Chapter 1
Todo comenzó en los laboratorios ocultos de Coahuila. El gobierno, en su ambición por crear el "soldado perfecto", terminó cocinando un error líquido. Lo que debía ser inteligencia y fuerza sobrehumana, se convirtió en un veneno que borraba el alma. La primera prueba fue un desastre: convulsiones, espuma y un mordisco certero a un científico. Dijeron que era "rabia", que no pasaba nada... pero la mentira duró segundos. En esa sala privada, las venas del doctor se brotaron como raíces negras y sus ojos se volvieron blancos como la cal. El caos no pidió permiso para entrar.
Mientras tanto, en un barrio donde el hambre se siente más que el miedo, Rose-Sanchez y su hermana Yulia de 14 años compartían el silencio de una sala pobre. Por puro accidente, el control saltó a las noticias.
—¡Por favor, no salgan! El gobierno advierte que... —el periodista no terminó. Una figura humana, pero que ya no tenía nada de persona, se le lanzó encima en vivo, despedazándolo frente a la cámara.
Rose, con el corazón saltándole en el pecho, le tapó los ojos a Yulia antes de que viera más sangre. Él mismo se quedó tieso, con los ojos como platos.
Narra Rose:
Apagué esa cochinada de un solo golpe. Mi cabeza era un nudo. "Lo que sea que esté pasando allá afuera, no es de Dios", pensé. Pero el hambre no sabe de zombis.
—Rose, mañana vas al trabajo... por favor no vayas. No me dejés sola —me rogó Yulia, con la voz quebrada.
—Tranquila, vos quedate aquí encerrada. Mañana va a ser un día pesado y seguro vengo tarde, así que no te me asustés —le dije, tratando de que no me temblaran las manos.
—Hermanito, no quiero perderte... vení temprano, por lo que más querrás —dijo ella llorando.
(A la mañana siguiente)
Me colgué la mochila vieja, sintiendo el peso de la responsabilidad. Cuando iba a abrir la puerta, sentí unos brazos flacos rodeándome la cintura.
—Rose, prometeme que vas a volver —susurró Yulia pegada a mi espalda.
—Sí, chavala. Aquí me vas a tener de regreso, ya vas a ver —le dije, aunque por dentro sentía que el mundo se estaba cayendo a pedazos.
Salí a la calle y el silencio me golpeó la cara. El sol alumbraba todo, pero algo estaba mal: ya había edificios destruidos y apenas estaba empezando el desmadre. Me temblaban las canillas, pero el miedo no me iba a dar de comer, así que cargué valor y caminé hasta mi trabajo. ¡Por la madre! Estaba hecho trizas.
Sin saber qué hacer, me metí en una construcción que parecía guarida de mafiosos. Estaba oscuro, prendí la luz y no se miraba ni un alma. Caminé de puntillas, sin hacer bulla, rogando encontrar a alguien vivo, pero lo que hallé fueron armas. No soy nuevo en esto de los muertos vivientes (tantos juegos de terror debían servir para algo), así que agarré lo que pude y las balas. En eso, ¡pum!, pasé trayendo una garrafa, cayó al suelo y el estruendo me heló la sangre.
Escuché ruidos afuera y salí disparado. Cerré la puerta de un golpe, pero la madera se quebró en dos cuando esa cosa se abalanzó contra mí. Le apunté directo al cráneo y jalé el gatillo. ¡Pum! Seco.
—¿Quién dice que jugar tanto Free Fire no sirve para nada? —mascullé con el corazón en la garganta.
Salí huyendo de ahí porque si había uno, seguro venía la manada. Pero la suerte no andaba conmigo: me perdí. Caminé horas hasta que en una casa me topé con un Pastor Alemán. Me acerqué al suave:
—Ey, perrito... —me ladró fiero, pero luego se calmó, me olió y bajó las orejas.
—Vení, chiquito, no te voy a hacer nada. Vamos a casa —el perro me siguió como si yo fuera su dueño de toda la vida.
Saqué el celular de la mochila con las manos sudadas.
—¿Yulia? ¿Estás ahí?
—Sí, hermanito, estoy encerrada en el cuarto. Ya puse la cama y el armario trabando la puerta —dijo ella, y me volvió el alma al cuerpo.
—Qué alivio. Voy a llegar noche por el "trabajo", vos mantenete ahí. Si algo entra, buscá la Uzi que tengo en el cajón y dispará sin miedo, ¿oíste?
—Bueno, pero no tardes, Rose... tengo mucho miedo —sollozó.
—Tranquila, ya casi llego.
Colgué y empecé a correr. Las calles estaban desiertas. Ahí caí en la cuenta: estos desgraciados solo atacan de noche porque la luz del sol los quema... y ya está oscureciendo. ¡Tengo que volar para llegar antes de que salga la luna!
Narra Rose:
Corrí como alma que lleva el diablo por los callejones, la oscuridad ya me soplaba en la nuca. De pronto, el celular vibró. Era Yulia.
—Hermanito... están trepando las escaleras, oigo ruidos —me dijo en un sollozo que me partió el alma.
—¡No hagás ruido! Quedate ahí, ya voy a salvarte, acordate de...
¡BUM! Un carro casi me pasa llevando, chocó contra un poste y explotó. El fuego iluminó la calle y vi la pesadilla: una horda venía detrás de mí.
—¡YULIA, NO GRITÉS! Te van a oír. Metete al ático, arriba de mi cuarto, ¡YA! —le grité mientras esquivaba escombros.
—Hermanito... apurate, por favor —fue lo último que oí antes de que el ruido de la calle me aturdiera.
Narra Yulia:
No colgué el teléfono, lo puse en el suelo mientras forcejeaba con el gancho del ático. Mis manos temblaban tanto que no atinaba. Abajo, el sonido de la madera rompiéndose me decía que ya estaban adentro. "¡Maldita sea!", pensé, hasta que por fin enganché la puerta. Subí como pude y cerré la trampilla justo cuando sentí que esas criaturas entraban a mi cuarto como una manada de animales hambrientos.
Me quedé en la oscuridad del ático, abrazando el celular.
