Mis Noches

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Summary

Scott solo quería sobrevivir otro día más. En un pequeño pueblo húmedo y silencioso, su vida transcurre entre insomnio, rutinas monótonas y turnos nocturnos en una cafetería. Pero después de despertar de una pesadilla tan vívida que deja cansancio real en su cuerpo, Scott comienza a notar que algo en su mundo está… fuera de lugar. Una sensación de déjà vu imposible de ignorar. Y una noche que se siente distinta a todas las demás. Lo que parecía un simple mal sueño podría ser el inicio de algo mucho peor.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Un Mal Sueño

No podía levantarme.


¿Qué me estaba pasando?


No sentía el control de mi cuerpo. Un calor sofocante me recorría de pies a cabeza, como si me estuvieran dejando bajo el sol después de haberme partido por dentro.

Algo lo había golpeado con una fuerza brutal. Eso era lo único que sabía. Algo. Un golpe seco. Violento. Inapelable.


¿Por qué todo se estaba volviendo borroso?


Su cuerpo pesaba demasiado. Le dolía. No respondía.


Tenía que levantarse.


Tenía que ir al trabajo.


Recordaba estar caminando hacia allá.


Tenía que ponerse de pie.


Tenía que.


Scott despertó sobresaltado.


Se levantó de golpe en la cama, respirando con dificultad, con el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido una gran distancia. Se llevó una mano a la frente.


—Hah… eso fue un sueño… solo un mal sueño… ya pasó…


Pero no se sentía como si hubiera terminado.

Sentía los ojos pesados, la boca seca y una fatiga extraña, espesa, como si en lugar de dormir hubiera pasado la noche peleando con algo que no recordaba. Su cuerpo, curiosamente, no estaba mal. No le dolía nada. No había heridas. Nada fuera de lugar.


Solo el cansancio.


Y ese dolor de cabeza.


Scott dejó escapar un suspiro y se quedó unos segundos mirando el techo, intentando encontrar una explicación razonable para lo que acababa de soñar.


Esto me pasa por dormir tan tarde. La falta de sueño me está jodiendo.


—No me importa qué sea… necesito descansar mejor… me siento horrible…


Se frotó los ojos con el dorso de la mano.


—Por Dios… me arde la cabeza…


No podía darse el lujo de perder la compostura por una pesadilla.


Con movimientos torpes, se levantó y fue al baño. La luz blanca lo recibió como una agresión. Entrecerró los ojos al instante y, casi a ciegas, abrió el pequeño gabinete del espejo hasta encontrar un frasco de ibuprofeno.

Se tomó una pastilla con un trago de agua directo del lavabo.


Luego volvió a su habitación.

Corrió la persiana de la ventana y dejó entrar la luz grisácea de la mañana. El día tenía ese tono opaco que prometía nubes más tarde. Scott abrió el armario y eligió algo simple, aunque no demasiado simple. Ropa discreta, pero lo bastante agradable como para que, si alguien llegaba a mirarlo, al menos no pensara que se había vestido en la oscuridad.


Después fue a la cocina.


Preparó café.


Le puso más azúcar de la necesaria, casi por reflejo, buscando ahogar el mal sabor que le había dejado la mañana en algo más amable. Mientras bebía, el dolor de cabeza empezó a ceder poco a poco, lo suficiente para que pudiera fingir que todo volvía a estar en orden.

Miró alrededor de su cocina y recordó lo poco que le quedaba de despensa.


—Huevos, leche, cereal, café… azúcar…

Suspiró.


—Todo debe estar en la tienda de enfrente. Será rápido.


Tomó una bolsa reutilizable que colgaba detrás de la puerta y salió de casa.

La tienda estaba tan cerca que apenas tuvo que cruzar la calle.

A esa hora, el lugar olía a pan empaquetado, café recalentado y refrigeradores viejos. Scott recorrió los pasillos casi en automático, tomando lo que necesitaba sin pensar demasiado, todavía con la cabeza un poco nublada.


