Capítulo 1
El solitario silbido del viento quebró la tranquilidad de la noche. Sentada sobre la rama de un árbol, vestía un vestido blanco adornado con símbolos de diamantes, tréboles, rubíes y corazones en intervalos de negro y rojo hasta las rodillas. Sus delgadas piernas se balanceaban sin prisas, cubiertas por calcetines blancos hasta la rodilla y zapatos negros de hebilla plateada.
Bañada por la luz de la luna, su piel —tan pálida como el papel, carente de cualquier resquicio de tonalidades rosadas o beige— parecía brillar con luz propia. Sus ojos, de un bello azul hielo, se posaron en la Luna, brillando con una pureza incuestionable, como si el mero concepto de impureza no tuviera cabida en ellos.
La suave brisa nocturna le acarició el rostro con delicadeza, levantando su cabello blanco como la nieve. Al sentir la brisa contra su piel, instintivamente cerró los ojos, imaginándose volando por los cielos con absoluta libertad. Si algún espectador hubiese presenciado la escena, pensaría que una muñeca de porcelana había sido dejada allí para adornar el árbol.

Mientras disfrutaba de la ilusión de libertad, el silbido del viento, en algún momento, comenzó a distorsionarse. Su contenido carecía de cualquier sentido: a veces violento y disruptivo, otras parecían un galimatías ininteligible que intentaba grabarse en su cráneo como un taladro girando contra el hueso.
A pesar de su expresión serena en el exterior, su mente era un caos incontrolable. Distintos “seres” hablaban sin ton ni son en cada resquicio de su conciencia, como si el silencio fuera un acto insoportable para ellos. Entre tantas voces, sus propios pensamientos parecían ahogarse en ese mar de sonidos que inundaba su mente. Sin que se diera cuenta, sus uñas ya se habían clavado en la tierna carne de sus brazos, y un dolor sordo y húmedo comenzó a extenderse por su piel.
Después de un periodo de tiempo indeterminado, Senju Yuzuki abrió los ojos. En lugar del brillo inocente de hace unos momentos, un destello de locura ocupaba su lugar. Sus manos, manchadas por su propia sangre, se posaron sobre su cabeza y apretaron con fuerza, como si quisieran destrozarla.
Sus ojos vagaban de forma errática. —Él —susurró a un ritmo lento, como si temiera perder cualquier detalle. Pero, aunque su voz era la más baja entre los demás, también era la más clara. Yuzuki se sentía perdida entre sus pensamientos y los susurros. Cuanto más oía, más conocimiento y locura eran vertidos en su mente como en un pozo sin fondo.
Tras casi diez minutos de tortura, las visiones y los susurros cesaron. Sus ojos, poco a poco, recuperaron su enfoque y el brillo anterior. Sus manos bajaron hasta su pecho, sintiendo su corazón latir a toda marcha, un tambor frenético bajo las costillas. Las heridas en sus brazos fueron ignoradas, como si no fuesen relevantes para ella. Bajándose de la rama en la que estaba, su primera acción no fue ir a casa ni buscar ayuda. No.
Lo que hizo fue sentarse apoyada contra el árbol. Volvió a cerrar los ojos y se concentró en captar la información que los susurros le habían otorgado. La mayoría eran fragmentos, fragmentos dispersos sobre magia ritual o los honoríficos de algún ser. Solo al enfocarse en lo que “él” dijo, la información era tan clara como el agua. El conocimiento era embriagante, pero siempre insuficiente.
—Alabado sea el Verdadero Creador —murmuró mientras asimilaba los conocimientos en su mente, sintiendo en ese simple acto una mayor conexión con él.
Después de asimilar el conocimiento que “él”, en su infinita misericordia, le concedió, Yuzuki se levantó del suelo y emprendió el viaje de regreso a casa tarareando una melodía. Mientras caminaba, no pudo evitar que un pensamiento le viniera a la mente.
“Todo oyente es un lunático. Aunque parezcan normales en apariencia, siempre están locos por dentro”. Recordando la descripción que los archivos de los Nighthawk tenían sobre todos en la Secuencia 8, Oyente, una sonrisa no pudo evitar formarse en su rostro.
Pronto terminaría de digerir la poción y podría pasar a la siguiente secuencia: la Secuencia 7, Asceta de las Sombras. Y con ello podría llamarse un Beyonder en todo derecho. En cuanto llegó al recinto del clan, saludó a varios miembros y compañeros de la academia por el camino. Su llamativa apariencia, debido a su albinismo, siempre la convertía en el centro de atención.
Al llegar a casa, Yuzuki resistió la tentación de gritar “¡Estoy en casa!” y simplemente entró en la vivienda. Recorriendo los silenciosos pasillos de su hogar —tan vacíos que el eco de sus propios pasos parecía seguirla como una sombra—, Yuzuki no pudo evitar pensar en sus padres de este mundo. Desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial Shinobi, no habían vuelto a casa en casi dos años. Aunque, por el lado positivo, su ausencia le había facilitado digerir la poción de la Secuencia 9 y casi terminar de digerir la de la Secuencia 8.
Sintiendo un poco de hambre, decidió no complicarse la vida y calentó agua para cenar fideos instantáneos. Mientras esperaba a que el agua hirviera —el leve burbujeo subiendo desde el fondo de la tetera como una respiración acelerada—, Yuzuki entró en su habitación. La disposición sencilla de la estancia no parecía encajar con lo esperado de una kunoichi.
