Proyecto Moros

All Rights Reserved ©

Summary

En 2026, la juventud es solo un recurso. La corporación Kairós arranca a miles de adolescentes de entre 16 y 19 años de sus vidas con una excusa desesperada: su sangre es la cura que salvará al mundo en el año 2050. Pero la misión es un exilio brutal. Son arrojados 25 años al pasado, a una Tierra que parece la nuestra pero que está infestada de criaturas y sumida en un silencio aterrador. El objetivo es encontrar tres botones dispersos para volver a casa, pero el hambre y el horror pesan más que la esperanza. Lo más difícil no son los infectados, sino cómo la presión fragmenta la mente de los chicos. El grupo se cae a pedazos entre peleas por el mando, traiciones y el miedo constante. ¿Qué quedará de ellos si antes de salir se destruyen?

Genre
Horror/Scifi
Author
LEONEL
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: La Voz del Cielo

El despertador de Andrés no había sonado, o quizás él lo había ignorado en ese limbo de cansancio extremo que sigue a una noche en vela. El sol de abril de 2026 se filtraba con una timidez metálica por las rendijas de la persiana, dibujando líneas de polvo sobre el desorden de cables, bocetos y libros abiertos. Fue el sonido de los nudillos de su madre contra la madera lo que finalmente rompió el hechizo del agotamiento.

—Andrés, arriba. Son las siete y cuarto. No quiero quejas luego si pierdes el transporte —la voz de su madre sonaba amortiguada, pero con esa firmeza de quien ya lleva horas en marcha.

Él emitió un gruñido ininteligible, hundiéndose más en la almohada. Escuchó los pasos de ella alejarse hacia la cocina y el siseo de la cafetera eléctrica. Ese sonido, cotidiano y casi aburrido, era la banda sonora de su rutina. No tenía idea de que, en pocos meses, ese siseo sería uno de los recuerdos que más le dolería evocar.

Cinco minutos después, Andrés apareció en la cocina arrastrando los pies, con el pelo revuelto y la mirada perdida. Se dejó caer en la silla frente a su madre, que revisaba distraídamente unas facturas mientras bebía una taza humeante.

—Buenos días, marmota —dijo ella sin levantar la vista, aunque una pequeña sonrisa se asomó en su rostro al verlo tan demacrado.

—No son buenos, mamá. Son obligatorios —respondió Andrés con voz ronca, alcanzando la caja de cereales como si pesara una tonelada.

Ella dejó la taza a un lado y lo observó con detenimiento. Andrés tenía diecisiete años y cargaba con esa mezcla de torpeza juvenil y una inteligencia que solía esconder tras una máscara de desgana. Pero hoy, las ojeras eran profundas.

—Tienes una cara terrible, hijo. ¿Otra vez con la pantalla hasta la madrugada?

Andrés suspiró, dejando caer la cuchara en el cuenco con un sonido metálico.

—El proyecto de Integración Social. Tenía un mes para terminarlo y, bueno... lo acabé a las cuatro de la mañana. Si no lo entregaba hoy, estaba fuera.

Su madre negó con la cabeza, entre la resignación y la ternura.

—Siempre al límite, Andrés. Algún día las prisas te van a dar un susto. Come algo, por favor. Siempre vas con el estómago vacío y hoy pareces un fantasma.

—Es solo un trabajo de clase, mamá. No es el fin del mundo —murmuró él, mirando por la ventana hacia el horizonte de la ciudad, donde las torres de comunicaciones de las grandes corporaciones se alzaban como agujas—. El sistema educativo es una pérdida de tiempo, nos piden planes de vida para un futuro que ni siquiera sabemos cómo va a ser.

Ella guardó silencio un momento, mirando el televisor que mostraba imágenes mudas de satélites y propaganda institucional.

—Solo quiero que estés preparado para lo que venga, sea lo que sea. El mundo está raro, Andrés. La gente está nerviosa.

—Es el estrés de la ciudad, nada más —le restó importancia él, terminando su desayuno a toda prisa cuando el reloj de la pared marcó las siete y cuarenta—. Todo sigue igual que ayer.

Andrés se puso la mochila al hombro, sintiendo el peso de los libros que odiaba cargar. Se detuvo en el umbral de la puerta, buscando las llaves en sus bolsillos con torpeza.

—¡Me voy! —gritó hacia el pasillo.

