Las Leftrooms

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Summary

En un universo, de mundos liminales y realidades distorsionadas, un hombre trabajador por fin podrá dejar su pasado en paz. Adentra tu mente en las Leftrooms desde las perspectiva de Exe, un hombre que cayó a este mundo y perdió toda su juventud allí. Sin embargo, un día cualquiera, su yo de 18 años se le aparecerá para cambiarlo todo. Un libro que ilustra la pérdida de identidad, la depresión, la ruptura y la aceptación en un entorno que refleja la mente y el alma.

Genre
Scifi
Author
USans
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Las Leftrooms

Por José “USans” Araneda

Porque en el mundo no hay mayor dolor

Que perderse uno mismo entre la pena

Buscar y juzgar a uno mismo por su color

Si tiene brillos o la billetera llena

No dejes que tu pasado te pise

Respira profundo y suspira:

“Ni bien me duela la acción que hice,

Que recuerde que aún hay alguien que me quiera”

-Exe

Capítulo I

La caída

Y bien hubiese despertado con el sonido de la alarma, aquel joven que encontró un mundo lleno de locuras y estruendosos escenarios. Se movía lento, con falta de energía. Como si todo le fuera monótono, aburrido, repetitivo. Sea el agarrar su taza de café para no caer rendido ante los brazos de Morfeo, o quizás era el hecho de tener 32 y aún así estar solo.

Se levantaba Exe, un hombre que en algún momento no lo era. En años que no iba al médico a reiniciar su tratamiento. Se sentía ajeno, algo que antes le apasionaba con fervor ahora era inútil, casi que pecado. En algún momento del día le volvía a la mente su antigüo armario. Estaba lleno de prendas ajustadas, alguna que otra de seda que volaba con el viento cálido de ese momento.

Pero para lamentarse faltaban horas en el día. Para lamentarse estaban los que miraban por la ventana un Viernes en la noche, pensando en idioteces antes de que la resaca pegara duro. Exe no era así, aunque deseaba serlo. En su trabajo le llaman el rincón sin decibelios. No sonaba ni el click del reloj cuando avanzaba la hora, algunos decían que era un muerto viviente de esos juegos que él solía jugar.

Exe entraba nuevamente a su oficina, que estaba extrañamente impecable y ordenada. Era extraño, casi que de otro mundo. La OTEL lo llamaba el mejor empleado del mes, sus amigos el chico del rincón, pero Exe era complicado. Su mente se inundaba de recuerdos que, aunque ahora parecen dolorosos, eran sus momentos de gloria y felicidad.

-¿Cómo van las cosas?- le decía un amigo suyo, o eso cree él. La verdad, Exe nunca consideró tener amigos. Se sentaba al fondo del escritorio compartido que hacían llamar lugar de trabajo. Ese montón de sardinas enlatadas, buscando y tecleando información como locos, eran los compañeros de trabajo del susodicho.

-Bien, bien… Gracias por preguntar- respondió desganado el ya no tan joven Exe, cuyo lumbago empezaba a sentirse. Hace nada se había inscrito a ese lugar, más precisamente al departamento de Ayudas y Emergencias de la OTEL. ¿Ayudas y Emergencias? A veces se sentía más como que el nombre se lo dieron por falta de creatividad más que como utilidad. Trabajar en ese sector, según Exe, era rezar que nadie necesitara babosadas y te trataran mal por negarte.

Así empezó su día, uno más del montón que ya son dentro de la compañía. O algo así, nadie sabe realmente si esto es una organización o algo más profundo. Nadie se atreve a preguntar, y no porque sea amenazante o esté en contrato. Simplemente nadie quería, quiso ni quiere preguntar. Exe tampoco. Para qué arriesgar el laburo, si no recibirás respuestas.

-Exe, por favor venga al hangar 4-

-Maldita sea…- murmura Exe. Ese llamado por megafonía era una sentencia de muerte. Se acercaba el momento del día más aburrido para el muchacho, ese que ni sus mayores enemigos merecen sufrir.

