

Podría estar hundido en ellos, ahogándose en el olor dulce de su sexo, en sus jadeos, en la forma en que siempre temblaban cuando los tocaba.

Pero no.

Ahora no tenía ni mierda.

Soltó un golpe contra la pared, el agua salpicando.

—Imbécil… —repitió, apretando la mandíbula.

Podía ir a buscarlos, claro. Podía cruzar el pasillo, abrir esa puerta y meterse en su cama. Pero quizás no lo querrían ver. Quizás todavía lo odiaban por haberlos asustado, por haberlos tratado como a cualquiera.

Y en el fondo… tenían razón.

Les había hablado feo, los había empujado, los había lastimado.

Se enjuagó el cabello, bajó la cabeza bajo la ducha.

Dios, había sido un imbécil.

✧⁠*⁠。

La madrugada era un caos silencioso.

Emilian se revolvía en la cama, con los ojos abiertos y el pecho apretado, hasta que no aguantó más. Un sollozo se le escapó, rompiendo la quietud.

—Max… —susurró, sacudiéndolo con delicadeza—. No puedo dormir…

Max abrió los ojitos lentamente, todavía pegados de lágrimas secas. Lo vio llorando y enseguida lo abrazó.

—Shhh… ya, hermanito… —le acarició la espalda—. No llores, por favor…

Pero los dos sabían que aquello no era suficiente. Los dos necesitaban a Checo. A su calor, a su voz grave, a ese cuerpo enorme que siempre los envolvía.

Max limpió las lágrimas de Emilian y murmuró:

—Vamos con él. No quiero estar lejos de nuestro Checo.

Ambos asintieron como si fuera un pacto silencioso. Salieron de su habitación en silencio, caminando descalzos por el pasillo oscuro hasta llegar a la puerta del cuarto de su novio. Empujaron con cuidado y se colaron dentro.

Checo estaba en la cama, abrazado a una almohada como si se aferrara a ella para no desmoronarse. Debajo de los ojos tenía la piel roja, hinchada. Había llorado.

El corazón de los gemelos se apretó tanto que casi rompieron a llorar ahí mismo.

Con cautela se subieron a la cama, como dos gatitos buscando calor. Se miraron entre sí, indecisos, hasta que Emilian tomó valor.

Se inclinó y empezó a darle besitos suaves en el cuello, como si quisiera despertarlo con ternura.

Max, por su parte, deslizó la manita tímida entre las sábanas, tocándole la verga con suavidad, acariciando apenas, mientras también llenaba de besitos el hombro de su hermano, como buscando valor compartido.

Checo se removió, apenas reaccionando. El calor de esas caricias, los besos húmedos, las manos delicadas sobre su cuerpo, lo hicieron gemir quedo. Entre sueños, su respiración se volvió más pesada, y pronto, inevitablemente, su verga empezó a endurecerse.

Abrió los ojos con pereza, y ahí estaban. Sus dos rubios, con sus caritas angelicales, enredados contra él. Los miró un segundo y, a pesar de la pesadez en su pecho, sintió que el mundo volvía a tener sentido.

—¿Qué hacen…? —murmuró con la voz ronca del sueño.

Max lo miró con esos ojos húmedos y grandes, apretando los labios.

—Arreglando lo que hicimos mal… —susurró, acariciándole el abdomen con la manita, la otra aún rozándole la verga.

Emilian pegó más su boquita contra el cuello de Checo, murmurando bajito.

—Queremos estar contigo…

Checo apretó los ojos, se llevó la mano a la cara y negó.

—No, no… —soltó con un gruñido apagado—. No es necesario. No tienen que…

Abrió los ojos de nuevo, mirándolos con seriedad, el corazón hecho un nudo.

—Yo fui el imbécil. Yo los asusté, yo los traté como mierda. Eso no estuvo bien. No hay forma de justificarlo.

Los gemelos se quedaron quietos, sorprendidos. Nunca lo habían visto hablar así, nunca lo habían visto tan roto.

Checo continuó, la voz cargada de rabia contra sí mismo.

—Me dejé llevar por mi inseguridad… —admitió, apretando la mandíbula—. Y los lastimé. No merecen eso, no de mí.

Max parpadeó, confundido, con el labio temblando.

—¿Inseguro…? —susurró, como si la palabra fuera ajena—. ¿Tú?


Emilian lo miró como si no entendiera nada.

—Checo… ¿cómo puedes sentirte inseguro? ¡Nosotros solo te amamos a ti!

El mayor bajó la mirada, apretando la almohada como si le pesara el mundo encima.

—No lo sé… —confesó con un hilo de voz—. Solo sé que cuando los vi con esos cabrones, fue como… como si pudiera perderlos. Y no soportaría…

Se quedó callado, tragando saliva, incapaz de terminar.

