capítulo 1
Inhalo y exhalo, una y otra vez. Lo hago para recordarme a mí misma que debo seguir calmándome, incluso cuando las cosas no salen bien. Falta poco —y nada— para tener lo que necesito para irme de aquí.
Siempre admití a cada amistad que tuve que no esperaba que fuera así como cumpliría mis dieciocho años, pero finalmente llegó el momento. El dinero ahorrado está escondido en mi cuarto y, si bien las maneras de conseguirlo no han sido las mejores —ni las más legales—, fue lo mejor que se le pudo ocurrir a mi yo de dieciséis años cuando el plan de irme de esta casa comenzó.
Bajo las escaleras de la casa en silencio. Empiezo a escuchar cómo mis padres se pelean; sé que llevan rato así, pero ya intento no oírlos más.
—Nunca es suficiente contigo.
—Nunca es suficiente para ti —dice mi padre, cansado.
—Porque tú te conformas con poco.
Empujo la puerta.
El pasillo huele a humedad. Las voces se vuelven más claras. Un escalofrío me recorre la espalda.
Mi madre me mira de forma penetrante cuando logra enganchar mi atención.
—¿Qué quieres?
Dudo. Los nervios están en todo mi cuerpo y, por un momento, olvido todo lo que iba a decir.
—Ah. Lo que sea —niega con la cabeza—. No te olvides de que tienes que terminar de lavar la casa.
—Y-ya lo hice —levanto un poco la mano para frenarla antes de que se vaya, intentando que me escuche—.
—¿Lavaste todo?
—Sí… quería decirles…
—¿¡Y entonces esto qué es!? —toma un vaso que estaba en la mesa y lo tira en mi dirección.
Todo sucede de repente y no reacciono. El vaso se rompe contra mi cara y pierdo un poco el equilibrio.
—Cassandra —mi padre llama su atención—. Yo estaba tomando de ese vaso.
—Mamá… papá —digo en un murmullo—. Me voy de casa.
El silencio duele. Pica. Parece dejarme sin aire.
Me relamo los labios mientras mi madre suspira.
—Deja de molestar con tus caprichos y vete a tu cuarto.
Mi padre me mira con el ceño fruncido.
—Es verdad —digo—. Me voy. Solo quería que lo supieran.
Me doy vuelta, todavía con el corazón en la boca, y regreso a mi cuarto. Puedo seguir escuchándolos pelear. Por más que quiera correr a pedirles perdón y fingir que todo está bien, sé que debo avanzar y salir de aquí.
En realidad, la decisión había estado ahí desde hacía tiempo, creciendo en silencio cada vez que la casa se llenaba de gritos.
Abro el armario y empiezo a sacar ropa sin pensar demasiado: remeras dobladas a medias, un buzo viejo que siempre uso cuando tengo frío, un par de jeans. Voy metiendo todo en un bolso como si hacerlo rápido pudiera evitar que dude. Cada prenda que desaparece del estante hace que el cuarto se sienta un poco más vacío.
Después vienen los libros.
Dudo un momento antes de tomarlos, como si pesaran más de lo que realmente pesan. Algunos están gastados, con las esquinas dobladas y marcas entre las páginas. Los apilo con cuidado dentro de la mochila, intentando no hacer ruido aunque nadie esté prestando atención.
Entre las hojas cae un papel viejo que ni recordaba haber guardado. Por un segundo me quedo mirándolo antes de doblarlo otra vez y meterlo adentro.
Cuando termino, el cuarto parece igual que siempre, pero ya no se siente mío.
El bolso está en el suelo, medio abierto, con la ropa asomando por el cierre. No es mucho: algunas cosas, un par de libros y lo mínimo que puedo llevar sin llamar demasiado la atención.
Me siento en el suelo del cuarto, esperando sentir algo: arrepentimiento, tristeza por irme. Pero lo único que siento es decepción. De mi vida, y de tener que huir de esta manera.
Conseguir el departamento fue extraño, porque no se sintió como tomar una decisión importante, sino más bien como dejar que algo ocurriera.