Desde que ocupó el cuerpo de Senju Yuzuki, Alexander no pudo evitar comportarse como su antiguo yo con el tiempo. Aprovechando la ausencia de sus padres durante la guerra, se deshizo de todos los elementos femeninos o infantiles de la habitación. Aunque ya no se refería a sí mismo como Alexander, no podía evitar despertarse cada mañana con la esperanza de que todo no fuese más que un sueño.
Soltando un suspiro resignado, regresó a la cocina para comprobar el agua. Al ver el vapor brotando de la tetera —esa nube blanca y caliente que empañaba sus pestañas—, Yuzuki abrió el empaque de los fideos y vertió el agua hirviendo dentro. Sabiendo que los fideos tardarían un tiempo en estar listos, se sentó en el sillón de la sala. Mientras esperaba, los recuerdos de cómo terminó convirtiéndose en una Beyonder vinieron a su mente.
Hace dos años había recuperado los recuerdos de su vida pasada como Alexander. Como cualquiera en su posición, estaba extasiado. Transmigrar a uno de tus universos ficticios favoritos sin duda sería un motivo de celebración. Al menos al principio. Conforme pasaban los días, comprendió que no todo era miel sobre hojuelas.
Cuando la euforia inicial se disipó, empezó a preguntarse sobre la situación de sus padres en su mundo original. ¿Estarían bien? ¿Su muerte o desaparición los habría preocupado? Cientos de preguntas rondaban su mente, cada una más preocupante que la anterior. No podía dormir con normalidad. Incluso su apetito fue disminuyendo con el paso del tiempo. Las preocupaciones sobre sus padres en su mundo original no eran algo que pudiera expresar con otros para desahogarse.
Sus pensamientos y sentimientos negativos no hicieron más que acrecentarse día a día, similares al vapor de la tetera, esperando un solo descuido para explotar. Yuzuki, al verse incapaz de compartir sus emociones con nadie, no tuvo más remedio que forzarse a mantener una apariencia de normalidad.
Sus padres, dos experimentados ninjas curtidos por la guerra, notaron naturalmente las anormalidades de su hija. Cualquier padre en sus circunstancias habría intervenido de inmediato para evitar que el problema se agravara, pero el hombre propone y Dios dispone. Justo cuando la pareja iba a tomar cartas en el asunto, los primeros signos de guerra se asomaban en el horizonte. Por orden del líder del clan, Senju Setsuna —el padre de Tsunade, quien, contaminado por la “voluntad de fuego” de su propio padre y trastornado por Hiruzen Sarutobi, no dudó en ofrecerse junto a varias élites del clan para verificar la situación de las fronteras—, la pareja tuvo que partir.
Aunque reacios, sus padres no tuvieron más opción que seguir el arreglo del jefe del clan. Después de todo, “es por el bien de Konoha”. Tras su partida, Yuzuki intentó día a día mejorar su actuación para no preocuparlos.
Mientras practicaba, sintió una extraña sensación, como si algo fuese a brotar de su interior. Esto duró un par de semanas desde la partida de sus padres, hasta que un día un objeto extraño brotó de su piel: una botella con un líquido negro burbujeante en su interior. El líquido parecía respirar, elevándose y hundiéndose como un pulmón sumergido en alquitrán.
La visión del extraño objeto la dejó confundida durante mucho tiempo. Sin importar cómo lo viese, no tenía sentido que algo tan complejo como una botella sellada llena de un líquido desconocido saliera de su carne. Cuanto más intentaba investigar qué era aquello, un impulso —sutil, imperceptible al principio— de consumir el líquido comenzó a llamarla. Era como una voz sin palabras que le susurraba directamente a los huesos.
Al principio logró superar la tentación de ingerir el contenido de la botella. Pero incluso tras esconderla lejos de ella por temor a seguir viéndose afectada, el impulso no hacía más que crecer. La idea de tirar el líquido le vino varias veces a la mente, pero en cuanto el pensamiento se formaba, algo en su mente parecía descartarlo, como si un dedo invisible borrara la pizarra de su conciencia.
Tras casi un mes desde que “obtuvo” la botella, Yuzuki no pudo evitarlo y terminó consumiendo su contenido. A pesar de su apariencia claramente poco prometedora, el sabor no fue tan desagradable como esperaba, solo demasiado amargo para su gusto —un amargor que se le quedó pegado al paladar como hollín.
En cuanto terminó de consumir el líquido, la realización la golpeó. Los conocimientos sobre el misticismo, la magia ritual y el nombre de su secuencia la golpearon como un camión de carga a toda velocidad. En ese momento supo que estaba jodida. El camino del Hombre Colgado era uno de los muchos que garantizaban la locura en cada una de sus secuencias.
Incluso en la secuencia inicial, Suplicante de Deseos, las posibilidades de volverse loca eran mayores que las de cualquier otro Beyonder. Pero a pesar de su miedo, no pudo evitar sentir curiosidad y avanzó paso a paso siguiendo el método de actuación.
Como un suplicante de deseos, tuvo que usar el conocimiento que recibió para rezar y pedir —o suplicar— por conocimiento a “él”. Cuanto más peligroso era el conocimiento recibido, mayor era el progreso al digerir su poción. Arriesgándose durante medio año, Yuzuki logró digerir su poción con relativa facilidad. En cuanto a los daños en su mente, no podía estar segura de la magnitud de estos.
