El príncipe y la campesina
Anothar era un reino próspero cuya economía se basaba en la fabricación de armas y armaduras. Por alguna razón, los enanos adoraban comerciar con ellos; quizá era por la belleza de sus mujeres o por la increíble cerveza exportada del reino de Limetta.
El rey Edwin II era justo y sabio. Gobernaba con paciencia y amor sobre sus aldeanos. Su reina, Génesis, era hermosa, de cabello rubio y brillantes ojos cafés que brillaban como el sol en la mañana. Ella se enamoró de él cuando lo miró por primera vez en el mercado. No sabía que era el príncipe. Solía bajar al mercado y a los barrios pobres del reino. Su padre desaprobaba esto, pero el rebelde príncipe era necio.
Ella solía seguirlo, enamorándose más de él. Solía hablar con sus amigas sobre lo increíble que sería que él la tomara como esposa un día. Tomó la decisión de ponerle una carta con su perfume en el abrigo del príncipe. Cuando él llegó a sus aposentos, encontró la carta. Olía a flores y miel, a inocencia y dulzura.
La carta decía lo siguiente:
«Sé que te sorprenderá encontrar esta carta. Me llamó la atención, sir, que un hombre como usted vague por el mercado. Su olor fino y su ropa de seda son dignas de un caballero como usted. Sin embargo, no pude evitar la intriga. Poco a poco fui acercándome más a usted y, aunque probablemente no llegue a responder, quiero que sepa que tiene una linda sonrisa y su cabello rizado hace que se resalte la ternura en sus ojos. Si quisiera responder esta carta, puede dejarla con Stuford, el panadero. Debo pedirle, sir, que no pregunte mi nombre ni mi apariencia».
La carta no venía firmada.
El príncipe, llevado por la curiosidad y la intriga, decidió responder. También envió una carta con su perfume. Se estuvieron escribiendo cartas durante un mes y la sonrisa de ambos iba aumentando con cada carta abierta.
Génesis, en una de ellas, envió un pañuelo impregnado con su olor como señal de amor, cortesía y afecto. El príncipe Edwin respondió con el más hermoso clavel de color rosa, digno de una princesa.
Aunque Génesis saltó de alegría al recibir la carta con el obsequio, no pudo evitar sobrepensar en que un hombre como él jamás tomaría como esposa a una campesina de cuna humilde
—Ni lo sueñes —dijo Stuford—. Somos el vertedero donde el rey y sus asquerosos nobles tiran la basura.
La sonrisa de la joven se desvaneció. Fue a su casa tarareando una canción, imaginando lo hermoso que sería verse con un vestido de seda azul, bailando con su amado caballero en un vals en el castillo del rey. Llegó a su casa y miró su humilde vivienda. No había vestidos de seda ni cristales en el techo ni reyes. Solo su padrastro, quien era un vendedor de cerdos. Era un borracho y apostaba. El dinero que ganaba normalmente lo perdía todo. Su madre tenía que trabajar lavando ropa, siendo comúnmente humillada por los ricos del pueblo.
Ella solía escapar de esta realidad leyendo libros y cuentos y leyendas sobre caballeros y princesas. La fábula del rey Karl, el primer rey de Anothar, y la gran elfa Faranthiel era su favorita.
Cuenta la leyenda que, hace muchos siglos, cuando Anothar era aún un reino joven y sus murallas apenas se alzaban, reinaba Karl el Valiente. Era un monarca justo, de corazón noble y mirada profunda, pero cargaba con una soledad que ningún banquete ni victoria en batalla lograba llenar.
Cada noche, cuando la luna se elevaba alta sobre el bosque de Revina, una figura etérea aparecía en los aposentos reales. Era Faranthiel, una elfa de belleza incomparable, guardiana de los antiguos bosques. Su piel brillaba como la luz de las estrellas, su cabello caía como cascadas de plata y sus ojos tenían el color de las hojas en primavera. Venía en silencio, mientras el rey dormía, y se sentaba junto a su lecho. Cantaba para él con una voz que parecía hecha de viento y agua cristalina. Sus canciones hablaban de tierras lejanas, de magia antigua y de amores que trascendían el tiempo.
Durante meses, el rey Karl solo conocía a la misteriosa visitante en sueños. Despertaba cada mañana con una extraña paz en el pecho y una melodía que no lograba recordar del todo. Hasta que una noche, movido por una fuerza que no comprendía, fingió dormir. Cuando Faranthiel se acercó y comenzó a cantar, el rey abrió los ojos lentamente.
Quedó hechizado. La luz de la luna bañaba el rostro de la elfa, haciendo que pareciera un ser hecho de puro sueño. Karl se incorporó y, con voz temblorosa, le habló por primera vez:
—No te vayas… Quédate. Dime tu nombre.
