Capítulo 1
¿Qué si me arrepiento? Claro que no.
Desde el principio me negaron un nombre. Me borraron de la historia. Me usurparon, me violaron, me mataron, me quemaron viva... y hasta hoy me han subestimado.
Dijeron que era la parte débil, la costilla insignificante de su dios.
Pero los veo ahora, a sus hijos, destrozándose entre ellos, arrastrando su propia sangre como un río interminable. Y, sin embargo, ni toda esa sangre es suficiente para igualar el dolor que cargo en mi corazón.
Hijas mías, las escucho. Sus voces resuenan en mis entrañas, su llamado es mío. La venganza en cada vientre, la rabia en cada latido.
Y solo cuando la mujer reclame su destino, cuando se erija como Madre, ocurrirá lo inevitable.
La Muerte camina a su lado. No teman al pecado, porque yo seré su salvación. Ya no tengo miedo. Me sentaré al lado de Dios. Porque yo soy su igual.
Soy la primera y la última. La bruja malvada. La Señora de las Tinieblas.
Y entonces me desperté.
El eco de aquellas palabras sigue resonando en mi mente, aunque no sé de dónde vienen ni por qué me atormentan. Son solo fragmentos de algo más antiguo que mi propia memoria, algo que arde en mis sueños justo en ese momento la alarma sonó.
El dolor de cabeza late como un tambor dentro de mi cráneo. Bajo los pies de la cama y, por un instante, el suelo helado me hace estremecer. Respiro hondo, me levanto con lentitud y camino hacia el armario. Mi reflejo en el espejo parece el de un extraño: ojos cansados, cabello enredado, una sensación de vacío que no puedo explicar. Me visto sin pensar demasiado. Rutina. Mecanismo de supervivencia.
En la cocina, el aroma del café negro inunda el ambiente. Dos cucharadas de azúcar y revuelvo con lentitud, viendo cómo la espuma se forma en la superficie. Enciendo la televisión, pero no presto atención al noticiero. Algo me distrae.
Mis escritos. O, mejor dicho, lo que queda de ellos. El papel ennegrecido, reducido a cenizas. Los pensamientos que alguna vez plasmaron mis manos ahora están destruidos. Un escalofrío me recorre la espalda. ¿Quién lo hizo? ¿Cómo pasó? Mi mente se esfuerza por recordar la noche anterior. Vacío. Fragmentos borrosos.
De pronto, el sonido de un mensaje entrante en mi celular me arranca de mi estupor. Cuando miro la pantalla, veo la hora. Voy tarde. Si no me apresuro, perderé el autobús. Tomo el termo de café y salgo apresurada. Un segundo más tarde y lo habría perdido.
Me acomodo en el asiento junto a la ventana, apoyo la cabeza y observo el paisaje repetitivo de todos los días. Pero algo se siente distinto. Algo dentro de mí no encaja. Cierro los ojos por un instante y, de repente, una imagen invade mi mente: yo, de pie frente a mis escritos, observándolos arder.
Abro los ojos de golpe. La sensación es tan real que me cuesta distinguir si fue un recuerdo o una visión.
¿Por qué lo haría? ¿Por qué destruir algo que amaba?
—Es absurdo —susurré.
Miro mi teléfono. Hay un nuevo mensaje. Entonces recuerdo que había recibido otro antes de salir. Desbloqueo la pantalla y veo el remitente: número desconocido.
“Hola, Junara. Soy David. Me quedé pensando mucho en ti y quiero invitarte a cenar hoy en el restaurante Le Bouvier. ¿Te gustaría? Enviado a las 7:45 a.m.
“Puedes elegir otro restaurante si prefieres. Espero tu respuesta. Que tengas un lindo día. “Enviado a las 8:06 a.m.
¿David? El nombre me resulta familiar, pero no logro ubicarlo del todo. Me esfuerzo en recordar y, de pronto, un momento borroso se forma en mi mente:
Un ventanal con vista directa al mar. Él sonriéndome. Un click.
Pero... ¿Cuándo pasó eso? Siento una punzada de ansiedad. Algo no cuadra. Me está invitando al restaurante más exclusivo de la ciudad, pero no recuerdo haber hablado con él antes. Dudo por un instante, pero sus palabras me provocan una extraña calidez. Así que suspiro y escribo mi respuesta:
“Hola, David. Voy rumbo a la oficina. Claro, me encantaría. ¿A las 6:30 p.m. te parece bien?”
Mientras espero su respuesta, levanto la mirada y observo a mi alrededor. Las mismas personas, la misma rutina. La mujer con su hijo rumbo a la escuela, el joven con audífonos mirando por la ventana, las dos mujeres que siempre hablan en voz alta. Nos vemos todos los días, pero no sé nada de sus abismos.
Blim. Mensaje entrante.
David: “Me parece perfecto. ¿Te veo donde nos conocimos ayer?”
—¿Ayer? —dije con una carcajada fuerte e incontrolable.
Todos en el autobús voltearon a verme. Un silencio incómodo se instaló en el ambiente.
—Hoy me dieron una razón para reír —susurré para mí y encogí los hombros.
Pero nadie más sonrió. Solo bajaron la mirada y volvieron a sus pantallas.
Yo, en cambio, seguía atrapada en mi duda. ¿Dónde nos conocimos ayer? Estaba a punto de preguntárselo, pero algo me detuvo. Si le decía eso, pensaría que apenas presté atención, que su recuerdo no significó nada.
