Enero: Atrapado en el pasado.

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Summary

Oliver es un niño chileno de 13 años, callado y profundamente observador, que sufre bullying en la escuela y siente que hay algo mal en él. Mientras estudia para una prueba de Historia, es transportado sin explicación a distintos momentos clave de la Independencia de Chile. Allí no puede cambiar nada: solo observa, respira el miedo, el frío y la sangre de quienes vivieron esos días. La Historia deja de ser fechas y se vuelve cuerpo, memoria y dolor. Cuando Oliver regresa a casa, comprende que el pasado no fue un cuento… y que todavía respira en el presente.

Genre
Fantasy
Author
Vikkhy
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

El comienzo de todo.

Oliver cae sin control. Todo está oscuro. Él no sabe lo que está sucediendo, ve su habitación desaparecer mientras cae, escucha un barullo, pero no puede taparse los oídos, al sentir un espeluzno solo abraza su mochila y teléfono con fuerza. El viento le sacudía frenético el cabello mientras sentía como el estómago se le subía hasta el pecho. Tras un momento, Oliver contempla estupefacto el agujero eviterno finalmente cerrarse, cae por unos segundos hasta que su espalda impacta contra el suelo, el aire se le va del cuerpo y todo se vuelve negro.

Despierta cuando siente que algo o alguien lo sacude, abre los ojos, pero el relumbrón en el inconmensurable cerúleo lo ciega. Distingue una hoja filuda apuntándolo directamente al pecho y tembloroso, levanta la mirada, sus ojos se posan sobre una luminosa armadura. Una voz lo saca de sus pensamientos, el hombre dueño de la espada que lo apuntaba le habla con una voz cansada que armonizaba con la fatiga de su rostro.

—Ya veo que habéis recordado, pipiolo de poca sal en la mollera. ¿Qué hacéis en este desierto y de que tierras sois natural?

Oliver traga saliva. Esta persona habla español, pero no es como el suyo.

Las palabras son antiguas, pesadas, casi irreales.

—¡¿Cómo que desierto?! —Oliver exclama con sorpresa.

Al voltear la cabeza ve caballos, soldados, personas atadas, heridas, cansadas, sudando. Se encuentra cubierto de arena y por primera vez en mucho tiempo está confundido y asustado.

Entonces, recuerda lo que había acontecido la mañana de aquel día.

Oliver observaba desde la ventana a los niños correr por el patio. Reían, gritaban, se empujaban. Pero a él no le gustaba el ruido del recreo. Su mirada se fue hacia arriba, donde los árboles se mecían con el viento. Las hojas se movían despacio. Un par de pajaritos se posaban en las ramas y el ruido empezó a quedar en segundo plano, y por un momento, su expresión se suavizó. Entonces escuchó las risas, no eran alegres. Eran burlonas, juzgadoras. Un grupo de niños entró al salón. No hicieron mucho ruido, pero Oliver supo al instante que venían hacia él. Siempre era así. Se acercaron con sigilo, como si jugaran. Los apodos comenzaron a caer uno tras otro.

“Enano.”

“Nerd.”

“Nadie te quiere.”

Oliver no respondió a los insultos.

El recreo terminó, pero las palabras siguieron ahí, resonando en su cabeza. También los empujones. También las risas.

Cuando escuchó la palabra “examen”, levantó la vista. En el pizarrón se leía: Examen de Historia. Oliver era inteligente, pero Historia no era su fuerte. Suspira. Mira su cuaderno, las letras están ahí, quietas, pero su cabeza no lo está. Escucha lo que nadie más parece oír: murmullos, risas apagadas, comentarios que no se dicen en voz alta. Él decide ignorarlos y sin darse cuenta, vuelve a pensar lo mismo de siempre; “quizás el problema soy yo.”