Había pasado varias noches mirando anuncios en el teléfono, desplazando la pantalla sin demasiado entusiasmo. La mayoría eran imposibles: alquileres absurdos, departamentos enormes pensados para personas que tenían vidas mucho más organizadas que la mía. Otros parecían demasiado buenos para ser reales, con fotos brillantes y descripciones perfectas que me hacían desconfiar antes siquiera de terminar de leerlas.
Después apareció uno diferente.
No era particularmente lindo ni estaba escrito para impresionar a nadie. Decía simplemente que había una habitación disponible en un departamento compartido. Las fotos mostraban una cocina normal, un pasillo angosto y una habitación con una ventana que daba a la calle.
Nada más.
No parecía intentar vender una vida ideal, solo mostrar lo que era.
Me quedé mirando las imágenes varios minutos, tratando de imaginar cómo sería vivir ahí.
El trabajo apareció de una forma muy parecida.
En algún momento entendí que irme de casa no iba a servir de mucho si no tenía cómo mantenerme, así que empecé a buscar cualquier cosa que pudiera hacer. Pasé horas leyendo anuncios que pedían experiencia que no tenía o currículums demasiado perfectos para alguien que estaba intentando empezar desde cero.
Entonces encontré el anuncio del bar.
Era pequeño, perdido entre otras ofertas de trabajo. Decía que buscaban personal para turno nocturno y que la experiencia no era excluyente.
El dueño del bar me dijo que necesitaban a alguien pronto y que podía pasar cuando quisiera para hablar.
Cuando fui, la conversación fue corta, casi casual.
Me preguntó si podía trabajar de noche, si vivía cerca y si estaba dispuesta a aprender rápido.
Asentí a todo sin dudar demasiado.
___________________________
El taxi se detiene frente a un edificio que parece más viejo de lo que imaginaba. No es feo, pero tampoco intenta parecer otra cosa. Bajo con el bolso colgado del hombro y la mochila apretada contra el pecho, como si alguien pudiera venir a quitármelas en cualquier momento.
El conductor ni siquiera me mira cuando le pago. Apenas arranca, me quedo unos segundos parada en la vereda observando el edificio. Es más alto de lo que parecía en las fotos. Las ventanas están apagadas excepto por una o dos luces en los pisos de arriba.
Este es el lugar.
La frase se repite en mi cabeza como si intentara convencerme.
Camino hasta la puerta de entrada. El vidrio está un poco rayado y el timbre tiene varios nombres escritos con marcador negro, algunos tachados, otros encima de otros. Busco el que me habían dicho en el mensaje y presiono el botón.
Nada.
Por un segundo pienso que tal vez me equivoqué de edificio.
Entonces el portero eléctrico hace un ruido seco y la puerta se abre apenas. Empujo con cuidado y entro.
El pasillo del edificio es angosto y huele a algo entre detergente barato y humedad vieja. Mis pasos suenan demasiado fuerte contra el piso. Encuentro el ascensor al fondo, pero cuando veo el cartel que dice fuera de servicio suspiro y busco las escaleras.
Subir los escalones con el bolso se vuelve más pesado de lo que esperaba. Cada piso parece exactamente igual al anterior: puertas cerradas, luz amarillenta, silencio.
Cuando finalmente llego al número del departamento me quedo quieta un momento frente a la puerta. Escucho algo adentro, pasos tal vez, o el sonido de una silla moviéndose.
Levanto la mano y golpeo.
Unos segundos después la puerta se abre.
La persona que aparece del otro lado parece más o menos de mi edad. Tiene el pelo desordenado, como si se hubiera levantado hace poco, y una expresión medio confundida, medio cansada.
—¿Eres... Charlotte?
La pregunta tarda un segundo en llegarme, como si hubiera tenido que atravesar una distancia más larga de lo normal. Cuando levanto la vista, la persona frente a mí solo está mirando mis ojos, esperando una respuesta.
Asiento.
