Un día en la playa

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Laura, después de cuatro años de su conversión, está en una relación estable con Ricardo. Ellos dos y el matrimonio compuesto por su amiga Natalia y Mario van un fin de semana a la playa. Los hombres tienen una propuesta que hacerles. Historia dentro del universo La Clínica Invisible.

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En la playa

No, ese bikini no me quedaba bien. Fruncí el ceño en un gesto muy mío, casi un mohín infantil. Me salía cada vez que algo me frustraba. Cuando me daba cuenta, intentaba corregirlo, pero me costaba y, en cuanto me despistaba —algo en lo que mi cabeza era experta—, volvía a aparecer.

Llamaron a la puerta y me sobresalté, regresando de mi rico mundo interior a lo que me rodeaba.

—¿Quién es?

—¡Soy yo, Natalia! ¿Te falta mucho? ¡Los demás ya estamos!

—Enseguida voy. Un momento.

Suspiré para recomponerme y volví al espejo. Me devolvía la imagen a la que ya me había acostumbrado: una chica muy bajita subida a unos tacones excesivos —mis tobillos estaban bloqueados para no poder usar algo más plano—; una melena morena, rizada y brillante —obra de peluquería, porque mi pelo natural era liso y de un marrón corriente—; ojos castaños y cejas mínimas, depiladas para darme un arco perfecto a costa de perder expresividad.

El maquillaje estaba impoluto, recién aplicado y a prueba de agua. Más de media hora de trabajo para que no se notase que lo llevaba, solo para cubrir mis imperfecciones. Las mismas que mi marido insistía en que no existían. Lógico: no le dejaba verme sin él. Me despertaba antes que él y me acostaba después. Si quería sexo —como casi siempre—, lo teníamos, y luego me iba al baño. Mi rostro desnudo era solo mío.

Lo peor eran las curvas que me habían dado.

Mis pechitos parecían media pelota de tenis pegada al torso, con una areola que ocupaba casi toda su superficie y un pezón minúsculo en el centro. Ni con frío ni excitada reaccionaban demasiado. Mi cintura era tan estrecha que algunos la creían irreal y me pedían permiso para rodearla con las manos, comprobando sus cincuenta y ocho centímetros.

Y luego estaba el culo.

Ciento treinta centímetros de puro exceso.

Yo era —soy— toda culo. Una chica delgada cuyo centro de gravedad gira alrededor de un pandero gigantesco. Cuando se trataba de ropa de playa, no había manera de que lo de arriba encajase con lo de abajo. Antes adaptaba yo la ropa —talla infantil arriba, talla grande abajo—, pero desde que algunas tiendas empezaron a vender las piezas por separado, aunque me cueste más, soy un poco más feliz y un poco más segura.

En esas estaba aquella mañana. El tanga no era problema. Como mi culo quedaba al aire, la pieza me encajaba bien. Apenas me apretaba en la cadera, nada que no pudiera aguantar horas. Pero arriba, el top con relleno no me ceñía. Los sujetadores me gustaban así, porque aparentar más pecho reforzaba mi autoestima. Luego una blusa o camiseta lo tapaba todo. Aquí no había nada así y, al mirarme, veía los pezoncitos sin llegar a tocar la tela.

Natalia volvió a llamar:

—¡Laura! ¡Que nos van a quitar el sitio!

—Ya voy, ya voy.

Me resigné y le abrí.

Entró como un torbellino. Era lo contrario a mí: alta, rubia natural, con un pecho grande y caído cuyos pezones apuntaban al ombligo cuando lo llevaba suelto, que no era el caso. Un bikini balconette precioso lo sostenía en una posición baja pero decente. Por abajo, llevaba un short en lugar de una braguita: la única manera de disimular su jaula de castidad permanente.

—¿Por qué tardas tanto?

—Es que esto no me queda bien. ¡Se me ve todo!

Me miró con las manos en las caderas. En sus ojos había broma y una pizca de fastidio fingido. Solo las que la conocíamos sabíamos interpretarla, porque su rostro apenas se movía. No necesitaba maquillaje: tenía la belleza etérea de una muñeca de porcelana. Incluso en momentos de sufrimiento o alegría, su abanico de expresiones era mínimo.