Su madre salió de la cocina secándose las manos en un paño. Se acercó y, a pesar de las quejas de Andrés, le dio un beso rápido en la mejilla y le acomodó el cuello de la camiseta, que estaba hecho un desastre por las prisas.

—Lleva cuidado. Y llámame si vas a tardar en volver, ¿vale? No quiero estar preocupada.

—Que sí, mamá. No soy un niño —Andrés puso los ojos en blanco, pero le devolvió una sonrisa rápida antes de abrir la puerta—. Nos vemos luego. Te quiero.

—Y yo a ti, hijo. ¡Suerte con ese proyecto!

—¡La voy a necesitar! —respondió él ya desde el rellano, el eco de sus pasos resonando en la escalera mientras bajaba a toda prisa hacia una mañana que parecía igual a todas las demás.

Ella se quedó un momento en la puerta abierta, mirando el espacio vacío que su hijo acababa de dejar. Había una calma extraña en el edificio, un silencio que precedía al estallido. Cerró la puerta con llave, sin sospechar que el mundo que conocían estaba a punto de desaparecer bajo un anuncio que nadie vio venir.•

El estruendo de un juguete de plástico chocando contra el suelo fue lo que sacó a Marco de su sueño. No hubo despertadores elegantes ni caricias suaves; solo la energía desbordante de Lucía, su hermana de seis años, que ya correteaba por el pasillo gritando algo sobre un dibujo animado. Marco hundió la cara en la almohada, intentando retener los últimos retazos de paz, pero el olor a tostadas y el murmullo de la radio en la cocina le indicaron que la tregua había terminado.

—¡Marco, muévete! ¡Tu padre ya está sacando el coche! —el grito de su madre llegó desde la planta baja, cargado de esa urgencia doméstica tan propia de los lunes.

Se levantó con un bostezo que parecía no terminar nunca. A sus dieciocho años, Marco era el pilar silencioso de la casa, el hermano mayor que siempre sabía dónde estaban las llaves y el hijo que nunca daba problemas. Se vistió mecánicamente y bajó las escaleras de dos en dos, esquivando un camión de bomberos de juguete que Lucía había abandonado en el tercer escalón.

En la cocina, la escena era la de siempre: su padre terminaba de anudarse la corbata mientras tomaba café de pie, consultando el reloj de pulsera con nerviosismo.

—Casi te quedas en tierra, campeón —dijo su padre, dándole una palmada en el hombro—. ¿Cómo va ese examen de matemáticas?

—Controlado, papá. Si las integrales no me matan hoy, nada lo hará —respondió Marco con una sonrisa tranquila, sentándose a la mesa.

Su madre apareció con un plato de huevos revueltos, depositándolo frente a él con una precisión coreografiada. Se detuvo un segundo para besarle la coronilla antes de volverse hacia Lucía, que intentaba alimentar al perro con trozos de galleta.

—Lucía, deja a "Thor" en paz y termina de desayunar. Marco, ¿te has llevado la sudadera azul? Dicen que el tiempo va a cambiar de golpe.

Mamá, hace un sol increíble fuera. No la necesito —contestó él, aunque sabía que terminaría metiéndola en la mochila solo para no discutir.

—Hazle caso a tu madre, Marco. El cielo tiene un color raro hoy —añadió su padre, frunciendo el ceño mientras miraba por la ventana hacia los rascacielos de 2026, que brillaban bajo una luz extrañamente blanquecina.

La radio de la cocina emitía una mezcla de música pop y anuncios de seguros, un ruido de fondo que nadie escuchaba realmente. Marco observaba a su familia: su hermana manchada de mermelada, su madre peleando con la mochila de la escuela de la niña y su padre repasando mentalmente su agenda de trabajo. Era un cuadro de normalidad perfecta, de esas que uno da por sentadas hasta que dejan de existir.

—¡Vámonos ya! —sentenció su padre, agarrando el maletín—. Marco, te dejo en la esquina del instituto, que hoy tengo una reunión a primera hora en la oficina.

Marco apuró el último sorbo de zumo y se levantó. Se acercó a Lucía y le despeinó el flequillo, ganándose una protesta chillona y una risa de su hermana.

—Pórtate bien, enana. Si me entero de que has vuelto a pintar las paredes, no hay helado el viernes.

—¡Mentira! —le gritó ella, lanzándole una servilleta arrugada.

