Capítulo 1: El Tránsito
El ala de ingeniería estaba muerta a las nueve de la noche. El único sonido era el zumbido eléctrico de una lámpara fluorescente a punto de fundirse.
Leo Velázquez exhaló y se frotó los ojos por debajo de sus lentes. Frente a él había una docena de diagramas de circuitos integrados. Su cerebro exigía una tregua, pero él se negaba. En un tablero de circuitos, el mundo tenía sentido. La corriente fluía obedeciendo reglas absolutas. Si controlabas las variables, evitabas el desastre.
Cerró los ojos un instante. El olor a papel viejo se desvaneció, reemplazado en su memoria por el aroma a resina para soldar.
Sintió un pequeño tirón en la manga de su sudadera. Al abrir los ojos en su recuerdo, estaba en su habitación. Su hermana menor, Lea, sostenía un cautín humeante con una sonrisa a la que le faltaba un diente lateral. «Mira, Leo, ¿así?», preguntó ella, señalando una soldadura torpe en un carrito robótico. Leo sonrió, despeinándole el cabello. «Perfecto, enana. Corriente ininterrumpida. Nada puede fallar ahora».
El recuerdo le calentó el pecho por una fracción de segundo antes de que el encierro de la biblioteca lo trajera de vuelta. Se puso de pie, estirando la espalda. A sus 23 años, tenía la complexión magra de un corredor de pista, pero en ese momento sentía que pesaba cien kilos.
Ajustó su sudadera negra, se acomodó los tenis y caminó hacia el baño al final del pasillo. Agarró la perilla de latón. La giró y empujó.
No hubo un chirrido de bisagras.
En el instante en que la puerta cedió, un estruendo le vibró en los molares. Una luz blanca y densa lo envolvió. La gravedad desapareció bajo sus pies. El estómago se le subió a la garganta en una caída libre que lo dejó ciego y sin aliento en un vacío absoluto.
Y tan rápido como el mundo se rompió, volvió a ensamblarse con un impacto brutal.
Leo cayó de rodillas y palmas contra un suelo blando. El aire que entró a sus pulmones era gélido, y apestaba a musgo podrido y algo metálico que le revolvió el estómago.
Jadeando, se limpió los lentes empañados y miró a su alrededor.
El aliento se le congeló.
Ya no estaba en la universidad. Se encontraba en el fondo de un abismo de vegetación. Árboles titánicos de troncos negros se alzaban decenas de metros, bloqueando casi por completo el cielo gris. Era un reino de sombras perpetuas.
Se puso de pie, temblando. El frío le mordió los huesos. Sus tenis estaban hundidos en fango oscuro. Su mente buscó desesperadamente un patrón, una regla de causa y efecto: el frío, los árboles negros, el fango. Nada tenía sentido.
Un crujido seco a su izquierda hizo que la adrenalina estallara.
Instintivamente, se agachó detrás de un tronco podrido. Asomó la cabeza con cautela. El terreno descendía hacia una hondonada. Abajo, iluminado por antorchas verdosas, había un campamento.
Contó a doce hombres con armaduras de cuero sucio y hierro oxidado. Se movían alrededor de carretas con barrotes de acero. El nudo de terror en la garganta de Leo se cerró al ver el cargamento.
Eran personas. Demacrados, con la mirada vacía, encadenados por el cuello. Los arreaban a golpes hacia el interior de las jaulas. Un mercenario golpeó a una mujer con el mango de su hacha; ella cayó al lodo sin emitir un sonido.
El cerebro de Leo gritó una sola orden. Retrocedió lentamente.
Su talón pisó una rama seca. El ¡CRACK! sonó como un disparo en el silencio del bosque.
Abajo, los movimientos cesaron. El líder, un gigante con la cara desfigurada por cicatrices, miró directamente hacia el árbol de Leo.
—Rata en la cornisa —gruñó.
Leo se echó a correr.
Sus piernas lo impulsaron hacia adelante, saltando raíces y charcos de lodo fétido. El viento le cortaba la cara. El tintineo de armaduras detrás de él le indicaba que lo alcanzaban rápido.
Sin tracción. Demasiado impulso. El terreno lo iba a destrozar, pensó su mente aterrorizada. Igual que la noche de la tormenta; no tenía control de nada.
A los cincuenta metros, su tenis liso pisó una piedra cubierta de musgo. Resbaló. El mundo giró y Leo estrelló su hombro contra una raíz. Antes de poder arrastrarse, una bota pesada le aplastó la espalda contra el fango.
Dos manos lo levantaron por la ropa y lo arrojaron al centro del campamento. Medio ciego y sin aire, se apoyó sobre sus codos.
El gigante de las cicatrices se detuvo frente a él, desenfundando una daga aserrada.
—¿Dónde estoy? —soltó Leo, con la voz rota—. ¿Quiénes son ustedes?
El gigante ladeó la cabeza, evaluándolo de arriba abajo con una decepción evidente.
—Estás en El Bosque de la Penumbra. Y nosotros somos los Sabuesos de Ébano —El líder, Garek, lo agarró por el cuello de la sudadera—. Dime, ¿quién te mandó a espiarnos?
