Prólogo
En el principio, el mundo no era más que un rugido de elementos sin nombre. Fue la Esencia la que otorgó orden al caos, dividiendo la existencia en cuatro latidos distintos, cuatro reinos que, aunque nacidos de la misma tierra, aprendieron convivir para sobrevivir.
Al este, el Reino de Hierro, donde los hombres son como su tierra: duros, inquebrantables y forjados en el silencio. Allí, la ferromancia no es un don, es una carga. El linaje de los gobernantes posee la templanza del metal; son capaces de sentir la vibración de cada espada en un radio de leguas, convirtiendo su cuerpo en el yunque donde se aplaca el dolor del mundo. Se dice que su heredero, un joven de belleza gélida y corazón de acero, puede forjar milagros con las manos y domina el metal mejor que cualquiera que se haya visto en siglos.
Al sur, las tierras donde el sol nunca se pone: el Reino de Fuego. Es el hogar de la piroquinesis y la pasión desmedida. Sus señores no solo queman, sino que inspiran. Su poder es un espejo de su alma; llamas doradas para el banquete y blancas para la aniquilación. Son seres de carisma incendiario, capaces de encender la chispa de la locura en el pecho de los hombres con solo una mirada.
Entre ambos, como una caricia necesaria para que el hierro no se oxide y el fuego no lo consuma todo, se extiende el Reino de los Ríos. Los hijos del agua poseen la fluidez de la hidromancia y el peso de la empatía. Son el puente, los mediadores, los curanderos que lavan las heridas de las guerras ajenas. Su fuerza no radica en el golpe, sino en la persistencia del cauce que, tarde o temprano, termina por quebrar la roca más dura.
Pero existe un eco, una leyenda que muchos no conocen, el Reino del Viento. Un linaje perdido u oculto, nacido de las mismas aguas de los ríos pero elevado hacia las alturas. Se dice que sus herederos caminan entre corrientes invisibles, indomables y esquivos, con la capacidad de escuchar en las brisas los secretos que el mundo intenta ocultar. Un reino insolente que no responde ante reyes ni ante dioses.
El equilibrio siempre fue frágil. Durante siglos, el Hierro y el Fuego han chocado como el martillo contra el pedernal, sacando chispas que amenazan con incendiar la creación. Y en el centro de este conflicto, un triángulo de voluntades se está formando:
Un príncipe de hierro que prefiere el silencio a la gloria.
Un príncipe de fuego que desea el mundo a sus pies.
Y una princesa de agua que posee el poder de unirlos... o de traicionarlos a ambos por un bien mayor.
La profecía es clara: cuando el hierro se quiebre por amor y el fuego se extinga por traición, solo el viento del olvido podrá traer una nueva era.
Esta es la historia de cómo los reinos cayeron, no por el acero de las espadas, sino por la fragilidad de una promesa rota.