Prólogo
Hay un arte muy particular en convertirse en el adorno favorito de un monstruo.
Nadie te enseña cómo hacerlo. Los cuentos de hadas te exigen que llores, que corras hacia el bosque y esperes a que un soldado con armadura rompa la puerta para salvarte. Qué estupidez tan grande. Cuando el monstruo es el dueño de la ciudad entera, el soldado no es un héroe; es solo un cadáver más esperando su turno.
La supervivencia real no tiene nada de romántica. Exige algo mucho más oscuro que la esperanza. Exige que aprendas a amar el frío de tus cadenas. Exige que te pintes los labios de rojo sangre, sonrías frente al espejo y le hagas creer a tu carcelero que tú misma tragaste la llave.
Dante Valli nunca necesitó levantarme la mano para doblegarme. Su violencia no dejaba moretones, dejaba asfixia. Su crueldad era quirúrgica, elegante. Era el peso exacto de sus pupilas negras escaneando mi cuerpo para comprobar si había subido un gramo de peso. Era el calor de su pulgar acariciando mi mandíbula mientras me recordaba, con esa voz de terciopelo y hielo, que fuera de su sombra yo dejaría de existir.
Y yo le creí. Todos le creímos.
Si están leyendo esto esperando la historia de una víctima frágil que conserva su pureza y su inocencia intactas hasta el final, cierren la página ahora mismo. Se van a decepcionar. Aquí no hay heroínas inmaculadas; Porque para sobrevivir en la mente de un psicópata que lo controla todo, tuve que construir mi propio laberinto dentro de su cabeza (y de la mía). Tuve que permitir que me quitara el oxígeno hasta que él olvidara cómo respirar sin mí.
Pero mucho antes de dominar el arte de esta perfecta mentira, fui simplemente una mujer aterrorizada, destrozándose a sí misma frente a un maldito espejo.