Los gemelos lo miraron como si vieran a otra persona. ¿Su Checo, su novio fuerte, el hombre que todos temían, el jugador invencible… inseguro? Esa idea era absurda. Pero ahí estaba, con los ojos rojos y el corazón hecho pedazos.

Max se subió un poco sobre él, con la pijama cayéndosele del hombro, y lo abrazó fuerte.

—Eres un tonto… —dijo entre sollozos—. Nunca vamos a dejarte.

Emilian se acurrucó del otro lado, llenándole la cara de besitos pequeños, como intentando borrar cada rastro de tristeza.

—Solo te queremos a ti… —murmuró contra su piel.

✧⁠*⁠。

Max y Emilian bajaron lentamente hasta la entrepierna de su novio, con esos ojos grandes, tímidos pero decididos, sabiendo lo que querían: consolarlo, darle placer, recordarle que era suyo. Con manos temblorosas le bajaron la pijama, dejando al descubierto esa verga que tantas veces habían besado , dura, palpitante, hermosa. Los dos tragaron saliva al mismo tiempo, se miraron de reojo y luego volvieron sus miradas rojas hacia él.

—Miren nada más a mis niños... —murmuró Checo con voz ronca, acariciándoles el cabello.

No hubo más palabras: ambos gemelos se inclinaron al mismo tiempo y sus lengüitas tocaron la base, subiendo despacio, dejando la piel húmeda con cada lamida. Se veían adorables con las caritas coloradas, entre nerviosos y calientes, tragándose poco a poco la vergüenza. Las bocas de los gemelos a veces chocaban torpemente y en esos instantes, en lugar de alejarse, se daban besitos rápidos, mojados, antes de volver a lamerlo.

—Mmm... sí, así... mis niños lo hacen tan bien... —jadeó Checo, con los dedos enredados en sus cabellos rubios, acariciándolos, guiándolos con suavidad.

Max fue el primero en atreverse a meterla en su boca, los labios rodeando el glande, mientras Emilian lamía la parte baja con dulzura, como si adorara cada rincón. El contraste lo volvía loco. Checo apretaba los dientes, dejando salir jadeos entrecortados.

—¿Lo disfrutas, amor? —preguntó Max, levantando la vista con los labios húmedos.

—Sí... —gimió Checo—, me encanta cómo lo hacen... tan lindos, tan míos.

El brillo en los ojos de los gemelos se intensificó, como si esas palabras fueran el motor de su deseo. Emilian se animó a chuparlo profundo, aunque enseguida tosió un poco y se apartó riendo con vergüenza, para luego robarle un beso rápido a su hermano. Ese pequeño momento de ternura solo excitó más a Checo.

Después de un rato, los dos se despegaron de él, jadeando, con las bocas húmedas y brillantes. Se miraron entre ellos, y fue Max quien tomó la iniciativa. Se subió a la cama y, con voz suave, le dijo:

—Chequito... ¿puedes consolar primero a Emi?... él te extrañaba mucho, yo lo sé...

Checo lo miró en silencio, con el pecho agitado, y asintió. —Claro, mi niño... —

Ambos gemelos se acomodaron juntitos frente a él, recostados boca arriba, levantando sus piernitas blancas, perfectas, dejando a la vista esos culitos apretados y esos coñitos rosados que parecían hechos para él. La escena lo dejó sin aire: sus gemelos, rubiecitos, vulnerables, ofreciéndose con amor y desesperación.

Checo se levantó, quedando al borde de la cama, contemplando el espectáculo. Su verga dura se sacudía frente a ellos, por un instante se contuvo, queriendo grabar en su mente lo hermosos que eran: esas tetitas suaves, los muslos apretados, los ojitos brillando de expectativa.

—Mierda... son perfectos —murmuró con la voz quebrada de deseo, acariciándose un poco mientras los observaba—. Mis niños... mis gemelos hermosos...

Max tomó la mano de su hermano, entrelazándola, y los dos, con caritas coloradas, le pidieron en un susurro:

—Haznos sentir que somos tuyos, Checo...

El calor entre los tres ya era insoportable.

⁠✧⁠*⁠。

Checo se inclinó sobre ellos, sus manos recorriendo esos cuerpos suaves, blanquitos, aún temblorosos por la expectativa. Los gemelos lo miraban con los ojitos húmedos, las mejillas encendidas, los labios entreabiertos, respirando agitadito como si el corazón se les fuera a escapar del pecho.

Primero deslizó sus dedos por los culitos, acariciando cada curva con calma, marcando con su tacto que eran suyos. Ellos soltaban pequeños gemidos, ruborizados, retorciéndose bajo sus caricias. Checo los adoraba así: vulnerables, nerviositos, buscando complacerlo pero sin poder ocultar lo mucho que lo necesitaban.

