01
KIAN
Un zumbido molesto me taladra la cabeza. Es mi teléfono. Incluso mientras no salgo del todo del mundo de los sueños, puedo reconocerlo. Estiro una mano para alcanzarlo, pero en su lugar toco algo muy diferente. Es duro y suave en partes iguales. También cálido.
Frunzo el ceño sin reconocer del todo lo que estoy tocando y, entonces, con toda la pereza del mundo, abro un ojo. Me cuesta un poco al inicio ver, acostumbrarme a la molesta luz de la mañana que entra por las cortinas.
Pero en cuanto todo se regulariza, lo veo tan nítido. Es un torso. Un torso musculoso de piel oscura. Me lamo los labios y levanto la mirada un poco. El perfil de un hombre de mandíbula afilada, nariz recta y cabello rizado me recibe. Tiene un brazo enorme bajo la cabeza y los ojos cerrados. Su respiración calmada me dice que está dormido. Una sábana le cubre la parte inferior del cuerpo, pero puedo ver lo enorme que es. Una construcción magnífica de músculos y fuerza. Es como una estatua esculpida en mármol duro.
Dios. Qué hombre más hermoso.
Trato de hacer memoria y los recuerdos no tardan demasiado en llegar. Ayer salí en la noche pese a las advertencias de mi padre. Le aseguré que llegaría temprano para recibir a un viejo amigo suyo que estará viviendo con nosotros por un tiempo.
Ha estado actuando últimamente un poco nervioso con respecto a eso, pero cada vez que le preguntaba lo evadía.
También se lo pregunté a Alina, su novia desde hace un par de años, pero tampoco me respondió mucho. Al parecer, ese tipo que iría a vivir con nosotros y mi padre se conocieron en el ejercito. Mi papá no duró mucho ahí, pero mantuvieron una amistad a distancia. Se encontraban a menudo, generalmente cuando era mi tiempo de calidad con mamá, así que nunca lo pude conocer.
Aun así, era evidente que mi padre lo estimaba. Al menos lo suficiente como para ofrecerle nuestra casa mientras aquel sujeto encontraba un lugar. Sería difícil.
Según lo poco que me había dicho papá, su amigo fue expulsado de las fuerzas armadas por comportamiento agresivo.
Quizás esa era la razón por la que actuaba con tanto nerviosismo y me pidió por más de cien veces que mientras su amigo estuviera ahí, tratara de ser menos... gay.
Sí.
Esas fueron sus palabras exactas.
Papá nunca había sido un idiota con respecto a mi sexualidad. Siempre me lleve bien con él y mamá, así que hubo la suficiente confianza entre nosotros cuando tuve que contarles que me gustaba tomar por atrás.
Aunque eso no fue lo que les dije.
Ellos entendieron el mensaje de todas formas y lo aceptaron con mucha naturalidad, como si les hubiera hablado del clima o de cualquier otra trivialidad.
Tenía planes de obedecerlo esta vez cuando me pidió que no me quedara fuera mucho tiempo y volviera a casa a dormir.
Pero Kaia, mi mejor amiga, me convenció de quedarme un poco más.
Recuerdo que después de escuchar sus súplicas y de que me convenciera con un trago gratis, fui a la pista de baile y en menos de un minuto, me encontré en medio de un sándwich con el tipo de piel oscura que tengo frente a mí y...
—¿No vas a contestar?
Una voz ronca y un cálido aliento sobre mi cuello me hace erizar la piel. Volteo apenas la cabeza y veo a un hombre que perfectamente podría ser la personificación del dios griego Apolo, con su cabello rubio, piel blanca, ojos azules incluso más claros que los míos y un atisbo de sonrisa en unos labios gruesos y tentadores.
¿De dónde salieron estos hombres?
El rubio desconocido se movió en la cama, sin importarle que la sábana que cubría su mitad inferior se rodase un poco y expusiera mucho más su desnudez. Un par de líneas oblicuas en su cadera me secaron la boca. Por mi mente pasaron breves chispazos de mi lengua dando un recorrido por ese lugar mientras el otro tipo me sujetaba con fuerza de la cintura para darme por detrás con una intensidad abrumadora.