—Hermanito, ¿seguís ahí? —susurré aterrada.
—Aquí estoy —su voz sonaba agitada, se oían disparos y gritos de fondo.
—Por favor, volvé... no me dejés sola —empecé a llorar sin consuelo.
—Tranquila... pero escuchame bien: si por alguna razón no llego, salí por el techo. Andan helicópteros rescatando gente. Te quiero, Yulia.
Y la llamada se cortó.
—¡HERMANITOOO! —grité al vacío, pero solo me respondió el silencio del ático y los rasguños de los monstruos abajo.
—¡Corré, Espliert! —le grité a mi nuevo compañero. Nos metimos por callejones oscuros, pero esas cosas brotaban de las paredes como cucarachas. Cuando ya sentía el tufo del primero en la nuca, divisé un carro. Me trepé de un salto y, por obra de Dios, todavía tenía gasolina.
—Aguantá, hermanita, que ahí voy por vos —mascullé mientras el motor rugía.
Metí primera y el carro vibró entero mientras aplastaba zombis como si fueran frutas podridas. Por el retrovisor vi que la manada no se rendía, pero yo le saqué el jugo a todo lo que aprendí jugando juegos de carreras. El carro saltaba en los baches de Coahuila, pero no solté el timón.
A las 9:20 PM, con el corazón más calmado, llamé a Yulia.
—¿Yulia? ¿Estás ahí, chavalita?
—¡Rose! Estoy en un hospital —me dijo, y sentí que me volvía el alma al cuerpo.
—¿Te sacaron de la casa?
—Sí, me rescataron por el techo como dijiste. Tiraron bombas para limpiar la zona y nuestra casa... nuestra casa explotó, Rose —su voz temblaba.
—No importa la casa, lo que importa es que estás viva. ¿Qué te están haciendo?
—Pruebas de sangre, para ver si no estoy infectada. Estamos en California, Rose.
—Perfecto. Quedate ahí, no te movás. Yo voy para allá —le prometí.
—Vení rápido, por favor... sos lo único que me queda. No quiero perderte.
—Tranquila, que este nica no se muere así por así. Si vos estás bien, yo voy a estar bien.
Colgué el teléfono y suspiré hondo, viendo la carretera oscura frente a mí.
—Bueno, Espliert... quedamos vos y yo. Vamos a cruzar este desmadre. En la próxima parada buscamos comida y más balas. Es hora de vivir esta película de terror de verdad.
Narra Rose:
Llegué a una estación de policía. El lugar se miraba "limpio", como si los muertos hubieran pasado de largo. Me puse a "bolsear" todo y ¡bingo!: hallé armas, balas y el tesoro más grande... comida. Encontré cuatro panqueques en buen estado y agua. Le di uno a Espliert y me empujé otro yo. El pobre perro hasta movió la cola; ya se miraba con más vida.
Pero la suerte es traicionera. Mientras buscaba combustible, un zombi que estaba encerrado en una patrulla golpeó el vidrio con una fuerza endemoniada. El estruendo me erizó hasta los pelos de las patas y me hizo caer de nalgas al suelo.
—¡Ideay, casi me sacás el alma, animal! —le grité al vidrio. Por dicha estaba encerrado.
Conseguí la gasolina y puse rumbo a Nuevo León. Iba tranquilo con Espliert cuando, de pronto, vi a una muchacha corriendo como alma que lleva el diablo. Atrás de ella venía una manada de esas cosas.
—¡Ayuda, por favor! —gritaba la pobre, con la cara bañada en llanto.
—No lo voy a hacer... —me dije a mí mismo, apretando el timón. Mi prioridad era Yulia, no andar salvando extraños.
Narra la Chica:
Sentía que los pulmones me iban a estallar. Corría con los pies llagados y miré un carro a lo lejos, pero mis fuerzas no daban para más. Me tropecé y caí de bruces contra el pavimento frío. Miré hacia atrás y vi a esos diez monstruos enseñando los dientes, listos para el banquete. Cerré los ojos esperando el final... pero de repente, el estruendo de unos disparos rompió el silencio. No supe quién era, mi mente se puso en blanco y me desmayé ahí mismo.
—¡Ideay, Espliert! ¡Dejá de fregar! —le grité, pero el perro me ladraba con una violencia que me sacudía el vidrio. Vi por el retrovisor cómo la piba esa se desplomaba. Mi plan era arrancar y dejarla ahí, pero Espliert no estaba jugando.
Agarré el arma, bajé la ventana y empecé a soltar plomo. ¡Pum, pum, pum! Los zombis cayeron como moscas.
—Ya está, ya la salvamos. Vámonos —le dije al perro, pero el jodido se bajó y se fue a sentar a la par de la muchacha. No pensaba dar un paso sin ella.
—¡Ah, no me jodás, Espliert! Ya cumplimos, que busque su camino —balbuceé encachimbado, pero el perro no se movía. Al final, me bajé refunfuñando, cargué a la maje hasta el carro y la tiré en el asiento. Espliert se acomodó al lado mío, bien tranquilo el condenado.
—Mirá, Espliert, si no llegamos a tiempo a California por andar de rescatistas, vos vas a ser el responsable, ¿oíste? —le advertí. El perro solo me soltó un ladrido, como burlándose.
Pasaron las horas. A las 7:30 PM, la muchacha empezó a quejarse y a abrir los ojos.
—¿Dónde estoy? ¿Ya me morí? —preguntó rascándose la cara, toda desorientada.
—No, seguís viva. Pero por poquito te hacen picadillo —le solté seco.
—¡MUCHAS GRACIAS! —gritó ella, casi me deja sordo—. Gracias por ayudarme... por favor, ¿podrías llevarme a California? Mi sobrino me espera allá.
—Yo también voy para California. ¿Pero qué hacías ahí tirada? —le pregunté sin dejar de ver la carretera.
Ella agachó la cabeza, con la voz quebrada:
—Mi hermano murió... bueno, se convirtió en una de esas cosas. Antes de irse, me encargó a su hijo. Los helicópteros se llevaron al niño, pero a mí me dejaron abajo... no pude subir —dijo llorando.