Se despidió de su madre con un abrazo rápido en el umbral de la cocina. Ella lo retuvo un segundo más de lo habitual, mirándolo a los ojos con esa intuición materna que a veces roza lo profético.

—Ten cuidado, ¿vale? Llama si pasa cualquier cosa.

—Siempre lo hago, mamá. Tranquila —le aseguró Marco, cruzando la puerta hacia el garaje.

Subió al coche y saludó a su padre, que ya estaba arrancando el motor.

                                  •

—¡Buenos días, mundo! —exclamó Thiago al entrar en la cocina, con una energía que contrastaba violentamente con la penumbra de la estancia.

Su padre estaba sentado a la mesa, con la mirada perdida en una taza de café frío y la camisa mal abrochada. Desde que la madre de Thiago falleció hacía exactamente un año, el hombre parecía habitar un cuerpo que le pesaba demasiado. El duelo se le había quedado instalado en los hombros, y solo la voz de su hijo mayor lograba, a ratos, traerlo de vuelta.

—Thiago... qué ruidoso eres tan temprano —murmuró su padre, aunque una chispa de gratitud cruzó sus ojos cansados al ver a su hijo ya vestido y listo—. ¿Has visto las llaves del coche? No las encuentro por ninguna parte.

—Están en el frutero, papá. Las dejaste ahí anoche mientras intentabas recordar dónde habías puesto el pan —respondió Thiago con una sonrisa amplia, moviéndose por la cocina con una agilidad casi coreográfica—. Y no soy ruidoso, soy "entusiasta". Es una diferencia sutil pero importante.

Thiago empezó a preparar el desayuno de Nico, su hermano de siete años, que apareció en la puerta arrastrando una manta y con el pelo revuelto. El pequeño se subió a la silla en silencio, con esa timidez que se le había quedado grabada desde el funeral. Thiago se agachó frente a él, le hizo una mueca absurda que le deformó toda la cara y le dio un suave toque en la nariz.

—¿Qué pasa, capitán? ¿Hoy vamos a conquistar el colegio o prefieres que te prepare los cereales espaciales? —preguntó Thiago, logrando que el niño soltara una risita tímida.

—Cereales espaciales, Thiago. Con mucha leche —susurró el pequeño.

—Tus deseos son órdenes.

Mientras servía el desayuno, Thiago observaba el vacío en la cabecera de la mesa. La silla de su madre seguía ahí, pero ahora servía para acumular correo sin abrir y carpetas del trabajo de su padre. El dolor seguía vivo, vibrando en las paredes, pero Thiago se había hecho una promesa: mientras él estuviera allí, su casa no sería un cementerio. Él sería el ruido, la risa y el pegamento que mantendría los trozos de su familia unidos.

—Papá, hoy salgo un poco más tarde —dijo Thiago, echando una manzana y un par de barras de energía en su mochila—. Tengo entrenamiento de baloncesto y luego he quedado para terminar un trabajo de historia. Pero no te preocupes, he dejado la lasaña en la nevera, solo tienes que calentarla veinte minutos.

Su padre se detuvo, con la taza a medio camino de la boca, y lo miró con una mezcla de orgullo y culpa.

—Hijo, haces demasiado. Deberías estar pensando en tus cosas, en tus amigos... no en si tu padre se olvida de cenar.

—Mis cosas son estas, papá —replicó Thiago, dándole una palmada sonora en el hombro mientras le ajustaba el cuello de la camisa—. Somos un equipo, ¿no? Además, si te dejo a cargo de la cocina, acabaremos pidiendo pizza por quinta vez esta semana y Nico va a terminar convertido en una peperoni.

El pequeño Nico soltó una carcajada más fuerte esta vez, y por un segundo, la casa pareció recuperar el brillo de hace un año. Era una mañana normal, maravillosamente cotidiana dentro de su tragedia personal. Thiago se puso la mochila, se despidió de su hermano con un choque de manos y le dio un abrazo rápido a su padre.

—¡Me voy! ¡Portaos bien y no queméis nada! —gritó desde el umbral.

—¡Lleva cuidado, Thiago! —le gritó su padre desde la cocina—. ¡Y ponte la chaqueta, que el cielo se está poniendo muy oscuro por el norte!

—¡Que no hace frío, papá! —respondió él ya desde las escaleras, bajando de tres en tres con la música a tope en sus auriculares.

Salió a la calle respirando el aire metálico de la ciudad, sintiéndose invencible. Estaba convencido de que lo peor ya había pasado, que tras la muerte de su madre ya nada podría herirles.