No se sentía diferente de lo normal, pero eso solo intensificaba su miedo. Si se hubiese vuelto loca sin saberlo, solo demostraría lo eficaz que era “él” para corromperla.
Durante varios días se debatió si debería consumir la siguiente poción o no. Recordando la extinción del clan Senju entre la Segunda y Tercera Guerra Mundial Shinobi, Yuzuki sabía que si no tenía la fuerza suficiente para entonces, el destino que le esperaba, muy seguramente, terminaría en uno de los laboratorios de Orochimaru —con su olor a formol y sus paredes de piedra húmeda que nunca llegaban a secarse del todo.
Con eso en mente tuvo que disipar todas sus dudas y beber la poción. Su mundo era uno donde la muerte podía llegar de quien menos se lo esperara. Como si sintiera sus intenciones, su cuerpo volvió a presentar aquel extraño sentimiento y, tras una semana de espera, una botella con un líquido multicolor de núcleo oscuro brotó de su piel. Al romperse la capa exterior, un leve olor a incienso quemado y a metal caliente llenó la habitación.
Tras tomarlo, supo el nombre de la siguiente secuencia y, con este, pudo deducir su método de actuación correspondiente. Recordando las secuencias posteriores, llegó a una hipótesis que consideraba sólida. Como Oyente, tendría que escuchar los susurros de “él” y “ellos” sin verse afectada por ellos. Al ponerlo en práctica, demostró que su método era correcto. El único inconveniente era que no podía silenciar los susurros; al no poder mentalizarse para la tarea, en muchas ocasiones se veía afectada por ellos, como esta noche.
Según sus estimaciones, en quince días o un mes terminaría de digerir la poción. Todo dependería de qué tan frecuentes o extremos fueran los susurros. Frotándose las sienes, no pudo evitar sentirse un tanto molesta. Cuanto más se acercaba a digerir la poción, los susurros solo empeoraban. Antes de hoy había tenido dos casos similares dentro de la academia. Si no fuese por la ignorancia de sus compañeros y la falta de tacto de los maestros, es probable que hubieran descubierto que sus problemas eran mucho más serios de lo que dejaba ver.
Era curioso: la misma guerra que le permitió convertirse en Beyonder en relativa tranquilidad era la que desviaba la atención de los demás. Sin ella y las preocupaciones por amigos y familiares que provocaba, es probable que alguien hubiera sospechado que algo definitivamente iba mal con ella.
Pero no todos eran ignorantes. Su maestro de aula no se dejaba engañar con su actuación ni con sus excusas sobre cómo “su rica imaginación le jugaba malas pasadas con el destino de sus padres y el estrés la afectaba en forma de episodios”. No. El hombre parecía sospechar que algo iba mal. Solo dentro del recinto del clan la sensación de que alguien la observaba en las sombras desaparecía.
Si esa mirada pertenecía a su maestro de aula o no, era algo que ella, con sus limitadas habilidades como genin en formación, no podía determinar. En cuanto a recurrir a los rituales que había aprendido para lidiar con el mirón, Yuzuki no podía descartar que, en el momento en que uno muriera, otro no ocupara su lugar. Sin mencionar que todos los rituales ofensivos que conocía implicaban usar la carne o la sangre del objetivo. Con sus habilidades por encima de la media, conseguir cualquiera de los requisitos era absurdo.
Levantándose del sillón, regresó a la cocina. Tomó el envase de los fideos, volvió al sillón y comenzó a comer en silencio. Por desgracia, no existían medios de entretenimiento como en su mundo anterior o en los años venideros. Si querías divertirte, lo mejor que había sería entrenar o experimentar con huérfanos. Por razones obvias, no podía hacer ninguna de las dos mientras cenaba. Tal vez solo Orochimaru podría hacer la última durante la cena.
Tras terminar de cenar, no se olvidó de limpiar la casa y sacar la basura. Podría perder la cordura y convertirse en una demente, pero la higiene era un básico que cualquiera debería mantener, independientemente de su estado mental.
....
Al día siguiente se levantó temprano para prepararse con tiempo e ir a la academia. Mientras se disponía a tomar un baño caliente —el vapor empañando los espejos y llenando el pequeño cuarto de un calor húmedo que envolvía los huesos—, los susurros de “ellos” interrumpieron sus pensamientos. La oleada de voces caóticas e ininteligibles bombardeó su mente al borde del colapso. Debido a sus repetidas súplicas al Verdadero Creador, imágenes distorsionadas del ser se sumaban al tormento: lo suficientemente erráticas como para no sucumbir al instante, pero con suficiente corrupción detrás como para afectar su mente.
Siguiendo su método de actuación, intentó oír los susurros sin verse afectada por ellos. Pero cuanto más intentaba distanciarse, más fuertes resonaban en su mente. Aunque la poción se estaba digiriendo lentamente, a este ritmo podría volverse loca antes de lograrlo. Sus uñas, como la noche anterior, se clavaron en su carne en un intento de que el dolor la mantuviera enfocada.
Conforme pasaba el tiempo, su situación, lejos de mejorar, solo mostraba signos de empeorar. En un intento desesperado de mantenerse enfocada, estrelló su cabeza contra el suelo del baño. El piso de piedra, tras el impacto, mostró una pequeña grieta en su superficie. En medio del silencioso baño, el sonido de gotas cayendo —un goteo lento, constante, como un reloj descompuesto— rompió la calma antinatural.
