El Monolito de Tlaloc
Introducción: hace mucho tiempo existieron cuatro seres divinos con el poder de crear lo imposible, ellos fueron conocidos como los cuatro dioses de la creación, los cuatro dioses compartían una visión del mundo en la que el equilibrio y armonía entre dioses y seres humanos eran esenciales para vivir, atreves de sus glifos y códices dejaron un legado de sabiduría y misterios, las historias de héroes, dioses y leyendas se entrelazan para presenciar el nacimiento de un héroe un salvador un protector conocido como(el quinto sol la leyenda de Balam)
El reino de Chichén Itzá vivía días de inquietud. El sol ardía sin piedad sobre las tierras agrietadas, y la sequía devoraba las cosechas de maíz como un monstruo invisible. En lo alto de la pirámide real, el rey Koohl observaba el horizonte con el ceño fruncido.
El rey Koohl dice: Está ocurriendo algo muy grave —dijo con voz pesada—. La falta de lluvia está destruyendo nuestras tierras. Cada día perdemos más cosechas... nuestro pueblo no resistirá mucho más.
A su lado, el gran sacerdote Zime, envuelto en túnicas blancas profundo, inclinó la cabeza.
Zime dice: Mi rey, solo hay una explicación —dijo con solemnidad—. Nuestro señor de la lluvia, Tláloc, está molesto. Hace años que no recibe sacrificios humanos... y sin ellos, su ira cae sobre nosotros.
Koohl apretó los puños.
El rey Koohl responde: Eso es imposible. Mi padre, el antiguo rey, decretó que jamás volveríamos a derramar sangre humana. Nuestro pueblo ha crecido en conocimiento y sabiduría. Podemos honrar a los dioses de otras formas.
Zime entrecerró los ojos.
Zime responde: Mi rey... podríamos realizar un sacrificio secreto. Un esclavo de los pueblos más pobres. Nadie lo sabría. Y el reino se salvaría.
El silencio cayó como una piedra. Koohl quedó pensativo, atrapado entre la tradición y la desesperación.
El rey Koohl dice: Quizá... no tengamos otra opción. Sacerdotes, se hará...
Pero una voz clara lo interrumpió.
—¡Espera, padre!
Todos voltearon sorprendidos. Era Tama, la hija menor del rey, avanzando con determinación.
Tama dice: No puedes hacer eso —dijo con firmeza—. Ya no somos un pueblo que derrama sangre. No puedes tomar una decisión tan precipitada. Debe existir otra forma.
Koohl suspiró: Lo sé, hija... pero el reino está en peligro.
Antes de que pudiera continuar, un campesino irrumpió corriendo en la pirámide, jadeando y cubierto de polvo. Los guardias lo detuvieron, pero Koohl levantó la mano.
El rey Koohl dice: Déjenlo pasar. Habla, buen hombre.
El campesino cayó de rodillas: Mi rey... vengo de las montañas del norte. Ha ocurrido algo terrible... el monolito de Tláloc está destruido.
Un murmullo de horror recorrió la sala.
—¿Qué dijiste? —preguntó Koohl, incrédulo.
El campesino dice: Lo vi con mis propios ojos, mi rey. Fui a rezar al señor de la lluvia... y el monolito estaba hecho pedazos.
Tama dio un paso adelante y dice: ¿Viste quién lo hizo?
El campesino responde: No, princesa. No había nadie. Lo siento.
Tama lo ayudó a levantarse: Gracias por venir. Tu mensaje es importante.
El campesino volvió a arrodillarse ante Koohl.
—Mi rey, por favor... salve a nuestro pueblo. Necesitamos agua para vivir.
Koohl lo tomó del brazo y lo levantó y dice: No pierdas la fe. Rezaremos a nuestro padre Quetzalcóatl, y encontraremos una solución. Guardias, escolten a este hombre y denle una recompensa.
Cuando el campesino se retiró, Tama miró a su padre.
Tama dice: ¿Lo ves? Ahora sabemos por qué Tláloc está molesto.
—Sí... debemos restaurar el monolito —respondió Koohl.
