Ecos de un fin.
La televisión apagada en su vidrio reflejaba un rostro cansado, de un hombre con barba y cabello llevado para atrás de color rubio. Algunos pelos rebeldes caían sutilmente sobre la cara del hombre.
—Durante las semanas pasadas han empezado a suceder cosas extrañas en el mundo. Casos como China, en donde se presencian interferencias en la propia realidad, repetición de movimientos o de estructuras. Como si nuestro mundo o realidad estuviera colapsando contra otra—. Mientras el reportero hablaba desde su cómodo lugar en un estudio, se mostraron imágenes de los sucesos, edificios que parecían ser dos en el mismo lugar, cosas inentendibles ante los ojos humanos. El reportero retomó:
— Científicos siguen analizando todo, pero siguen sin hallar respuesta alguna. Aunque, muchos de ellos afirman que es posible que la realidad misma pudiera estar llegando a un posible colap...
Y la trasmisión, o mejor dicho, el televisor cortó el mensaje audiovisual, producido por un apagón de luz.
Un leve pero grave gruñido se desprendió de la garganta del rubio. Con un suspiro, exclamó y su voz áspera acató la orden —Maldición —. Y se levantó de su rústico sillón.
Su departamento, estaba algo descuidado. El departamento de un hombre cansado y soltero a lo largo de sus cuarenta y tantos.
De pie, el hombre, visualizó su abrigo, un tapado marrón y dirigió su vista al objeto de interés, la botella de Jack Daniel ’s. Por inercia, su cuerpo se movió hasta el alcohol, sirviéndose un vaso de aquél líquido que, al pasar por la garganta quemaba, pero que la práctica tal vez diaria ya lo hizo acostumbrarse e inclusive llegó a tolerar y a gustarle. Como una sensación infaltable antes de la labor.
Tras degustar su vaso de whiskey, pensó “Tuve que haber pagado antes la luz.”
Y así, tomó el abrigo y se lo colocó, seguido de ello retiró la llave de la cerradura para salir al mundo exterior. Sus ojos claros se achicaron, acostumbrandose de nuevo a la luz exterior que contrastaba con su obscuro departamento.
Apoyó su mano en la baranda mientras con la otra buscaba las llaves de su vehículo, bajando las escaleras paso a paso. Unos vecinos, lo saludaron y él, con un gesto seco saludó:
—Buen día—dijo con una mirada de desinterés y no frenó hasta llegar a su auto.
Se subió y lo arrancó. El viaje hasta el Western Union, con sus palabras —fue una mierda—. Hasta que, mientras conducía, se encontró protestas. Manifestaciones con carteles que tenían escrito “El fin se acerca”, “el glitch es la amnistía”.
Varios carteles que iban de lo mismo, citando a “Glitch” y que el fin de los tiempos ya llegó.
—Qué estupidez. La gran mayoría de las cosas que se vieron en las noticias están manipuladas. Aunque bueno, tampoco me sorprendería si fuesen verdad, nada me sorprende a este punto ya. Estoy tan harto de todo... —escupió tales palabras en la comodidad de su vehículo, mientras veía el semáforo tornarse en verde, arrancando el motor de su auto y continuando con su misión.
Cuando llegó al destino, realizó el pago, el servicio se restableció y toda la burocracia necesaria. Pero, la tranquilidad de haber pagado y estar al día con las cuentas fue fugaz, como la gran mayoría de sucesos en la vida de Harringtone.
Un estruendo retumbó y cortó el aire. Se escuchó hasta cuadras lejos, hasta el Western Union. Seguido del ruido, el piso crujió, se sacudió y la vista del rubio se posó en dónde el ruido provenía, viendo así, una explosión y las cenizas que el viento traía consigo.
Harringtone frunció el ceño, con su gastada voz ordenó.
—Deben irse, el lugar no es seguro. Vuelvan a casa o un lugar de confianza más lejano —dijo mientras caminó hasta su auto, se subió y cerró de un portazo mientras se quejó:
—Ni un puto franco, ¿eh?
Y el vehículo arrancó su motor bajo las maniobras del rubio, arribando al lugar del hecho.
Un pie salió del vehículo del agente y el olor que inundó las fosas nasales fue el de varios fuegos artificiales estallados en un cuarto cerrado. Esta sensación la acompañó un olor como el previo a una tormenta eléctrica y un fuerte gusto metálico en la lengua.
Harringtone, juntó su saliva y escupió a un costado mientras se adentraba en la escena, entre el humo y, por momentos, su olfato se perdía por la saturación. Pero cada vez que un paso lo inducía más y más en la escena, su nariz se arrugaba ante un olor característico, uno al que ya acostumbraba olfatear como un sabueso militar.