Con cuidado, tomó su verga caliente y la acomodó frente al coño de Emilian. Lo rozó apenas, y el gemelo dio un respingo, apretando la mano de Max con fuerza, como si necesitara el contacto de su hermano para no quebrarse. Checo no se detuvo, lo fue hundiendo poco a poco, despacio, viendo cómo ese cuerpito se arqueaba con cada centímetro que lo llenaba.

—Eso, mi niño... —murmuró Checo con voz ronca, acariciando su mejilla mientras lo penetraba con suavidad—. Lo estás haciendo muy bien, hermoso.

Emilian soltó un gemido agudo, los labios temblorosos, y buscó la mirada de Max. El rubio mayor se inclinó hacia él, besándole la frente con ternura. —Aguanta, Emi... se siente rico, ¿verdad? —

El gemelo solo pudo asentir, con los ojos entrecerrados de placer.

Mientras tanto, Checo no olvidaba a Max. Con una mano libre, bajó hasta su entrepierna, acariciándole ese coñito húmedo que lo esperaba ansioso. Pasaba sus dedos con calma, apretando, rozando, provocándole gemidos bajitos que se mezclaban con los de su hermano. Tenía a los dos: a uno llenándolo con su verga y al otro estremeciéndose bajo sus dedos.

El cuarto se llenó de jadeos y del sonido húmedo de los cuerpos. Checo inclinó la cabeza, recorriendo con la lengua la piel blanquita de Emilian, dejando marcas rojas en su cuello, en sus clavículas, bajando hasta esas tetitas pequeñas y duras. Las succionaba con fuerza, dejando chupetones, mientras seguía moviéndose en su interior con embestidas suaves pero firmes.

Emilian gemía, llorosito de gusto, moviendo las caderas para recibirlo mejor. Max, al verlo tan vulnerable, no pudo evitar pedir con voz bajita:

—Chequito... ¿puedo subirme sobre él? Quiero abrazarlo... quiero sentirlo.

Checo levantó la mirada, jadeando, y asintió sin dejar de moverse dentro de Emilian. —Claro, mi amor... ven aquí.

Max trepó sobre el cuerpo de su hermano, quedando sobre él, pegando su pecho al suyo, abrazándolo fuerte mientras lo besaba en la boca. Emilian gimió dentro del beso, apretando los muslos contra el cuerpo de Checo. El contacto de ambos gemelos era tan íntimo que lo volvía loco.

Checo sujetó las caderas de Max, apretándole el trasero con fuerza, mientras lo usaba de apoyo para seguir penetrando a Emilian. El vaivén era más intenso, los tres cuerpos rozándose, sudando, temblando juntos.

Los gemelos se besaban entre sí, dándose caricias, sus manos recorriéndose con desesperación, compartiendo ese momento como si fueran uno solo. Y en medio de ellos, Checo, devorándolos con su verga, con sus caricias, con sus besos, con esa posesión salvaje y amorosa a la vez.

—Miren lo que me hacen sentir... mis niños hermosos... —jadeaba, marcándoles la piel, llenándolos de huellas que no desaparecerían tan fácil.

Los tres se hundieron en ese torbellino de placer, de sudor, de amor torcido y absoluto. Cada roce era un recordatorio: se pertenecían, los tres, sin salida, sin vergüenza, sin escapatoria.

⁠✧⁠*⁠。

Checo ya no pudo contenerse más. Su respiración estaba pesada, su verga ardía enterrada en ese coño rosita y empapado de Emilian, que se abría con cada embestida. El moreno apretó los muslos del gemelo contra sus caderas y empezó a moverse más rápido, cada golpe sacando chillidos agudos de placer.

—Aahh… ¡Checooo! —soltaba Emilian, con las manos crispadas en las sábanas, los ojitos húmedos, la cara toda roja.

Max no se quedaba atrás; estaba encima, pegadito a su hermano, besándolo, acariciándole el cabello, la cara, las tetitas. Lo calmaba y al mismo tiempo lo excitaba más. Suavemente le susurraba al oído: —Te ves tan hermoso así, Emi… mírate, lo estás recibiendo todo…

Pero dentro del torbellino de placer, Emilian frunció el ceño, con un quejido bajito. Había algo que le pesaba en el pecho. Su cuerpo temblaba, pero no solo por la verga que lo llenaba, sino por un sentimiento que se le atoraba.

—Checo… —dijo con voz quebrada, intentando hablar entre jadeos—. Siento… siento que todo es para mí. Tú me haces sentir bien… y Max también… pero yo… yo también quiero que Max sienta rico…

Checo bajó la mirada, sonriendo mientras seguía clavándoselo lento, profundo, para no soltarlo. Le acarició la carita sudada, tiernamente.

