EL VIENTO LA FUERZA Y LA RISA
Pueblo de Villaluz - Calle Principal, mediodía
El aire del pequeño pueblo vibraba con el canto irregular de las aves, como si el mediodía respirara lentamente entre los techos de teja., el olor a tierra mojada que venía del bosque que lo rodeaba, la voz de la señora Rosa en su puesto de frutas y el eco de risas infantiles que se perdían entre las casas de dos plantas.
En la azotea de la vieja casa de la familia Márquez —abandonada desde hacía años—, dos niños de diez años se preparaban para el "gran vuelo" que habían planeado durante semanas.
—¿Segura que esto funcionará, Aria? —preguntó Nolan, ajustándose la gorra que llevaba hacia atrás mientras observaba el paquete de plástico reforzado atado a sus brazos como alas improvisadas. Su pelo rubio brillaba bajo la luz del mediodía, y sus ojos verdes se entrecerraban con una sonrisa de ligera preocupación y desconfianza—. No es que no confíe en ti, pero casi siempre tus ideas son muy... locas.
Aria se giró hacia él, empujando los lentes redondos que se le deslizaban por la nariz. Su cabello castaño claro estaba recogido en una coleta que se movía con cada gesto, y su rostro se iluminaba con una sonrisa traviesa y decidida.
—¡Claro que funcionará! —dijo, estirando los brazos hacia el cielo-. El viento me habla, Nolan. Me dice que hoy es el día perfecto para dejar de ser solo Aria y empezar a ser... ¡algo más!
Nolan rió a carcajadas, tapándose la boca para que no lo oyeran desde abajo.
—¡El viento no te habla, Aria! Es solo aire. Yo creo que en realidad tienes frío. —Se apoyó en la barandilla de madera desgastada, mirando el prado verde que había elegido como destino-. A lo mejor deberíamos empezar con algo más pequeño. Como... saltar desde el columpio del parque.
—¡Aburrido! —replicó ella, cerrando los ojos por un instante. Sentía cómo las corrientes de aire giraban a su alrededor, frescas y suaves como una mano que la acariciaba-. No puedo creer que no lo sientas. Quizá sea porque siempre andas muy distraído.
—Lo dice la que quiere tirarse del techo como si fuera algo divertido —murmuró Nolan, sin que ella le prestara atención.
—Vamos, Nolan. ¡Es ahora o nunca! —gritó ella, dando un paso hasta el borde de la azotea.
Nolan se puso nervioso y la agarró del brazo.
—Espera, espera... Si te caes, tu tío Miguel va a matarme. Y mis padres también. Ya me regañaron la semana pasada por levantar la bicicleta de mi primo con una mano. Al menos, si te caes, diles que yo traté de impedirlo, ¿vale?
Aria rió y le dio un golpe suave en el hombro.
—No me voy a caer. Además, si lo hago, diré que tú me obligaste... ¡Mira!
Extendió los brazos con las alas de plástico y cerró los ojos otra vez. Esta vez se concentró con todas sus fuerzas, sintiendo cómo el viento se acumulaba a su alrededor, formando una especie de cojín invisible bajo sus pies. Un escalofrío recorrió su espalda cuando sintió que su cuerpo empezaba a levitar ligeramente.
—¡Nolan, mira! ¡Estoy subiendo! ¡Estoy volando, Nolan! —exclamó, abriendo los ojos con emoción.
Era cierto. Sus pies estaban a unos diez centímetros del pavimento de la azotea, y las alas de plástico ondeaban como si fueran reales. Nolan se quedó boquiabierto, pasándose las manos por el pelo como si no pudiera creer lo que veía.
—¡No puedo creerlo!... ¡Realmente estás volando!
Justo en ese momento se oyó un grito desde la calle. Un perro grande había asustado a la señora Rosa y su cesta de manzanas cayó al suelo, mientras el animal corría hacia ella con las orejas alborotadas.
—¡Dios mío! —gritó la señora, retrocediendo hasta la pared de su puesto y escondiéndose sin atreverse a salir.
Aria se sobresaltó y perdió la concentración. El viento dejó de sostenerla y empezó a caer hacia el borde de la azotea. Nolan reaccionó de inmediato y se lanzó hacia ella con más fuerza de la que sabía que tenía, tensando los músculos de forma extraña. Logró alcanzarla antes de que cayera y la arrastró hacia el centro con un solo tirón. Sin embargo, su fuerza fue mayor de lo esperado y la barandilla de madera se partió en dos bajo su agarre.
—¿Estás bien? —preguntó Nolan, preocupado.
—Yo estoy bien, pero la señora Rosa no. ¡Debemos hacer algo! —dijo Aria, mirando cómo el perro seguía alterando a la gente.