De su frente comenzó a brotar sangre. Pero incluso siendo consciente de sus heridas, Yuzuki continuó golpeándose la cabeza contra el suelo. Cuanto más golpeaba, más sentía que los susurros se alejaban de su mente.
Mientras los susurros se alejaban, un pensamiento aleatorio echó raíces en su mente. Tal vez su actuación no era la correcta. Un Oyente tiene cierta similitud con un sacerdote: por más actos despreciables que oigan, los aceptan sin queja ni juicio, independientemente de su origen. Sintiendo que había llegado a una revelación, Yuzuki dejó de golpearse la cabeza. En su lugar, se sentó en el suelo y escuchó pacientemente los susurros. Sin importar su contenido, su expresión permanecía serena.
En lugar de concentrarse solo en “él”, su atención se dividió de igual forma entre todas las voces en su mente. El caos carente de orden parecía tomar forma conforme las voces eran escuchadas. Eso era: un Oyente no debe cuestionar, solo escuchar. No debe demostrar favoritismo ni desprecio por el hablante. Su rol es solo servir como un lugar donde descargar quejas y pensamientos.
Cuando la poción se digirió por completo, las voces cesaron de forma abrupta. Su expresión seguía siendo serena. Su rostro, manchado por su sangre, estaba hecho un desastre. A pesar del dolor, una sonrisa se formó en sus labios.
Como si nada hubiera pasado, continuó sus preparativos para el baño. Tras limpiar la sangre y la suciedad de su cuerpo, Yuzuki, tumbada en la bañera —el agua caliente envolviéndola como un sudario húmedo—, no pudo evitar mirar las marcas que sus uñas habían dejado en su piel. Debido a su linaje Senju, sus heridas se curaban más rápido que el promedio. Tal vez mañana o pasado mañana no quedarían ni rastros de lo sucedido.
Mientras disfrutaba de su baño caliente, Yuzuki no pudo evitar pensar en un momento adecuado para tomar la poción. Lo ideal sería avanzar a la siguiente secuencia cuanto antes. Si continuaba esperando, los susurros seguirían llegando sin su consentimiento. Aunque pudiera resolverlo con su nuevo método de actuación, sería un problema si volviera a suceder en la academia y no pudiera actuar.
Como si compartiera sus pensamientos, su cuerpo volvió a tener aquel extraño sentimiento y, en tan solo unos minutos, de su cuerpo surgió una poción. El líquido gris negruzco parecía reflejar su propio rostro con distintas expresiones, como si múltiples versiones de ella misma la observaran desde el fondo del vidrio. Ahora que lo pensaba mejor, esto no tenía sentido: claramente la poción venía de su cuerpo, pero por alguna razón tenía que consumirla para avanzar. Era algo extraño.
Sin importar cuánto lo pensase, no tenía ninguna idea de por qué sucedía esto. El simple hecho de terminar en un mundo de ficción ya era lo suficientemente extraño. Que tu cuerpo pudiera proveer pociones parecía más normal en comparación.
Tomó la poción. Un sabor frío, amargo y punzante inundó su lengua, como si tragara agujas disueltas en hielo. Por un momento no sintió nada. Justo cuando pensaba que algo había salido mal, los conocimientos vinieron a su mente. Al mismo tiempo, las sombras en la habitación parecieron ganar sustancia, alargándose contra las paredes como dedos que se estiraban con pereza. Por todo su cuerpo sintió un escalofrío, como si algo en las sombras fijase su mirada en ella y formase una conexión con su carne.
La sensación de ser observada duró un par de minutos. Sin importar cuánto se preparase para el avance, la sensación de cada uno era incómoda a su manera. No quería ni imaginarse lo desagradable que sería una vez que se convirtiera en un Rose Bishop. Solo de pensarlo, sintió un escalofrío que le recorrió la columna.
Para no pensar en ello, decidió que sería mejor enfocarse en sus nuevas habilidades. Lo principal, y el motivo por el cual deseaba avanzar, era que ahora podía desactivar su habilidad de escucha. Con esa capacidad ahora desactivada, no tendría que preocuparse por escuchar los susurros en situaciones desfavorables.
No solo eso. Ahora tenía un control preliminar sobre las sombras. Dentro de un rango de cinco metros podía moldearlas en armas o criaturas. También podía rastrear una sombra en un radio de cien metros, ocultarse en ellas e invocar criaturas del mundo de las sombras para atacar, restringir o influir en un objetivo... aunque también existía el riesgo de que su invocación la destripase en el proceso. Las sombras, después de todo, no eran conocidas por su lealtad.
Mejor guardarlo para ocasiones desesperadas. Hasta no tener absoluta confianza en tratar con las invocaciones, cualquier intento de usarlas no sería diferente de jugar a la ruleta rusa, con la única diferencia de que la ruleta rusa sería menos dolorosa y agonizante. Pensando en ello, sería similar a invocar a Mahoraga: las posibilidades de morir antes que el enemigo eran casi seguras.
Aunque usar invocaciones estaba descartado por el momento, eso no significaba que no pudiese usar el resto de sus habilidades. Fijando su mirada en una pequeña sombra, intentó moldearla en una espada. Bajo su influencia, la sombra comenzó a formarse. Con lentitud, fue tomando la apariencia del arma que tenía en su mente.
La espada de sombra parecía fluir, como si en cualquier momento pudiera desaparecer en la nada. A pesar de carecer de sustancia sólida, Yuzuki podía sostener el arma en sus manos como cualquier otro objeto. La espada carecía de peso, como si en lugar de un arma sostuviera aire. Balanceando el arma, vio con sus propios ojos cómo atravesaba su inodoro sin causar daño alguno.
