Capítulo 1
Parece existir una ley, una norma, no sé definirlo. Sé sobre su cumplimiento, algo más importante. Pregúntenselo a la honorable dirección de todos los museos arqueológicos del mundo, del más humilde al más prestigioso. Invariablemente, en cualquiera, hay algo desaprobado por el público general. El ejemplo británico, junto al vaticano y otros más, señalan una práctica inconfesable, e insoslayable: en otras palabras, lo que llaman “saqueo y pillaje”. Creo estar calificado para hablar sobre ello, en razón de mi experiencia “profesional” como intermediario, traficante, según se prefiera.
No vale la pena mencionar lo anterior a Limassol, Lemesos, como se prefiera. Un lugar con el movimiento suficiente para colocar piezas “saqueadas” en el mercado, y con la distancia justa para permanecer en paz. Fue en Limassol, precisamente, donde finalmente logré graduarme, con honores, en el despreciado oficio de vender piezas arqueológicas a los mejores postores; más de una colección privada se ha nutrido gracias a mis esfuerzos, al menos trece universidades negarán, inútilmente, cualquier trato conmigo, y todavía algunos historiadores renombrados tuvieron, sin saberlo, parte en mis negocios. Si pudiera conseguir un buen agente de publicidad, pasaría de ser un malvado criminal a un interesante anticuario. No lo sé.
No menos real es que no sabrían qué hacer con los bienes culturales en sus países de origen. Tanta grandeza histórica no dará de comer, ni pagará los tratamientos médicos, ni mantendrá seguras la calles en algunos países. La riqueza cultural no vale si cuesta pobreza natural. Los bienes culturales son bienes porque es posible deshacerse de ellos; en cualquier otro caso, serían males. Los hijos de cualquier civilización madre no resisten unos dólares, o euros, o incluso polvo de oro, por unas cuantas piedras labradas. Comparto su pensamiento: pasado glorioso, más un euro con setenta céntimos, paga un espresso de mala calidad.
A la acusación contra el Vaticano y la Gran Bretaña por retener objetos sustraídos, sin previo pago, respondo: no son menos saqueadores ni destructores los propios “herederos” de civilizaciones pasadas, sea la furia iconoclasta en Malé, sea la inepta conservación en Rapa Nui, sea la venta en un mercadillo de Asiut. Los patrimonios tienen su precio, si unos no lo cobran, otros lo harán.
Esas máximas, más una libreta de contactos, eran mis principales herramientas de trabajo. No podía estar sin ellas en mi guarida, en la calle Lord Russell. El piso de abajo siempre estaba vacante. Había sido un bar, o algo. Nunca lo supe. Yo ocupaba la planta alta, en su totalidad. Setenta metros cuadrados de concreto martelinado. Una esquina baja, donde el techo se inclinaba hasta quedar al alcance de la mano, hacia las veces de cama, escritorio y comedor. El resto era para la mercancía, y las ganancias. Movía bastante dinero, mas no podía retener mucho. Había sobornos, transportes, cenas onerosas para cerrar tratos, y otros gastos. Hacer gala de lujo y derroche en este negocio, si faltaba recordarlo, es la mejor forma de invitar accidentes, e incidentes enojosos. Retener las piezas por mucho tiempo también lo es.
Afortunadamente, los cachivaches no permanecían mucho tiempo. En malas temporadas, pasaba tres meses, a lo más, en compañía de grotescos ídolos sirios, tallas africanas de madera, y otras divertidas chácharas, provistas por otros como yo, con una gran diferencia: ellos tenían trato más directo con los arqueólogos, certificados o no.
Recibí una noticia una noche de junio. Un nuevo embarque estaba en camino, a salvo del mal clima y de las bajas fuerzas del comando naval. Debía recibirlo en persona. Y en palabras de los involucrados, viejos compañeros de trabajo, se trataba de algo mayor. Algo capaz de “sacarle ventaja a los chinos”.