Capítulo 1
Ana Sofía Marín Quintero daba su discurso con pasación frente al pleno de la Cámara de Diputados. Su objetivo: disuadir los votos para la nueva reforma electoral. Desde su escaño, sin percatarse de que la cámara del Congreso la enfocaba en segundo plano, Regina hacía muecas burlonas. Antes de que terminara la sesión, Regina ya se había convertido en un meme.
Su asesor principal la interceptó justo al salir.
—Regina, tienes que ver esto.
Regina vio que era tendencia el hashtag #ReginaCardenalesCarona. Abrió la boca en shock.
—Haz algo —dijo.
Daniel exhaló.
—Agh, ¿qué puedo hacer? Más bien tú deja de hacerle caras a Ana Sofi.
Regina puso los ojos en blanco.
—¿Desde cuándo es Ana Sofi?
Daniel se rio.
—No me la voltees. La culpa es claramente tuya.
Ana Sofía se paró detrás de Regina.
—Ahora tengo un hater. Un hater muy incómodo y además te vistes horrible. Que desagradable!
Regina refunfuñó.
—Suerte siendo tendencia. Le echo una semanita.
—Ríete, pero la siguiente serás tú —dijo Regina con un suspiro.
Ana Sofía sonrió.
—Seguro seré tendencia por ser fabulosa o algo así, no por ser carona y envidiosa.
Regina se dio la vuelta y caminó hacia su oficina.
Dentro de la oficina, Daniel seguía viendo las tendencias en su tableta.
—Esto cada hora se hace más viral —dijo sin levantar la vista—. Ya saliste en El Centeno, Latinos y hasta en El Deforma.
Regina se dejó caer en el sofá con los brazos cruzados.
—Ay, qué fastidio. ¿Por qué a mí?
En ese momento entró un hombre robusto con guayabera.
—Regis —dijo con tono pasivo—. Estás en todas las noticias.
Regina asintió desganada.
—No es bueno —continuó él, acomodándose en el marco de la puerta—. Verás, no podemos enemistarnos tan abiertamente con el otro partido.
Regina se desconcertó.
—¿No te peleaste con Jonito a golpes hace tres semanas?
Ponzoña soltó una risa sin gracia.
—Es diferente.
Regina se incorporó con elegancia.
—¿Por qué? Yo solo hice caras.
Ponzoña se dejó caer en la silla detrás del escritorio y observó el mueble con aire posesivo.
—Está grande tu escritorio —dijo.
Regina respondió molesta:
—Claro. Yo sí uso mi oficina.
Ponzoña se levantó con parsimonia.
—Lo veremos el lunes con el resto del partido. —Se ajustó la guayabera y añadió con una leve inclinación de cabeza—: Saludame al general.
Regina asintió, inmutable.
Cuando la puerta se cerró, se giró hacia Daniel.
—El tipo ni siquiera trabaja y viene a regañarme.
Daniel se encogió de hombros.
—Es un dinosaurio del partido. La gente vota por él. No ha tenido ni una diputación plurinominal.
Regina exhaló con fuerza.
—También votaron por mí, no soy plurinominal.
***
Al día siguiente, Ana Sofía aguardaba en el foro junto a Raquel.
—¿Quién viene? —preguntó con curiosidad.
—Regina Cardenales —respondió Raquel con su eficiencia habitual.
Ana Sofía dejó escapar una sonrisa de suficiencia.
—Justo en la cúspide de su popularidad mediática.
—No te burles —la amonestó Raquel, lanzándole una mirada incrédula—. Le podría pasar a cualquiera.
—A cualquiera que me odie —corrigió ella con frialdad—. Karma is a bitch.
—Deja de regodearte —intervino una voz a sus espaldas—. Venimos a debatir; ya veremos quién ríe al último.
Ana Sofía giró sobre sus talones. Al ver a Regina, la ironía murió por un segundo en sus labios. Su rival vestía un traje sastre negro que se ceñía impecablemente a su figura, combinado con una camisa blanca y una corbata guinda —el guiño obligado al partido—.