Al ver que su inodoro seguía intacto, no sabía si sentirse feliz o triste. Lógicamente debería estar feliz porque no requeriría reparaciones, pero también estaba triste al ver que no podría cortar a nadie con sus armas. “Tal vez debí probarlo con algo menos costoso”, pensó, dándose cuenta de que había sido muy impulsiva con sus acciones. Si las sombras fueran sólidas, tendría que gastar mucho dinero en conseguir un inodoro nuevo y en su instalación.
Encogiéndose de hombros, Yuzuki terminó de bañarse. Tras un desayuno sencillo que consistía en un sándwich de pollo y un vaso de leche, abandonó su casa con un paraguas en mano y sus lentes oscuros con destino a la academia. Mientras recorría el mismo camino de siempre, las miradas de sus vecinos se posaron sobre su figura. Debido a su condición y su cambio de look con el pasar del tiempo, la atención naturalmente siempre parecía recaer en ella.
Pensando en su condición, le pareció divertido. A pesar de poseer un físico poderoso como miembro del clan Senju, había nacido con albinismo y todos los problemas que venían con este. Si se exponía al sol, su piel se enrojecería en segundos y las ampollas brotarían en poco tiempo. Sus ojos tenían dificultad para ver con claridad en ambientes brillantes, y sufría de movimientos involuntarios en el izquierdo.
Realmente se preguntaba en qué estaba pensando la Yuzuki original y sus padres al permitirle ingresar a la academia. Alguien con su condición era todo menos material para kunoichi. Da igual. Como agradecimiento por su cuerpo, cumpliría su sueño de convertirse en kunoichi. Si se mantendría en la profesión o no, dependería de su estado de ánimo.
Al llegar a la academia, no pudo evitar posar su mirada en el sitio donde estaría el futuro columpio que usaría Naruto. Por ahora no había nada colgado en la rama del árbol, pero en un futuro cercano sin duda lo estaría. En el momento en que entró al edificio, el olor a sudor la golpeó de lleno. “Estos mocosos, al menos podrían aprender a ocultar su olor como buenos ninjas”, pensó, disimulando su disgusto con una sonrisa, preguntándose cómo era posible que el hedor del día anterior permaneciera al día siguiente.
Repitiendo la misma rutina de los últimos dos años, Yuzuki fue la primera en llegar al aula. Colocándose en el asiento más alejado de las ventanas, se sentó en silencio mientras pensaba en el método de actuación que tendría que usar para digerir su poción. Un asceta, según sus recuerdos, es una persona apartada de los placeres mundanos para enfocarse en lo espiritual. Considerando la siguiente secuencia, era muy probable que su enfoque espiritual fuera sobre el Verdadero Creador y las sombras.
“Perfecto. Sería como una budista, con la única diferencia de que mi dios realmente puede oírme y responder con el riesgo de volverme loca”.
Sumida en sus pensamientos, no notó la nueva presencia en la habitación. Procurando no hacer ruido, Uchiha Kurotsuki se sentó al lado de Yuzuki.
“¿Qué estoy haciendo?“, pensó la joven Uchiha mientras le robaba miradas ocasionales a Yuzuki. Desde hacía un año, había comenzado a darse cuenta de que su compañera de clase parecía diferente, como si no fuera ella misma, como si alguien se hiciera pasar por ella. Pero sin importar cómo lo viese, la Yuzuki que tenía enfrente era la misma persona que conocía desde que ingresaron a la academia. Podía sonar contradictorio, pero esa era la impresión que tenía de Yuzuki.
Tras pensarlo mucho tiempo, llegó a la conclusión de que permanecer observando no serviría de nada. Después de terminar la academia, la confrontaría. Mientras apretaba sus pequeños puños como señal de determinación, no notó la mirada de Yuzuki sobre ella.
El resto del día transcurrió con normalidad. El profesor les explicó los fundamentos detrás del jutsu clon de sombra, tácticas de combate básicas y entrenamiento físico en preparación para el examen en unas semanas. Mientras tanto, su compañera Kurotsuki la observaba por momentos.
También hubo un poco de lavado de cerebro en forma de charlas sobre la Voluntad de Fuego y los logros del Tercer Hokage. No hacía falta decir que durante esos momentos Yuzuki desconectó su mente y prefirió escuchar los susurros de “ellos”. Al menos eran más útiles que escuchar hablar sobre los logros de un hipócrita y de una ideología defectuosa.
Al salir del edificio, lo primero que quería hacer era conseguir más ingredientes para la cocina. Mientras se dirigía a la tienda, su compañera de aula, Uchiha Kurotsuki, se interpuso en su camino.
—Kurotsuki-san, ¿puedo ayudarte en algo? —preguntó Yuzuki con una sonrisa. Desde su perspectiva, su sonrisa era perfecta, mostrando la cantidad suficiente de felicidad y amabilidad.
Pero desde la perspectiva de Kurotsuki, la sonrisa de Yuzuki era tan perfecta que parecía completamente falsa. Aunque parecía que solo ella podía verlo, Kurotsuki se sintió incómoda bajo la mirada de Yuzuki. Hoy parecía más “normal” de lo usual, y eso solo la aterraba. Hacía menos de un día mostraba claros signos de fatiga, pero hoy no había rastro alguno de eso.