Un olor dulce, pesado y aceitoso que se impregna en la ropa y el cabello. Un olor con matiz ferroso.
El aire contenía un olor a metal húmedo. Era un aroma frío que contrastaba con el calor de los incendios alrededor. Aunque, también se mezclaba con los olores a caucho quemado, el humo negro que se pegaba en cada alveolo y dejaba un marca de químico industrial en el olfato del agente que le permitía pasar por alto el olor a muerte y sangre que inundaba el lugar.
El humo se disipó al traspasarlo. El agente presenció cada detalle de la escena. Cuerpos quemados, sangre; mucha sangre, miembros arrancados con violencia del cuerpo...
Su vista se posó sobre algunos restos que parecían tener un símbolo que vio con anterioridad. Y recapituló su viaje en carretera, recordó ver un cartel: “el glitch es la amnistía”. Tenía el mismo símbolo que veía en la tela de algunos restos de lo que alguna vez fue una persona con convicciones y deseos.
Con un exasperado suspiro y su ceño ya fruncido por naturaleza, volvió hasta su auto y desde él mismo llamó al apoyo.
—Necesito refuerzos en la calle cercana al Western Union de... y una voz femenina lo frenó
—Derby, es imposible. Está pasando en todos lados y estamos saturados. La policía local también, bomberos, todo. Vas a tener que reagruparte con alguno de los equipos diseñados para la emergencia. Es como el 9/11 pero a lo grande. Te mando los datos.
—No te molestes. Trabajo solo. Que fastidio, escala masiva, obvio que lo tenía que serlo. Bueno Helen, no dejo que los sesgos me interfieran, pero desde que vi que el cielo tiene patrones raros y que las nubes ya no son blancas me hace creer que lo que dicen estos maniáticos tenían algo de razón. Además, esos ojos que brotan del cielo me hacen sentir visto, que halago. —Helen, suspiró y respondió a Derby— sí, lo que las noticias venían diciendo se está haciendo realidad. Haz lo que puedas, Derby Harrigntone. Y no seas tan imprudente.
—¿Imprudente? Por favor —. Y la llamada se cortó. Derby salió de su vehículo y caminó hasta el maletero de su auto.
—A trabajar por última vez. Si sobrevivo a esto, voy a pensar seriamente en retirarme. Luego de unas vacaciones pagas—. Mientras hablaba sólo, sacó de su baúl un cinturón táctico con equipo, una muslera con su Glock reglamentaria y su placa del FBI.
—Bien... Prioridad: Evacuación de civiles —musitó el agente—. Tener en cuenta a los terroristas y a los criminales que van a explotar el pánico actual. No creo que la sociedad vaya a extrañar a un par de parásitos—. Cerró el baúl y abandonó su vehículo. Se adentró en la escena, el lugar del hecho dónde la explosión sucedió.
Los servicios médicos tardaron una eternidad en llegar. Derby tomó las pulsaciones de cada cuerpo para corroborar el presunto fallecimiento de cada uno hasta la llegada del médico forense, o en su defecto, del médico general. Improvisó torniquetes en los sobrevivientes heridos, incluso mantuvo las hemorragias con sus propias manos.
El servicio médico quedó saturado ante el nivel de catástrofe que se manifestaba en el mundo. Pero, ya no era el problema de Harringtone. Él tenía trabajo que hacer y si el universo no se derrumbaba, entonces serían toneladas de papeleo. Por lo que, la idea de un fin del mundo pesaba menos para él.
Mientras ayudó a los médicos, Derby escuchó disparos en la manzana siguiente a la que estaban. Los oyó entre todo el ruido de las sirenas, alertas y los propios pensamientos interrumpidos por sollozos, gritos que lo rodeaban. La acción lo llamó, y por la inercia de ser un veterano, sus piernas ya avanzaban hasta los disparos.
Durante el trote, desenfundo su arma de la sobaquera, manteniendo el arma elevada al lado de su rostro para poder apuntar con rapidez. Y al girar en la esquina, una interferencia en la realidad se formó, como si fuese un televisor viejo intentando captar la señal para dar una imagen. Lo que provocó que Derby retrocediera a donde estaba antes de doblar en la esquina. Los ojos de Derby, se abrieron al ver la primera repetición y su ceño se frunció con incredulidad.