Faranthiel, sorprendida, intentó huir, pero algo en la mirada del rey la detuvo. Por primera vez en siglos, la elfa sintió curiosidad por un mortal. Se quedó aquella noche y muchas más. Se hicieron amigos. Hablaban hasta el amanecer sobre el mundo de los hombres y el mundo de los elfos, sobre guerras, sueños y el peso de la inmortalidad. Karl le contaba sus batallas y sus miedos; ella le hablaba de estrellas que cantaban y árboles que recordaban la historia del mundo.
Con el paso de las lunas, la amistad se convirtió en algo más profundo. El rey se enamoró perdidamente. Su corazón latía con fuerza cada vez que Faranthiel aparecía. Una noche, reunió todo su valor y le confesó su amor:
—Quédate conmigo, Faranthiel. Sé mi reina. Juntos gobernaremos Anothar y construiremos un reino donde mortales e inmortales puedan vivir en paz.
La elfa lo miró con infinita tristeza. Sus ojos se llenaron de lágrimas que brillaban como diamantes.
—Mi querido Karl… Soy elfa. Tú eres mortal. El tiempo nos separará como el río separa las dos orillas. Si me quedo, te veré envejecer y morir mientras yo permanezco igual. No podría soportarlo. Y si me voy ahora… dolerá menos.
A pesar de las súplicas del rey, Faranthiel decidió no volver jamás. Desapareció en la noche, dejando solo el eco de su última canción.
El rey Karl cayó en una terrible depresión. Ordenó que nadie lo molestara y pasó sus noches despierto, sentado en el balcón real, velando la luna. Esperaba ver la silueta plateada de su amada entre las nubes o escuchar su voz en el viento. Pero nunca regresó.
Los años lo consumieron. Ninguna dama del reino, por hermosa o noble que fuera, pudo llenar el vacío que Faranthiel había dejado. Karl nunca volvió a sentir amor verdadero. Murió a los cuarenta y cinco años de edad, con la mirada aún fija en el cielo nocturno.
Algunos dicen que murió de amor.
Otros, de soledad.
Desde entonces, en Anothar se cuenta que, en las noches de luna llena, si uno se queda muy quieto en el bosque de Revina, aún puede escucharse el eco lejano de una canción élfica… y el suspiro cansado de un rey que nunca dejó de esperar.
El tiempo avanzó. Génesis y el príncipe Edwin siguieron escribiéndose cartas hasta que el príncipe no pudo más con la intriga de conocer a aquella misteriosa joven de las cartas con perfume dulce. Génesis accedió a conocerlo. Quedaron en la noche, cuando el pueblo dormía, y se encontraron en un campo abierto cerca del bosque de Revina. Nadie solía ir por ahí.
Cuando el príncipe llegó en su caballo, bajó y se encontró a la joven viéndolo con dulzura y pena. El príncipe, sorprendido, no esperaba que la joven fuera humilde. Su ropa la delataba y su cabello estaba desarreglado, pero no fuera de lugar. Sin embargo, una brisa sopló revelando el hermoso rostro de la joven, digno de una princesa. Sus ojos cafés llenos de ternura y sus labios rojos como una rosa.
El príncipe no sabía cómo sentirse. La joven era hermosa y él sentía una sensación rara en el estómago al verla. Algunos llaman a esta sensación mariposas en el estómago, pero él era un príncipe y ella solo era una campesina. Era indigno a los ojos de la sociedad.
El príncipe dijo:
—Lo siento.
Tomó su caballo y salió del lugar con gran velocidad. Mientras cabalgaba, Génesis comenzó a llorar, cayendo de rodillas, destrozada, preguntándose por qué, por qué la vida es tan injusta, por qué no podía tener su final feliz como en sus libros.
El príncipe volteó a ver y miró a la joven de rodillas. Se preguntó si era la decisión correcta. ¿Qué era aquello que sentía? ¿Qué es esta sensación? De la nada, una lágrima cayó por su rostro.
Génesis tomó sus manos y limpió su rostro. Se levantó y miró a las estrellas. En su rostro se notaba que ya no quería ser más esa damisela de sus libros. Llegó a su casa. Cuando abrió la puerta, en la entrada encontró a su madre tirada en el suelo. Debajo de su cabeza parecía haber un pozo de color rojo. Su padrastro estaba sentado en un rincón de la casa con una botella de vino de mala calidad, completamente ebrio.
—Lo siento —dijo—. Solo quería un poco de dinero. Solo quería un poco de dinero —seguía repitiendo una y otra vez.
Génesis tenía miedo, pero no podía expresarlo. De la rabia tomó un cuchillo y se le fue encima. La pelea duró un poco y se escucharon los sollozos de ambos peleando por sus vidas, pero el hombre era viejo y estaba completamente ebrio. La apuñaló en el estómago, dejándolo caer. Ella tomó el cuerpo de su madre llorando.