Mariposas: El Colgante Mágico

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Summary

Misterios ocultos enmascaran el pasado de Emily, una sencilla chica de 14 años que, negada a la realidad de la pérdida inminente de su madre ante el cáncer, decide escapar al bosque, lugar donde un pasaje mágico la traslada a una realidad alterna, un mundo mágico lleno de aventuras y misterios. Pero un mal la esperaba allí, un poder oculto en su interior quiso despertar y secretos familiares fueron revelados

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

1. Insectos en el Alféizar

Una lágrima corría por mi mejilla mientras la observaba. El resplandor que atravesaba la ventana daba justo en su cara. Su rostro débil y deteriorado intentaba esbozarme una sonrisa, calmar mi llanto, darme paz en su último aliento. Apretaba su mano mientras esperaba la llegada de la intangible y despiadada muerte. ¿Por qué siempre se lleva a los mejores primero? Me preguntaba mientras agachaba la cabeza y descansaba en su brazo.

–Estaré bien –Me decía mi moribunda madre –Allí donde vaya estaré bien

–No mientas mamá, no lo estarás –Dije entre lágrimas –No hay más allá de esta vida sufrida. Estará sola, en la oscuridad de un ataúd rodeada de insectos al acecho, esperando por la descomposición de tu preciada piel

–Hay hija mía –me espetó con una sonrisa compasiva –Tus tardes en el estudio del abuelo te han dado más conocimiento del que una chica de 13 años debe añorar

–Madre, no te marches, por favor

–Estarás bien, lo sé. Eres fuerte. Más fuerte que yo, que no pude con este cáncer malvado que me ataca sin piedad

No podía escucharla más. Se estaba rindiendo, me estaba abandonando. Me dejaba sola en un mundo oscuro, donde era ella mi única luz. Salí corriendo, abandoné el cuarto entre lágrimas.

–Emily –Me gritó mi madre

La ignoré. No podía seguir allí. No aguantaba más el dolor. Era insoportable. Inexplicable. Incomparable.

Me senté en los escalones de la puerta trasera de casa. Daban a un pequeño patio con una cerca blanca que lo separaba de un inmenso bosque. Soplaba una suave brisa que hacía resonar las hojas de los arbustos del patio y de los árboles del bosque contiguo. Un verdor intenso cubría la escena con unas pequeñas pinceladas de rojo y rosa de las flores que la abuela alguna vez cultivó. Era una imagen preciosa la verdad, de no ser porque el momento no ameritaba más que dolor y sufrimiento.

Lloraba desconsoladamente. No era justo. Hacía solo 2 meses que la habían diagnosticado. ¿Por qué tenía que irse ya? ¿Quién se quedaría conmigo? Mi padre estuvo ausente siempre, mi hermano es muy pequeño y mis abuelos están demasiado ancianos ya para cuidar de mí.

Levanté la vista. Las lágrimas distorsionaban mi visión, pero pude ver una pequeña sombra amarilla flotar frente a mí. Me sequé los ojos para apreciarla mejor. Una hermosa mariposa se desplazaba por el aire con la sutileza con la que una bailarina lleva su bella danza al corazón de sus espectadores.

Voló con delicadeza hasta la segunda planta del hogar. Se posó en el alfeizar de la ventana que daba a la habitación de mi madre. Allí estaba, junto a dos mariposas más, una mariquita y varias orugas que se desplazaban por las ramas que cubrían los bordes del ventanal.

Era curioso y hermoso a la vez. Parecía como si la naturaleza misma se despidiese de mi madre, como si supiese de lo maravillosa que fue y que merece un bello homenaje de despedida.

–Emily –Gritó mi abuela

No quería entrar a la casa. No quería volver allí. Me levanté y eché a correr. Salté la valla y me adentré en el bosque.

–Emily, ¿dónde estás?

Me agaché tras un árbol. Intentaba hacer el menor ruido. No quería ser descubierta, y no lo sería. Se me daba bien esconderme, jugaba cuando era más joven a las escondidas con…….con mi madre.

La vi pasar de largo. Era curioso. Su aleteo parecía detenerse a momentos ante mí, queriendo indicar que la siguiese. Así lo hice. La mariposa me llevó bosque adentro.