—¡Pero mira que eres tonta! Para que alguien se diera cuenta de eso tendría que estar justo encima de ti, a la altura de tus propios ojos. Desde delante o desde detrás no se te ve nada —me lanzó el pareo que había dejado junto a la cama—. ¡Ponte eso, coge tu bolsa de playa y mueve ese culazo que Dios te ha dado!

—No. Dios no. La Clínica.

Las dos nos pusimos serias un instante. Hacía tiempo que ese nombre ya no nos provocaba escalofríos.

Me até el pareo al estilo toga y salimos. Era la primera vez que dejábamos la ciudad desde que nos habían convertido en lo que éramos y todo nos parecía nuevo, bonito y luminoso.

Como era habitual —hasta el punto de que lo raro habría sido lo contrario—, atraíamos miradas. De hombres, sobre todo, pero también de mujeres. Una rubia delgada y exageradamente pechugona —esa mañana, además, con pamela de paja y gafas de sol enormes para proteger su piel blanca— y una morena de pelo rizado —no podía recogérmelo, por diseño— con un culo que parecía triplicado, bamboleándose al ritmo de mis sandalias de tacón cuadrado.

Y eso que no había venido Flor, cuyos enormes globos eran un imán no ya por deseo sexual, sino por puro exceso físico.

Cuando llegamos a la playa, nuestros maridos ya estaban allí. Habían alquilado varias sombrillas para todo el día, una ventaja de su poder adquisitivo. Para ellos, aquella escapada era tan modesta que, cuando Natalia y yo se la propusimos, al principio no nos creyeron. Respetaron el destino y la forma de viajar, pero nos impusieron un hotel mejor y un poco más de lujo. En el fondo, les hacía ilusión mezclarse con gente común y dejar los negocios a un lado.

Mi hombre, Ricardo, era rico desde la cuna. Se dedicaba a comerciar con arte y, sobre todo, a patrocinarlo. Así lo había conocido, hacía ya dos años, en un concierto de música clásica que, por aquel entonces, estaba empezando a descubrir que me gustaba. Era algo mayor que yo, acabando ya la treintena a la que a mí aún me faltaba un poco para llegar.

Tuve que enseñarle cómo se me amaba. Era demasiado entregado, esperando algo de mí que no le podía dar. Cuando le entró en su dura cabezota que tenía que usarme sin miramientos, todo fue mejor. Desde entonces había mejorado mucho. Igual hasta se había venido demasiado arriba, pensé con media sonrisa.

El de Natalia, Mario, era un directivo de la empresa en la que ambas trabajábamos. Ella, de recepcionista, con su rostro perfecto y su sonrisa de Gioconda recibiendo a los visitantes; yo, repartiendo correo y paquetería con mi carrito, subida a mis tacones torturadores. Rondaría los cincuenta y, aunque se conservaba bien, las canas ya invadían su perilla y sienes. Una incipiente barriga le restaba atractivo a mis ojos, pero no a los de mi amiga, que le encontraba utilidad para sentarse en ella y cabalgarlo. Tenía que admitir que sus ojos verdes eran hipnóticos.

Lo peor de él era la posibilidad de que hubiese sido quien pagó para convertirla. No estaba claro y, aunque a Natalia no le importaba —incluso le parecía ominosamente romántico—, a mí me inquietaba. Además, su transformación había sido más barata que la mía. La paralización de movimientos y la conservación de sus antiguos genitales, aunque atrapados, no costaban lo mismo que hacerlos casi desaparecer, como en mi caso, sumado a todo lo demás. Quienquiera que hubiese contratado mi conversión —antes o después lo descubriría— parecía decidido a que mi vida fuese lo más complicada posible, llena de limitaciones físicas y sociales.

Por ejemplo, solo podía llevar faldas a no más de medio muslo, y mejor cuanto más cortas. Cualquier prenda más larga me provocaba un sarpullido casi inmediato y un malestar que no estaba dispuesta a explorar hasta el final.

Ambos hombres mantenían una animada conversación cuando llegamos. Para venir de mundos tan distintos, encajaban bien.

—¿De qué habláis, chicos? —pregunté al acercarnos.

