EL REINO DE KO

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Summary

En las áridas arenas del desierto, cerca del mar Muerto, fue hallada en 1940 una antigua vasija que guardaba en su interior un pergamino apócrifo. Estaba escrito en arameo antiguo, anterior incluso a los evangelios descubiertos en los acantilados del desierto de Judea por un humilde pastor de cabras. Pero no era un texto cualquiera. En aquel fragmento olvidado por el tiempo se narraba la historia de una vigilante… y de un amor condenado desde su origen. Hablaba de Kaelina, un ángel caído, y de Zareli, una princesa descendiente del antiguo linaje persa, heredera del reino de Ko. Entre ambas historias se entretejía un vínculo imposible: el amor entre un ser celestial y una humana, un lazo prohibido que el mismo Dios habría de poner a prueba. Kaelina era un ángel asistente, de belleza serena y presencia luminosa. Fiel a su hermano superior, Lucifer, creía con devoción en el amor que él profesaba al Padre. Hasta que una palabra comenzó a resonar entre los cielos: traición. No era un susurro cualquiera. Era un presagio… y nadie estaba preparado para lo que vendría después.

Genre
Fantasy
Author
IRMA77
Status
Complete
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

En las áridas arenas del desierto, cerca del mar Muerto, fue hallada en 1940 una antigua vasija que guardaba en su interior un pergamino apócrifo. Estaba escrito en arameo antiguo, anterior incluso a los evangelios descubiertos en los acantilados del desierto de Judea por un humilde pastor de cabras.

En aquel fragmento olvidado por el tiempo se narraba la historia de una vigilante… y de un amor condenado desde su origen.

Hablaba de Kaelina, un ángel caído, y de Zareli, una princesa descendiente del antiguo linaje persa, heredera del reino de Ko. Entre ambas historias se entretejía un vínculo imposible: el amor entre un ser celestial y una humana, un lazo prohibido que el mismo Dios habría de poner a prueba.

Kaelina era un ángel asistente, de belleza serena y presencia luminosa. Fiel a su hermano superior, Lucifer, creía con devoción en el amor que él profesaba al Padre. Guardaba silencio sobre cuanto oía; caminaba a su lado, como tantos otros que lo veneraban… hasta que una palabra comenzó a resonar entre los cielos: traición.

No era un susurro cualquiera. Era un presagio.

Kaelina comprendió entonces que, por encima de Lucifer, se alzaba la voluntad del Padre, y que debía advertir lo que se gestaba en las sombras celestiales. La sublevación estaba cerca. Pero el temor la asaltaba: ¿ cómo alcanzar a los arcángeles sin ser descubierta? ¿En quién podía confiar, si incluso entre los vigilantes podía ocultarse la conspiración?

Fue entonces cuando escuchó, entre ecos contenidos, los planes de algunos ángeles. Contuvo el aliento y se detuvo a observarlos. Debía reconocerlos. Debía denunciarlos. Aquello no podía suceder.

Intentó entonces comunicarse con Sertiel, su vigilante asignado, como tantas otras veces lo había hecho al concluir sus labores junto a Lucifer. Pero algo había cambiado.

El silencio.

Una fuerza invisible bloqueaba todo pensamiento que intentara escapar de aquel lugar. Ninguna señal podía atravesar ese límite. Era una prisión sin muros, diseñada para evitar que la verdad se propagara.

Comprendió que debía huir.

Se deslizó entre las sombras celestiales sin ser vista… o al menos, eso creyó. En su camino encontró a Rinel, uno de sus hermanos vigilantes. Sin perder tiempo, ambos emprendieron el ascenso hacia la presencia del arcángel Gabriel, y de ahí fueron conducidos ante Miguel.

Miguel escuchó. Y en su mirada estalló la incredulidad.

El hijo amado… ¿atreverse a usurpar el lugar del Padre?

La indignación se transformó en furia, y la furia en juicio. Sin vacilar, Miguel alzó su poder y, junto a Gabriel, expulsó a los rebeldes del cielo.

Entonces el firmamento se quebró.

Lucifer, consumido por la ira, alzó su voz y ordenó a sus seguidores descender a la Tierra, declarando aquel mundo como su nuevo dominio, junto a los hijos predilectos que el Padre había creado.

Fue en ese instante cuando Samantiel posó su mirada sobre Kaelina.

—Tú vendrás conmigo —sentenció—. Te vi escuchar. Sabes demasiado. Compartirás nuestro destino… y dudo que el Padre tenga piedad de ti.

Antes de que pudiera responder, la sujetó por las alas y la arrojó al vacío.

La caída fue interminable.

Mientras descendía, Kaelina contempló el horror: los ángeles caídos ardían en el aire, sus alas consumiéndose en fuego, desintegrándose en cenizas. Otros, los más antiguos, los más poderosos, no las perdían… pero su plumaje se tornaba oscuro, corrompido por una sombra creciente.

El cielo se extinguía sobre ellos.

Entonces miró sus propias alas.

Y lo que vio la dejó sin aliento.

No desaparecían… pero se oscurecían lentamente, como si la noche misma se hubiera aferrado a ellas.

Y en ese instante comprendió:

Su destino ya no pertenecía al cielo.