PRÓLOGO
Lo había citado.
Él sabía que él se enteraría, ya que tenía ojos y oídos en todas partes, pero eso no impidió que lo desobedeciera.
Todo formaba parte de un plan para conseguir lo que quería.
Tambaleándose por el oscuro pasillo de aquel club londinense de mala muerte en dirección a su oficina, apenas era consciente de su estupidez.
Su determinación, y demasiado alcohol, se lo impedían.
Tenía una familia encantadora en casa, gente que lo adoraba y lo amaba, que lo hacían sentirse querido y valorado.
En el fondo sabía que no había ninguna buena razón para estar exponiendo su cuerpo y su mente a aquel mundo sórdido y de mala muerte.
Pero había vuelto esa noche.
Y volvería a hacerlo la siguiente.
Se le hizo un nudo en el estómago a medida que se aproximaba a la puerta de su despacho.
Su cerebro, ahogado en alcohol, estaba activo lo justo para permitirle levantar la mano y agarrar el pomo de la puerta.
Hipando una vez más y con otra pérdida de equilibrio sobre sus ridículos zapatos, entró en el despacho de William.
Era un hombre atractivo a finales de la treintena, con una densa melena que empezaba a encanecer en las sienes, lo que le otorgaba un aspecto maduro y distinguido, a juego con sus trajes.
Su mandíbula era ancha y severa, pero su sonrisa resultaba amistosa cuando decidía revelarla, cosa que no sucedía con mucha frecuencia.
Sus clientes masculinos jamás lo habían visto.
William prefería mostrar esa pose dura que hacía que todos los hombres se echasen a temblar en su presencia.
Pero para las chicas sus ojos siempre brillaban, y su expresión era suave y reconfortante.
Él no lo entendía ni pretendía hacerlo.
Sólo sabía que lo necesitaba.
Y sabía que William también le había cogido cariño, de modo que usaba esa debilidad contra él.
El duro corazón de aquel hombre de negocios se ablandaba con todas las personas, pero con él se hacía puré.
William miró hacia la puerta mientras él entraba trastabillando y levantó la mano para detener la conversación que mantenía con un hombre alto con mala pinta que estaba de pie frente a su mesa.
Una de sus reglas era que siempre había que llamar a la puerta y esperar a que él diese permiso para entrar, pero él nunca lo hacía, y William jamás lo reprendía por ello.
—Seguiremos pronto con esto —dijo, y despachó a su socio, que se marchó al instante, sin protestar, y cerrando la puerta sin hacer ruido al salir.
William se levantó y se alisó la chaqueta mientras salía de detrás de su enorme mesa.
Incluso a través de la neblina del alcohol, él podía ver con perfecta claridad la preocupación que reflejaba su rostro.
Y también un punto de irritación.
Se acercó a él lentamente, con cautela, como si tuviera miedo de que saliera corriendo, y lo agarró con suavidad del brazo.
Lo colocó sobre una de las sillas acolchadas de piel que había frente a su mesa, se sirvió un whisky y le pasó a él un agua fría antes de sentarse.
Él no sentía miedo en presencia de ese hombre tan poderoso, ni siquiera a pesar de su vulnerable estado.
Por extraño que pudiera parecer, se sentía seguro.
Él haría lo que fuera por sus empleados, incluso castrar a cualquiera que se pasase de la raya.
Tenía reglas específicas, y ningún hombre en su sano juicio se atrevería a saltárselas, porque arriesgaban mucho más que su vida.
Ya había visto el resultado, y no era agradable.
—Te dije que se acabó —anunció William intentando no sonar enfadado, aunque sólo consiguió adoptar un tono cargado de compasión.
—Si no me los buscas tú, me los buscaré yo —balbuceó él.
La embriaguez había inyectado valor en su pequeña constitución.
Tiró el monedero sobre la mesa delante de él, pero William pasó por alto su falta de respeto y lo empujó de nuevo hacia él.
—¿Necesitas dinero? Te daré dinero. Pero no te quiero más en este mundo.
—Esa decisión no es tuya —respondió él sin miedo, sabiendo perfectamente lo que se hacía.
Sus labios serios y sus ojos grises le indicaban que se estaba saliendo con la suya.
Le estaba apretando las tuercas.
—Tienes diecisiete años, y toda una vida por delante. —William se levantó, rodeó la mesa y se sentó en una esquina delante de él—. Me mentiste sobre tu edad, te has saltado un montón de normas, y ahora te niegas a dejar que vuelva a enderezar tu vida. —Lo agarró de la barbilla y elevó su rostro desafiante hacia él—. Me has faltado al respeto y, lo que es peor, te lo has faltado a ti mismo.
No sabía qué responder a eso.
Lo había embaucado, le había tendido una trampa con el fin de que se acercara a él.
—Lo siento —murmuró arrastrando las palabras, y se apartó de él para dar un largo sorbo de agua.
No sabía qué más decir, y aunque encontrara las palabras, jamás serían suficientes.
Sabía que la compasión que William sentía hacia él podría menoscabar el respeto que se había ganado en ese negocio de vicio y perversión, y su negativa a dejar que solucionase su situación, una situación de la que se sentía responsable, hacía sólo peligrar aún más esa reputación.
William se arrodilló entonces delante de él y apoyó sus grandes palmas sobre sus piernas.
—¿Cuál de mis clientes se ha saltado mis reglas esta vez?
Él se encogió de hombros, decidido a no revelar la identidad del hombre que había seducido hasta su cama.
Sabía que William les había advertido a todos que no se acercaran a él.
Pero había conseguido embaucarlo, igual que a William.
—Da igual.
Quería que William se cabreara ante su continua insolencia, pero él conservó la calma.
—No vas a conseguir lo que pretendes. —William se sintió como un cabrón al espetarle esas duras palabras. Sabía lo que estaba buscando—. No puedo cuidar de ti —añadió tranquilamente.
—Lo sé.
Él inspiró entonces profunda y cansadamente.
Era consciente de que él no pertenecía a su mundo.
Ni siquiera estaba seguro de si él seguía haciéndolo.
Jamás había dejado que la compasión interfiriera en su negocio, nunca se había expuesto a situaciones que pudieran arruinar su respetada posición, pero ese jovencito había puesto su mundo patas arriba.
Eran esos ojos azul zafiro…
William jamás había consentido que sus sentimientos afectasen a su negocio, no podía permitírselo, pero esa vez había fracasado.
Elevó su enorme mano para acariciar la suave mejilla de porcelana, y la desesperación reflejada en los ojos de él atravesó su duro corazón.
—Ayúdame a hacer lo correcto. Tú no perteneces a mi mundo —le dijo.
Él asintió, y William suspiró aliviado.
Ese chico era demasiado hermoso y demasiado imprudente, una peligrosa combinación.
Acabaría buscándose problemas.
Estaba furioso consigo mismo por dejar que eso sucediese, a pesar de su engaño.
Cuidaba de sus empleados, los respetaba y se aseguraba de que sus clientes también los respetasen, y siempre mantenía los ojos bien abiertos por si pasaba algo que pudiera ponerlos en peligro, mental y físicamente.
Sabía lo que iban a hacer antes de que lo hicieran.
Pero éste había traspasado su guardia.
Había conseguido engañarlo.
Sin embargo, no lo culpaba.
Se culpaba a sí mismo.
Su joven belleza lo había desconcentrado demasiado, una belleza que se le quedaría grabada en la mente para siempre.
Volvería a echarlo, y esta vez se aseguraría de que no regresara.
Le importaba demasiado como para mantenerlo ahí.
Y eso le provocaba un dolor abrasador en su oscura alma.