El Instituto Nacional no tenía nada de especial, y quizá por eso se sentía como un hogar. Era un edificio de ladrillo visto con las esquinas desconchadas, donde las taquillas nunca cerraban bien y el patio olía a una mezcla de café recalentado de la máquina y a la humedad de los aspersores que goteaban. No había hologramas ni tecnología punta a la vista; solo bancos de madera pintarrajeados con nombres de parejas que ya ni existían y el eco constante de cientos de zapatillas arrastrándose por el suelo de granito.

Thiago llegó con los hombros caídos, cargando una mochila que parecía llena de piedras. Se dejó caer en el banco de siempre, soltando un suspiro que le infló las mejillas.

—Mírenle la cara... parece que lo ha masticado un perro y lo ha escupido después —soltó Eros, que estaba sentado con un pie apoyado en el borde del banco, balanceándose hacia atrás—. Thiago, en serio, das asco. ¿Te has peinado con un tenedor o qué te pasa?

—Cállate, Eros, no me hables en este tono que me duele hasta el pelo —rio Thiago, dándole un empujón flojo en la rodilla—. Me quedé hasta las tantas con el trabajo de Historia. Mi padre se durmió en el sofá y me tocó a mí terminar de recoger la cocina y luego ponerme con las fechas de la guerra esa.

—Es que eres un flojo —intervino Jinx, que estaba sentada en el suelo, apoyada contra las piernas de Thiago mientras intentaba arreglarse una uña rota—. Yo también lo terminé, pero no tengo esas ojeras de haber estado llorando por las esquinas.

—No son por el trabajo, Jinx —saltó Isabel, levantando la vista de su móvil con una sonrisa maliciosa—. Es que nuestro Thiago todavía tiene el fantasma de Linda soplándole en la nuca. Tres meses y sigue con esa cara de perro apaleado.

Thiago puso los ojos en blanco y se tapó la cara con las manos, aunque se le escapaba la risa.

—Que no es por Linda, de verdad. Ya ni me acuerdo de su cara.

—¡Mentira! —exclamó Joseph, que hasta ese momento estaba callado, comiéndose un sándwich envuelto en papel de aluminio—. El otro día pasamos por delante de su casa y te quedaste mirando la ventana como si esperaras que saliera a pedirte perdón. Da un poco de grima, tío.

—¡Es que era insoportable! —gritó Eros, estallando en una carcajada que hizo que unos chicos de segundo se dieran la vuelta—. ¿Se acuerdan cuando te hizo salir de la fiesta porque decía que la música le daba "dolor de alma"? ¿Quién dice eso, Thiago? ¿Quién tiene dolor de alma por un poco de reguetón?

—Y lo del mirador —añadió Isabel, guardándose el móvil en el bolsillo trasero del pantalón—. Pobre Thiago, ahí gastándose el poco dinero que tenía en gasolina para llevarla a ver las estrellas, y la tía se pone a quejarse de que el viento le despeinaba el flequillo. ¡El flequillo! Estábamos a diez grados y ella preocupada por los pelos. No te merecía ni un minuto, de verdad. Era puro plástico y pose.

—Era un lastre, tío —sentenció Jinx, dándole un golpecito en el zapato—. Te tenía como un tonto, siempre pendiente de si estaba cómoda o si el sol le molestaba en los ojos. Desde que no estás con ella, por lo menos te ríes de verdad, aunque tengas esa cara de zombi ahora mismo. El tipo ese de la academia de vuelo se ha llevado una joyita, que se divierta él pagándole las ensaladas de veinte euros.

Thiago se destapó la cara, riendo a carcajadas. Era verdad. Sus amigos eran unos brutos, pero tenían razón.

—Vale, vale, ya está bien de bullying. Era una pesadilla y yo estaba cegado, ¿contentos?

—Mucho —dijo Joseph, terminando su sándwich y limpiándose las manos en el pantalón—. Ahora muévete, que si llegamos tarde otra vez, el de Física me va a hacer un examen sorpresa solo por verte la cara de sueño que traes.

El grupo se levantó entre empujones, bromas pesadas y risas que llenaban el pasillo de vida. Thiago caminaba en el medio, sintiéndose por fin en su sitio. Se sentía ligero, a salvo. Miró el reloj de la pared, que siempre iba dos minutos atrasado, y pensó que ese iba a ser un lunes normal.