—Mm... comprendo. Entonces estamos en las mismas —le dije, pensando en Yulia—. Pero te digo una cosa: prefiero mil veces morir yo, que mi hermana.
—¿Tenés una hermana? —me preguntó, rompiendo el silencio del motor.
—Así es —le solté seco, sin quitar la vista del camino.
—Ah... por cierto, me llamo Floriela, pero podés decirme solo Flor —dijo ella, tratando de ser amable.
—Bueno, ok —le respondí.
En eso, el carro frenó en seco. La carretera hacia Nuevo León estaba bloqueada por un "terrible" embotellamiento de carros calcinados y chocados. Ya no había pasada para las cuatro ruedas.
—Bien, Flor... ¿sabés disparar? —le pregunté mientras agarraba mi mochila.
—¿Q... qué? ¿Nos vamos a bajar? —me dijo, y vi cómo las manos le temblaban como si tuviera frío.
—Vení, niña. Si te quedás aquí, igual vas a morir. Solo te digo: no tengás miedo. El miedo es el que te va a matar. Dejá esa tembladera y luchá por tu vida, ¿verdad, Espliert? —el perro soltó un ladrido que retumbó en la cabina, dándome la razón.
—Tenés razón —dijo ella, agarrando el arma con fuerza.
Salimos del carro y el aire se sentía pesado, como si el mundo estuviera conteniendo la respiración. No sé por qué, pero siento que esto que está pasando es solo una muestra, algo pequeño... siento que viene algo mucho más grande a enfrentarnos.
Empezamos a caminar entre los restos del tráfico. Necesitaba explorar, pero lo que vi me heló la sangre: no eran solo carros chocados, había ruinas inmensas, edificios con boquetes gigantescos como si un monstruo de diez pisos hubiera pasado dando manotazos por ahí.
—¡Ideay, Espliert! ¡Dejá de fregar! —le grité, pero el perro me ladraba con una violencia que me sacudía el vidrio. Vi por el retrovisor cómo la piba esa se desplomaba. Mi plan era arrancar y dejarla ahí, pero Espliert no estaba jugando.
Agarré el arma, bajé la ventana y empecé a soltar plomo. ¡Pum, pum, pum! Los zombis cayeron como moscas.
—Ya está, ya la salvamos. Vámonos —le dije al perro, pero el jodido se bajó y se fue a sentar a la par de la muchacha. No pensaba dar un paso sin ella.
—¡Ah, no me jodás, Espliert! Ya cumplimos, que busque su camino —balbuceé encachimbado, pero el perro no se movía. Al final, me bajé refunfuñando, cargué a la maje hasta el carro y la tiré en el asiento. Espliert se acomodó al lado mío, bien tranquilo el condenado.
—Mirá, Espliert, si no llegamos a tiempo a California por andar de rescatistas, vos vas a ser el responsable, ¿oíste? —le advertí. El perro solo me soltó un ladrido, como burlándose.
Pasaron las horas. A las 7:30 PM, la muchacha empezó a quejarse y a abrir los ojos.
—¿Dónde estoy? ¿Ya me morí? —preguntó rascándose la cara, toda desorientada.
—No, seguís viva. Pero por poquito te hacen picadillo —le solté seco.
—¡MUCHAS GRACIAS! —gritó ella, casi me deja sordo—. Gracias por ayudarme... por favor, ¿podrías llevarme a California? Mi sobrino me espera allá.
—Yo también voy para California. ¿Pero qué hacías ahí tirada? —le pregunté sin dejar de ver la carretera.
Ella agachó la cabeza, con la voz quebrada:
—Mi hermano murió... bueno, se convirtió en una de esas cosas. Antes de irse, me encargó a su hijo. Los helicópteros se llevaron al niño, pero a mí me dejaron abajo... no pude subir —dijo llorando.
—Mm... comprendo. Entonces estamos en las mismas —le dije, pensando en Yulia—. Pero te digo una cosa: prefiero mil veces morir yo, que mi hermana.
—¿Tenés una hermana? —me preguntó, rompiendo el silencio del motor.
—Así es —le solté seco, sin quitar la vista del camino.
—Ah... por cierto, me llamo Floriela, pero podés decirme solo Flor —dijo ella, tratando de ser amable.
—Bueno, ok —le respondí.
En eso, el carro frenó en seco. La carretera hacia Nuevo León estaba bloqueada por un "terrible" embotellamiento de carros calcinados y chocados. Ya no había pasada para las cuatro ruedas.
—Bien, Flor... ¿sabés disparar? —le pregunté mientras agarraba mi mochila.
—¿Q... qué? ¿Nos vamos a bajar? —me dijo, y vi cómo las manos le temblaban como si tuviera frío.
—Vení, niña. Si te quedás aquí, igual vas a morir. Solo te digo: no tengás miedo. El miedo es el que te va a matar. Dejá esa tembladera y luchá por tu vida, ¿verdad, Espliert? —el perro soltó un ladrido que retumbó en la cabina, dándome la razón.
—Tenés razón —dijo ella, agarrando el arma con fuerza.
Salimos del carro y el aire se sentía pesado, como si el mundo estuviera conteniendo la respiración. No sé por qué, pero siento que esto que está pasando es solo una muestra, algo pequeño... siento que viene algo mucho más grande a enfrentarnos.
Empezamos a caminar entre los restos del tráfico. Necesitaba explorar, pero lo que vi me heló la sangre: no eran solo carros chocados, había ruinas inmensas, edificios con boquetes gigantescos como si un monstruo de diez pisos hubiera pasado dando manotazos por ahí.
Por la Guadalupe! Estaban bien escondidos estos hijos de la gran puchica. Salieron de entre los carros calcinados y las grietas de las ruinas gigantes como cucarachas cuando prendés la luz. Eran docenas, una marea de carne podrida, ojos blancos y gruñidos que hacían vibrar el aire. Espliert soltó un ladrido feroz y se lanzó al ataque, distrayendo a los primeros que se acercaron.
—¡AQUÍ VIENEN! —le grité a Flor, que se quedó paralizada un segundo—. ¡FUEGO, NIÑA, FUEGO!