—¿De verdad eres tú, Regina? —soltó Ana Sofía, recuperando el tono burlón.
—¿Qué esperabas? Es televisión nacional —replicó Regina con sequedad.
Ana Sofía arqueó una ceja, recorriéndola con la mirada.
—Te ves bien —concedió.
Era verdad: el negro acentuaba la palidez de su piel y afilaba sus facciones, mientras su cabello oscuro caía en ondas perfectas sobre los hombros. Al notar que se estaba demorando demasiado en el examen visual, Ana Sofía se obligó a apartar la vista.
—Éxito, perdedora.
El programa dio inicio y se encontraron frente a frente. Los reflectores del estudio bañaban el set, pero Regina solo podía enfocar un punto. No pudo evitar notar cómo aquel traje azul marino se ajustaba a la silueta de su rival con una elegancia casi ofensiva.
«Mierda, concéntrate», se recriminó en silencio.
Sin embargo, mantener el hilo del debate le estaba resultando una tarea titánica. Nunca antes se había detenido a observar lo guapa que era Ana Sofía; siempre la había visto a través del filtro del desprecio. Era, en apariencia, la personificación de lo que se esperaba para un partido conservador: facciones finas, piel impecablemente blanca, ojos color café claro y una nariz respingada enmarcada por un cabello castaño perfectamente peinado.
Pero había algo más, algo que no se veía en las fotos de campaña. Lo que emanaba de ella no era solo pulcritud, sino una seguridad aplastante y un aura de poder que resultaba, a su pesar, hipnótica.
—Entonces, Regina, ¿qué opinas de la reforma electoral? —lanzó la moderadora.
Regina parpadeó, obligándose a salir del trance. Reordenó sus pensamientos con la velocidad de una veterana y fijó la vista en la cámara.
—Es un paso firme hacia la verdadera democracia —declaró con voz proyectada—. Estas reformas buscan emparejar el piso para todos, todas y todes. Queremos mayores libertades para la participación ciudadana y restricciones severas para los partidos parásitos que solo sangran al erario.
Ana Sofía aguardaba su turno con una sonrisa ladeada. La seguridad que Regina proyectaba hoy era distinta a la de ayer; había una ferocidad en su postura que, muy a su pesar, le resultaba atractiva.
—Eso no es más que un discurso prefabricado por tu dirigencia —replicó Ana Sofía con calma gélida—. Analicemos los datos: con su reforma, los partidos pierden financiamiento público para sustituirlo con recursos privados. La pregunta aquí es simple, Regina: ¿el poder debe servir al pueblo o a los grandes empresarios?
Regina le devolvió la sonrisa, una expresión cargada de desafío que la presentadora captó de inmediato. En el set, el aire pesaba; era evidente que la rivalidad entre ambas trascendía las siglas de sus partidos.
—Ana Sofía, dime entonces: ¿cuánto del recurso de tu propio partido es de origen privado? Porque mucho se habla de transparencia, pero todos conocemos las “mordidas” bajo la mesa —atacó Regina.
—Dime tú, Regina, ¿qué pasa entonces con el maletín de los Obrador? —contraatacó Ana Sofía, sin parpadear.
—¡Momento! —intervino la presentadora, percibiendo que el debate se les escapaba de las manos—. Vamos a pasar a la siguiente pregunta.
En el breve silencio que siguió, ambas se quedaron ancladas en un duelo de miradas. Pero, de pronto, la naturaleza del escrutinio cambió.
«Dios, qué ojos tan bonitos tiene Regina», pensó Ana Sofía, perdiéndose por un segundo en la intensidad de su oponente. Por su parte, Regina bajó la vista casi inconscientemente hacia la boca de su rival. «¿Cómo será besarlos?», se preguntó, sintiendo un vuelco en el estómago.
Como si un resorte las activara, ambas desviaron la mirada al mismo tiempo, dedicándole una sonrisa profesional y ensayada a la cámara, mientras sus corazones traicionaban el guión político.