Andrés caminaba por el pasillo principal sintiendo que el suelo se movía un poco más de lo normal. El zumbido de las conversaciones ajenas le rebotaba en las sienes como pequeñas agujas. No era solo el sueño; era esa sensación de vacío que te deja el haber forzado la máquina hasta las cuatro de la mañana para terminar un proyecto que, sospechaba, al profesor Martínez ni siquiera le importaría corregir.

Se detuvo frente a su taquilla y apoyó la frente contra el metal frío. Un segundo de paz. Solo un segundo.

—Oye, ¿te has muerto o solo estás ensayando para el funeral de tus notas? —escuchó una voz familiar a sus espaldas.

Andrés ni siquiera abrió los ojos. Reconocía ese tono burlón a un kilómetro de distancia. Era Eros, que llegaba con las manos en los bolsillos y esa energía insultante de quien ha dormido diez horas del tirón.

—No empieces, Eros. Mi cerebro es ahora mismo un puré de fechas y nombres de gente que lleva muerta un siglo —masculló Andrés, abriendo la taquilla con torpeza.

—Ya, ya. El famoso proyecto de Integración Social. Te dije que lo empezaras hace un mes, pero claro, el señor prefiere vivir al límite —Eros le dio una palmada en la espalda que casi lo hace perder el equilibrio—. Venga, muévete. Thiago ya está en el banco con esa cara de felicidad que da asco ver tan temprano. Dice que hoy es un "gran lunes".

Andrés suspiró, cerró la taquilla de un golpe y se colgó la mochila, que pesaba como si llevara piedras dentro.

—Si Thiago sonríe más de la cuenta hoy, le voy a tirar el café encima. Solo por equilibrio cósmico.

Marco, por su parte, entró al instituto todavía con el eco de las risas de su hermana pequeña, Lucía, resonando en su cabeza. Su padre lo había dejado en la esquina habitual tras un viaje en coche lleno de planes para las vacaciones de verano. Marco se sentía... normal. Demasiado normal. Tenía esa tranquilidad de quien tiene una casa llena, una madre que le recuerda la chaqueta y un examen de matemáticas que, por una vez, no le quitaba el sueño.

Mientras cruzaba el patio, vio a lo lejos el banco de siempre. Ya estaban casi todos. Vio a Jinx sentada en el suelo, discutiendo algo con Isabel, que no soltaba su tableta ni para respirar. Joseph estaba en su burbuja, como siempre, probablemente repasando mentalmente la tabla periódica o algo igual de intenso.

—¡Eh, familia! —gritó Marco levantando la mano mientras se acercaba—. ¿A quién estamos diseccionando hoy? Espero que no sea a mí, que vengo con la guardia baja.

—Llegas tarde, Marco —dijo Isabel sin mirarlo, aunque con una media sonrisa—. Estábamos justo empezando con el plato principal: el mal gusto de Thiago para las mujeres.

Marco se sentó al borde del banco, dejando espacio para que Andrés se desplomara a su lado segundos después.

—Ah, ¿otra vez con Linda? Pensé que ese tema ya estaba enterrado con los dinosaurios.

—Qué va —rio Marco, dándole un empujón a Thiago—. Es el tema nacional. ¿Te acuerdas de cuando nos hizo cancelar la barbacoa porque decía que el humo le ensuciaba los poros de la cara?

El grupo estalló en risas de nuevo. Marco miró a sus amigos uno por uno. Thiago riendo a pesar de las ojeras, Andrés intentando no quedarse dormido sobre su propio hombro, las chicas peleando por quién tenía la anécdota más ridícula de la ex de Thiago... Era un momento perfecto. Tan cotidiano que dolía.

Marco se recostó contra el respaldo de madera, mirando hacia el edificio del instituto. Todo se sentía seguro. Todo estaba en su sitio. No había ninguna señal en el cielo, ningún ruido extraño, nada que le advirtiera que esa era la última mañana en la que su única preocupación sería burlarse de una chica superficial o aprobar un examen de álgebra.

_Disfrutad del bullying, chavales —dijo Marco con un suspiro de satisfacción—. Que hoy se siente como un buen día para estar vivos.