Párrafo 2: El Choque de Metralla
El caos se apoderó del lugar. El sonido ensordecedor de mi metralleta empezó a escupir plomo ciegamente. ¡Tracatracatracatracatraca! Los casquillos calientes llovían a mi alrededor. A mi lado, Flor, con los ojos inmensos y temblando, jaló el gatillo de su escopeta. ¡BUM! El disparo retumbó brutalmente, barriendo a tres de esos monstruos de un solo golpe. El estruendo era una sinfonía de muerte: el chirrido metálico de las balas chocando contra el metal de los carros, el "clack-clack" de la recarga y los gritos desgarradores de los zombis al caer. Era un choque salvaje de metralla y furia, donde cada disparo contaba para seguir respirando un segundo más.
Párrafo 3: La Lucha por cada Centímetro
No parábamos de disparar. El humo de la pólvora nos nublaba la vista y el olor a sangre y podrido era insoportable. Mi metralleta se calentaba, pero no podía soltarla. ¡Tracatracatracatraca! Flor recargaba la escopeta a una velocidad increíble para alguien que nunca había peleado; el miedo la estaba transformando. ¡BUM! Otro zombi voló por los aires. Espliert era un rayo, mordiendo y tumbando a los que intentaban flanquearnos. Estábamos rodeados, luchando cuerpo a cuerpo, usando las culatas de las armas cuando se nos acababan las balas. ¡Era matar o morir en ese maldito cementerio de gigantes!
Narra Yulia:
Estaba ahí, en uno de esos hospitales fríos de California. Tenía comida y ropa limpia, pero mi mente no salía de México. "Rose... ¿cómo estarás? Yo aquí de lo más bien y vos allá, partiéndote el lomo en esa ciudad", pensaba mientras apretaba el bastón con fuerza.
—Oye, Yulian, vení —me llamó uno de los doctores con voz de pocos amigos.
—¿Qué pasa, doctor? —le pregunté.
—Necesito todos tus datos. Nombre, dirección, todo lo que sepás de lo que pasó allá —soltó él, sin mirarme a los ojos.
—Son mis datos, no información confidencial —le respondí, sintiendo un escalofrío.
—No importa. Tu hermano ya debe estar muerto, ¿no? —me dijo con una frialdad que me congeló la sangre.
—¡No! Rose está vivo —le grité.
—Estás loca. Ningún ser humano sobrevive allá afuera.
—Él me llamó ayer... yo sé que está vivo.
—Eso fue ayer. ¿Quién te asegura que hoy no sea comida de zombis? —me puso un papel y un lápiz en la mano—. Menos plática y más datos. Mañana vengo por esto.
Me senté en la cama, mirando por la ventana. Este lugar tampoco se sentía seguro. Miré la lista y el lápiz; el corazón se me hizo chiquito. Casi no sabía leer ni escribir. Mi hermano, con todo su esfuerzo, me había metido en una escuela privada para que no sufriera, pero me expulsaron por las mentiras de mis compañeros. "Pero voy a poder", me dije.
—N... O... M... B... R... E... —balbuceé, trazando las letras con dificultad—. T... I... A... N... Y... U... L... I... A... N... —así pasé todo el santo día, peleando con el papel.
Narra Rose:
Eran como la 1:50 AM cuando por fin salimos de aquel infierno de ruinas. Logramos encender una camioneta más adelante y arrancamos quemando llantas. El silencio duró poco.
—Oye, Rose... ¿cuántos años cumple tu hermana este año? —preguntó Flor, tratando de romper el hielo.
—¿Y a vos qué te importa? —le solté seco, sin quitar la vista del camino.
—¡Jajaja! No seas grosero, hombre. Solo pregunto si sos el mayor.
—No es tiempo para juegos, Flor —le dije, pero después de un rato suspiré—. Creo que cumple quince.
—Mmm... bueno, yo tengo diecisiete —dijo ella, como quien no quiere la cosa.
—No te pregunté.
—¡Ay, pero qué ignorante que sos! —renegó ella, dándose la vuelta.
—Ya, buscá qué hacer —le dije.
—¡Ash! —bufó ella, y se quedó callada viendo el paisaje destruido.
Narra Rose:
¡Por fin, Nuevo León! Pero la alegría me duró lo que un "ay, Jesús". Cuando nos bajamos de la camioneta y corrimos, nos topamos con algo que no eran zombis... eran bestias. Monstruos de verdad.
—¿Qué demonios son esas cosas? —gritó Flor, disparando como loca a una que parecía una masa de músculo y dientes—. ¡No mueren de un disparo! —sollozó desesperada.
—¡Basta, Flor! —le grité con toda perro—. ¡Llevate a Espliert! ¡Si lo dejás tirado, por Dios, que te mato yo mismo! —le advertí con una mirada que la dejó fría.
Ella solo murmuró mi nombre, con los ojos llenos de lágrimas. Se dio la vuelta, jaló a Espliert y salieron corriendo a todo lo que daban. Me quedé solo en medio de la calle, con esas cosas acercándose.
—¡Malditos animales! —dije, sacando la daga y apretando los dientes—. ¡VENGAN POR MÍ! —grité con toda la furia contenido, listo para el final.
Narra Flor:
Corrí como nunca en mi vida, con Espliert jalándome para regresarse. Más adelante nos topamos con una orca de zombis que brotaron de la nada. Agarré la Uzi y empecé a soltar plomo mientras me metía en un carro chocado con el perro. Espliert estaba incontrolable, llorando por ir con Rose.
—Perdoname, Rose... perdoname —sollocé abrazando al chucho.
Pero el miedo no me iba a salvar, así que saqué valor de donde no tenía y abrí la puerta. Disparé a cada maldito zombi que se me acercaba. Estaba tan cerca de California... tan cerca del puente. Llegué corriendo y me caí justo frente a los guardias.
—¡Por favor, ayúdenlo! —les grité, señalando hacia atrás con la mano temblorosa. Pero ellos solo me ayudaron a levantarme a mí.