—¿Quieres darle placer también a tu hermano, mi niño?

Emilian asintió rápido, con lágrimas en los ojos. —Sí… no quiero ser el único… quiero hacerlo sentir…

Max, que lo escuchaba, se puso nervioso, las mejillas aún más encendidas. —E-Emi… no hace falta, yo estoy bien así, viéndote…

Pero Checo lo interrumpió con voz ronca, posesiva, apretando más fuerte las caderas de Emilian. —No, Maxito… deja que él también te atienda. Tú te lo mereces.

Se inclinó un poco más, lamiéndole el cuello a Emilian, y le susurró al oído: —Puedes tocarlo con tus deditos, mi niño… o si él quiere… puedes saborearlo, como cuando se sube en tu carita…

Emilian abrió los ojos, tembloroso, volteando hacia su hermano con esa inocencia torcida que lo volvía aún más erótico. —Max… ¿te sientas en mi cara? Por favor…

Max tragó saliva, sus manos temblaban. —E-Emi… eso… eso es raro…

—Ya lo hemos hecho… —contestó Emilian con un puchero, moviendo las caderas al ritmo de Checo, que lo seguía follando sin pausa—. A mí me gusta… quiero sentirte, quiero que tú también gimas conmigo…

Checo rió bajito, con la voz cargada de lujuria. —Hazlo, Max… dale ese gusto. Mira cómo lo pide.

El rubio se mordió los labios, nervioso, pero no pudo resistirse. Con cuidado, cambió de posición, acomodándose despacio sobre el rostro de su gemelo. Se arrodilló sobre el pecho de Emilian, acercando su coño mojado a la boca entreabierta de su hermano.

—Dime si te lastimo… —susurró Max, tembloroso, mientras bajaba.

—No, hermano… dame todo… —pidió Emilian, abriendo bien la boca, recibiendo ese coño húmedo contra los labios.

El gemido de Max retumbó en el cuarto apenas sintió la lengua de su hermano recorriéndolo. Sus manos se aferraron al cabello rubio debajo, sin poder evitar mover un poco las caderas.

—¡Aaah, Emi…!

Checo jadeaba como bestia, su verga chocando húmeda contra el interior estrecho del menor mientras miraba esa escena. La cara de Emilian cubierta con el sexo de su hermano, las lágrimas rodando por sus mejillas al mismo tiempo que gemía con cada embestida.

—Así, mi niño… —murmuró Checo, bajando la mano para apretar el culo de Emilian—. Déjalo bien preparado, quiero que lo dejes mojadito para mí.

Emilian sollozaba de gusto, lamiendo y chupando a Max con desesperación mientras la verga de Checo lo castigaba sin pausa. Su voz se ahogaba entre los gemidos del rubio mayor, que temblaba encima de él, gimiendo su nombre.

—¡Checooo…! —Max lloraba bajito, estremeciéndose con cada lamida—. Es tan sucio, pero se siente taaaan rico…

—Mírenlos… mis gemelitos hermosos… —gruñó Checo, clavándoselo más fuerte a Emilian hasta hacerlo gritar—. Son míos, los dos… míos para siempre.

✧⁠*⁠。

Checo ya no estaba para juegos. Se inclinó sobre el cuerpo sudoroso de Emilian, le tomó las piernas blancas y suaves y las alzó con fuerza, doblándoselas casi contra el pecho. Sus muslos temblaban, expuestos, la piel blanquita marcada con las huellas de sus dedos morenos que apretaban sin compasión. Cada embestida de Checo entraba hasta el fondo, húmeda, ruidosa, sacando chillidos cada vez más agudos de la garganta del gemelo.

—Aaaahh, Cheee…cooo… —Emilian sollozaba, la voz partida, pero aún con la boca ocupada en el coño de su hermano.

Max estaba ya completamente sentado en su carita, moviendo las caderas nervioso, apretando con desesperación esas tetitas rosadas que se ponían duras entre sus dedos. Sus mejillas estaban encendidas, los labios mordidos, gimiendo bajito mientras miraba a Checo con ojitos llorosos.

—Chequitooo… Emi me lame rico… me está haciendooo cosquillaaas… —soltó entre risitas y jadeos, con esa forma de hablar dulce y caprichosa que lo volvía aún más provocador.

Checo gruñó, clavando más fuerte, el sonido húmedo de su verga entrando y saliendo se mezclaba con los gemidos de Max y los chillidos ahogados de Emilian bajo él. Se inclinó, dejando marcas rojizas en la piel blanca del menor, chupándole el cuello, los hombros, incluso la parte interior de los muslos que tenía alzados.