El sol de la tarde empezaba a caer sobre las canchas exteriores del polideportivo, dejando un rastro de calor húmedo en el aire que se mezclaba con el olor a caucho quemado y sudor. Thiago caminaba dando botes lentos a un balón de baloncesto desgastado, sintiendo el esfuerzo en los gemelos después de dos horas de entrenamiento intenso. A su lado, Eros se pasaba una toalla por la nuca, todavía con la respiración algo agitada pero con la energía de siempre, mientras Joseph caminaba un paso por detrás, bebiendo agua a sorbos cortos y constantes.

—Te digo que ese último triple fue pura suerte, Thiago. No me vengas con que fue técnica porque tiraste casi sin mirar —dijo Eros, soltando una risotada y dándole un empujón en el hombro a su amigo.

—Suerte es lo que tú tienes de que no te haya hecho un tapón en la jugada anterior —le devolvió Thiago con una sonrisa cansada—. Estaba bien colocado, Joseph lo vio, ¿a que sí?

Joseph asintió levemente con la cabeza, sin dejar de caminar.

—Estabas en la posición correcta, pero Eros tiene razón en que el ángulo era difícil. De todas formas, lo que importa es que entramos en las finales del torneo local. Eso significa que el viernes nos toca celebrar.

—Eso si Thiago no decide que tiene que quedarse a estudiar para compensar las horas de sueño que le debe a su padre —añadió Eros, mirando de reojo a Thiago—. Que ahora que eres el soltero de oro del grupo, parece que te han entrado ganas de ser el estudiante ejemplar.

Thiago rodó los ojos, divertido.

—No empieces otra vez con eso. Solo quiero que las cosas en casa vayan bien, mi padre está más tranquilo cuando ve que no descuido los estudios.

Los tres cruzaron el arco de salida del polideportivo, saliendo hacia la calle principal donde el tráfico de la tarde empezaba a congestionarse. Estaban bromeando sobre qué cenarían cuando, de golpe, el sonido de la ciudad se apagó. No fue un silencio natural; fue como si alguien hubiera bajado el interruptor de un inmenso altavoz invisible.

De pronto, una vibración profunda empezó a sacudir el pavimento bajo sus pies, y desde lo más alto del cielo azul, una voz inmensa, metálica y omnipresente, retumbó con una potencia que les hizo llevarse las manos a los oídos. No era un trueno, era una voz que parecía nacer de las nubes mismas.

Mientras tanto, a unos pocos kilómetros de allí, Marco cerraba la puerta de entrada de su casa con un suspiro de alivio. El día en el instituto había sido largo, y lo único que quería era soltar la mochila y tumbarse un rato. Sin embargo, antes de que pudiera llegar a la cocina, escuchó el ruido metálico de herramientas chocando en el pequeño taller que su padre tenía junto al garaje.

Se asomó y vio a su padre inclinado sobre el motor de una cortadora de césped vieja, con las manos manchadas de grasa y el ceño fruncido.

—¿Problemas con el carburador otra vez? —preguntó Marco, dejando su mochila en un rincón y acercándose para mirar.

Su padre levantó la vista y sonrió, limpiándose el sudor con el antebrazo.

—Es una batalla perdida, pero me niego a comprar una nueva. Pásame la llave del diez, está justo detrás de la caja de tornillos.

Marco se la entregó y se quedó allí, ayudándolo a sujetar una de las piezas móviles mientras conversaban con la calma de la tarde.

—¿Qué tal el día? ¿Te ha dado mucha guerra el profesor de física? —preguntó su padre, apretando un tornillo con cuidado.

—Lo de siempre. Cree que somos genios y nos manda ejercicios que parecen jeroglíficos. Pero bueno, al menos las risas con los chicos en el recreo compensan el resto del día. Thiago sigue siendo el blanco de todas las bromas.

Su padre soltó una carcajada suave.

—A esa edad es lo que toca. Aprovecha ahora que tu única preocupación es un examen o una ex novia pesada. Cuando seas mayor echarás de menos estas tardes de no hacer nada productivo.

Marco estaba a punto de responder cuando sintió un escalofrío. El perro de los vecinos, que solía ladrar a todo lo que pasaba, se quedó completamente mudo. Su padre dejó caer la llave inglesa, que impactó contra el suelo con un ruido seco que pareció resonar más de la cuenta.

El cielo, que hace un segundo era de un celeste claro, pareció tensarse. Entonces, la misma voz que escuchaban Thiago y sus amigos en el polideportivo estalló sobre el techo de su casa, haciendo vibrar las ventanas y el pecho de Marco, como si el propio aire estuviera hablando. Todo se detuvo. El mundo entero se convirtió en un inmenso receptor a la espera de un mensaje que nadie estaba preparado para recibir.