–¡Emily! –Los gritos de mi abuela eran apenas perceptibles ya

Corría mientras tropezaba con la vegetación, mientras la brisa me golpeaba la cara, mientras el aroma de las flores invadía mis sentidos. Era relajante. Era magnífico. De pronto aquello se acabó. Un pequeño descampado apareció ante mí.

Era muy verde. Solo unas pocas rosas crecían en el suelo. Algunas pequeñas liebres se alejaban ante mi andar. Lo más llamativo de aquel lugar estaba ante mis ojos. Un hermoso arco de flores y ramas en el medio de aquella locación. Recordaba a aquellos arcos nupcionales bajo los cuales algunas personas se casaban.

Me acerqué y lo contemplé con detalle. Era realmente hermoso. Cuando lo observé con cuidado pude notar unos peculiares cristales, parecían casi diamantes. Era difícil que los viese antes por su verdoso color. Eran unos pocos colocados, parecía, estratégicamente en distintos ángulos sobre unas pequeñas ramas con forma de espiral. Dos a mi derecha, dos a mi izquierda, uno a mis pies y otro…

¿Dónde estaba el que correspondía a estar sobre mí? Allí estaba su rama espiral, en busca de su ausente diamante. Pero no estaba. Observé todo el lugar. Ausente, nada. Sentí una necesidad imperiosa de encontrarlo. No sé por qué. Simplemente necesitaba encontrarlo. Lo busqué por todas partes, pero fue en vano.

Cuando finalmente me di por vencida, me lancé al suelo frustrada. De verdad que quería encontrarlo. Me acosté sobre el follaje mientras observaba el azul del cielo. Las nubes se desplazaban sobre aquel mar en las alturas como barcos en un día sin oleaje.

Pasó sobre mí. Volando con su pavoneo sensual. Aquella mariposa de tonalidades amarillas que me guió a aquel lugar.

–¿Qué eres? –Le pregunté curiosa

Me senté y la seguí con la mirada. Se posó sobre una roca a unos pocos metros de mí. Justo al lado de… ¡Al lado del cristal faltante!

Me sentía enojada. Había revisado todo y no lo había encontrado. ¿Cómo es que ahora aparecía? No importaba. Ya lo tenía. Corrí en su busca para luego acercarme al arco. Con mucho cuidado lo coloqué en su lugar, guiándome por la posición de sus hermanos.

Cuando finalmente lo ajusté, me alejé para ver mejor el arco. Ahora sí, lucía bello con sus 6 cristales colocados en sus respectivos lugares. Estaba satisfecha. Había logrado mi cometido, aunque desconocía el origen de mi imperiosa necesidad de hacerlo.

¡SHOMP!

Una luz verdosa e intensa me dejó casi ciega. Cuando pude por fin ver me quedé anonadada. Una pared, por así decirlo, de un verde intenso, se formó dentro del arco. No era exactamente una pared, no sabría describirlo. Ondulaba como si de agua se tratase. Brillaba llamativamente y era curiosamente atrayente.

Me acerqué lentamente. Cuidando no hacerme daño. Tenía miedo, pero aún más curiosidad. Acerqué un dedo a ella. Cuando la tocó, este desapareció. ¡Absorbió mi dedo! Retiré la mano rápidamente. Conté. Sí. Mis cinco dedos estaban allí. Volví a intentarlo. Esta vez mi mano completa atravesó aquel portal de color llamativo. Luego mi brazo. Sentía que no podía detenerme. Hasta que lo atravesé completamente.

Verde por doquier, sentía una sensación relajante, como el calor de un abrazo maternal en pleno invierno. Lamentablemente solo duró unos pocos segundos. Al dar unos pocos pasos más, la luz del sol casi me cegó.

Observé el panorama. Ya no me encontraba en el descampado. Ahora estaba al borde de un acantilado. El color verde era ahora aún más intenso, el follaje de un bosque bajo mis pies era descomunal. Pero unas pequeñas pinceladas en el paisaje hacían alternar con tonalidades rosadas. Algunos árboles poseían flores y hojas de dicho color. Era bello la verdad. Alucinante. Impresionante.

–¿Dónde están tus alas?

La dulce voz me hizo dar un respingo en el lugar. Me agarró de sorpresa. Me giré rápidamente para verle. Un cerdito alado me miraba curioso.

–¡Aaaaaaaaaaaahhhhhhh!

–¡Aaaaaaaaaaaahhhhhhh!