—¿Qué carajos? —gruñó sin saber exactamente qué pensar. A pesar de su aparente indiferencia ante los ojos que en el cielo se formaron y parecían observarlo fijamente, las primeras grietas en su máscara de cinismo empezaron a hacerse visibles, acompañadas de leve espasmo muscular que inundó sus pensamientos.
Una pincelada de algo primitivo, miedo.
Y volvió a intentar avanzar. Y una vez más. Cada vez que intentaba acercarse a la esquina para cruzarla, el momento parecía repetirse.
Parecía estirarse, como si nunca llegara.
Parecía que, a pesar de correr hasta allí, la realidad misma se remoldeaba constantemente para que nunca llegue o se pausaba y solo él era el único en movimiento.
El momento dejó de suceder recién a las tres veces, hasta que pudo finalmente doblar. Derby no sabía qué pensar, cada exhalación pesaba más que la anterior y errática, sus ojos cristalizados. Hasta que finalmente de su boca salió un
—Tal vez debería dejar el alcohol.
Siguió con su misión, apretando el mango de su arma.
Dónde los disparos se escucharon, presenció a los 5 parásitos, criminales de poca monta que, al estar el mundo colapsando aprovechaban para robar. A plantar más caos.
Con una frialdad profesional que reflejaba el acero de su arma en sus ojos, incapacitó a tres de ellos con una bala para cada uno. Como si el estriado de su cañón imprimiera también el nombre de cada una de sus víctimas.
Y aún así, el olor del martillo golpeando el tambor de la bala, se sentía diferente. No a lo que acostumbraba, como si en vez de un efecto químico fuese algo orgánico, como el hedor a tierra removida, al de una tumba abierta que se desprendió del cañón acompañando a las balas que respingaba la nariz de cualquiera, hasta del mismo agente.
Los otros dos criminales, voltearon y se escondieron entre los autos. Derby, en medio de la calle, se acercaba lentamente en dónde se escondieron, ignorando el pútrido olor. Pero, el oficial también se percató de que su arma, aunque haya disparado, mantenía todas las balas en la cámara. “¿Los disparos nunca salieron acaso?” —pensó— pero la autenticidad de los rastros de plomo, bario y antimonio en sus manos y mangas confirmaban que era imposible que el disparo nunca hubiera salido.
Pero tuvo que salir abruptamente de sus pensamientos cuándo de refilón, vio a uno de los criminales acercarse con total hostilidad hacia él, agitando una palanqueta con la cuál iba a atacar. Un paso atrás, una esquiva como si nada, un giro sobre el talón, golpe directo en la tráquea del criminal, una patada para rematar. Un baile que solo él disfrutaba, su acompañante no tanto. El criminal restante, que recibió invitación a esa danza. La rechazó; salió corriendo y su figura se consumió en una repetición de sí mismo ante los ojos de Derby, helandole la sangre.
—Ojalá tener esa posibilidad —dijo y de repente, un grito de dolor de él mismo salió de la misma garganta quemada por el whiskey diario, producida por una enorme migraña que le hacía sentir miles de agujas penetrar cada lóbulo de su cerebro.
Un pequeño hilo de sangre se escapó de su nariz. Deslizó el dorso de su mano por dónde la gota carmesí goteaba.
Abrió sus ojos tras que aquél súbito dolor se tranquilizara. Y a pesar de que sus ojos registraban todo lo que veía como si fuesen escáneres industriales, la información no podía ser procesada por su cerebro, era algo que se escapaba de su lógica humana. Veía el mismo espacio, lo que su mismo fondo de pantalla de su email mostraba, un paisaje estelar. Pero, que estaba acompañado de los mismos edificios que vio al pelear contra los criminales.
Todo flotaba en el cosmos, pero podía respirar. Su cuerpo se sentía suspendido en el vacío, sentía la ausencia del calor y la incapacidad de poder moverse por voluntad, que la contracción de sus músculos no le permitía avanzar para nada. Que por más que quisiera hacer algo, no podía por más que lo intentara.
Su cabeza, palpitaba intentando comprender lo que pasaba, el cerebro se sentía hinchado debido a que por momentos se olvidaba respirar. Parpadeó con fuerza, buscando que de alguna forma, sea un chiste, sea una mala pasada por su ebriedad. Tal vez un efecto tardío del whisky. Algo tenía que explicarlo. Y cuando abrió los ojos, de nuevo estaba en la misma calle, con el mismo sujeto desmayado por la patada que le dio. Su sangre se heló, su respiración se regulaba de nuevo. No sabía qué pensar, gotas frías pasaban por su espalda y la carne volvía a sentir la sequedad de la brisa. Lentamente recuperó la compostura y aflojó el agarre de su arma.