—Dejalo —me dijo uno de los guardias con frialdad—. Ya murió si se quedó allá atrás. Vení, metete —y me jalaron hacia adentro. Justo cuando cerraron el portón de hierro, la orca de zombis chocó contra la puerta, haciéndola vibrar.
El guardia suspiró de alivio.
—Muy bien, andá al hospital. Que te revisen a vos y a ese perro —me ordenó, y caminé con Espliert, que ya no lloraba, solo caminaba con la cabeza baja.
Narra Rose:
Las bestias se me vinieron encima. Nose cómo, pero con unos movimientos rápidos y llenos de furia, asesiné a dos de esos monstruos con la daga. Estaba dándolo todo cuando, de repente, sentí que una de esas cosas me iba a atacar por la espalda. ¡Pum! Un disparo le dio directo en el ojo. Antes de que cayera, alguien le ensartó una daga en el abdomen.
Me di la vuelta. Era un chico. Cabello amarillo, ojos rojos, con un traje ridículamente "tuani". Parecía sacado de una de esas películas de acción.
—¿Qué onda? —me gritó el maje, limpiando la sangre de su daga con una sonrisa—. Me llamo Solia.
—Me importa un cajón cómo te llamés —le dije, respirando hondo—. Pero no puedo evitar decir que sos muy fuerte.
—¡Jajaja! Pues claro, ¿qué esperabas? —me respondió con una suficiencia que me cayó mal, pero que en ese momento me salvó la vida. Y así empezó la verdadera batalla.
—Bueno, terminamos con estos —dije, limpiándome la sangre de la cara con la manga sucia.
—Sí, sí... pero ahora nos toca lo más duro: pelear con los que vienen de frente —me respondió Solia, guardando su daga con una elegancia que me daba rima.
—Ideay, ¿y de dónde saliste vos? —le pregunté, con la curiosidad picándome.
—Vengo del mismo lugar que vos. Recuerdo que ibas en un carro y te hice señas de auxilio, pero no paraste. Me imagino que no me viste, ¿verdad? —me soltó, mirándome de reojo.
Me quedé frío un segundo. "¡Ah! Vos sos aquel espantapájaros que hacía señas locas en la carretera", le dije, fingiendo que apenas me acordaba.
—¡Entonces sí me viste! —exclamó él, poniéndole un drama que ni en las novelas.
—Mirá, la verdad es que yo no soy salvavidas. Además, te mirabas bien fuerte como para defenderte solo —le dije, disimulando que lo había dejado atrás a propósito. Mi prioridad era Yulia, no andar recogiendo gente en el camino.
—Ya comprendo... —murmuró él, aunque no se miraba muy convencido.
—Bueno, avancemos, que ya falta poco para llegar al puerto —le corté la plática.
—Tenés razón, vamos —asintió.
Y así salimos corriendo, esquivando carros volcados y uno que otro zombi que andaba de "vago". Agarramos las armas con fuerza y empezamos a abrirnos paso a puro plomo, limpiando la orca que se nos ponía enfrente hasta dejar el camino libre. Caminamos heridos, cansados y con el alma en un hilo, hasta que llegamos a la gran puerta de hierro.
—¡SON HUMANOS! —gritó un guardia desde arriba, dando la orden de abrir.
El portón rechinó y entramos. Al fin, no terminamos comidos por los muertos, aunque estemos rodeados de vivos que a veces son peores. Estoy medio idiota por arriesgarme tanto, pero sé que esto apenas comienza; este mundo todavía tiene muchas sorpresas para Rose-Sanchez.
Narra Solia:
Entramos y el estruendo de las puertas de hierro al cerrarse me devolvió el alma al cuerpo.
—¡Qué milagro, muchachos! Todavía no sé cómo siguen vivos —nos dijo el guardia, mientras nos escoltaba—. Tienen que ir directo al hospital para revisión.
—Bueno, lo importante es que aquí estamos contando el cuento —le respondí con una sonrisa de lado.
—Así es —soltó Rose, seco como siempre.
—Oigan, ¿y cómo fue que salieron de ese desmadre? —preguntó el escolta, picado por la curiosidad.
—¿Y a vos qué te importa? —le cortó Rose sin asco.
—¿Tus padres no te enseñaron a no preguntar lo que no te incumbe? —le seguí el juego a Rose. El maje me dejó tirado en la carretera, pero no me cae mal; al final del día, si yo hubiera estado en sus zapatos, hubiera hecho lo mismo por salvar mi pellejo.
Narra Rose:
Llegamos al auditorio y nos pasaron por el "colador": pruebas de sangre, revisiones y más preguntas. Por fortuna, salimos limpios. Nos mandaron al hospital, nos dieron ropa nueva y una comida que me supo a gloria.
Después de comer, salimos a dar una vuelta para estirar las piernas y, por pura suerte, divisé una silueta conocida. ¡Era Espliert!
—¡Espliert! —le grité. El perro paró las orejas y se me abalanzó encima con un ladrido de pura alegría, lamiéndome hasta la conciencia.
—¡Qué bueno que estás bien, chucho! —le dije, abrazándolo.
—¡Rose! —escuché la voz de Flor, que venía detrás del perro.
—Parece que tenías amigos esperándote después de todo —comentó Solia, arrastrando las palabras.
—¿Y vos quién sos? —preguntó Flor, extrañada.
—Soy Solia, a sus pies, humilde dama —respondió el maje con una reverencia exagerada.
—Muchas gracias... supongo —dijo Flor, sin saber si reír o correr.
—¿Rose? —una voz familiar, suave y quebrada, hizo que se me detuviera el corazón. Me di la vuelta despacio y ahí estaba ella.
—Yulia... —alcancé a decir.
No terminó de escucharme cuando ya venía corriendo hacia mí. Se me colgó del cuello sollozando con una fuerza que me encogió el corazón. Sentí sus lágrimas mojándome la camisa limpia.
—¡Hermanito! —me dijo entre llantos—. Me habían dicho que habías muerto... pero yo creí en vos, yo sabía que ibas a volver.
Me quedé ahí, sintiendo el peso de Yulia contra mi pecho. Le sobé la cabeza con cuidado, como si fuera de cristal.