Al terminar las clases, Oliver queda solo en el salón, como siempre. Intenta concentrarse en guardar sus cosas, pero los ruidos no lo dejan. Sillas arrastrándose, voces lejanas, pasos en el pasillo. Todo le llama la atención, aunque no quiera. Guarda sus pertenencias y sale. Camina en silencio hacia la salida del colegio. En el trayecto a casa observa las nubes. Se mueven lento. Sus pasos sobre la acera son suaves, casi cuidadosos. Pero los recuerdos del examen no lo dejan en paz. La palabra Historia vuelve una y otra vez durante todo el camino hasta que finalmente llega a casa. El silencio del interior lo tranquiliza de inmediato. Ve a sus dos hermanos mayores dormidos en el sofá, con la televisión encendida y el volumen bajo. Oliver suspira. Algo pequeño le abraza las piernas, él baja la mirada y sonríe. Es su hermana menor.

—Hola, hermano —dice ella.

—Hola, Sara… —responde Oliver en voz baja.

Camina hasta su habitación. Al llegar, se sienta sobre la cama y se pasa las manos por el rostro. Está cansado. Va a sacarse la mochila cuando su teléfono suena, él lo toma, sin embargo, no hay ningún mensaje. El bip vuelve a sonar, una vez más y otra. De pronto, todo se vuelve negro y Oliver comienza a caer.

Ahora estaba en un desierto quién sabe dónde con gente que no conoce.

—N-no sé dónde estoy… —balbucea Oliver con sinceridad.

El desconocido lo observa por unos segundos antes de hablar.

—Decidme, pues, ¿cuál es vuestra gracia y cómo os llamaron vuestros padres?

Oliver parpadea. ¿Vuestra gracia? Llamaron…

—A-ah… —vuelve a tragar—. O-Oliver. S-sí, me llamo Oliver…

Mientras habla, vuelve a mirar a las personas que esperaban detrás del hombre, apenas lograban mantenerse en pie, parecía que en cualquier momento iban a caer. Oliver siente la angustia crecer, el calor daba sed y ver a esa gente hacía que su pecho se apretara y que se formara un nudo en su garganta.

—Venimos de los Reinos de España, en servicio de Su Majestad el Emperador, nuestro señor.

Hace una pausa, mirándolo de reojo, luego prosigue.

—Vendréis a nuestra compañía, pues no habeis de quedar solo en este yermo.

Oliver levanta la mirada, sus ojos se encuentran con los de él.

—Decidme vuestra gracia y el apellido que tu padre os a dado.

—Uh, Oliver Martínez —responde Oliver sin querer mentir.

El hombre duda, curioso por los objetos casi "alienígenas" que trae el niño, sin embargo, no pregunta por ellos, se convence de que es de otro lugar.

Oliver tiembla, aunque no sabe si es por el miedo o porque la arena está quemándole la espalda.

—Poco importa vuestra corta edad, ¿habéis entendido? No seréis sino un siervo más en esta jornada a las tierras de sur.

Otros dos hombres lo levantan de la arena con brusquedad. Le amarran las muñecas fuertemente con sogas viejas, pero no preguntan por la mochila o el teléfono. Todos lo miran raro, curiosos por los nuevos objetos que él posee.

Oliver camina con ellos. Como siempre su atención se desvía, observa los caballos, las cargas antiguas que llevan, como aquel hombre lo miraba desconfiado mientras hablaba con otros soldados y los pasos que se marcaban en la arena.

Oliver escucha las conversaciones que el hombre tenía cada vez que se detenían a descansar.

—Este día, a finales de diciembre del año 1540, un años más tarde de haber comenzado nuestro viaje por estas tierras desconocidas, nos habemos de encontrar aún en este despoblado, pareciera que no hubiera salida alguna, pero yo, Pedro de Valdivia, he de jurar por Dios nuestro Señor, que hemos de hayar prontamente un lugar que conquistar en nombre de nuestra Majestad.

Los ojos de Oliver se abren tanto que pareciera que van a salirse.

—¡Ah! ¡Pedro de Valdivia! —murmura para sí mismo sin poder creer lo que había escuchado— ¿diciembre de 1540? Oh..., Dios mío.

Y así, la asignatura que tanto se le dificultaba ahora la estaba presenciando, siendo testigo de todo lo que no entendía.