—Eso, mi niño… abre más… déjame follarte bien, como te gusta. —Su voz era grave, ronca, casi animal.

Emilian lloraba bajito, succionando y lamiendo el coño de Max con desesperación, al mismo tiempo que gemía cada vez que Checo se lo enterraba hasta el fondo. Sus lágrimas bajaban, mezclándose con los fluidos de su hermano.

—¡N-no pares, Emi! —chilló Max, hundiendo más su coño contra su boca—. Quiero… quiero que me dejes mojadito… ¡hazlooo!

Checo los miraba, y la escena lo volvía loco: Max sentadito en la cara de su hermano, las manos apretando sus propias tetas, los ojos cerrados de placer; Emilian sofocado, con la cara enrojecida y húmeda, llorando mientras intentaba chuparlo todo; y en medio, su verga, entrando con furia en ese coño estrecho que lo apretaba como nunca.

—Miren lo que son, mis gemelitos… —jadeó Checo, marcando aún más los muslos blancos de Emilian con sus dedos—. Se ven tan lindos así… todos míos.

Emilian apenas pudo responder, la voz se le quebraba: —S-sí, Chequito… tuyooos… sólo tuyos…

Max gimió fuerte, arqueando la espalda, apretándose las tetitas con más fuerza mientras se movía más rápido sobre la cara de su hermano. —¡Aaahhh! ¡Me vengo, Checooo! Emi… Emi me hace veniiir…

Checo aumentó el ritmo, su cuerpo chocando con fuerza contra el de Emilian, que gritaba sin poder contenerse. Lo estaba destrozando y al mismo tiempo llenando de un placer tan intenso que lo hacía llorar.

—¡Trágatelo todo, mi niño! —gruñó Checo, empujando con fuerza.

Fue entonces cuando ocurrió: Max chilló con voz aguda, temblando entero, su coño explotando en un squirt que empapó la cara de Emilian, que lloraba aún más, sofocado, bebiendo y lamiendo entre sollozos.

—¡Cheeecoo! ¡Aaahhh! —Max gritaba, empapando las sábanas con su líquido.

El gemelo debajo no aguantó más; con la verga de Checo taladrando sin piedad, su cuerpo también se quebró, gimiendo desgarrado, expulsando un chorro húmedo que salpicó hasta el abdomen de Checo.

—¡Me vengooo! ¡Checooo, me vengooo! —Emilian chilló, la voz quebrada, el cuerpo arqueado, las piernas temblando aún alzadas por la fuerza del moreno.

Los dos gemelos terminaron a la vez: uno chorreando sobre la boca del otro, el otro sacudiéndose bajo las embestidas brutales de Checo, ambos llorando de placer, con los cuerpos convulsionando.

Checo, jadeando con la frente empapada en sudor, los miró con una sonrisa torcida, devorando con la mirada cada detalle: sus gemelitos, dulces, berrinchudos, llorando, pero felices, arruinados por él.

—Eso… así los quiero… míos, bien marcados, bien destrozados… —susurró, hundiéndose aún más en el coño estrecho de Emilian, como si quisiera sellar esa pertenencia con cada embestida.

✧⁠*⁠。

Checo no había terminado todavía. Su cuerpo seguía ardiendo, la verga dura, palpitante, con una necesidad insoportable. Los gemelos, agotados, estaban temblorosos, con el cabello desordenado y las mejillas aún húmedas de lágrimas y sudor, pero la devoción en sus ojos seguía intacta. No importaba lo cansaditos que estuvieran: por él siempre daban todo.

Max fue el primero en reaccionar. Con las piernitas temblando, se acomodó sobre el regazo de Checo, apoyando las manitas en su pecho, y sin esperar permiso se dejó caer sobre su verga. Un gemido agudo salió de su boca apenas sintió cómo lo llenaba.

—¡Aahhh! Chequito…

Checo apretó la cintura blanquita de Max, mirándolo moverse solito arriba y abajo, desesperado, con lágrimas rodando por sus mejillas. Cada vez que se hundía más, sus tetitas rebotaban suavemente, los labios se le temblaban.

—Mírate, Maxie… mírate montándome como un loquito… —murmuró Checo, lamiéndose los labios.

Emilian, aunque exhausto, no se quedó atrás. Se arrastró hasta el lado de Checo, recostándose contra su hombro, repartiendo besitos húmedos por su cuello, su mandíbula, hasta llegar a su boca. Lo besaba con desesperación, como si cada roce de labios fuera un recordatorio de que lo amaba más que a su vida.

—Chequito… no te olvides de mí… yo también estoy aquí… —susurró entre pucheros, con la voz rota.