Sí. Él era la otra parte del sándwich. Ahora lo recuerdo bien. Ambos me abordaron mientras estaba en la pista de baile. Unos cuantos roces y toques por encima de la ropa, y luego los tres decidimos buscar un lugar más íntimo.
Le avisé a Kaia que me iba, ella tomó una foto de mis acompañantes en caso de emergencia mientras ellos solo se reían por la paranoia de mi amiga, y finalmente dejé que esos dos hombres me usaran como quisieran.
No sabía que podía ser tan flexible hasta que estos dos tipos me manejaron como si fuera una muñeca de trapo para follarme en más de una posición en esta cama de motel.
El recordarlo hace que el cuerpo me duela y una punzada fuerte impacte mi espalda baja.
—Tu teléfono —gruñó esta vez el otro sujeto, aún con un brazo encima de su rostro.
Se había despertado por el ruido.
Fue entonces que salí de mi ensimismamiento.
—Oh, sí, lo siento.
Me senté en la cama, resintiendo el dolor en mi trasero, y apoyé una mano en el abdomen firme y marcado del hombre de piel oscura, y estire la otra en dirección a la mesa de noche para tomar mi teléfono.
Y... sí. Era mi padre. Estaba en problemas.
—¿Sí, dígame? —respondo, colocándome el teléfono en el oído.
—¡¿Qué carajos quieres decir con "sí, dígame"?! —La fuerte voz de mi padre me hace alejar el celular antes de que los tímpanos me exploten—. ¡Te advertí que no quería que pasaras la noche fuera! ¡Espero que aparezcas aquí en menos de media hora o de lo contrario vas a conocerme!
Ruedo los ojos. Hace más de diez años que las amenazas de mi padre dejaron de intimidarme.
—Te conozco de toda la vida, viejo. ¿Lo olvidas? Eres mi papá. —Trato de bromear con él. Eso suele funcionar.
Siempre quiere dárselas del hombre duro que no es. Su fachada nunca le dura más de cinco minutos. Excepto aquella vez cuando tenía dieciocho años y me encontró por primera vez con un hombre en la cama.
Aunque creo que lo que más le afectó fue el hecho de que era mi profesor de literatura. Él sí que sabía mover bien esa lengua suya.
—¡No estoy jugando, Kian! —la voz de mi padre truena al otro lado—. Te dije que estuvieras aquí para recibir a nuestro invitado. Tienes media hora para aparecer o juro que conocerás mi peor lado.
Cuelga. Suspiro, sintiendo cada músculo de mi cuerpo protestar mientras me incorporo. El dolor en mi espalda baja es un recordatorio delicioso de lo que sucedió hace apenas unas horas.
—¿Ya te vas, ángel? —pregunta el rubio, recorriendo mi espalda con la punta de los dedos.
Su toque me provoca un estremecimiento, pero necesito concentrarme, así que salgo de la cama con las piernas temblando y el dolor haciendo que todo sea más jodidamente difícil.
—El deber llama —respondo con una sonrisa coqueta mientras busco mi ropa por la habitación. No tardo mucho en encontrar todo y ponérmelo—. Gracias por la noche, chicos. Fue... inolvidable.
—Si vuelves a escaparte, búscanos —dice el de piel oscura con voz profunda mientras me observa.
Algo en mí quiere desnudarse de nuevo y lanzarme entre ellos, pero papá ya está lo suficientemente enojado conmigo. Y creo que prefiero no conocer ese lado terrible suyo con el que siempre me amenaza.
Así que solo les guiño un ojo y salgo del motel con el cabello azul revuelto y el cuerpo adolorido, pero muy saciado.
Tomo un taxi y en el trayecto le escribo un par de mensajes a Kaia para decirle que todo salió bien en la noche y que ya estoy de camino a mi hogar. Ella no tarda en dispararme un sinfín de preguntas que me hacen reír, pero no profundizo mucho en mis respuestas. Ella sabe lo qué pasó.
Llego a casa justo en el límite del tiempo. Pero en cuanto cruzo el umbral, el aire se vuelve pesado.
Arthur, mi padre, está en la sala, con los brazos cruzados y una expresión que podría cortar el acero.
Pero no es su enojo lo que me roba el aliento o lo que acapara mi atención.
Junto a él, hay una montaña hecha hombre.