—¡Nadie! —gritó Leo—. ¡No sé cómo llegué aquí!
Garek le propinó un puñetazo en el rostro. La cabeza de Leo chicoteó hacia atrás. El sabor a sangre le llenó la boca y sus lentes salieron volando al barro. Durante los siguientes y agónicos minutos, sufrió una golpiza sistemática. Cada intento de hablar era ahogado por un impacto.
Finalmente, Garek lo soltó.
—Es inútil —escupió el gigante, perdiendo el interés—. No tienes callos de noble ni marcas de gremio. Solo eres carne blanda. Y en este bosque, la carne blanda solo sirve para abono. Quémalo.
Garek murmuró una palabra gutural. La hoja oxidada estalló en llamas naranjas. Sin esfuerzo, hundió la daga de fuego directamente en el estómago de Leo.
El impacto fue una inyección de lava. El fuego mágico cauterizó su carne por dentro al instante. El dolor fue tan total, tan ajeno a cualquier quemadura terrenal, que su cuerpo simplemente se apagó para no volverse loco. Soltó un alarido mudo.
Garek sacó la hoja humeante.
Leo cayó de espaldas. Su respiración se volvió un silbido. El calor residual devoraba sus entrañas y la visión se le oscurecía. Algo en él entendió que ya no había arreglo. El final era inminente, lo pensó paralizado por el frío que invadía sus extremidades. Lea. Lo siento.
¡BOOOM!
Un trueno ensordecedor, cargado de ozono, reventó la hondonada.
La oscuridad de Leo fue barrida por un estallido de luz cegadora. Un relámpago antinatural impactó en el pecho de Garek, fundiendo su armadura y lanzándolo a seis metros contra una jaula.
Los bandidos gritaron, ciegos por el destello.
De la tierra humeante emergió una figura. En cada mano sostenía dagas largas envueltas en un aura de relámpagos azules. Dos mercenarios se lanzaron hacia ella. La mujer apenas se movió. Con un giro fluido, lanzó un arco de energía pura que atravesó el pecho de ambos hombres, fulminándolos en el acto.
—¡Ballestas! —gritó otro Sabueso.
Antes de que apuntara, una mancha morada y negra descendió en picada desde las ramas. Aterrizó sobre los hombros del tirador, rompiéndole el cuello con el impulso, y dio una voltereta hacia atrás.
De las muñequeras de la nueva figura nacían cuchillas de acero envueltas en luz cortante. Se deslizó bajo un tajo enemigo y enterró ambas armas en las costillas de su atacante. No peleaba con furia, sino con una precisión escalofriante.
La masacre duró menos de un minuto.
El silencio volvió. La figura ágil sacudió la sangre de sus cuchillas con un chasquido metálico. La mujer de los relámpagos guardó sus armas y caminó hacia Leo.
A Leo le quedaba apenas un hilo de consciencia antes de ahogarse en la oscuridad. La mujer se arrodilló a su lado. Sin dudarlo, colocó su mano desnuda, envuelta en un resplandor blanco, directamente sobre la herida.
Leo arqueó la espalda. La luz selló la herida a la fuerza, obligando a los músculos a fusionarse en una cicatrización violenta y antinatural. El dolor de la regeneración fue agudo, arrancándole un quejido ronco antes de desvanecerse, dejando solo una gruesa línea rosada.
El aire regresó de golpe a sus pulmones. Leo tosió, incorporándose torpemente sobre sus codos. Todo le daba vueltas. Sus manos temblaban tanto que apenas podían sostener su peso, y un pitido sordo le taladraba los oídos.
A la luz de las antorchas, enfocó la vista en sus salvadoras.
La mujer arrodillada frente a él rondaba los treinta años. Su rostro estaba tenso, manchado con salpicaduras oscuras, y su cabello plateado flotaba por la estática. No había compasión en su expresión; solo una dureza fría, calculando si él seguía siendo un problema o podía servir.
La segunda figura se acercó, moviéndose con una ligereza elástica, como si el suelo pesara menos bajo ella. Era de su misma edad. Levantó los lentes de Leo del lodo, limpió el cristal con su propio pulgar y se los arrojó al pecho.
Al ponérselos con manos temblorosas, Leo notó su cabello violeta brillante en una coleta alta, y unos ojos heterocromáticos: uno violeta, el otro plateado metálico.
La chica lo miró desde arriba. Una sonrisa afilada asomó en su rostro. No era una sonrisa amable; era la mueca tensa de alguien que usa la adrenalina como escudo tras una carnicería.
—No eres de por aquí, ¿verdad, chico raro? —dijo ella. Su tono era ligero, pero no logró ocultar su respiración agitada—. Tienes suerte. Anda, levántate.
Leo intentó abrir la boca para hablar, pero solo salió un gemido seco. Kaelen ladeó la cabeza, perdiendo un poco de su sonrisa.
—La sangre atrae cosas peores —añadió, su voz volviéndose más pragmática—, y Lyra y yo no pensamos cargarte.