Capítulo 1
CONSPIRANDO
Kaelina había sido un ángel de presencia luminosa y belleza serena. Leal a su hermano superior, Lucifer, creía con devoción sincera en el amor que él profesaba al Padre. Silenciosa y fiel, caminaba a su lado como tantos otros que lo veneraban… hasta que un eco sombrío comenzó a resonar por los confines del cielo: traición.
No era un susurro cualquiera. Era el presagio de una tormenta.
Kaelina comprendió entonces que, por encima de Lucifer, se alzaba la voluntad del Padre, y que debía advertir lo que se gestaba en las sombras celestiales. La sublevación estaba cerca. Pero el temor la asaltaba: ¿ cómo alcanzar a los arcángeles sin ser descubierta? ¿En quién podía confiar, si incluso entre los vigilantes podía ocultarse la conspiración?
Fue entonces cuando escuchó, entre ecos contenidos, los planes de algunos ángeles. Contuvo el aliento y se detuvo a observarlos. Debía reconocerlos. Debía denunciarlos. Aquello no podía suceder.
Intentó entonces comunicarse con Sertiel, su vigilante asignado, como tantas otras veces lo había hecho al concluir sus labores junto a Lucifer. Pero algo había cambiado.
El silencio.
Una fuerza invisible bloqueaba todo pensamiento que intentara escapar de aquel lugar. Ninguna señal podía atravesar ese límite. Era una prisión sin muros, diseñada para evitar que la verdad se propagara.
Comprendió que debía huir.
Se deslizó entre las sombras celestiales sin ser vista… o al menos, eso creyó. En su camino encontró a Rinel, uno de sus hermanos vigilantes. Sin perder tiempo, ambos emprendieron el ascenso hacia la presencia del arcángel Gabriel, y de ahí fueron conducidos ante Miguel.
Miguel escuchó. Y en su mirada estalló la incredulidad.
El hijo amado… ¿atreverse a usurpar el lugar del Padre?
La indignación se transformó en furia, y la furia en juicio. Sin vacilar, Miguel alzó su poder y, junto a Gabriel, expulsó a los rebeldes del cielo.
Entonces el firmamento se quebró.
Lucifer, consumido por la ira, alzó su voz y ordenó a sus seguidores descender a la Tierra, declarando aquel mundo como su nuevo dominio, junto a los hijos predilectos que el Padre había creado.
Fue en ese instante cuando Samantiel posó su mirada sobre Kaelina.
—Tú vendrás conmigo —sentenció—. Te vi escuchar. Sabes demasiado. Compartirás nuestro destino… y dudo que el Padre tenga piedad de ti.
Antes de que pudiera responder, la sujetó por las alas y la arrojó al vacío.
La caída fue interminable.
Mientras descendía, Kaelina contempló el horror: los ángeles caídos ardían en el aire, sus alas consumiéndose en fuego, desintegrándose en cenizas. Otros, los más antiguos, los más poderosos, no las perdían… pero su plumaje se tornaba oscuro, corrompido por una sombra creciente.
El cielo se extinguía sobre ellos.
Entonces miró sus propias alas.
Y lo que vio la dejó sin aliento.
No desaparecían… pero se oscurecían lentamente, como si la noche misma se hubiera aferrado a ellas.
Y en ese instante comprendió:
Su destino ya no pertenecía al cielo.