No estaba segura, pero la presencia de Yuzuki parecía más aterradora de lo normal. Armándose de todo el valor que pudo reunir, Kurotsuki preguntó con un ligero toque de nerviosismo en su tono:
—¿Podríamos hablar en privado?
Al escuchar su pregunta, un pensamiento le vino a la mente a Yuzuki y, con él, su sonrisa pareció volverse genuina por un instante.
—No hay problema, Kurotsuki-san. Solo, ¿podríamos pasar a la tienda primero? Tenía planeado reabastecer el refrigerador —el tono de Yuzuki era suave, con un leve destello de preocupación por molestar a la otra parte con su solicitud.
El acto de Yuzuki era impecable, tanto que daba escalofríos a ciertos individuos sensibles. Su acto les daba una impresión nauseabunda sin poder identificar el problema. La contradicción entre lo que veían y sentían les impedía determinar qué era verdad y qué era falso.
—Tómate tu tiempo —dijo Kurotsuki, sintiéndose mal por alguna razón, como si fuera ella quien le imponía su voluntad a una chica frágil.
—Gracias —Yuzuki no se olvidó de agradecer a la otra parte, aumentando el sentimiento de culpa de su “amiga”.
Tras una corta caminata llegaron a una pequeña tienda apartada de la avenida principal. La fachada del local no daba la mejor primera impresión; si no fuese por Yuzuki, Kurotsuki nunca habría imaginado que se trataba de una tienda. Las tablas del exterior se veían deterioradas por el tiempo, grafitis de diseños variopintos cubrían las pocas tablas en buenas condiciones, y la puerta parecía que caería en cualquier momento bajo su propio peso. Cerca de la entrada, un grupo de perros peleaban por el contenido de una bolsa de basura, sus gruñidos bajos mezclándose con el rasgar del plástico.
Kurotsuki le dirigió una mirada acusadora a Yuzuki. Estaba bien si no quería hablar con ella, pero llevarla a lo que podría ser una casa abandonada le parecía un insulto a su inteligencia. Ignorando la mirada de su compañera, Yuzuki entró por la puerta esquivando a los perros, provocando que una campana colgada al otro lado emitiese un tintineo seco y desganado. Viendo a su compañera entrar con tanta confianza, Kurotsuki no tuvo más opción que seguirla adentro.
Al cruzar el umbral, la expresión de Kurotsuki se convirtió en incredulidad. En contraste con el exterior, el interior de la tienda estaba debidamente ordenado. El piso parecía tan limpio que uno podría comer en él sin preocupaciones. En una de las esquinas, un pequeño pero potente aire acondicionado emitía un zumbido constante y mantenía el local a una temperatura agradable, casi fría en comparación con el calor de la calle. Sentado detrás del mostrador, un anciano de baja estatura leía un libro con tanta concentración que no escuchó la campana; el suave roce de las páginas al voltearse era el único sonido que acompañaba al respiradero del aparato.
Yuzuki no se molestó con la aparente falta de atención del anciano. Aunque pareciera inmerso en la lectura, siempre prestaba atención a todo lo que ocurría dentro de su tienda. Era de esperar, tratándose de uno de los ninjas más viejos con vida en la aldea. Mientras Yuzuki recorría los pasillos en busca de los ingredientes que necesitaba, Kurotsuki la seguía, mirando varios productos que le llamaban la atención.
Aunque la atención de Yuzuki pareciera estar completamente en las verduras que tenía en sus manos, la mayor parte de sus pensamientos estaba enfocada en Kurotsuki. Su compañera de aula, alguien con quien no interactuaba mucho, de repente le pedía hablar a solas. Si no supiera que era una Uchiha, sospecharía que era una espía de Danzo que buscaba usarla en experimentos con células de Hashirama. También ayudaba el hecho de que Senju Nawaki todavía estuviera vivo, aunque no por mucho.
Era realmente curioso. Tras la muerte del joven Senju, no solo Tsunade se vio severamente afectada; Orochimaru, en mayor o menor medida, también comenzó a deformarse. Sus deseos por alcanzar la inmortalidad llegaron al punto de no retorno y lo llevaron por caminos que nunca habría transitado con su alumno vivo.
Realmente la esperaba con ansias, en especial la muerte de su primo. Se preguntaba si su muerte fue realmente un simple accidente que pudo ocurrirle a cualquiera, o si, por el contrario, todo fue orquestado por un tercero. Si todo fue simplemente mala suerte, sería bastante aburrido. Pero si hubiera alguien apuntando directamente a Nawaki... jeje, eso haría las cosas más interesantes.
Sin conocer los pensamientos de su compañera, Kurotsuki fue a la caja a pagar la bolsa de papas fritas que había escogido. Sentado detrás del mostrador, el anciano dejó el libro que estaba leyendo y sonrió con amabilidad.
—Buenas tardes, señorita. ¿Encontró todo lo que buscaba? —su voz era pausada, como la de un abuelo cariñoso.
Kurotsuki asintió con la cabeza.
—Solo serán las papas, por favor.
El anciano tomó el producto y buscó su precio en la lista que tenía tras el mostrador. Tras una breve búsqueda, encontró el valor del artículo.
—Muy bien, serían cien ryō.
Tras rebuscar en su cartera con forma de capibara, Kurotsuki sacó un billete de cien ryō y se lo entregó.
—Gracias —dijo.
—Gracias a usted, señorita. Que tenga una linda tarde —respondió el anciano con una sonrisa.