Es inmenso. Fácilmente dos metros de puro músculo encerrados en una camiseta negra que parece a punto de estallar. Pantalones militares, ojos de un gris gélido y una barba perfectamente recortada con algunas canas asomando en las sienes. Es el epítome de la masculinidad ruda.
Su rostro parece rígido al igual que el resto de su cuerpo. Como si sintiera desprecio por la existencia.
Es el tipo de hombre con cuerpo hecho para montar. Sí. Los catalogo de esa forma. Hay cuerpos que están hechos para que te aplasten bajo su peso, otros que son para ponerte de lado, con algunas variaciones, y luego los mejores de todos: los que están hechos para montar porque no hay nada mejor que ver a un hombre enorme bajo tu cuerpo mientras le drenas hasta la última gota de semen y los obligas a quitarse esa máscara de rigidez que ponen para ocultar sus deseos.
El hombre me recorre con la mirada y su expresión se transforma en un gesto de puro disgusto. Hace varias paradas en su recorrido. Se detiene en mi cabello azul, el collar de cuero en mi cuello, mi ombligo descubierto por el crop y mis pantalones cortos que dejan poco a la imaginación.
—¿Qué carajos es esto, Arthur? —su voz es un trueno de desprecio. Como si hubiese visto un montón de basura en lugar de una persona.
—Es mi hijo, Grayson. Ten un poco de respeto —responde mi padre, aunque suena cansado—. Kian, él es Grayson. Se quedará con nosotros por un tiempo.
Intento ser amable, aunque la tensión es tan espesa que se podría cortar con un cuchillo.
—Un placer, Grayson. Siento el retraso, tuve una noche... movida —digo con una sonrisa cargada de sarcasmo.
Extiendo mi mano, pero él la ignora, manteniendo sus ojos grises clavados en los míos con una hostilidad vibrante. Me mira como si tuviera una enfermedad contagiosa.
—¿Tu hijo? —Grayson se gira hacia mi padre, ignorándome por completo—. Me dijiste que tenías un hijo, esperaba un hombre de verdad, no... esto.
Siento el calor subir por mi cuello.
Oh, no lo ha hecho.
—¡Grayson! —gruñe mi padre, pero su amigo no parece ni inmutarse—. Por favor, no hagas esos comentarios. Es ofensivo.
Grayson chasquea la lengua y me desprecia con la mirada una vez más.
—La verdad no tiene por qué ofender —su voz es dura, juzga con cada palabra—. No me advertiste que tu hijo era un maricón.
—Para ser un "héroe de guerra", tus modales dejan mucho que desear —suelto con veneno—. Pero no te preocupes, Grayson. Mi padre ya me advirtió que eras un poco... agresivo. Si necesitas clases de etiqueta o de cómo no ser un troglodita, avísame. Este maricón puede enseñarte si no has tenido suficiente después de que echaran tu trasero del ejército.
Grayson da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Su tamaño es intimidante, pero no retrocedo. Puedo oler su perfume: tabaco, madera y algo puramente masculino que hace que mis rodillas tiemblen por las razones equivocadas.
Es un imbécil.
Pero es un imbécil caliente y tengo esta manía de darle más atención a eso último. Quizá por eso mis relaciones han sido una mierda.
—Parece que no has criado bien a este muchacho —dice en voz baja, con una dureza que me hace erizar la piel—. Te faltó mano firme para enderezarlo.
Y ahora entiendo por qué todo ese nerviosismo de mi padre cuando me hablaba de su amigo. El tipo no era solo un hombre violento, sino que parecía tener un fuerte problema de homofobia aguda.
Bien. Se equivocó conmigo. No era el primer cretino con el que tenía que lidiar, y tengo la certeza de que tampoco será el último.
Si tratar con este tipo de personas era el precio que tenía que pagar para ser quien soy, pues estaba dispuesto a hacerlo todas las veces que sean necesarias. No iba a disculparme por existir.
—Hablaremos de eso después, Grayson —dice mi padre con un atisbo de molestia en su voz—. Pero te voy a pedir que mientras te quedes aquí, lo respetes. Kian es mi hijo. Y tú eres mi amigo, podremos llevar la fiesta en paz, ¿no?