—Tranquila, chavalita... ya estoy aquí —le susurré, olvidándome por un segundo de todo el plomo que solté en la carretera.
—Vaya, no pensé que el "témpano de hielo" de Rose pudiera ser tan cariñoso con su hermana —soltó Solia, observándonos con una sonrisa de medio lado—. Pero para ser sincero, es una señorita muy bella. Mucho gusto.
—Sos un descarado —le corté de una vez, fulminándolo con la mirada.
—Es que es extraño —terció Flor, cruzándose de brazos—. Con todo el mundo sos un bloque de hielo, pero con tu hermana se te ablanda el corazón de la nada.
—Porque ella es especial para mí, es mi única familia... ¿y a vos quién te preguntó, pues? —les solté, recuperando mi tono pesado.
—¡Uy! Dejá esa frialdad, Rose. De seguro por eso estás soltero —me soltó Yulia de pronto, separándose un poco para verme a la cara.
—Ideay, Yulia... ¿y vos de qué lado estás? —le reclamé, indignado.
—Del lado de Flor. Debés ser menos frío, hermanito. A veces actuás como si no tuvieras sentimientos de verdad. ¿Acaso los tenés? —me preguntó, y sentí que esa pregunta me dolió más que un rasguño de zombi.
Me quedé callado un momento, mirando a ese grupo que ahora me rodeaba.
—Si muestro debilidad ante la gente, me vuelvo un blanco fácil. Los sentimientos solo son distracciones en este infierno. Estamos en guerra y aquí no hay tiempo para cursilerías —les dije, convencido.
Era la santa verdad, no sé por qué se enojan. En este mundo, el que se enamora o se pone sentimental, termina siendo comida de muerto.
Narra Solia:
Estábamos en medio del "choque" con las chavalas cuando, de pronto, el ambiente se puso pesado. Unos guardias armados hasta los dientes entraron al pasillo.
—¡Hey, ustedes! Vengan para acá —ordenó uno con voz de mando—. El Comandante quiere verlos, ¡ya!
—¿Ahora mismo? —preguntó Rose, arqueando una ceja.
—Así es. Muévanse —insistió el guardia.
Rose se dio la vuelta hacia las mujeres, serio como siempre.
—Bien, será mejor que se queden aquí. Por cierto, Flor... aprovechá para buscar a tu sobrino —le recordó.
—¡Cierto! Con tanto desmadre se me había olvidado. Vamos, Yulia, ¿querés venir conmigo? —preguntó Flor.
—Sí, vamos. Quiero conocerte más —respondió Yulia, y Espliert se puso en marcha detrás de ellas como un guardaespaldas de cuatro patas.
—Bueno, vamos, Rose —le dije, ajustándome la chaqueta.
—Dale —respondió él. Y así caminamos, escoltados por el pasillo frío del hospital.
Narra Rose:
Nos llevaron directo a la oficina principal. Ahí estaban, con sus uniformes impecables: el Coronel Jr. y el Comandante Tilin. El aire olía a cigarro y a mapa viejo.
—Bien, ¿qué pasa? —solté, sin muchas ganas de andar con rodeos.
El Comandante Tilin me clavó la mirada, una de esas que te quieren leer hasta los pensamientos.
—Muy bien, muchachos. Me he dado cuenta de que son los únicos que han cruzado ese infierno y han llegado vivos. Queremos saber exactamente cómo lo lograron. Tomen asiento, por favor, y cuéntennos todo... desde el principio
Narra Solia:
Me acomodé en la silla, sintiendo la mirada pesada del Comandante.
—Bien, comienzo yo —dije, tratando de sonar más seguro de lo que estaba—. Me llamo Solia Rives-Yusato. Soy huérfano; crecí en Argentina, pero por vueltas del destino terminé trasladado a México. A los 18 años ya trabajaba en una cafetería. El día que todo reventó, iba para el turno y noté que las calles estaban raleadas, vacías. Cuando llegué al trabajo, la escena era de pesadilla: la gente se estaba devorando entre sí.
Huí como pude. Conseguí armas y provisiones. Vi una camioneta a lo lejos que iba escapando, pero no paró; ya estaba oscureciendo y todos sabemos que a estos bichos no los quema la luna, solo el sol. Desesperado, pasé por una agencia, me "presté" un Ferrari y salí disparado con una horda pisándome los talones. Me los logré zafar de milagro. En el camino, encontré una estación con diez zombis ya bien muertos en el suelo; alguien más andaba limpiando la zona. Seguí manejando hasta que vi aquel carro varado en el tráfico... ya no se podía seguir sobre ruedas. Me bajé y seguí a pie. En una patrulla incendiada me atacaron; salí con vida de milagro, pero dejé a dos personas atrás envueltas en llamas... de seguro ya son ceniza. Y pues, así fue como llegué a Nuevo León y me topé con Rose.
Narra Rose:
Me quedé ahí, procesando la información de Solia, pero la verdad es que me importaba un comino su pasado de "niño rico" en Ferrari. Mis problemas eran más reales. El Comandante Tilin me clavó los ojos, esperando mi parte.
—Que cuente también su historia Rose —insistió Solia, señalándome—. Él trabajaba en un distribuidor de basura y desechos, ¿verdad?
Apreté los puños. Sí, yo movía la porquería que nadie quería ver, y quizá por eso tengo el estómago más duro que todos estos. El Coronel Jr. se inclinó hacia adelante, interesado en ese detalle.
—¿Basura y desechos, eh? —murmuró Tilin—. En este nuevo mundo, saber dónde se esconde la podredumbre es una ventaja. Hablá, Rose. ¿Cómo saliste de Coahuila con una niña a cuestas?.
Narra Rose:
Solté mi historia así, sin muchas ganas, como quien cuenta qué almorzó.
—Bueno, solo salí de mi casa para ir al trabajo y vi que todo estaba destruido. Caminé por la ciudad, me metí en una casa de mafiosos y me atacaron, pero por suerte los despaché con un arma que hallé por ahí. Después me encontré a Espliert, casi me aplasta un carro, rescataron a mi hermana... y bueno, "bla bla bla", el resto ya lo saben —terminé de decir, restándole importancia a haber sobrevivido al mismísimo infierno.
