I. Muerte y musica
El cielo de Lyrem no estaba mudo. Debería haberlo estado.
Las aves cantaban entre las copas de los robles negros. La brisa recorría las alturas con un murmullo constante, como si el bosque respirara en tranquilidad. Pero Dante no respiraba en paz. La marca en su hombro tiraba. Un tirón sordo, constante, como si alguien tirara de un hilo atado a sus huesos.
El bisonte tosió antes de caer.
No una tos seca. Una tos húmeda, profunda, que subía desde algún lugar podrido dentro de sus pulmones. Dante la oyó diez pasos atrás y supo, antes de verlo, que algo iba mal.
—¡Alto! —gritó, alzando la mano.
La caravana se detuvo. Los veinticuatro bisontes restantes mugieron bajo, inquietos, como si el olor de su compañero herido les llegara con retraso.
El animal negro estaba de rodillas. Sus ojos, antes brillantes, ahora tenían una película grisácea. La respiración le silbaba al salir. Intentó levantarse. Las patas delanteras se estiraron, temblaron, y cedieron. Cayó de costado. El costado subía y bajaba demasiado rápido.
Dante se arrodilló junto a él. Pasó una mano sobre el costado del animal. La piel ardía. Fiebre. Y algo más.
—Lleva enfermo desde antes de salir —dijo Diana a su espalda.
No era una pregunta. Era una constatación.
Dante asintió.
—¿Se va a morir?
La voz de Sofía llegó pequeña, desde algún lugar entre los adultos.
El bisonte tosió otra vez. Un hilillo de sangre le brotó de la fosa nasal.
Dante se puso de pie.
—Está enfermo —dijo—. No llegará a Lyrem.
—¿Podemos dejarlo atrás? —preguntó un capitán joven.
—No —respondió Diana.
El capitán la miró. Dante también.
Diana no levantó la voz.
—Semana de Veneración. Un animal que cae en el camino debe ser ofrecido. Si lo dejamos morir solo, su muerte no sirve de nada.
El capitán abrió la boca. La cerró. Miró a Dante.
Dante asintió.
—Haced lo que dice mi esposa.
—¿Qué hacemos, señora? —preguntó el capitán.
Ella lo midió con la mirada.
—Preparad los instrumentos. Un violín. Un bombo. Nada más.
Los sátiros se movieron. Una mujer desenfundó un violín gastado. Un hombre ajustó un bombo de piel curtida contra su muslo.
Dante seguía arrodillado junto al bisonte. El animal temblaba.
Sofía se acercó. Diana intentó detenerla, pero la niña esquivó el gesto.
—¿Se va a morir? —repitió.
Dante la miró.
—Sí, hija.
—¿Duele?
Dante dudó.
—No —mintió—. Es rápido.
Sofía observó al bisonte.
—Era el más grande —dijo, y su voz no tembló—. Yo lo quería.
Dante sintió el peso de esas palabras en el pecho.
—Te traeré otro —dijo—. Más grande. Te lo prometo.
Sofía lo miró a los ojos.
—¿De verdad?
—Te lo prometo.
Ella asintió. Se apartó. Se situó detrás de su madre, pero no se escondió. Miró.
Diana se arrodilló junto a Dante.
—Tú mismo —dijo, baja—. No puede ser otro. La tradición dice que el líder ofrece la primera sangre.
Hizo una pausa.
—Tus manos ya están manchadas. Las mías, no. Que sigan así.
Dante no respondió.
Se levantó. Se acercó a la cabeza del bisonte.
—¿Estamos listos? —preguntó sin volverse.
—Sí, arconte —respondió el violinista.
El hombre del bombo asintió.
—Tocad.
El violín lloró primero. Una nota larga, grave, que se arrastró por el aire como un lamento. Luego el bombo. Un golpe seco. Otro. Otro. Sin prisa. Como un corazón que se niega a parar.
Dante clavó los dedos en el cuello del bisonte. Buscó la vena. La encontró. La marca en su hombro ardió. Una luz tenue, rojiza, que nadie más podía ver.
Apretó.
La piel se rasgó. La sangre brotó caliente, espesa, cubriéndole los dedos. Pero no se regó. Dante la contuvo con las manos, formando un cuenco con los dedos, para que no cayera al suelo. Para que Sofía no viera más de lo necesario.
El bisonte no gritó. No podía.
Pero su cabeza comenzó a levantarse.
Lentamente. Hacia arriba. Como si alguien tirara de ella desde el cielo. Los ojos del animal se abrieron. Uno se quedó en su sitio. El otro… el otro comenzó a salir de la cuenca. Despacio. Primero un borde blanco. Luego la bola entera, asomando, temblorosa.
No se veía nada saliendo. No había luz. No había humo. Solo el gesto. La cabeza elevándose. El ojo intentando escapar.
El violín cambió de tono. Más agudo. El bombo aceleró.
El cuerpo del bisonte empezó a secarse.
La piel se arrugó sobre los huesos. El lomo se hundió. Las costillas marcaron su sitio bajo la carne que se desvanecía.
Sofía no apartó la mirada.
Diana puso una mano en su hombro. La niña no se movió.
—Mira —dijo Diana en voz baja—. Así es como los dioses toman lo que les pertenece.
La cabeza del bisonte seguía levantándose. El ojo que había salido de la cuenca colgaba de un hilo rosado, moviéndose ligeramente con cada respiración del animal.
Y entonces, el cuerpo se derrumbó.
No quedaba carne. Solo hueso. Piel pegada al esqueleto.
La música cesó.
El silencio fue más pesado que cualquier nota.
Dante se quedó arrodillado, con los dedos aún hundidos en el cuello del animal muerto. Sus manos temblaban. La sangre se le secaba entre los nudillos.
Soltó el cuello.
—Que recojan los cuernos —dijo—. Los colgaremos en la Cantoria.
Nadie se movió.
—¡Ya!
Los sátiros reaccionaron. Dos hombres se acercaron con un cuchillo de hueso.
Dante se puso de pie. Sus rodillas crujieron.
Sofía se acercó al cadáver. Tocó un cuerno. Estaba caliente.
—Papá —dijo, sin volverse—. ¿Los dioses siempre tienen hambre?
Dante la miró. La marca le tiró más fuerte.
—Sí, hija —respondió—. Siempre.
Se limpió las manos en el musgo de un árbol. La sangre no se iba del todo.
—Reúnan los animales —ordenó—. Llegamos a Lyrem antes del anochecer.
—¿Y Draco, arconte? —preguntó el capitán joven—. Debía estar aquí ya.
Dante miró al este. Hacia el camino vacío.
—Llegará —dijo.
La marca le quemó el hombro.
Dio la espalda al cadáver y empezó a caminar. Sofía lo siguió. Diana, detrás.
El cielo de Lyrem seguía sin estar mudo.
Pero Dante, por primera vez en mucho tiempo, deseó que lo estuviera.