Grayson no deja de mirarme con una mueca. El hijo de puta no puede borrar la expresión de asco de su atractivo rostro. Puedo ver cómo su cuello se tensa y tiene las manos apretadas, revelando un hilo de venas brotadas por todo su brazo. Carajo. Si se me lanza encima, dudo mucho quedar vivo. Va a machacarme, y no de la forma en que me gusta.
—Bien —gruñe finalmente, casi como si escupiera—. Pero sería bueno que se mantenga fuera de mi camino y que se quite esa basura del cuello. Si es un maricón, al menos debería de tener algo de vergüenza y reservar esa mierda para sí mismo. El mundo no tiene por qué tolerarle sus desviaciones.
—Es mi casa, sargento —le devuelvo la mirada con fuego en los ojos—. Si no te gusta la vista, siempre puedes dormir en el jardín. Nos hacía falta un perro guardián de todas formas. Y creo que con tu experiencia maltratando gente podrías hacer un buen trabajo. No te echaremos a la calle como hicieron en el ejército.
Grayson se acerca un paso. Esta vez me trago el miedo y me quedo en mi lugar. Él está tenso, su pecho sube y baja con fuerza, estirando aún más la tela de su camiseta, como si no estuviera ya lo suficientemente apretada en esos músculos enormes que tenía.
—Vuelve a repetir eso, maricón, y te haré tragar tus palabras.
—¿Ah, sí? —sonrió, lamiéndome el labio inferior—. ¿Y cómo lo harás? Los maricones como yo solo cerramos la boca cuando tienen algo con qué ocuparla. ¿Te haces una idea de lo que eso puede ser, sargento?
Grayson exhala con brusquedad, como si fuera un animal salvaje, y Arthur interviene antes de que estalle la tercera guerra mundial en la sala de su casa.
—¡Basta los dos! —levanta la voz como si no estuviéramos a unos pasos de él. Ninguno lo voltea a mirar. Grayson sigue con sus ojos fijos en los míos y yo le sostengo la mirada. Papá continúa—: Grayson te quedarás, pero va a tener que respetar a mi hijo y... por favor, no lo llames con insultos desagradables. Y tú, Kian, también compórtate. Déjense de provocaciones absurdas.
—Pero, papá...
—No le repliques a tu padre —masculla el gigantón—. ¿Acaso no te enseñaron a callar y obedecer las órdenes de tus mayores? Cierra la jodida boca de una buena vez.
—Si las órdenes vienen de imbéciles que no pueden ni siquiera mantener su trabajo, pues no, no me interesa escucharlas.
Grayson da un paso más hacia adelante y ahora sí retrocedo porque de lo contrario temo por mi integridad. Y en ese momento me doy cuenta de que cometí un error. Un brillo burlón y la amenaza de una estúpida sonrisa de superioridad se posa en el rostro de ese idiota.
—Sí, definitivamente te faltó mano dura. Pero eso va a cambiar.
—No me digas. —Trato de recuperar un poco de la dignidad que perdí al demostrarle que sí me asusta—. ¿Y quién me la va a dar? ¿Tú? Eres demasiado atrevido para alguien que llega a una casa ajena, viejo.
Grayson se encoge de hombros, aunque pude notar cómo la tensión en su mandíbula se hizo evidente al apretar los dientes con fuerza.
—Es la casa de tu padre, no la tuya.
—Es lo mismo.
—No, tú...
—Bueno, basta ya. —Papá interrumpe de nuevo lo que sea que Grayson haya querido decir. Algún insulto, eso es seguro—. Creo que... Grayson, ¿por qué mejor no subes y te acomodas? Ya conoces tu habitación. Tendré una plática con Kian.
—¿Una plática? Lo que este muchacho necesita es una buena paliza para que no sea tan altanero. Si fuera mío, le hubiese roto la boca de un golpe para que no vuelva a contradecir mis palabras. Y no lo dejaría a salir con esa mierda de ropa que tiene. Parece una zorra.
—Pues por algo la vida no te dio hijos, ¿no? Ni una familia al parecer.
Grayson hace el intento de decir algo con evidente molestia, pero en su lugar, suelta un bufido de desprecio y se da la vuelta. Yo me quedo ahí, con el corazón latiendo desbocado.