Solo cuando llegó a la caja registradora fue que algo lo sacó de ese estado.


La cajera.


No sabía por qué, pero le prestó más atención de la normal. Quizá porque el dolor de cabeza seguía allí, aunque más leve, y necesitaba distraerse en algo. Quizá porque no quería pensar en su sueño. Quizá por simple inercia.

Tenía el cabello corto, algo desordenado, pero curiosamente bien cuidado. Sus ojeras eran demasiado marcadas, como si llevara días enteros sin dormir bien. Aun así, no se veía descuidada. Solo… agotada.


Y eso lo hizo fruncir ligeramente el ceño.


¿Por qué no me había dado cuenta de que esta chica trabaja aquí?


La idea se quedó clavada en su cabeza.

La tienda estaba justo frente a su casa.

Pasaba por ahí seguido.


Entonces, ¿cómo era posible que no la hubiera visto antes?


Seguro es nueva.


Era la explicación más sencilla. La más lógica. Y en ese momento, Scott necesitaba algo lógico.

Dejó sus cosas sobre el mostrador mientras ella comenzaba a escanearlas. Para no seguir dándole vueltas al asunto, decidió hablar.


—Por lo que veo, ninguno de los dos logró dormir muy bien.


La cajera soltó una pequeña risa, ligera, casi divertida.


—Ja. Unos menos que otros… ¿o me equivoco, señor de la playera al revés?


Scott parpadeó.


—¿Qué?


Ella levantó apenas la vista, con una sonrisa apenas contenida.


—Creo que olvidaste darle la vuelta. Pero no te preocupes… el color hace casi imperceptible la costura del cuello.

Scott se tocó la playera de inmediato.

Tenía razón.


Estaba mal puesta.


Por un instante se quedó inmóvil, y luego soltó una risa corta, más por vergüenza que por gracia. Ella rió también, y la incomodidad se disfrazó de un momento casual.


Pero algo no terminaba de encajar.


No era que le hubiera señalado el error.


Era cómo lo había notado.


La costura apenas se distinguía.


Y aun así ella lo había visto al instante.


Scott pagó, tomó la bolsa y salió de la tienda con una extraña sensación de incomodidad pegada al pecho.


—Qué clase de chica será ella… —murmuró para sí mientras cruzaba de vuelta—. Supongo que es nueva por aquí.


Le bastaron unos cuantos pasos para volver a casa.


Ya dentro, dejó las bolsas sobre la mesa y se quedó quieto un momento. El dolor de cabeza casi había desaparecido por completo. Con eso, el mal inicio del día parecía empezar a deshacerse como si nunca hubiera sido tan grave.

Se sintió mejor.

Mucho mejor.


Como si, de algún modo, el día todavía pudiera rescatarse.

Preparó algo sencillo para desayunar y, mientras comía, miró por la ventana.


Las nubes se estaban acumulando.


—Solo debo disfrutar el día hasta que empiece mi turno…


Apoyó un codo sobre la mesa, pensativo.


—Tal vez salga a caminar un rato. Luego va a llover.


Más tarde salió a dar un paseo por la costa del arroyo.


Caminó unos treinta minutos junto a esa franja húmeda de grava y arena grisácea, oscurecida por la humedad del ambiente. Algunas piedras, más grandes, estaban cubiertas de musgo. El aire era fresco, y el agua corría con ese sonido constante que, en los días nublados, parecía volver todo más lento.


Fue ahí donde se encontró con Vince.

Un viejo amigo.


Scott levantó una mano al verlo.


—¿Cómo van las cosas, Vince? Tiempo sin verte por aquí.


Luego miró el vehículo estacionado cerca y sonrió.


—¿Qué cuentas? ¿Cómo va la panadería de tu padre?


Vince giró hacia él con esa energía despreocupada que siempre parecía traer encima y respondió con una sonrisa ladeada.


—Mira nada más lo que me trajo el arroyo. Yo esperaba encontrarme a una mujer perfecta, no a un tipo sin sabor.


Scott soltó una risa.