-Saludos Exe, y perdona el llamado sorpresa- dice el jefe del hangar, el señor Benavides. Era un buen tipo, era imposible que cayera como piedras en el riñón. Este hombre encontró a Exe tiempo atrás, le dió empleo estable y se hizo un organismo importante en su día a día. Aún así, Exe no podía con él. No era pesado, ni mala onda, solo tenía mucho trabajo y pocos trabajadores.

-Nos han avisado que hay gente que necesita ayuda en el nivel 0-

-¿Y por qué debo ser yo el que vaya a verlo? Pensaba que éramos muchos- el chico siempre ha sido increíblemente bueno para quejarse. Nadie lo culpa, viendo lo serio que es, porque todo le cae a él. Cosas tan mundanas inclusive, como ser auxiliar de limpieza.

-Vamos Exe, yo sé que este es tu momento- el señor Benavides sonríe, y al final, Exe acepta. Con un peso en los hombros más grande que la mochila con provisiones que tenía que cargar, Exe se prepara. El mundo allá afuera era diferente, por ponerlo de alguna forma. No era precisamente peligroso, pero era tan enrevesado que hasta los rompecabezas más locos del mundo son nada ante las Leftrooms. Nada existe, pero a la vez todo lo hace. Mundos alternos iguales al nuestro, y a la vez tan distintos que las películas de acción parecen bebés en pañales ante este lugar.

Pero Exe creció mucho en su entorno, solo y distante de la realidad que todos conocían. Para él, era su hogar, y no cambiaría nada ni nadie por ello. Así, de maneras que nadie externo conoce, Exe se adentra en el retorcido mundo de las Leftrooms.

Nivel 0: El Lobby

Las ofensas hacia el entorno van más allá que simplemente odiar el clima. La contaminación ha convertido a la Tierra en un lugar donde, si das un paso en falso, terminas con anillos claramente no de matrimonio en los dedos. Así piensa Exe sobre las Leftrooms. Para él, son un santuario que la humanidad ha destronado. Claro, Exe está lejos de volverse loco, pero si encuentra un encanto en este lugar.

Las luces sonaban con ese típico zumbido que deja mareado a cualquiera. La gente muy probablemente se siente en un sueño febril dentro del nivel 0. Aún peor, su entorno amarillento color caliente añade más a esa sensación de que el mundo da vueltas como un trompo que viola el rozamiento con el aire.

Detenerse, sin embargo, es para los débiles. Y aunque Exe si es bien cristal en varios ámbitos, su mente es todo menos un flan de nervios y terror. Sus pisadas sonaban más fuerte que de costumbre, las luces brillaban mucho menos.

-¿Hola?, ¿Alguien?- Exe gritaba con todo pulmón, tan así que se empezó a quejar de la jaqueca que le daba romperse las cuerdas vocales.

-Dios… Tanto esfuerzo para nada- refunfuñaba el malhumorado hombre, mirando de regreso al lugar por el que entró.

Aún así, algo lo hizo frenar. Un ruido, un chillido muy distinto al que alguna vez haya escuchado en ese lugar. No era una entidad, no habían en cualquier caso. Era más humano, más cercano a encontrar un bebé navegando el Nilo en una cesta.

Sus piernas se tensaron, más que cualquier obsidiana en el mundo, y corrió hacia la fuente de sonido. Estaba asustado, preocupado, de que algún niño cayera en el lugar. No era la primera vez, pero más vale prevenir que lamentar. Sin embargo, dejó de hacerlo. Los gritos, los llantos, eran extrañamente peculiares.

Con profunda atención, se acercó al origen del ruido. Arrodillado, así mismo contra la pared de tapiz característico, se topó con una sorpresa.

El chico de la esquina

Varias veces la realidad de las Leftrooms deja de ser realidad. La física deja de mover objetos con trayectorias fijas, casi como si empezaras una simulación compleja pero poco efectiva del mundo que conoces. Así, con pocos trucos bajo la manga, un nivel pasa de ser otro añadido a la basta colección, a ser un lugar excéntrico. Como si Picasso hubiera pintado el mundo que te rodea con sus técnicas extravagantes.