El Comandante Tilin se quedó callado, mirándome con una sonrisa de medio lado que no me gustó nadita.
—Sos sarcástico y frío, Rose... pero eso es exactamente lo que necesitamos. Por eso, a partir de hoy, serás el nuevo Líder de Incursión.
—¡¿Es en serio?! —brincó Solia de su silla—. ¿Lo van a ascender a ese puesto solo por ser un pesado?
—Así es —respondió el Comandante—. Es el más fuerte y el que puede ayudarnos a encontrar la cura. Pero por ahora, solo misiones cortas. Rose, tenés que ir a Veracruz. Necesito que limpiés la zona y, cuando esté libre de esas cosas, me avisás para mandar refuerzos. Solo confío en ustedes dos, a nadie más. A cambio, tu hermana recibirá la mejor atención y protección de todo este hospital.
Miré a Tilin a los ojos. Si Yulia estaba segura, yo podía ir hasta el fin del mundo a matar zombis.
—Bien. Si eso incluye que a Yulia no le falte nada, acepto —dije firme.
Narra Solia:
—¡Rose! —le susurré, preocupado. No podíamos creer que nos mandaran de vuelta al matadero tan rápido.
—Basta. Nos vamos hoy mismo en la tarde —sentenció Rose, levantándose de la silla—. Recordá que a esos bichos los quema el sol, no la luna. Hay que aprovechar la luz mientras podamos.
Narra Solia:
Partimos hacia Veracruz a la mañana siguiente. El cargamento que nos dieron los militares pesaba, pero no tanto como el silencio entre Rose y yo. Llegamos a una zona de torres destruidas y me aposté en lo más alto con el rifle de francotirador. Mi misión era limpiar el camino para que Rose avanzara.
Dieron las 4:00 PM. El sol empezaba a bajar, pintando el cielo de un rojo que me recordaba a la sangre.
—Bien, ya está anocheciendo —dijo Rose, con una calma que me sacó de mis casillas. Estaba ahí abajo, revisando su equipo como si estuviera preparando un café.
—¡Ideay! ¿Cómo podés estar tan tranquilo? —le grité desde la torre—. Parece que hubieras trabajado en esto toda tu vida, no entiendo.
—Ya te dije: el miedo solo es una trampa en este juego —me respondió sin siquiera levantar la vista—. El miedo te atrapa primero... pero yo no soy de sentirlo.
Me bajé de la torre, temblando. La imagen de las personas quemándose en la patrulla volvió a mi mente como un flash.
—Sos demasiado arriesgado —le dije, con la voz quebrada—. Pero vos no sabés lo que es ver gente morir de verdad... Vos pudiste salvar a Flor, pero yo... —las palabras se me atoraron en la garganta y las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas. Estaba perdiendo el control.
De pronto, sentí unas manos pesadas y firmes sobre mis hombros. Era Rose.
—Basta. Ponete así es lo peor que podés hacer —me dijo, mirándome fijamente—. Yo también he visto gente morir, Solia. Solo que... no me importa si mueren. Lo importante es que nosotros sigamos vivos, ¿entendés? —lo dijo como si nada, con una frialdad que me congeló el alma, pero que extrañamente me hizo dejar de llorar.
Narra Rose:
Me quedé pensando un segundo. A veces no entiendo esta "realidad humana", pero ni modo, me toca jugar el papel.
—Bueno, me voy. Ya sabés tu trabajo —le dije a Solia. Vi cómo recuperaba el valor, agarrando el rifle con fuerza.
Salí disparado de la torre. Soy frío, sí, pero no soy un traidor. Aunque haya visto morir a mil personas, a mis compañeros no los dejo morir. Una parte de mí, muy en el fondo, todavía se siente humana. Corrí a toda velocidad con la MPT40 en las manos, volando cráneos y esquivando esas manos podridas que querían jalarme al infierno.
Narra Solia:
Desde la mira del rifle, Rose parecía un fantasma moviéndose entre la muerte. Yo disparaba rítmicamente, limpiándole el camino, hasta que algo me congeló la sangre. Entre el humo y los escombros, vi a una niña. No tenía más de cinco años y corría desesperada.
—¡ROSE! —grité por el radio—. ¡UNA NIÑA! ¡AYUDALA! —Rose ni se inmutó, seguía disparando como si no me oyera—. ¡ROSE, POR FAVOR! —grité de nuevo, intentando cubrirla con el franco, pero eran demasiados zombis. Sentí que las lágrimas me nublaban la vista otra vez al ver a la pequeña tropezar—. ¡ROSEEEE! —grité con todas mis fuerzas, con el corazón en la garganta.
Narra Rose:
Escuchaba los gritos de Solia por el radio. El maje estaba llorando otra vez como una niñita, ¡qué cansado! Al principio pensé en ignorarlo, la verdad no estaba en mis planes salvar a nadie más, pero ver a la mocosa ahí... "Ah, qué joda", me dije.
Me abalancé disparando contra la horda que le pisaba los talones. Las balas de la MPT40 abrían paso entre la carne podrida. En un movimiento rápido, la agarré del brazo y la cargué, sacándola de esa zona de muerte antes de que los dientes la alcanzaran.
Narra Solia:
Vi por la mira cómo la levantaba en el aire y la ponía a salvo. Por un segundo dudé de su humanidad, pero ahí estaba, salvando una vida que no le pertenecía. Sentí un alivio que me recorrió todo el cuerpo. Limpié mis lágrimas, puse el dedo firme en el gatillo y ajusté el ojo a la mira.
Narra Rose:
El mundo se puso blanco por un segundo. Un estruendo sordo me reventó los oídos y, antes de que pudiera reaccionar, el suelo desapareció bajo mis pies. Caímos en un hueco profundo y, para terminar de rematar, un carro destrozado nos cayó encima, sellando la salida.