—Buenas tardes, señor Ishida —saludó Yuzuki al acercarse.
Al escuchar su voz, el anciano se alegró de sobremanera.
—Ah, Yuzuki-san, buenas tardes. ¿Reponiendo la nevera? —preguntó, ya sabiendo la respuesta. En el último año y medio, Yuzuki había sido su mejor clienta.
—No puedo evitarlo. Estoy en el periodo más importante de mi crecimiento y necesito comer bien —respondió Yuzuki con tono alegre.
La respuesta de la joven complació al anciano. Si hubiera tenido más suerte durante el periodo de las guerras entre clanes, probablemente tendría una nieta como Yuzuki.
Mientras el anciano y Yuzuki conversaban, Kurotsuki se preguntó si realmente estaba pensando demasiado las cosas. Cuanto más veía a Yuzuki, más parecía que se había equivocado. “Creo que tanto entrenamiento me está haciendo daño”, pensó.
—Por cierto, ya me llegaron los productos que me pediste —dijo el anciano.
Al escuchar que las cosas que buscaba habían llegado, Yuzuki se animó de inmediato.
—Qué bueno, por un momento pensé que tendría que retrasar más mi trabajo.
El anciano negó con la cabeza, divertido por las acciones de Yuzuki.
—Tardó un poco más de lo esperado, pero los recientes avistamientos de ninjas de Iwagakure en las fronteras hicieron que los comerciantes fueran más cautelosos de lo usual —explicó, encogiéndose de hombros.
Los constantes conflictos entre las aldeas ocultas fácilmente podrían terminar con las existencias de los mercaderes por un solo jutsu perdido. Otro aspecto importante era que, durante periodos de conflicto, difícilmente habría ninjas capacitados para aceptar misiones de escolta, o serían contratados por los peces gordos. Un hecho que los bandidos sabían y aprovechaban para robar a los empresarios más pequeños.
—Esperemos que la situación mejore pronto —dijo Yuzuki.
Contrario a lo que pensaban Ishida y Kurotsuki, a Yuzuki no le importaba si los comerciantes morían o no. Lo único que le preocupaba era el retraso de sus cosas y la escasez de productos. Desde su punto de vista, sus muertes no serían tristes; después de todo, al final se reencontrarían con el verdadero creador.
Incluso ahora, Yuzuki no había notado cómo la degeneración del verdadero creador había distorsionado sus pensamientos. Cosas que antes eran impensables para ella ahora parecían lo más normal del mundo.
Todo oyente es un lunático, y Yuzuki no fue una excepción a la regla. Solo fue una ignorante más que creyó poder anteponerse a la degeneración.
—Mejorará. Lo único que me preocupa es cuánto tiempo durará —comentó el señor Ishida mientras negaba con la cabeza. Como alguien que había vivido el periodo de la guerra entre clanes, sabía mejor que nadie que la paz no existía, solo un alto al fuego hasta reponer fuerzas. Así había sido desde la guerra entre clanes y así fue en la Primera Guerra Mundial Shinobi. Difícilmente sería diferente ahora.
—Serían treinta mil ryō: cinco mil de tus compras y veinticinco mil de lo que encargaste. Originalmente iban a ser veinte mil, pero en vista de los recientes acontecimientos los precios han comenzado a subir. Veinticinco mil fue el precio más bajo que pude conseguir, y solo porque la persona era un viejo amigo y me debía un favor —explicó el señor Ishida con un tono que mostraba vergüenza. Aunque ya no fuera un ninja, siempre se había procurado cumplir con su palabra. Incluso si solo se trataba de un par de materiales para costura, había dado su palabra de conseguirlos a buen precio, pero los recientes movimientos de ninjas en el país habían provocado que los precios subieran.
Yuzuki negó con la cabeza.
—No se preocupe. Si la situación es como usted dice, entonces estoy pagando una ganga en estos tiempos.
La respuesta de Yuzuki tenía como objetivo animar al señor Ishida. Aunque no disponía de mucho dinero actualmente, si no fuera por su intervención terminaría gastando mucho más. Aunque era una verdadera lástima que tuviera que gastar más por culpa de un par de avistamientos y bandidos oportunistas.
Tras pagar sus compras, Yuzuki y Kurotsuki abandonaron la tienda. La Uchiha no pudo resistir la tentación de la comida y comenzó a comer sus papas fritas, el crujido de cada una rompiendo el silencio de la calle. Mientras caminaban en dirección al complejo del clan Uchiha para la charla que Kurotsuki quería tener con Yuzuki, la joven Senju seguía pensando en qué especie de traje debería hacer.
Debido a su condición, le resultaba especialmente difícil realizar los entrenamientos de combate de la academia, y ni qué decir una vez que se graduara. Con eso en mente, sus padres habían querido mandar a hacer un traje especial de cuerpo completo para ella, pero debido a los recientes conflictos no pudieron hacerlo.
Como no podía esperar más, Yuzuki aprovechó sus habilidades con la aguja e hilo de su vida anterior para practicar hasta tener suficiente control y experiencia para el proyecto que tenía en mente. Aunque todavía quedaba la cuestión del diseño. Originalmente quería algo similar a los uniformes de las fuerzas especiales de su mundo, pero con el tiempo fue pensando que usar algo más alineado con la Orden de Aurora sería apropiado.