Claro está, más que el agua que la gente reclama “purificada” pero contiene más plástico que la botella misma, que estos comportamientos no son realmente algo de lo que alegrarse. El universo avanza, pero aquí eres tú el que se quedó quieto. Por lo tanto, requiere un nivel realmente alto de supervivencia pasar eventos tan catastróficos como lo sería un espacio no euclidiano.

Y ojalá se detuviera allí, ojalá lo peor de todo fueran entidades cuyas garras miden más que el brazo de un niño. Pero el mundo es todo menos grato. A veces, solo a veces, desearías que no fuera cruel. Que fuera justo, aún si eso significa sufrir un tiempo más largo a futuro.

La realidad golpeó a Exe tan fuerte que lo dejó pálido. El vómito sería mejor opción que todo el revoltijo de emociones que sufrió al ver a una figura humana hincada en la esquina.

Tenía un pelo de melena hermoso, cuyo brillo era acentuado por las molestas luces del nivel. Era bajo, de cuerpo tan delgado que algunos acusaron a la desnutrición. Exe prefería acusar a los nervios, en momentos como estos, a su fragilidad notoria. Una cara maquillada con extremo cuidado, que poco duró gracias a la potente fuerza del agua cayendo por sus brillosos ojos llorosos. Un atuendo consistente de una polera delgada negra, con estampados algo desgastados pero entendibles. Un vuelo como abrigo, que poco y nada hacía más allá de ser una prenda color rosado crema llamativo. Sus piernas, tan suaves y blancas que cualquier princesa pelearía por un par, estaban apenas cubiertas por un short negro con líneas blancas, que cualquiera acusaría de ser cliché.

El chico, tiritando y abrazado a una mochila, miraba a Exe por encima de sus hombros. Sus rodillas apretaban tan fuerte su pecho que pareciera que iba a ser aplastado bajo su propia fuerza. Exe tragaba saliva, intentando recuperarse del shock que era ver a tal chico frente a sus ojos.

-H-hey… ¿Estás bien?-

-N-no… ¿Dónde estoy?- preguntó el claramente tímido chico, su voz rota por el llanto. Exe miraba su rostro una vez más, escuchando la voz del misterioso chico. Para cualquiera, sería un joven desafortunado. Para Exe, no era un viajero, era él mismo.

-Ah, qué poco profesional de mi parte- asumió Exe. Nadie le dijo que hizo algo mal, nadie le dió reproche. Simplemente afirmó, como si el único capaz de ver el error fuera él. De su mochila, sacó un trozo de plástico brillante. De esos que todo oficinista lleva colgando en el cuello. Pero él no, nunca le gustó llevar cosas en el cuerpo. Ni un collar, ni un anillo. Ni siquiera un sticker de esos que vienen con las frutas que solía comprar los fines de semana.

La placa llevaba una foto de Exe, formal pero insípida, con su nombre y su ocupación. Ocupación que tomó hace años, pero nunca dejó de ser parte. -Soy Exe, trabajo en la Organización de Transporte y Exploración de las Leftrooms- balbuceaba con profesionalismo, aunque más bien parecía que hablaba un robot programado para decir algo específico.

Pero algo no andaba bien del todo. Estaba lejos de ser el entorno, el basto nivel 0 parecía igual en todos lados. Su simetría, o falta de esta, era algo que para nadie era un misterio. Si no que era algo más, algo personal para Exe, que apareció en su cara cuando menos lo esperaba.

-E-Exe… Yo soy USans- el chico de la esquina murmuró nervioso. Su nombre retumbaba en la cabeza de Exe como un montón de taladros buscando la salida de su cráneo. Sonaba sencillo, inventado incluso, neutro y pacífico. Sentimientos que Exe extraña, y mucho.

-Necesito ayuda… N-no sé dónde está la salida…-

-Lo sé, por eso estoy aquí- anunciaba Exe con profesionalismo. Por dentro, sin embargo, estaba derretido. Tenía ganas de llorar, de decir “este tenía que ser yo”. Pero no lo hizo. No frente a sí mismo.

Así, sin nada de bromas ni preámbulo, la vida de Exe en este universo de universos estaba a nada de cambiar.