Nýmphē by María José at Inkitt
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Nýmphē

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Summary

En Londres, donde los sueños se construyen y se rompen en silencio, dos chicas que apenas se parecen comienzan a entrelazar sus vidas de una forma imposible de ignorar. Sienna O’Hara creció con el eco de un abandono que nunca logró entender. Mitad colombiana, mitad británica, aprendió a sobrevivir en un mundo que nunca la reclamó como propia. Convertirse en actriz no es un sueño… es su forma de existir. Cassandra Cavendish, en cambio, siempre creyó en el amor. Dejó Escocia para seguir a su novio a Londres, convencida de que su destino era construir una vida junto a él. Pero la ciudad tiene otras intenciones. Cuando sus caminos se cruzan, algo cambia. Como el viento y el agua, sus vidas comienzan a reflejarse, a chocar… a transformarse. Porque algunas personas no llegan por casualidad. Y algunas historias… estaban destinadas a encontrarse.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

I Brisa rota


Lo único que conservo de mi madre es una imagen difusa: el día en que me dejó en la puerta de la casa de mi tía.

Me dijo que intentaría establecerse, que volvería por mí cuando pudiera. Nunca lo hizo.

Fue mi tía quien me crió. Con el tiempo, me contó que mi madre se había marchado con otro hombre para formar otra familia. No hubo dramatismo en su voz, solo una forma extraña de resignación, como si aquella historia ya hubiera dejado de pertenecerle a la vida.

Mis recuerdos de la llegada a este país son fragmentos sueltos, sin orden ni lógica. No entendía el idioma, ni los gestos, ni los silencios. Tampoco podía comunicarme con mi tía sin esfuerzo. Todo era ajeno, distante, como si el mundo me hablara a través de un cristal empañado.

Con los años aprendí inglés con naturalidad. El español, en cambio, empezó a desvanecerse lentamente, como una lengua que decide esconderse en algún rincón inaccesible de la memoria.

Sé que nací en Popayán, una ciudad de la que apenas me queda el eco. Era demasiado pequeña para recordarla con claridad. También sé que mi madre era de allí.

Mi padre era británico, de un pequeño pueblo llamado Torquay. A ese lugar llegué aquel día, tomada de la mano de mi madre, para quedarme con la hermana de él.

Nunca conocí a mi padre. Solo lo he visto en fotografías: en algunas llevaba uniforme militar; en otras, su cabello oscuro y sus ojos azules lo delataban como alguien completamente distinto a mí. No compartíamos nada en apariencia. Yo era la copia exacta de mi madre: ojos grandes, castaños; piel oliva; y una cabellera rizada que me caía hasta la cintura.

Mi tía nunca cuestionó mi origen. Decía que tenía el mismo carácter que su hermano, pero jamás hablaba de él. No sabía dónde estaba ni qué había sido de su vida. Yo tampoco preguntaba. Intuía que había temas que no debían abrirse.

Cada 14 de marzo visitábamos la tumba de mis abuelos y dejábamos camelias. No podían ser otras flores. “Eran las favoritas de mi madre”, decía mi tía… aunque nunca supe si era verdad o una forma de mantenerla viva.

Mi tía, Yvonne O’Hara, era la mayor de los dos hermanos. Alta, delgada, con un cuerpo que parecía sostenido por una disciplina silenciosa. Su cabello, naturalmente gris, insistía en teñirlo de un rubio demasiado brillante, como si quisiera negar el paso del tiempo. No era sutil, pero ella nunca pareció preocuparse por ello.

Trabajaba como enfermera. Cuando tenía turnos largos, me quedaba sola en casa. Pasaba las noches frente a películas antiguas en la televisión, muchas de ellas mudas, incomprensibles al principio. Con el tiempo, empecé a entenderlas sin necesidad de palabras.

Mi tía lo notó. Una mañana dejó una caja sobre la mesa. Dentro había decenas de películas en DVD.

A partir de entonces, el cine se convirtió en mi refugio.

Empecé con Romeo y Julieta de Franco Zeffirelli. Quedé atrapada por la fragilidad de Olivia Hussey, por su forma de existir dentro del plano como si no perteneciera del todo al mundo real. Me pareció, sin saberlo entonces, una ninfa atrapada en la imagen.

Después llegaron otras: Jennifer Connelly, Helena Bonham Carter, Michelle Trachtenberg…

Había algo en ellas que no podía nombrar. Eran delicadas y fuertes al mismo tiempo. Contradictorias. Cambiantes. Libres dentro de sus propias formas.

Y yo quise aprender a ser eso.

A los trece años entré al grupo de teatro de la escuela. Nunca me daban los papeles principales. Era la amiga, la acompañante, la sombra de la protagonista. No me importaba. En realidad, me gustaba.

Mi tía nunca se perdió una sola función.

Su presencia era suficiente. No necesitábamos decir demasiado. Hasta que dejó de estar.

El 17 de abril de 2019 murió.

Fue repentino. Entró a ducharse y un derrame terminó con su vida. Yo estaba en un campamento de teatro cuando ocurrió. La encontraron horas después.

Me llamaron del hospital del pueblo. Cuando llegué, todo ya había terminado.

No asistí a la universidad. Sentí que no pertenecía a ese camino. Envié solicitudes a agencias de modelaje, sin éxito. Para sobrevivir, empecé a trabajar como cajera en una tienda de recuerdos para turistas.

La vida siguió sin dirección clara, hasta que alguien en el almacén comenzó a hablarme.

Al principio respondía lo mínimo. No quería vínculos. No quería nada.

Pero él insistía.

—Veo que siempre almuerzas sola… podríamos hacerlo juntos.

—Hola, Sienna. Traje comida que preparé. Quiero que la pruebes.

Fue cuando empezó a hablar de música y cine que algo cambió.

Se llamaba Oscar. Hijo de los dueños de un hotel del pueblo, trabajaba mientras ahorraba para estudiar gastronomía, aunque su familia solo aprobaba su futuro si servía al negocio familiar.

Hablaba sin parar de punk y rock. Tanto, que un día le pedí su playlist.

Ahí comenzó todo.

Primero Nirvana, luego Ramones, después Leatherface… hasta que apareció una canción sin nombre, publicada por un usuario desconocido.

—¿Te gustó esa canción, Sienna? —preguntó.

—Sí… ¿de quién es?

—De mi amigo Brice.

Sonrió, como si recordara algo que yo aún no podía ver.

—Si quieres conocerlo, puedo llevarte a un concierto en tres semanas.

Mi mente dijo que no.

Mis labios dijeron que sí.

Oscar me habló más de él. Un huérfano australiano adoptado por una familia inglesa, que terminó abandonando todo a los diecinueve años cuando dejó de encajar en lo que esperaban de él.

—Habla de eso como si fuera un chiste —dijo Oscar.

—A veces la gente convierte su dolor en ironía —respondí.

Oscar negó.

—No es eso. Es de los más seguros que conozco. Tranquilo… pero intenso.

Y sin darme cuenta, la idea de ese concierto comenzó a instalarse dentro de mí como una presencia constante.

Una curiosidad incómoda.

Justo en la boca del estómago.

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