Miro su espalda ancha mientras se aleja hacia las escaleras. Esto va a ser un desastre. Van a ser unos días muy largos y, por la forma en que Grayson me mira, sospecho que muy feos. O muy interesantes. Aún no me decido.
Mi padre se aclara la garganta y llama mi atención. Cuando me giro hacia él, tiene una ceja levantada y los brazos cruzados. Parece que espera una explicación.
Sí, claro. Como si tuviera derecho a exigirme algo.
—Creo que después de lo que acaba de pasar, mi deuda contigo ha sido saldada —le digo con seriedad fingida, cruzándome también de brazos.
—No te quieras pasar de listo conmigo, muchacho. Sé lo que estás tratando de hacer. Y no te librarás de esta con tanta facilidad. Fui muy claro contigo.
Ruedo los ojos y suspiro.
—Papá —me quejé—. ¿Para qué querías que estuviera aquí de todas formas? Metiste a un jodido homofóbico en la casa donde vive tu pobre y dulce hijo gay. Además, ¿escuchaste todo lo que dijo? No me sorprende que hayas estado tan nervioso cuando me dijiste que vendría a quedarse con nosotros. Es un animal.
Papá me lanza una mirada poco amable mientras observa a mis espaldas y se lleva un dedo a los labios.
—Habla bajo —exige con un gruñido contenido—. Y si no te lo dije fue porque... —hace una pausa y suspira—. Escucha, Kian. Grayson no es como crees. Sí tiene un carácter fuerte y puede ser grosero en ocasiones, pero ha pasado por cosas difíciles. No ha tenido una vida fácil.
—Eso no es excusa para ir por ahí descargándome con el mundo.
—Lo sé, créeme que lo sé. Pero trata de comprender un poco, ¿sí? Grayson no tiene a dónde más ir. Su única familia es su hermano menor, y no tiene una buena relación con él.
—Estoy seguro de que no es por su encantadora personalidad.
—Kian...
—Kian nada, papá.
—Llevemos la fiesta en paz. Podemos convivir bien los tres. Esta casa se sentía sola, ahora tenemos compañía.
—Oh, papá, no me vengas con eso. Tu novia y su hijo nos visitan con frecuencia. Kaia también viene seguido. Solo buscas excusas.
Me dejo caer en el sofá, ignorando cómo cada músculo de mi cuerpo protesta por los excesos de la noche anterior. Cruzo una pierna sobre la otra, intentando parecer relajado, aunque por dentro sigo fúrico.
—No tengo que buscar excusas para invitar a un amigo a casa. Pero tampoco quiero imponerte la presencia de alguien y que te sientas incómodo en tu propio hogar. Grayson es alguien difícil, pero créeme que si te das la oportunidad de conocerlo, quizás llegue a agradarte.
Libero una carcajada que lo hace apretar los labios.
—Tampoco te pases, papá. Eso no pasará.
—Estoy tratando de ser serio contigo, Kian. Grayson es mi amigo, pero tú eres mi hijo. Tu opinión me importa.
Me lo quedo mirando fijamente, y sé que es honesto con lo que dice. Antes había pedido también mi opinión, pero eso fue antes de saber lo encantador que era su amigo.
—No me agrada —digo finalmente, más serio—. Y no voy a fingir que sí.
Papá suspira, pero no hay enojo en el gesto.
—No te voy a pedir que te agrade —responde con calma—. Solo que lo toleres.
—Él no parece interesado en devolver el favor.
—Ya te lo dije. Grayson es... complicado.
—No jodas —murmuro—. Eso ya lo noté cuando me llamó "maricón".
Papá hace una mueca.
—Va a necesitar tiempo.
—Y yo voy a necesitar paciencia. Mucha.
—La tienes.
—La gasto rápido contigo, imagínate con él.
Un pequeño amago de sonrisa cruza su rostro, pero desaparece casi de inmediato.
—Kian —dice con firmeza—. ¿Se puede quedar?
Aprieto los labios, sintiendo cómo algo en mi pecho se resiste... pero también sé cuándo una batalla está perdida.
—Bien... —cedo al fin, dejando caer la cabeza hacia atrás—. Se queda.