No porque quiera, sino porque por un momento hablar se siente más difícil de lo que debería. El silencio de la casa me pesa en el pecho de una forma rara. No es incómodo exactamente… solo distinto. Estoy demasiado acostumbrada a otro tipo de ruido.
Al silencio le cuesta abrirse paso dentro de mi cabeza.
Allí todo sigue igual que antes.
Los gritos de mi madre rebotan contra las paredes que ya no están. Las palabras se repiten como un eco que no termina nunca. A veces siento que incluso cuando no está pasando, sigue pasando igual.
Y ahora, de repente, aquí no hay nada.
Solo aire quieto.
—¿Estás ahí?
Parpadeo. Me doy cuenta de que llevo varios segundos sin reaccionar.
Frunzo el ceño, intentando volver al presente, y asiento otra vez.
—Sí… sí.
La otra persona parece dudar un momento, como si estuviera intentando decidir si soy rara o simplemente estoy cansada.
Probablemente un poco de ambas.
—Bien, pasa —murmura finalmente, haciéndose a un lado. —Mi nombre es Harvey, por si lo olvidaste.
Entro al departamento con cuidado, como si todavía no estuviera segura de que realmente puedo hacerlo. El lugar es pequeño. Más pequeño de lo que parecía en las fotos. Pero también más… tranquilo.
No hay platos chocando.
No hay pasos pesados.
No hay voces atravesando las paredes.
Solo el sonido suave de mis propios pasos mientras avanzo.
—Pues, el departamento no es muy grande —dice mientras señala con la mano—. Allí está tu cuarto. El de allí es el mío, por favor no entres ahí sin avisarme, y esa es la cocina.
Sigo cada indicación con la mirada.
La puerta de mi habitación está apenas entreabierta. No parece nada especial desde afuera, pero aun así siento una pequeña presión en el pecho al verla.
Porque significa algo.
Significa que este lugar existe.
Que no tengo que volver.
—Está bien —digo, finalmente.
Mi voz suena más baja de lo que esperaba.
La otra persona se encoge un poco de hombros, como si todo esto fuera lo más normal del mundo.
—Fuera de eso… es tu casa.
Las palabras se quedan flotando en el aire.
Tu casa.
Tardo un momento en procesarlas.
No estoy segura de que esa idea entre en mi cabeza tan rápido.
-------------------------------------------------------------------------------
Empujo la puerta de la habitación con cuidado, como si existiera la posibilidad de que algo dentro se rompiera si la abría demasiado rápido.
La puerta se mueve con un pequeño crujido y deja ver el cuarto.
Es simple.
Más simple de lo que imaginaba.
Hay una cama contra una de las paredes, con una sábana blanca apenas arrugada. Una mesita de noche vacía. Del otro lado, una ventana rectangular por donde entra una luz gris de la tarde que hace que todo parezca un poco más frío de lo que realmente es.
Eso es todo.
Me quedo parada en la entrada unos segundos, sin saber muy bien qué hacer con mi cuerpo ahora que finalmente estoy aquí.
Este es mi cuarto.
La frase aparece en mi cabeza con cuidado, como si todavía no estuviera segura de poder decirla en voz alta.
Cierro la puerta detrás de mí.
El sonido es suave, pero dentro de mi pecho algo se tensa igual.
Espero.
No sé exactamente qué estoy esperando, pero mi cuerpo parece estar preparado para algo. Como si en cualquier momento alguien fuera a golpear la puerta, a gritar mi nombre desde el otro lado, a decirme que vuelva a bajar.
Pero no pasa nada.
Solo hay silencio.
Un silencio distinto al de antes. No es el silencio tenso que había en mi casa cuando una pelea terminaba y todos se encerraban en sus habitaciones esperando la siguiente. Este es… vacío. Quieto.
Respiro hondo.
El aire entra en mis pulmones sin dificultad, y por un segundo siento algo parecido al alivio, pareciera que mis ojos se cristalizan, y algunas lagrimas quieren salir. Tal vez es un poco de tranquilidad.