El diseño todavía estaba en su fase preliminar, pero sentía que estaría listo pronto. Lo único que tenía terminado era una máscara negra con una cruz invertida de color escarlata en el centro. El diseño no había sido complicado; lo difícil fue conseguir un material que pudiera funcionar como lentes con una textura similar a la propia máscara. Ocultar los ojos podía privar de mucha información al oponente, y en combate cualquier ventaja, por mínima que fuera, era más que bienvenida.
Mientras entraban a los terrenos del clan Uchiha, Yuzuki notó que varios adultos miraban en su dirección con molestia mal disimulada. Aunque habían cesado las hostilidades entre los Senju y los Uchiha, estos últimos aún albergaban resentimiento hacia los primeros. Cuando estallaba un conflicto, los primeros en pisar el campo de batalla siempre eran los Senju. Mientras los Senju podían demostrar su valor en la batalla y proteger la aldea que fundaron, los Uchiha eran relegados a permanecer dentro de la aldea fungiendo como la “última línea de defensa”
Debido a que los padres de Kurotsuki trabajaban en el turno nocturno aquel día, su hogar era el mejor lugar para que pudieran hablar sin interrupciones.
—¿Quieres agua o refresco? —preguntó Kurotsuki mientras le indicaba a Yuzuki que tomara asiento. La sala era modesta pero ordenada, con un leve olor a incienso que colgaba en el aire.
—Hmm, refresco está bien —respondió Yuzuki tras pensarlo, mientras revisaba que nada en sus bolsas se hubiera dañado durante el viaje.
—Dame un momento.
Kurotsuki fue rápidamente a la cocina, dejando sola a Yuzuki. Tras unos segundos, regresó con dos refrescos de naranja en las manos. Las botellas estaban frías, y una pequeña gota resbalaba por el vidrio.
—Aquí tienes —dijo mientras colocaba el refresco frente a Yuzuki y comenzaba a beber del suyo.
—Gracias —Yuzuki no olvidó agradecer a su anfitriona por su hospitalidad.
Durante un par de minutos nadie habló. Yuzuki no tenía prisa; incluso si llegara tarde a casa, no habría nadie para reprenderla. Tras lo que pareció una eternidad, la primera en romper el silencio fue Kurotsuki.
—Yuzuki-san... ¿Eres Yuzuki-san, verdad? —preguntó Kurotsuki en tono dudoso. A pesar de que todo indicaba que su compañera de clases era la misma persona de siempre, sentía que algo nunca encajaba del todo.
Tomando un sorbo de su refresco, Yuzuki jugueteó con la botella un momento antes de responder con tono enigmático.
—No sé. Cada día vivimos nuevas experiencias que trastocan nuestra vida. ¿Quién fue Yuzuki ayer y quién es Yuzuki hoy? Incluso ahora no estoy segura. Solo sé que yo soy yo y nada más.
La respuesta de Yuzuki dejó aturdida a Kurotsuki por un momento. Esperaba cualquier cosa: una excusa o un ataque, pero nunca pensó que le diría algo así. No supo qué responder, pero pensando en sus palabras, creyó ver la verdad detrás de su cambio.
Los padres de Yuzuki no habían vuelto a la aldea en mucho tiempo. El periodo más largo que ella había pasado sin los suyos era menor a una semana. Kurotsuki no podía empezar a imaginar cómo se sentiría llegar a una casa vacía por más de un año. Aunque trataba de ponerse en su lugar, no podía hacerlo. No, no deseaba imaginarlo; solo de intentarlo se sentía muy triste. Mirando el rostro de Yuzuki, sintió que, a pesar de la sonrisa en sus labios, esta parecía carente de alegría.
—Perdón, no pensé las cosas lo suficiente —Kurotsuki se disculpó rápidamente, creyendo haber descubierto la razón detrás del cambio anormal de su compañera. Distintas personas reaccionan de forma diferente a las circunstancias, y parecía que la forma de Yuzuki de afrontar su situación era la responsable de ese extraño sentimiento que ella percibía.
Yuzuki negó con la cabeza.
—No te preocupes, fue solo un accidente, ¿no?
Aunque el sentimiento seguía prevaleciendo, Kurotsuki sintió que, en comparación con hacía unas horas, era más llevadero en ese momento.
Tras una pequeña charla sobre asuntos diversos, Yuzuki se separó de Kurotsuki con un abrazo —el contacto cálido pero extrañamente vacío— y abandonó los terrenos del clan Uchiha. Regresó al complejo del clan Senju. Al entrar en su hogar, la sonrisa que adornaba su rostro desapareció. Mientras reabastecía el refrigerador, el tintineo de las latas y el susurro de las bolsas llenaban el silencio, y ella se lamentaba en silencio.
Si Kurotsuki hubiera insistido más en el tema, Yuzuki habría tenido una excusa para usar un ritual de maldición en su contra. Tras terminar de llenar el refrigerador, tiró a la basura el mechón de cabello de la Uchiha que había conseguido.
—Oh, bueno. Ya habrá más oportunidades.
La sonrisa regresó al rostro de Yuzuki mientras se encaminaba hacia el sótano. Aunque no pudiera practicar con Kurotsuki, eso no quería decir que no podría hacerlo con otros. Al entrar en el sótano, filas de jaulas repletas de perros y gatos llenaban la habitación. El aire era denso, cargado con el olor a orina, pelo sucio y miedo. Todos eran materiales que había reunido para probar sus rituales, tras cerrar la puerta los gritos ahogados de los animales llenaron la habitación durante horas.