Checo gruñó bajo, devorándolo en un beso, mientras su otra mano no dejaba de guiar las caderas de Max, que brincaba con fuerza, jadeando cada vez más alto. El cuarto se llenó de gemidos, jadeos, del ruido húmedo de los cuerpos chocando, como un eco desesperado que no tenía fin.

Max lloraba bajito, con la carita encendida, mientras se movía sin control. —¡Me quemaaa… Checooo…!

Checo lo miraba como un maldito dios en su altar, admirando a sus dos gemelos ardiendo por él. Pero dentro de sí sabía que estaba al borde del clímax, y que debía darles lo mismo a ambos. Siempre equitativo, siempre justo: sus dos rubios eran suyos por igual.

Con un gruñido grave, sujetó a Max de la cintura y lo levantó despacio, sacándolo de su verga entre gemidos de protesta.

—N-no, Chequitooo… ¿por qué me bajas? —sollozó Max, con la boquita temblorosa.

Emilian lo miró con ojitos vidriosos, preocupado. —¿Ya no quieres con nosotros?

Checo negó con fuerza, acariciándoles la cara a los dos. — No voy a dejar a ninguno afuera. Vengan… quiero a los dos juntitos.

Les indicó con un gesto que se arrodillaran en la alfombra, frente a él. Max y Emilian obedecieron al instante, aunque aún con lágrimas en los ojos. Se acomodaron uno al lado del otro, de rodillas, con el cabello rubio revuelto, la piel blanquita marcada de chupetones y mordidas, el cuello lleno de señales visibles. Los dos levantaron la mirada hacia él como dos angelitos perversos, las boquitas entreabiertas, la respiración agitada.

Checo se paró frente a ellos, su verga dura y venosa brillando bajo la luz tenue del cuarto. La sostuvo con una mano y comenzó a masturbarse lento, gruñendo con cada movimiento, mirando cómo sus gemelitos lo observaban con devoción, con las lenguas apenas asomando por entre los labios.

—Así… así los quiero ver… esperándome como los dos putitos lindos que son… —jadeaba, con los ojos entrecerrados.

Los gemelos se miraron entre sí, sonrojados, y en sincronía acercaron sus caritas más, pegándose mejilla con mejilla, sonriendo tímidos, pero con esa dulzura berrinchuda que los caracterizaba.

—Mancha’noooos, Chequito… —pidió Max, con la vocecita aguda.

—Sí, papi… cúbrenos a los dos… queremos ser tuyos… —añadió Emilian, temblando, con lágrimas cayendo de pura emoción.

Eso bastó. Checo gruñó, el cuerpo entero tensándose, y en cuestión de segundos su verga explotó, soltando chorros espesos que fueron a dar directo a sus caritas angelicales. Los gemelos gemían bajito, felices, con los ojitos cerrados mientras el semen caliente los manchaba por completo: labios, mejillas, pestañas, hasta el cuello.

—¡Aaahhh, mierdaaa…! —Checo apretó los dientes, sin dejar de masturbarse fuerte hasta vaciarse del todo sobre ellos.

Cuando terminó, los gemelos se miraron, sonriendo entre lágrimas, llenos de su marca. Se veían adorables y pervertidos a la vez, con las caritas blancas cubiertas de su semilla, relamiéndose tímidos.

Checo se agachó, jadeando, y les besó la frente a cada uno, dejando más marcas visibles en sus cuellos delicados.

—Son míos… y quiero que todo el mundo lo sepa… —murmuró contra su piel.

Los gemelos solo rieron bajito, agotados, aún arrodillados como si fueran dos muñequitos suyos, pero con la felicidad brillando en sus ojos.

—Te queremos, Chequito… —dijeron al unísono, como si fueran uno solo.

Él sonrió cansado, y sin pensarlo los cargó uno por uno en brazos. Max se aferró a su cuello, Emilian lo besaba en la mejilla, y Checo los llevó a su cuarto.

La cama estaba empapada, las sábanas arruinadas, así que los dejó juntitos en la suya, arropados y pegaditos. Los gemelos se acurrucaron como dos angelitos traviesos, aún manchados, y cayeron dormidos con una sonrisa, mientras Checo los miraba con la certeza de que, por más jodido que todo fuera, eran suyos para siempre.

✧⁠*⁠。

La mañana entraba lenta, filtrándose a través de las cortinas pesadas del cuarto. El olor a sudor, sexo y piel seguía impregnado en el aire. Checo todavía dormía, agotado, con el brazo pesado sobre la cintura de uno de los gemelos y la respiración profunda, serena, como si por fin hubiera caído en un sueño sin sobresaltos.

Pero sus gemelitos no eran de los que respetaban el descanso.

Max fue el primero en moverse, removiéndose incómodo, con la carita roja apenas abrir los ojitos. Gimoteó bajito, y enseguida se abrazó más fuerte al torso de Checo.