Zime intervino: Mi rey, restaurarlo es casi imposible. Nadie puede reconstruirlo como antes.
Entonces, un sacerdote joven dio un paso al frente. Era Grampa, la mano derecha de Zime.
—Mi rey... quizá sí exista una forma.
Zime lo miró sorprendido: ¿De qué hablas, Grampa?
Grampa dice: Hay un antiguo conjuro que guía hacia el estanque sagrado de la diosa del agua, ATONATIUH. El agua de ese estanque podría reparar el monolito.
Tama abrió los ojos con asombro: ¿Es cierto?
Zime respondió con duda: Las leyendas dicen que ese estanque se evaporó cuando el Segundo Sol se apagó... pero no lo sé con certeza.
Tama miró a su padre con determinación y dice: Exista o no, debemos intentarlo.
Koohl asintió: Tienes razón. Zime, ¿sugieres enviar un escuadrón?
Zime responde: Así es, mi rey.
El rey Koohl responde: Entonces enviaré a mi primogénito, el príncipe Koos.
Zime negó con la cabeza: Mi señor, Koos no está disponible. Está atendiendo un ataque de un cangrejo gigante en el mar del oeste.
Koohl soltó una carcajada: ¡Un cangrejo gigante! Me habría gustado verlo. Bien, entonces enviaré a otro escuadrón...
Tama dio un paso adelante: Padre... yo me ofrezco para esta misión.
El silencio se hizo profundo. Todos quedaron atónitos.
—Hija —dijo Koohl con voz suave— admiro tu valor, pero no puedo permitirlo. No estás lista para los peligros del exterior.
Tama responde: ¿Crees que no puedo salvar al reino?, Déjame demostrarlo.
Zime intervino inesperadamente: Mi rey... creo que la princesa Tama es la más indicada.
Tama lo miró sorprendida
¿Por qué dices eso, Zime? —preguntó Koohl.
Zime responde: Porque ella posee algo que ningún guerrero tiene... un corazón puro. Y solo alguien así puede activar el conjuro del estanque sagrado.
Grampa levantó un pequeño jarrón de barro: En su interior hay un brebaje espiritual. Princesa, deberá mezclar una gota de su sangre y derramarlo sobre las aguas de las montañas. Solo alguien de corazón puro puede despertar el camino hacia ATONATIUH.
Tama sonrió, llena de esperanza: ¿Lo escuchas, padre? ¡Aún podemos salvar al reino!
Koohl cerró los ojos un momento y finalmente asintió: Muy bien, hija. Te asigno esta misión. Restaurarás el monolito de Tláloc.
Tama dio un grito de alegría, pero Koohl levantó la mano.
—No irás sola.
Tama dice: ¿Qué?
El rey Koohl responde: Te acompañará un escuadrón comandado por el guerrero Kootul.
Tama responde: ¿Kootul? Pero estaba en misión...
El rey Koohl responde: Regresó esta mañana. Él irá contigo.
Koohl ordenó llamar al capitán y a cuatro guerreros más. Tama respiró hondo, llena de emoción y responsabilidad.
Tama responde: Padre —dijo con firmeza— cumpliré esta misión. Salvaré al reino.
Había pasado un día desde la reunión en el palacio. Mientras tanto, en las montañas del norte, dos hermanos pescaban en los ríos cristalinos que descendían entre rocas antiguas.
Balam, un joven de mirada noble y espíritu inquieto, sostenía su caña con determinación.
Balam dice: Bien... aquí voy —murmuró.
Lanzó la caña con fuerza. El anzuelo cayó justo donde quería, entre peces que saltaban y nadaban sin descanso.
Balam dice: Perfecto —sonrió—. Ahora solo debo esperar.
Se sentó en la orilla, dejando que la brisa fresca del río acariciara su rostro.
Balam dice: Qué aburrido... —suspiró—. Ojalá atrape algo pronto. Me muero de hambre. Aunque... el paisaje es increíble hoy.
El sol brillaba con una intensidad inusual, iluminando las montañas como si el cielo ardiera.
Pasaron unos minutos y Balam comenzaba a quedarse dormido cuando la caña se tensó de golpe.