El cielo de 2026 dejó de ser una cúpula de aire para convertirse en una membrana vibrante de un tono violeta eléctrico. La voz no salía de altavoces, sino que parecía emanar de las moléculas del oxígeno, metiéndose en los huesos de cada persona que caminaba sobre la superficie.

En el polideportivo, Thiago soltó el balón de baloncesto. El cuero naranja rebotó un par de veces en el cemento, produciendo un eco que hería el silencio antinatural que se había apoderado de la ciudad. Eros y Joseph se quedaron petrificados, mirando hacia arriba con los ojos desorbitados. La voz empezó a tronar, gélida y autoritaria, con una claridad que helaba la sangre:

-HABLA LA CORPORACIÓN KAIRÓS, DESDE EL AÑO 2050, PARA COMUNICARLES UNA NOTICIA DE VITAL IMPORTANCIA; UNA DE LA QUE DEPENDE NUESTRO FUTURO Y, POR SUPUESTO, EL SUYO.

Thiago sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Pensó en su padre solo en casa, en su hermanito Nico esperándolo para jugar. La voz continuó, implacable, resonando contra los edificios de cristal:

—ACTUALMENTE, EN EL AÑO 2050, ESTAMOS SUFRIENDO EL ATAQUE DE ORGANISMOS VIVOS CON UNA SED DE SANGRE INSACIABLE. ES UNA BATALLA QUE, LAMENTABLEMENTE, ESTAMOS PERDIENDO. SIN EMBARGO, LA SALVACIÓN RESIDE EN USTEDES, LOS JÓVENES: USTEDES POSEEN LA CURA, O MEJOR DICHO, LA POSEERÁN.

En el taller, Marco sintió que las rodillas le flaqueaban. Su padre, con las manos aún manchadas de grasa, lo agarró del brazo con una fuerza desesperada, como si intentara anclarlo al suelo, como si presintiera que el aire mismo estaba a punto de robárselo. La radio del garaje chisporroteó y se unió al clamor que bajaba del cielo:

—POR ELLO, LES PRESENTAMOS EL PROTOCOLO MOROS: TRASLADAREMOS A TODOS LOS JÓVENES DEL MUNDO, ENTRE LOS 16 Y 19 AÑOS, A UN ENTORNO DISEÑADO POR NOSOTROS AL QUE DENOMINAMOS MORFOS. ES UN MUNDO SIMILAR A LA TIERRA QUE PRESENTARÁ DESAFÍOS Y AMENAZAS QUE ESTAMOS SEGUROS PODRÁN SUPERAR.

Andrés, que caminaba solo de regreso a casa con el peso del cansancio, se detuvo en seco en mitad de una acera donde todos habían soltado sus teléfonos para mirar al vacío. El pánico empezó a burbujear en el ambiente. La voz no mostraba piedad, solo una lógica corporativa y fría:

—NO PODRÁN LLEVAR NADA NI A NADIE. SERÁN TELETRANSPORTADOS A ESTE MUNDO BAJO EL RIESGO DE... MORIR. ENTIENDAN QUE SERÁ UN SACRIFICIO QUE EL FUTURO RECORDARÁ ETERNAMENTE. SOLO AQUELLOS QUE SOBREVIVAN REGRESARÁN; MIENTRAS TANTO, EN SU REALIDAD, EL TIEMPO NO TRANSCURRIRÁ.

Thiago buscó la mirada de Eros, pero su amigo estaba pálido, con la mandíbula apretada. Joseph, por primera vez, había perdido su calma absoluta y respiraba de forma entrecortada, mirando sus manos como si ya no le pertenecieran. La sentencia final cayó sobre ellos como una losa de hormigón:

—PREPÁRENSE. TIENEN UNA HORA. RECUERDEN: EL FUTURO SE LO AGRADECE.

El sonido cesó de golpe, dejando tras de sí un pitido agudo en los oídos de toda la humanidad. Durante unos segundos, el mundo permaneció en un silencio sepulcral, una calma estática antes de que el primer grito de una madre rompiera el aire de la tarde. El cronómetro hacia lo desconocido acababa de empezar a correr, y el cielo comenzó a parpadear con una luz blanca que anunciaba el fin de su vida normal