—Me dueleeee, Chequito… —se quejó, con la voz cargada de dramatismo—. Me dejaste marcadito, mírame… ¡tengo todo lleno de chupones! Parezco ganadooo.

Emilian, que también había despertado, se levantó un poco para mostrar su propio cuello, donde las marcas moradas resaltaban sobre su piel blanquita. Frunció el ceño, con esa dulzura berrinchuda que lo caracterizaba.

—¡Yo también! Ni modo que vaya así a la uni… todos van a verme raro. —Hizo un puchero enorme, empujando suavemente el pecho de Checo—. Y me duele aquí, y aquí, y aquí… —señaló sus piernitas temblorosas, exagerando cada gesto.

Los dos comenzaron a quejarse a la vez, encima de Checo, con voces entre sollozos y risitas, como si hubieran pactado fastidiarlo hasta despertarlo.

Pero Checo, rendido, solo gruñó, enterrando el rostro en la almohada. Gran error.

Porque Max y Emilian se miraron entre sí, y sin pensarlo agarraron una almohada cada uno. Y al unísono, ¡paf!, ¡paf!, le dieron un par de almohadazos en la cabeza y en la espalda.

—¡Despierta, Chequito flojooo! —gritó Max entre risas, aunque con los ojos húmedos todavía por el cansancio.


—¡Nos tienes que mimaaaar! —añadió Emilian, dándole otro golpe bajito, suave, apenas un juego, pero suficiente para arrancar un gruñido fuerte de Checo.

El mayor se levantó de golpe, despeinado, los ojos rojos, pero con una sonrisa que le cruzó la cara al verlos tan metidos en sus berrinches. Sabía perfectamente lo que estaban haciendo: era la vieja táctica de siempre. Si se quejaban, si lloraban, si se mostraban débiles, podían estirar la mañana y faltar a la universidad.

—Cabroncitos… —gruñó, rascándose la cabeza y sentándose en la cama—. Ustedes no cambian, ¿verdad?

Max y Emilian, como reflejo, se acurrucaron contra él al instante, trepándose sobre sus piernas, hundiendo sus caritas en su pecho desnudo.

—No es berrinche… es que de verdaaad nos duele todo… —murmuró Max, con un gemido fingido, abrazando a Checo con fuerza.

—Sí, Chequito… queremos que nos consientas, que nos beses, que nos abraces… —susurró Emilian, apretando también, como si fueran dos gatitos mimados buscando calor.

Checo los rodeó con sus brazos, suspirando resignado. Les besó la frente, las mejillas, el cabello sudado y enredado. Les dio todo el cariño que pedían, acariciándoles la espalda, masajeando suavemente sus piernitas doloridas, escuchando sus quejas exageradas.

Pero dentro de sí, Checo se reía. Sabía perfectamente que era una trampa.

—¿Saben qué es lo peor? —murmuró contra sus cabecitas rubias, mientras les seguía llenando de besitos y mordiditas pequeñas que los hacían retorcerse de risa—. Que piensan que me engañan. Que yo no me doy cuenta de que todo esto es pura excusa para no ir a la universidad.

Los gemelos lo miraron, congelados por un segundo, con los ojos bien abiertos. Y enseguida apartaron la vista, como dos niños culpables.

—N-no es excusa… —balbuceó Max, escondiendo la cara en su pecho.

—De verdad nos duele, ¿a que sí, Maxi? —dijo Emilian rápido, empujando el hombro de su hermano como si necesitara apoyo en la mentira.

Checo soltó una carcajada ronca, apretándolos más fuerte contra sí.

—Siempre lo mismo con ustedes… mis dos berrinchudos.

Y aunque sabía que jamás les permitiría faltar —ni él, ni mucho menos ellos, porque su disciplina era sagrada—, Checo no se negó a darles lo que pedían: besitos lentos, caricias largas, brazos fuertes envolviéndolos hasta que se relajaron otra vez.

Porque si algo era cierto, es que los gemelos podían ser manipuladores, caprichosos y teatreros… pero eran suyos. Suaves, dulces, intensos, marcados por su piel, por su amor, por sus manos. Y no importaba cuántas trampas inventaran: siempre los iba a mimar hasta que no pudieran quejarse más.

⁠✧⁠*⁠。

El caos de la mañana no se detuvo ahí. Después de varios minutos de mimos y quejas, Checo decidió que ya era suficiente con los berrinches. Con firmeza, pero todavía con ternura en la mirada, apartó a sus gemelos de encima.

—Ya, mis cielos… vámonos levantando. —Les dio unas palmadas suaves en las nalguitas blancas, lo justo para hacerlos brincar y quejarse—. No van a faltar a la universidad por un par de marquitas y un dolorcito en las piernitas.