—De... negocios —respondió Mario, improvisando.

—¡Seguro que no! —intervino Natalia mientras extendía la toalla sobre la hamaca y empezaba a sacar cremas de la bolsa—. Están hablando de nosotras. Se les ve en la cara.

—Pues es cierto —dijo Ricardo con su voz grave, esa que siempre me hacía preguntarme por qué me había elegido a mí, cuando podría haber tenido a cualquier modelo pechugona—. Pero no creo que quisierais saberlo...

—¿Cómo que no? —me planté delante de ellos, manos en las caderas—. No nos vais a asustar. ¿Verdad, Natalia? Os recuerdo que sabemos que nuestra labor principal en la vida es daros placer sexual.

—¡Cómo odio cuando te reduces a eso! —me dijo él—. ¡Eres mucho más! No es solo tu trabajo, es toda la vida que te has construido y...

—Sí, ya —lo interrumpí—. Todo está alrededor. Pero tú sabes —le cogí las manos y lo miré fijamente— que si no puedo darte eso, me pasa lo que me pasa: noches sin dormir, ansiedad, malestar. Es quien soy. Y no me arrepiento.

Le besé profundamente y noté cómo empezaba a excitarse. Hacía mucho que le tenía cogido el truco.

Natalia, mientras tanto, se estaba aplicando crema protectora total en rostro, brazos y piernas. Su piel no toleraba bien el sol directo. Aun así, acabaría cogiendo un leve tono dorado que desaparecería en pocos días. Me daba envidia su belleza y, al mismo tiempo, me inquietaba lo que representaba.

Yo, con mi factor 8, estaba bien, salvo en las tetitas y el pubis, que permanecían siempre blancos. Las primeras, porque el contraste las hacía parecer ligeramente mayores. El segundo, porque mostrarlo requería demasiadas explicaciones en público. Mi micropene insensible era solo eso: algo para orinar. Nada más. No lo cubría por pudor. No había nada ahí que me definiera.

Mi sexo estaba en otro sitio.

Arriba, en la boca.

Y abajo, en el culo.

Y ya.

Por eso, cuando alguien me veía desnuda, las manos se me iban a los pezoncitos y a las nalgas. Las mismas que ahora lucía sin vergüenza, con la mínima tira del tanga atrapada entre sus cachas dándome una absurda sensación de seguridad.

—Venga —dijo Natalia, sentándose frente a su marido para que le diera crema en la espalda—, ¿nos contáis de una vez de qué hablabais o tenemos que imaginarlo?

—Seguro que estaban apostando a ver quién se ponía en topless antes —añadí yo.

—¡Pues lo llevan claro! —respondió ella—. Las mías no son para enseñarlas. No me apetece que vean cómo caen hasta el ombligo. Si acaso, en privado... ¡Ojalá las tuviera como tú!

—Entonces no me gustarían —intervino Mario—. Me vuelven loco así, tan grandes y tan bajas. Para mí son perfectas. Cuando estamos... bueno... cuando estamos...

—Follando, cariño. No te cortes —dijo ella con naturalidad.

—Eso. Cuando estamos follando, según la postura, chocan entre sí con ese sonido tan... —se quedó a medias, sonriendo—. Además, sé que te dan placer.

—Algo —admitió ella—. Al menos tener un poco de eso, ya que no puedo correrme.

—Yo tampoco voy a enseñarlas —intervine, sacándolo de ahí—. Son demasiado pequeñas y demasiado sensibles. Me dan vergüenza siempre, pero más en público. Y sí —señalé a Ricardo—, ya sé que a ti te vuelven loco, pero no significa que no las cambiase por las de esta...

—No sabes lo que dices —me cortó Natalia.

—Así podría seducir de frente —continué como si nada—, y no siempre por detrás. Que tú te enteras de quién te mira, pero conmigo lo hacen cuando ya he pasado y no tengo ojos en la nuca.

—Vale —dijo Ricardo—. Pues con todo lo que habéis dicho... ¿estaríais dispuestas a mostraros desnudas para nosotros? No ahora —añadió rápido—. Esta tarde, en la habitación.

Nos miramos y rompimos a reír.

Podía ser divertido.