Prólogo
Esta historia ha sido forjada a través de la sangre, demostrando a todo ser viviente que en cada mal habita un destello de bien.
Nuestros protagonistas fueron separados por la condena de pertenecer a razas opuestas.
Uno era de naturaleza angelical. Sus ojos, de un azul brillante y profundo como el mar. Su cabello, dorado, sedoso y luminoso, se mecía con suavidad constante. Su sonrisa, tierna y deslumbrante, cautivaba a todo aquel que la contemplaba. Él era un ser completamente hermoso… y prohibido.
El otro era un pecado viviente. Hermoso por fuera, putrefacto por dentro. Perdido en su soledad y en su oscuridad, liberó las legiones del infierno. Guerrero sanguinario y sin corazón, solo existía en él una sed insaciable de venganza. Sus ojos, negros y profundos, infundían terror en sus oponentes con su mirada penetrante y escalofriante. Su cabello azabache llegaba hasta los hombros. Entre sus compañeros, unos lo respetaban, otros lo admiraban y muchos lo envidiaban por poseer a la mujer más deseada del inframundo. Pero nuestro protagonista la rechazaba una y otra vez, importándole muy poco lo que dijeran de él.