Sentí un dolor agudo en los brazos, como si mil agujas me estuvieran atravesando. Abrí los ojos y vi que estaba encima de la niña; la había cubierto con mi cuerpo sin pensarlo. Tenía los trozos de vidrio clavados en la carne, pero ella estaba intacta.
—Hermanito... —susurró la pequeña, con los ojos bien abiertos.
Me quedé helado. Esa palabra me dio un vuelco en el estómago.
—Estás herido por mi culpa... —empezó a decir, y sus ojitos se llenaron de lágrimas.
—Cálmate —le dije, tratando de que no se me notara el dolor. Por segunda vez en mi vida, después de lo que siento por Yulia, sentí que el corazón se me hacía chiquito—. Shh... estoy bien. Lo importante es que vos estás completa. Ahora, salgamos de este hoyo.
Agarré la MPT40 con los brazos temblando, pero en cuanto intenté asomarme, el cielo se iluminó de nuevo. Estaban bombardeando la zona para limpiar el "muchedumbre" de zombis. Empujé a la niña contra la pared del hueco mientras el piso temblaba como si fuera el fin del mundo. Nos quedamos ahí, abrazados al polvo y al ruido, esperando que el fuego no nos alcanzara.
Narra Solia:
Cuando el humo de las explosiones se disipó, corrí como un loco hacia los escombros.
—¡ROSE! —grité desesperado, removiendo latas retorcidas—. ¡Rose, contestame, maje!
De pronto, vi una mano ensangrentada saliendo del hueco. Era él. Estaba hecho un desastre, pero vivo.
—¡Venid aquí! Ya vinieron los refuerzos, ya estamos fuera de peligro —le dije, ayudándolo a levantarse con cuidado de no lastimarle más los brazos.
Rose me miró con esa cara de pocos amigos, pero no me soltó el hombro. La niña venía detrás de él, agarrada de su camisa. Misión cumplida en Veracruz, pero a un costo que Rose no va a querer admitir nunca.
—Ahora sí... —susurré. Y así comenzó el verdadero desturque.
Narra Rose:
Desperté con un sabor a medicina en la boca y el cuerpo sintiéndose como si me hubiera pasado una rastra por encima. Tenía la cabeza vendada, los brazos cubiertos de gasas y apenas podía moverme en esa camilla fría del hospital de California.
—¡Hermanito! —gritaron dos voces al unísono.
Era Yulia... y la mocosa de Veracruz.
—¿Qué pasa? —dije, intentando incorporarme, pero sentí un pinchazo que me devolvió al colchón.
—¡No! No te levantés, te vas a hacer más daño, hermanito —dijo la niña de Veracruz, poniéndose frente a la camilla como una guardaespaldas chiquitita.
Yulia dio un paso adelante, cruzando los brazos y con los cachetes inflados de la pura envidia.
—Por cierto, Rose... ¿quién es esta niña y por qué te dice así? —preguntó Yulia, soltando chispas por los ojos.
—Emmm... la hallé ayer en Veracruz —dije, todavía algo atontado por la anestesia.
No terminé de hablar cuando la niña se lanzó sobre mí, dándome un abrazo apretado y sacándole la lengua a Yulia con una cara de victoria que no le conocía.
—¡Oye, niña! Alejate de Rose, ¡yo soy su hermana, no vos! —le gritó Yulia, perdiendo la paciencia.
—¡No! Rose es mío, es mi hermanito solo para mí —le respondió la mocosa, apretándome más fuerte.
—Oye, Yulia, no seas así... —le dije, pero me sorprendí de mis propias palabras. ¿Desde cuándo defendía yo a una desconocida?
—¡¿Qué?! ¿Ahora vos también? ¡Alejate de él! —renegó Yulia, señalando a la niña.
Para calmar las aguas, miré a la pequeña a los ojos.
—Por cierto... ¿cómo es que te llamás? —le pregunté.
—Me llamo Noa —dijo ella, y su voz se puso suave de repente—. Nuestros padres, hermanito... ellos se fueron con Diosito. Me dijeron que iban al cielo con los ángeles. ¿Podemos ir a visitarlos, hermanito?
—Noa... —murmuré. Me quedé helado. No sabía si decirle la verdad o dejarle esa mentira que era lo único que la mantenía cuerda. Miré a Yulia, que se quedó callada al escuchar lo de los padres, y el silencio en la habitación se volvió más pesado que el bombardeo en Veracruz.
Narra Rose:
El pleito de las chavalas se cortó de un solo cuando la puerta se abrió de par en par. Era Solia. Traía una cara tan seria que hasta el aire de la habitación se puso helado.
—Déjennos solos a Rose y a mí —ordenó con una voz que no admitía réplicas.
Yulia y Noa salieron de mala gana, pero Espliert ni se movió. Se quedó sentado a la par de mi camilla, con el pecho inflado como diciendo: "Yo también soy parte del equipo y quiero saber qué onda". Solia suspiró y se acercó a la cama.
—Investigué el pasado de Noa —soltó de viaje, sin rodeos—. Parece que la chavalita sí tuvo un hermano... y, por increíble que parezca, el carajo es igualito a vos. Si los ponés a la par, parecen gemelos, solo que él tiene el cabello castaño y el tuyo es negro. Pero lo demás... es como verte en un espejo.
Me quedé mudo, procesando la información mientras me rascaba una venda.
—Sus padres murieron por mordidas de zombis en el primer brote —continuó Solia, bajando la voz—. Se convirtieron y ya sabés el resto. Pero hay algo más raro: el reporte de desaparición de su hermano es de antes de que el experimento del Perímetro 22 se hiciera público. El chavalo se esfumó mucho antes del caos.
—Vaya... qué clase de misterio —murmuré, sintiendo un escalofrío que no era por la herida—. Esto sí que es algo serio. Si ese maje se parece a mí y desapareció antes de todo... ¿qué tiene que ver conmigo?
Espliert soltó un ladrido corto y seco, como asintiendo, como diciendo: "Aquí hay gato encerrado, patrón".
—Bueno —dije, tratando de calmar los nervios—, esto es algo que vamos a tener que averiguar más adelante. Por ahora, lo único que sé es que tengo a una "hermanita" nueva que cree que soy un aparecido.