Avanzó a su propio ritmo un par de calles para sentarse sobre la acera y largar de su boca:
— ¿Qué carajos está pasando con el puto mundo? —dijo mientras se tomaba la cabeza con una mano, como si esa mano estuviese reteniendo los últimos resquicios de su cordura mientras se le escapaban entre los dedos, aferrándose a ella con toda su humanidad restante.
Y escuchó una voz reconocible para él. Inconfundible. —Ni el mundo da un respiro, ¿uh?—
Derby, se paró sobre sus piernas, giró con rapidez y levantó su arma con algo de duda. Ya no podía distinguir si lo que escuchó era real o no.
—¡JACK! —gritó.
—Sí, el mismísimo —dijo el hombre de cabello oscuro, con una sonrisa arrogante—. Uff, los años te pesan, Derby.
Su comentario se vio interrumpido por el sonido explosivo del arma al disparar.
Pero no disparó. Del arma del rubio brotó un líquido marrón: Barro.
La mirada de Derby reflejó su completa confusión ante el suceso. La mirada de Jack era igual. Ambos se observaron, sostuvieron la mirada unos segundos y Jack, al ver una chispa de una genuina intención en los ojos celestes de Derby, empezó a correr.
El agente Harringtone no dudó ni un segundo y tiró su arma a un costado y arrancó la persecución. Corrían en medio de la calle mientras las sirenas sonaban, canciones qué de algún lugar venían también; incluso el noticiero hablando que de otro lugar del que no tendría que escucharse se escuchaba. Junto con ello, un sonido de interferencia se oyó al costado de ellos, Derby logró verlo: Un auto, salió directamente de un edificio, como si se hubiese teletransportado con glitches y siguió en línea recta. Donde Jack estaba.
—NO, ¡ES MÍO! —gritó Derby a todo pulmón, viendo como el auto se aproximaba a Jack.
Y el automóvil así lo hizo.
Pero en lugar de realizarle algún daño, el efecto fue como si el auto en vez de ser un sólido fuera un colchón. Jack se hundió en el capot del automóvil y rebotó contra una de las vidrieras del edificio que tenía a su derecha. El vidrio estalló en miles de pedazos y el hombre rodó por el piso, levantándose con rapidez y desapareció entre todo el caos.
Derby apuró su paso. Las rodillas ya le dolían, no tenía veinte años.
Jadeante, entró al edificio y subió las escaleras siguiendo el sangrante camino de Jack debido a los fragmentos de vidrio que seguramente se incrustaron en su piel.
—No escaparás de nuevo, Jack —declaró Harringtone.
Y ahí lo vio, corría de un extremo a otro para subir por las escaleras de lado Este, mientras que Derby estaba en las Oeste. El agente, corrió a toda prisa y sacó de su muslera otra arma. Con algo de precisión y un pequeño factor de suerte, disparó mientras sus piernas se esforzaban por seguir el paso de Jack. Y la bala impactó y se enterró en el vasto lateral externo del cuádriceps de Jack, quien se quejaría por el profundo dolor mientras sentía su sangre caliente despedirse de sus venas. Sacó su arma de su cintura y empezó a disparar con ventaja de altura sobre Derby. Mientras Harringtone se deslizó y cubrió tras una maceta alta, el hombre castaño tomó su chaqueta e improvisó un torniquete.
—JACK, ¡MALDITO HIJO DE PERRA! TE VOY A VOLAR LAS RODILLAS PARA ASEGURARME QUE NO CORRAS MÁS Y LUEGO VOY POR TU PUTA CABEZA —salió de la garganta del rubio con una rabia que explotó luego de años siendo contenida.
Jack respondió riendo. Aunque su cara se tornó más sombría al ver que el líquido que brotaba de su torniquete ya no era carmesí, era oscuro. Como si fuera petróleo.
La sangre que tenía en sus manos y las manchas en su ropa, ya estaban secas, como si hubiesen pasado dos días al sol. Ya tenían un tono amarronado. El hombre herido volvió a disparar de nuevo para ganar tiempo, viendo como Derby asomaba su cabeza para sacar información y que rápidamente escondió. Y con el tiempo ganado, Jack subió hasta la azotea.
Derby al ver que su enemigo ya no estaba, lo siguió. Y lo acorraló. Lo logró.
Jack estaba de espaldas. Miró la corredera de su pistola, bloqueada hacia atrás en señal de vacío; la dejó caer al suelo con un suspiro de derrota y elevó sus brazos a modo de rendición.