David: “Considerando mi agenda, ¿hay algún inconveniente en que nos veamos directamente en el restaurante?”
“No, ninguno. Te veré ahí.” —contesté.
David: “Eres brillante. Ya quiero verte.”
El resto del camino al trabajo me la pasé leyendo una y otra vez la conversación. Algo no encajaba, pero no podía dejar de leerla.
Llegué al trabajo justo a tiempo, pero había olvidado mi almuerzo sobre la mesa, junto a las cenizas de mi obra.
—Genial... Tendré que gastar lo que me queda en la tarjeta —murmuré.
Subo al elevador junto a Ivana, una compañera extranjera con un acento que arrastra la cadencia de una tierra lejana. Intercambiamos un “buenos días” y el trayecto transcurre en silencio. Noto que Ivana aprieta su bolso contra su pecho, como si guardara un tesoro o un secreto.
En la oficina, Adela me lanza una mirada socarrona desde su escritorio.
—¿Te dejó el novio? —pregunta con esa curiosidad venenosa que la caracteriza.
—Olvidé mi lonche —respondo seca, encendiendo el monitor.
Adela cambia de expresión, decepcionada por la falta de drama.
—Qué mala suerte... te tocará comprar —replica, volviendo a su ritual de chismes con Cinthya.
Escucho susurros sobre un tal Omar y una infidelidad en un bar. Palabras vacías que flotan en el aire de la oficina. En ese momento, Ivana se acerca a nuestro grupo.
—Chicas, mañana me ausentaré —dice Ivana con una sonrisa que no llega a sus ojos, una sonrisa de determinación—. Tengo un seminario de la empresa Attreix. Si tienen algo pendiente conmigo, déjenmelo en el escritorio.
—Claro —respondemos en sincronía.
Cuando Ivana se aleja, Adela rueda los ojos y empieza a burlarse en voz baja.
—“Voy al seminario exclusivo de Attreix”... Seguro vendió hasta lo que no tiene para pagar la entrada. Cree que por ir a ver al empresario Eneas Morsletus ya va a ser de la élite.
Finjo una sonrisa, pero mis ojos se quedan anclados en la espalda de Ivana mientras se aleja. Ella no busca estatus; busca una salida. He visto el rigor con el que cuenta cada moneda en la cafetería. Si ha apostado sus ahorros a un seminario de Attreix, es porque espera que ese lugar geste el futuro que las fronteras le negaron.
¿Quién es realmente Eneas Morsletus? ¿Y por qué el simple nombre de David hace que el suelo bajo mis pies se sienta como arena movediza? mi mente pensaba en un enjambre de dudas. Intento refugiarme en los expedientes, pero las letras se retuercen y bailan sobre la pantalla.
A la hora del almuerzo, busco soledad, pero Adela y Cinthya se pegan a mí como sombras.
—Vamos contigo. Se me antojó un club sándwich —dice Adela.
Durante la comida, solo escucho fragmentos: que sí Ivana es una pretenciosa, que si Attreix controla el mundo.
—¿Qué es exactamente Attreix? —pregunto, rompiendo mi silencio.
—Es la empresa de tecnología más poderosa de la Tierra —contesta Adela con tono doctoral—. Y Eneas Morsletus es el cerebro detrás de todo. Dicen que es un fantasma, que es dueño de los bancos y que mueve los hilos de la política mundial. Algunos dicen que es el mismísimo Diablo.
Adela mira su reloj.
—Cinco minutos para que termine el almuerzo. Voy al baño.
Finalmente, sola. Saco mi teléfono y el nombre de David en la pantalla me devuelve la paz por un segundo. Confirma la cita. Respondo con un emoji, ocultando el caos que llevo dentro.
Pero la curiosidad, esa abstinencia que ya no puedo soportar, me empuja a abrir el buscador en la computadora de la oficina. Tecleo: Eneas Morsletus.
Los primeros resultados hablan de filantropía: vacunas, viajes espaciales, salvación financiera. Pero mientras más bajo en la lista, el aire se vuelve rancio. Un blog de filosofía política afirma que Morsletus no muere, que “solo cambia de cuerpo”. Un hilo de conspiración dice:
“Morsletus no existe. Es un código. Un miedo antiguo que la élite usa para mantener el orden.”
A lo que otro usuario responde:
“Falso. Yo lo vi en Ginebra. No envejece. Es el mismo hombre de las fotos de hace cien años. Si buscas demasiado, él te encontrará.”
Mi corazón late desbocado. Cierro la pestaña de golpe. Mi reflejo en la pantalla negra parece el de otra persona; una mujer que ya no reconoce su propia vida.
Entonces, aparece un mensaje emergente. Sin remitente. Fondo negro, letras blancas:
“Gracias por tu curiosidad.”
Parpadeo. El mensaje desaparece. No hay historial. No hay rastro. El zumbido del monitor es lo único que llena el vacío.
Adela me toca el hombro, sacándome del trance.
—Hasta mañana... ¡Por fin, último día laboral!
Suspiro y asiento maquinalmente. Apago la computadora y, por un segundo, la pantalla negra me devuelve un reflejo que no reconozco: una mujer con la mirada encendida por una curiosidad que quema.
Recojo mis cosas y me preparo para marcharme, pero mientras camino hacia la salida, no puedo sacudirme la sensación de que, al cerrar esa pestaña, he abierto una puerta que ya no podré volver a cerrar.