—Si yo fuera una linda chica, saldría corriendo en cuanto te viera con ese impermeable.

Vince se miró a sí mismo como si acabara de ofenderlo gravemente.


—Di lo que gustes, pero al menos yo no me voy a enfermar con la lluvia que se viene.


Levantó la vista hacia el cielo y luego señaló el viento con un gesto exagerado.


—Ese viento y esas nubes no mienten. En cualquier momento se suelta.


Scott miró hacia arriba.

Tenía razón.


Las nubes ya estaban demasiado pesadas.

Vince lo recorrió de pies a cabeza con la mirada y chasqueó la lengua.


—Será mejor que corras a tu casa. No te queda mucho antes de que empiece a llover, y se nota que va a ser una de esas lluvias que no perdonan.

Luego señaló su vehículo con el pulgar.


—O mejor ven conmigo. Te llevo. Solo tenemos que volver a la carretera.


Scott dudó apenas un segundo, pero una ráfaga de aire frío terminó de convencerlo.


—Está bien. Acepto.


Subió al vehículo de Vince, una vieja combi modificada para cargar mercancía de la panadería. Por dentro olía a harina, cartón húmedo y un rastro persistente de levadura.


El trayecto fue corto.


Hablaron de tonterías, de esas cosas que solo se discuten cuando no importa demasiado llegar a ninguna conclusión: qué tan mala era la suerte en el amor, qué clase de mujer sería capaz de aguantarles el carácter, y cuál de los dos tenía más probabilidades de terminar viejo y solo.

Cuando llegaron, Vince frenó frente a la casa de Scott y golpeó el volante con un aire ceremonioso.


—Hemos llegado a su destino, mademoiselle. Es momento de bajar de su carruaje.


Scott soltó una risa.


—Gracias por el aventón.


Apenas bajó, echó a correr hacia su puerta para evitar mojarse. La lluvia ya empezaba a caer en gotas gruesas y espaciadas, las primeras advertencias antes del verdadero golpe.

Antes de que alcanzara a entrar, Vince bajó un poco la ventanilla y le gritó:


—¡Hey, Scott! ¡Me debes una!


Scott levantó una mano en señal de que lo había escuchado.


Luego entró a casa.

El sonido de la lluvia llenó el interior casi de inmediato.

Quizá fue el clima. Quizá el mal sueño de la mañana. Quizá el cansancio que todavía le quedaba pegado al cuerpo.


Pero se dejó caer en el sofá de la sala “solo un momento”…


…y terminó quedándose dormido un par de horas.

Cuando despertó, ya había oscurecido.

Se quedó sentado unos segundos, desorientado, escuchando el goteo insistente afuera y el silencio húmedo de la casa.

Entonces recordó su turno.


Se levantó, se acomodó como pudo y se preparó para salir.

Scott trabajaba como cocinero en una cafetería nocturna, así que para él la verdadera jornada apenas comenzaba.

Al poner un pie en la calle, el pueblo ya tenía otro rostro.


Manadas pequeñas de perros recorrían las calles estrechas, deteniéndose de vez en cuando para ladrarse entre ellos o soltar aullidos breves que se perdían entre las casas. Los insectos revoloteaban alrededor de la luz amarillenta de las farolas, chocando una y otra vez contra el vidrio caliente. En los techos, algunas siluetas de gatos observaban el movimiento de abajo con esa mezcla de orgullo y desdén que solo los gatos parecen dominar.


Un aire frío se deslizaba por el pueblo.

Scott metió las manos en los bolsillos y siguió caminando.


Camino al trabajo,pero no pudo evitar fijarse en la gente disfrutando la noche.

Parejas caminando bajo la misma sombrilla, risas escapando de las puertas entreabiertas, conversaciones que sonaban demasiado cálidas para una noche como esa.


Por un instante, se imaginó a sí mismo en el lugar de alguno de ellos.

Pero el pensamiento se deshizo apenas vio el letrero de la cafetería encendido al final de la calle.


Al cruzar la puerta, dejó escapar un suspiro.

—Otra noche más.