—Se acabó, Jack. Ni un puto paso más o vuelo tu cabeza llena de mierda.
—Auch, qué palabritas. No es una buena forma de hablar con un viejo amigo luego de años —dijo mientras giraba.
—¿Cómo carajos estás vivo? Te vi caer del helicóptero —preguntó Derby con odio en sus palabras.
—Hmmm, ¿quién sabe? Tal vez algo de magia, no es descabellado pensarlo siendo como está el mundo actualmente.
El agente del FBI suspiró y sintió la tensión en cada músculo de su cuerpo y una breve corriente eléctrica en su cuerpo, ¿excitación? ¿relajación?
Solo él podía decirlo.
—Me harté. Di tus últimas palabras—. saboreó el cómo sonaban esas vibraciones en aquella garganta tan gastada.
—Ay por favor Derby, no serías capaz de hacerle eso a tu amigo, o... ¿acaso sí?
Y un estruendo seco se escuchó, seguido de un quejido y un cuerpo desplomándose en el piso. La glock de Derby ejecutó un disparo en el pie del criminal.
—Creeme, no quieres saber de lo que soy capaz —sentenció el agente. Con un movimiento seco y profesional, tiró de la corredera para expulsar el casquillo humeante, asegurándose de que una bala nueva entrara en la recámara antes de apuntar al rostro de su víctima.
—Sabes Jack... —se tomó el tiempo de disfrutar la escena—. Nunca quise que esto termine así. Pero ya van más de quince veces que te me escapas. Eres un cobarde muy escurridizo. Una cucaracha. Pero si tu eres una cucaracha, yo soy la araña y ya estás en mi red.
—¡JA! Siempre me voy a escapar Derby, SIEMPRE. Jamás vas a poder atraparme porque nos veremos en el puto infierno y ni siquiera allí vas a poder seguirme el rastro. Todo este puto tiempo estuve jugando contigo, siempre... pre... pre... pre...
Y la expresión de Jack se congeló.
Repitiendo esa sílaba como un disco rallado. Empezó a verse fragmentado en el mismo lugar; varios Jack aparecían en su lugar, como si se solaparan uno al otro.
Por lo que Derby dio un paso hacia atrás sintiendo sus dedos helados; con el ceño fruncido y miró su mano que sostenía la glock cargada...
Y sus ojos se estremecieron, veían lo mismo que en Jack. Varios diseños diferentes de Glock se repetían en su mano.
Su mano tomaba diferentes colores como si no cargaran las texturas, como un glitch.
La mirada de Derby Harringtone se deslizó hasta el cielo, donde se toparon con los ojos que ahora poseía. Con aquellas nubes que tomaban colores ajenos que solo aparecían en la tierra, en donde los humanos caminaban.
Y con un suspiro que rápidamente se transformó en un gruñido cargado de frustración, Derby pronunció:
—Agh, por un carajo... jo... jo... jo...
El cielo que evocaba ojos jamás vistos y colores bizarros fue el único testigo. Derby Harringtone, solapandose con versiones de sí misma, sosteniendole la mirada.
La realidad se consumió por el propio cielo, como si fuese algo que nunca jamás ha existido. Un mero sueño, tal vez. Un mero eco de lo que alguna vez fue.
...
...
...
...
Y el silencio se rompió por una risa incrédula, alegre que desentonaba por completo con todo el escenario, apareció. Era Reaper jugando con unos muñecos de soldados mientras hablaba con la entidad progenitora.
—Esto llega a ser algo suuuuper cruel, ¿no? Siempre están destinados al gato y al ratón. Por lo menos dale al gato una gatita para entretenerse, Entidad—. Salió de la máscara de Reaper, observando a la Entidad Progenitora, que ahora tenía la apariencia de una amable mujer. Ella jugaba una partida de ajedrez contra ella misma y con atención respondió:
—¿Cruel? ¿Qué es la crueldad? Al fin y al cabo, cada uno de nosotros vivimos de una forma ya escrita. No podemos liberarnos del karma y, al final de todo, siempre sufrimos por algo. No hay persona que se libere de esa carga. Algunos más, otros menos. Algunos la cargan mejor, mientras que otros no. —Expresó la Entidad Progenitora sin mover los labios y su vista clavada en las fichas, moviendo el alfil hasta G5.
—Ush, que mujer tan despiadada, ¿y tú corazón dónde quedó? —dijo Reaper viendo al soldado rubio en su mano, para tirarlo para atrás con un suspiro cómico, donde habían muchos muñecos más que fueron descartados.