Sin pensarlo dos veces, Aria se acercó de nuevo al borde y extendió los brazos. Esta vez no pensó en volar, sino en ayudar. Concentró toda su atención en el perro, y una ráfaga de viento controlada descendió desde la azotea, envolviendo al animal como una manta suave empujándolo y llevándolo hasta el parque cercano, donde se calmó casi al instante.
Mientras tanto, Nolan bajó por la escalera de incendios a toda prisa y corrió hasta el puesto de la señora Rosa. Con una facilidad extraña, recogió todas las manzanas -incluso las que se habían metido debajo de los coches- y levantó la cesta con una sola mano, aunque normalmente era un trabajo arduo cargarla llena.
—¿Está bien, señora Rosa? —preguntó con una sonrisa, entregándole la cesta.
La mujer lo miró con los ojos muy abiertos.
—¡Nolan, niño! Esa cesta pesa como una roca cuando está llena... ¿Cómo...?
Pero él ya estaba corriendo de regreso hacia la escalera de incendios, donde Aria descendía moviendo los brazos, como si el viento la ayudara a bajar más rápido.
Se reunieron detrás del gran árbol del parque, jadeando y riendo a la vez. Sus risas se apagaron cuando vieron acercarse a sus familias: la tía de Aria y los padres de Nolan caminaban hacia ellos
con expresión seria.
—¡Aria! ¡Nolan! —exclamó la tía de Aria, acercándose con paso firme y susurrándoles—. ¿Qué creen que están haciendo? ¿Qué fue lo que
acordamos?
—No usar nuestras habilidades en plena calle ni enfrente de otras personas. Lo sé, tía, lo sé —murmuró Aria, bajando la cabeza—. Pero la señora Rosa necesitaba ayuda
El padre de Nolan puso una mano en el hombro de su hijo.
—Entiendo que quieran ayudar, pero no deben ser imprudentes. Al menos aprendan a hacerlo sin exponerse.
—Y ahora puedo preguntar: ¿qué hacían en la vieja casa de los Márquez? —replicó, arqueando una ceja.
Mientras seguían recibiendo el regaño —y como castigo, no una sino dos semanas sin videojuegos—, un camión grande pasó por la calle dejando un rastro de luz azulada sobre el pavimento. La inscripción dorada brillaba bajo el sol: SLAE - Energía para un mundo mejor.
Nadie le dio importancia. En el pueblo se sabía que la SLAE trabajaba con grandes ciudades y brindaba apoyo a niños huérfanos mediante sus programas de "ayuda y educación".
Así terminó un día normal y tranquilo en Villaluz, con ambos niños regresando a sus casas, la señora Rosa cerrando su tienda con serenidad y todo el pueblo ansioso por la llegada del Festival de Manzanas, una tradición anual que se celebraría al día siguiente.
Y lejos de toda esa tranquilidad, del canto de las aves y del Festival de Manzanas, a miles de millones de kilómetros de distancia, existía un lugar completamente distinto a lo que Aria y Nolan conocían como hogar. Allí el cielo era de un púrpura profundo y tres lunas iluminaban torres cristalinas de una ciudad extrañamente hermosa repleta de artefactos desconocidos y tecnología avanzada que parecía pertenecer a ese lugar de manera tan natural como la hierba en el jardín
En la fortaleza real, una niña de nueve años llamada Luna observaba un mapa estelar que flotaba en el aire, con los ojos llenos de determinación y emoción contenida. Su pelo plateado y esponjoso brillaba como las estrellas del firmamento y caía sobre su vestido negro, mientras sus manos se movían con precisión al tocar los símbolos luminosos del mapa.
Su padre, Tarak, líder guerrero de Aetheris, se acercó y apoyó una mano fuerte pero tierna sobre su hombro.
—El artefacto que buscamos está en un planeta pequeño del sistema solar llamado Tierra —dijo en un idioma antiguo cuyas palabras resonaban como música-. Pronto deberás ir a buscarlo, pero primero debes aprender a controlar tus poderes. La telequinesis no es solo mover objetos, hija; es entender la energía que los mantiene unidos.
Luna asintió, mirando el punto azulado que representaba la Tierra.
—Lo encontraré, padre. Me convertiré en reina y los protegeré a todos, aunque tenga que irme muy lejos de casa. Así te sentirás orgulloso de mí.
En la sombra de la habitación, su madre, Lyra, la observaba con una expresión indescifrable. Sus ojos brillaban con una luz extraña, pero nadie lo notó.
Todos miraban hacia el futuro, hacia el día en que la pequeña Luna tendría que partir hacia el mundo desconocido de la Tierra, donde dos niños cenaban tranquilamente, ignorando la existencia del planeta Aetheris.