Prólogo
El silencio lo cubre todo.
No es paz, Es vigilancia.
Ella llega sin aviso, sin historia, sin intenciones.
Sus pasos resuenan en callejones grises y húmedos.
Cada eco le recuerda que esta ciudad no perdona.
No olvida.
No deja pasar inadvertido a nadie.
Las calles no están diseñadas para caminar: están hechas para medir.
Cada esquina es un juicio.
Cada sombra, un testigo.
Cada puerta cerrada, un mensaje que aún no entiende.
Aprende rápido.
Las miradas duran más de lo necesario.
Los susurros que se cortan cuando pasa, significan algo que todavía no puede nombrar. Preguntar sería un error.
Observar demasiado también.
La curiosidad es un lujo que puede costar la vida.
Él está allí. Siempre.
Nunca demasiado cerca, nunca demasiado lejos.
Observa.
No advierte.
No promete.
Solo está.
La simple presencia pesa más que cualquier palabra.
El peligro no siempre grita.
A veces solo respira a tu lado.
Ella intenta desaparecer.
Fracasa.
Cada paso que da la recuerda que no puede ignorar la ciudad ni sus reglas invisibles.
Cada sombra parece seguirla, evaluando si será otro error que recordar.
Y aunque intenta no sentir miedo, lo siente.
No por la prisa, sino porque todo aquí exige atención.
Todo aquí exige respeto.
Los callejones son ríos de tiempo detenido. Las paredes guardan secretos que nadie pronuncia.
La noche cae lenta, opaca, extendiendo la tensión en cada grieta. No hay refugios.
No hay explicaciones.
Solo el peso de lo que no se debe ver, y la certeza de que, incluso en silencio, la ciudad tiene dientes.
Al final de la noche, comprende una cosa: desaparecer no significa sobrevivir.
Solo significa que, por ahora, todavía respira.