El alivio en su expresión es inmediato, aunque intenta disimularlo.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía —refunfuño—. Podría matarlo en dos días.
—No lo harás.
—No, porque probablemente él me mate primero. ¿Viste el tamaño de esas manos? ¿Qué diablos? ¿Cómo es que es tan grande?
Eso sí le arranca una risa corta.
Se acerca y, antes de que pueda anticiparlo, me despeina con esa maldita familiaridad suya.
—Buen chico.
Hago un sonido de protesta, apartando su mano.
—Papá —me quejo—. Ya no tengo cinco años.
—Lo sé —responde, aunque su sonrisa dice lo contrario—. Pero sigues siendo mi hijo.
—Tengo trabajo, pago mis cosas, tomo mis propias decisiones...
—Y aun así —interrumpe, divertido— sigues siendo mi pequeño. Y lo seguirás siendo hasta el día en que muera, que de eso no quede la menor duda.
Gimo exageradamente, dejándome caer aún más en el sofá.
—Voy a vomitar.
—Ve a bañarte mejor —dice con una media risa—. Apestas a sexo. Y a sexo muy sucio.
Me incorporo de golpe con las mejillas rojas. Odiaba cuando papá decía ese tipo de cosas. No me gustaba que hiciera alusión a mi vida sexual, y él era consciente de ello, por eso me molestaba.
—¡Oye!
—¿Me equivoco?
Lo señalo con un dedo acusador.
—¡Eres molesto!
—Y tú apestas.
—Eso es porque tuve una noche increíble, gracias por notar los detalles. Espero que los ignores la próxima vez.
Papá niega con la cabeza, claramente conteniendo otra risa.
—Anda. Ve.
Refunfuñando, me levanto y camino hacia las escaleras. Cada paso me recuerda lo increíble que fue la noche, y no precisamente de forma sutil.
Subo, girando en el pasillo... y entonces veo que la puerta de la habitación de huéspedes está entreabierta.
No debería mirar.
Definitivamente no debería mirar.
Pero lo hago. Solo un poco, tentado por la curiosidad.
Grayson está de espaldas.
Y sin camiseta.
Y sin pantalones.
Solo unos bóxers negros que... bueno. No dejan mucho a la imaginación. Se ajustan como una segunda capa de piel a su trasero.
Mi respiración se detiene por un segundo.
Es... ridículo.
Su espalda es enorme, una extensión de músculo perfectamente definido que se mueve con naturalidad mientras hace algo que no alcanzo a ver. Los surcos de su espalda se marcan con cada mínimo movimiento, bajando hasta una cintura estrecha que contrasta de forma obscena con la amplitud de sus hombros.
Trago saliva.
Fuerte.
Muy fuerte.
La tela oscura se ajusta a sus caderas de una forma que debería ser ilegal. Y cuando cambia ligeramente de postura...
Dios. Mis ojos bajan sin permiso.
Sus muslos son gruesos, poderosos, tensos incluso en reposo. Todo en él grita fuerza. Dominio. Control. Se mueve y se ve como si el mundo tuviera una deuda con él y todo le perteneciera. Es salvaje y dominante sin siquiera proponérselo.
Mi lengua pasa por mis labios sin que lo piense.
Una ráfaga intensa de calor me recorre desde el pecho hacia abajo, instalándose peligrosamente donde no debería.
Casi se me escapa un sonido, pero me detengo a tiempo.
¿Qué carajos estoy haciendo?
Es un imbécil.
Un idiota homofóbico.
Un jodido problema con el que tendría que lidiar por mucho tiempo.
Y aun así...
Aprieto los dientes.
—Contrólate —me susurro a mí mismo, apenas un hilo de voz.
Doy un paso atrás, y luego otro.
Y me obligo a apartarme de la puerta antes de hacer algo estúpido... como seguir mirando.
Entro a mi habitación y cierro de golpe. Me apoyo contra la puerta, respirando hondo. Silencio.
Después de un par de segundos, bajo la mirada.
—Eres patético —gruño para mí mismo al notar la evidente erección en mis pantalones.
Paso una mano por mi cabello y la bajo hacia mi rostro, frustrado.
Esto va a ser un desastre.
Un completo, absoluto y jodido desastre.
Definitivamente iban a ser los peores días de mi vida.