Ambos inflaron los cachetes al mismo tiempo, idénticos en la forma de hacer su protesta muda. Max escondió la cara en la almohada, y Emilian se cruzó de brazos como niño pequeño al que le quitan el dulce.

Checo rodó los ojos, divertido y desesperado al mismo tiempo. Se levantó de la cama, todavía con el cuerpo marcado por la noche anterior, buscó un frasco en el buró. Cuando volvió, traía dos pastillas en la mano y un vaso con agua.

—Tómense esto. Les va a bajar el dolor —dijo, con la voz firme de quien no iba a aceptar excusas.

Max abrió la boca con dramatismo, esperando que Checo se la pusiera él mismo en la lengua. Emilian lo imitó, con los ojitos cerrados como si fueran dos criaturas indefensas. Checo, suspirando, se los dio uno por uno, obligándolos a tragar con agua.

—Eso… mis berrinchudos consentidos. —Les besó la frente después, como si fueran chiquillos en vez de dos rubios calientes que la noche anterior se le habían entregado sin reservas.

Mientras tanto, los gemelos revoloteaban por la habitación, medio desnudos, sacando cajones, buscando entre la ropa. La escena era caótica: camisetas tiradas, pantalones por el suelo, calcetines desaparecidos. Ellos discutían entre sí, Max diciendo que quería ponerse la camisa blanca, Emilian diciendo que no, que esa era suya.

—¡Maxi, esa es la mía, dijimos que la íbamos a turnar!

—¡Pues me toca a mí hoy, te ves bien con la azul, deja de joder!

—¡No, yo quería la blanca, dámela ya!

Checo, desde la puerta, los observaba con los brazos cruzados, reprimiendo una sonrisa amarga. Así eran siempre: dulces, intensos, hermosos… pero a ratos insoportables en sus peleítas tontas.

—Pónganse lo que sea, pero rápido. El desayuno ya está en la mesa. —El tono de su voz no admitía réplica.

Los gemelos lo miraron con carita de culpables, sabiendo que habían estirado demasiado la cuerda. Finalmente, eligieron cada uno su ropa dejándola lista en la habitación—Max con la blanca, triunfante, Emilian con la azul, aún inflando los cachetes— bajaron con Checo hacia la cocina.

El olor a pan tostado, café recién hecho y huevos llenaba el departamento. Checo había preparado todo antes de que ellos terminaran de pelearse, porque aunque se hiciera el duro, siempre pensaba en ellos primero.

Se sentaron a desayunar, los tres juntos. Max mordisqueaba su pan , Emilian revolvía el café con el dedo en lugar de la cuchara, solo para hacer ruido.

—Si quieren seguir con la carita larga, adelante —dijo Checo, clavando la mirada en ambos—. Pero igual van a comer y luego se meten a bañar.

Los gemelos bajaron la cabeza al mismo tiempo, obedientes al fin. Empezaron a comer de a poquito, con las mejillas todavía rojas.

Cuando terminaron, los llevó directo al baño. Allí empezó otro ritual: él mismo los desvistió, los metió a la ducha, les lavó el cabello con paciencia, masajeando sus cueros cabelludos hasta hacerlos gemir bajito, entre placer y cansancio. Los enjabonó con cuidado, repasando cada rincón de sus pieles blanquitas, sin quejarse de lo mucho que se pegaban a él, como si no pudieran estar un segundo lejos de su calor.

—Parecen bebés todavía… —murmuró Checo, mientras les secaba el cabello con la toalla.

—¡Somos tus bebés! —dijo Max al instante, con la sonrisa boba, abrazándose a su cintura.

—Los únicos bebés que te van a dar dolores de cabeza —añadió Emilian, aún con los ojitos brillantes por lo consentido que se sentía.

Checo negó con la cabeza, pero los abrazó fuerte, dejando que ambos se colgaran de su cuello.

Minutos después, ya vestidos y con el cabello peinado por él mismo, estaban listos para salir. Los gemelos seguían con pucheros, con movimientos lentos, como si quisieran retrasar lo inevitable. Pero Checo no iba a ceder.

—A la universidad se va siempre, entiéndanlo. —Les dio un beso rápido en los labios a cada uno, uno tras otro—. Ya tendrán sus mimos cuando regresemos.

Los gemelos lo miraron con cara de súplica, pero al ver que su novio no iba a cambiar de opinión, aceptaron a regañadientes.

Eran berrinchudos, dulces, manipuladores… pero, al final del día, sabían que Checo siempre tenía la última palabra.⁠✧⁠*⁠。

U⁠^⁠ェ⁠^⁠U⁠。⁠*⁠♡ฅ⁠^⁠•⁠ﻌ⁠•⁠^⁠ฅ

¡Gracias por leer!