Balam dice: ¡Eh! Creo que atrapé algo.
Se levantó de un salto y tiró con fuerza. Pero lo que fuera que había mordido el anzuelo era demasiado pesado.
Balam dice: Vamos... ¡vamos! —gruñó mientras forcejeaba.
El hilo se tensó tanto que la caña empezó a astillarse.
Balam dice: ¡No, no, no! ¡Mi caña se va a romper!
Sin pensarlo, soltó la caña, tomó el hilo con las manos y tiró con todas sus fuerzas.
—¡Haaa! ¡Sal de una vez!
Con un último tirón, el objeto salió disparado del agua y Balam cayó de espaldas al suelo.
Balam dice: ¡Sí! Por fin te atrapé... ¿qué es esto?
Corrió hacia su captura... y se quedó helado.
Balam dice: ¿Qué? Esto no es un pescado. ¿Qué rayos...?
Era una armadura destrozada, marcada con los símbolos del reino de Chichén Itzá.
Desde una roca cercana, una voz burlona resonó.
—Jajaja... Veo que sigues perdiendo el tiempo haciéndote el tonto todo el día.
Balam volteó: ¿A quién le dices tonto? ¡Ah, hermano, eres tú! ¿Dónde estabas?
Ocelot, su hermano menor, lo miró con desdén y dice: No tengo por qué darte explicaciones. Fui a buscar comida.
Balam responde: ¡Tenías que quedarte conmigo! Íbamos a pescar para la cena.
Ocelot responde: Yo no recibo órdenes, y menos de un inepto que ni un pescado puede atrapar.
Balam responde: ¡No soy un inepto! Estoy intentando llevar comida a casa.
Ocelotl responde: No me interesa. Buscaré comida por mi cuenta.
Ocelotl se dio la vuelta, pero Balam lo detuvo.
Balam grita: Espera, hermano. Tenemos que trabajar juntos.
Ocelotl lo miró con furia y dice: ¿Quieres pelear?
Balam responde: No quiero... pero lo haré si es necesario.
Los hermanos se encararon, tensos como dos jaguares a punto de saltar.
Pero entonces, un grito desgarró el aire.
—¡Haaa!
Balam abrió los ojos y dice: ¿Qué fue eso?
Ocelot dice: No te distraigas —gruñó Ocelotl—. Vamos a pelear.
Otro grito resonó entre los árboles.
—¡Haa!
Balam dice: ¡Alguien está en peligro!
Sin dudarlo, corrió hacia el bosque.
Balam dice: ¡Rápido, hermano! ¡Tenemos que ayudar!
Ocelot grita: ¡Oye! ¡Regresa! ¡Aún no terminamos!
Pero Balam ya había desaparecido entre los árboles.
Ocelotl bufó: Siempre igual contigo, Balam...
Corrió tras él, pero pronto lo perdió de vista, ¡Balam! ¿Dónde estás?
No obtuvo respuesta. Frustrado, tomó otra dirección para buscarlo.
Mientras tanto, Balam llegó a un claro del bosque... y se quedó helado.
Un puma salvaje acorralaba a una joven que intentaba escapar. El animal lanzó un zarpazo mortal.
¡No! —gritó Balam.
Saltó sin pensarlo y empujó a la mujer fuera del alcance del ataque. El puma rugió y se lanzó contra él. Balam esquivó las garras y lo golpeó, haciéndolo retroceder contra un árbol.
El animal volvió a atacar, pero Balam vio una gran roca detrás de él. Esperó el momento exacto... y se apartó. El puma chocó de lleno contra la piedra, quedó aturdido y finalmente huyó entre los árboles.
Balam respiró agitado. La mujer estaba tirada en el suelo, exhausta por la carrera.
Se acercó y la ayudó a levantarse con cuidado.
Ella abrió los ojos... y Balam se quedó sin palabras. Era la princesa Tama.
Balam dice: ¿Estás bien? —preguntó él, aún jadeando.
Tama lo miró con sorpresa, sin saber que aquel encuentro cambiaría su destino
Fin del capítulo.